8
Eve
—Tenemos que volver —hice hincapié.
La frase salió de mi boca antes de que pudiera contenerla. El corazón me latía tan fuerte que sentía el pulso en las sienes, como si estuviera a punto de desmayarme.
—No podemos dejarlo solo —añadí al ver que nadie hacía nada.
Dante ni siquiera me miró. Tampoco respondió de inmediato. La ambulancia ya había abandonado la ciudad y descendía por una carretera secundaria que serpenteaba entre montañas oscuras. Alessia mantenía su mano sobre la mía, firme, constante.
—Es un problema de conexión —respondió con una calma que me resultó hasta ofensiva—. Las interferencias son normales en esa zona.
—No —negué, demasiado rápido—. No es eso, ¿y si lo han capturado?
Lo sabía.
No supe por qué, pero lo sentía en lo más profundo de mi corazón. Luca no ignoraba comunicaciones, o al menos no cuando yo estaba presente. Alessia me tomó por el brazo, sosteniéndome, no para callarme, sino para anclarme un poco más al presente.
—Confía —murmuró—. Sabe lo que hace.
La miré.
No los conocía. Al menos no de verdad. Solo sabía que Luca confiaba en ellos, que Dante estuvo presente en algunas de las entregas de comida, y eso era lo único que me mantenía sentada en aquella maldita ambulancia en vez de lanzarme contra la puerta.
—Si le pasa algo… —empecé.
Dante me miró entonces.
No había duda en sus ojos.
—Si le pasa algo, el mundo arde —sentenció sin dramatismo alguno—. Pero no ha pasado.
No le creí.
No porque pensara que mentía, sino porque conocía a Luca. No ignoraba comunicaciones, no cuando yo estaba en medio.
—¿Cómo vamos a dar con él? —cuestioné.
—Va a estar bien —repitió Alessia.
—Y si no lo está, lo encontraremos. —Dante apuntó algo en la tableta, y luego alzó la vista para fijarla en la mía—. Te lo prometo.
—No prometas cosas cuando está Giovanni y La Mort de por medio —le insté, porque sabía a la perfección cómo se las gastaban.
El trayecto hasta el palazzo se me hizo eterno.
La ambulancia se desvió por un camino que parecía no llevar a ninguna parte.
Bosque. Rocas. Silencio. Era lo único que nos rodeaba.
Durante unos segundos pensé que nos habíamos perdido, hasta que vi cómo una enorme puerta metálica se abría frente a nosotros.
Mi respiración se cortó.
No era un escondite.
Era un enorme palacio que se erguía entre campos de olivos.
La ambulancia se adentró en un parking cubierto y la puerta volvió a cerrarse sobre nuestras cabezas, sellando el acceso como si jamás hubiésemos entrado.
El interior no era lo que esperaba.
Había pantallas integradas directamente en la piedra, que proyectaban mapas, datos, rutas… El aire era frío.
La ambulancia se detuvo en una plataforma amplia, donde ya esperaban varios hombres armados. No llevaban un uniforme militar convencional; vestían de negro, discretos, coordinados.
La puerta trasera se abrió y el aire del interior del palazzo me golpeó el rostro. Era más frío de lo que esperaba.
No hablaron, se limitaron a saludar a Dante y Alessia con un ligero movimiento de cabeza.
Bajé.
Las zapatillas resonaron sobre el suelo de metal. Miré alrededor, intentando no parecer desorientada, pero cada detalle me recordaba que estaba entrando en algo mucho más grande de lo que había imaginado.
No era un simple palazzo italiano.
Era un centro operativo.
Un hombre con semblante serio se acercó a Dante.
—Perímetro asegurado —le informó.
Me abracé a mí misma, sintiendo cómo mi cabeza iba a dos mil por hora. Habían pasado demasiadas cosas en tan poco tiempo que apenas era capaz de discernir entre lo real y lo que mi mente creaba. Cerré los ojos, intentando tomar aire, necesitaba pensar, ordenar todo lo que cruzaba mi cabeza.
«Estás a salvo», me dije a mí misma.
Sabía que estaba en lo cierto, pero imaginar a Luca solo, me mataba por dentro. ¿Y si Giovanni había dado con él? ¿Y si habían sido los hombres de La Mort?
No tenía sentido. Él había pagado por mí, no me había robado, no debía de haber problema con él.
Contuve el aliento por un instante.
Me sentí perdida, vulnerable y sola. Porque a pesar de estar rodeada de gente, después de tantos años sin poder confiar en nadie, era difícil no tender a pensar que cualquiera podría traicionarme.
Alessia se acercó a mí al mismo tiempo que colocaba una de sus manos en mi espalda, llamando mi atención.
—¿Te encuentras bien?
Giré sobre mis talones y este simple movimiento hizo que todo el mundo se desvaneciese bajo mis pies.
—Un poco mareada —musité sin apenas fuerzas.
Esta me agarró con cuidado del brazo, le hizo un gesto a Dante, y este, rápidamente, se aproximó a nuestra situación para cogerme en volandas.
—Tranquila, te llevaremos a la enferm…
Su voz se deshizo como si jamás hubiese existido, y eso fue lo último que escuché. Entonces, todo se convirtió en negro, invadiéndome una sensación de clama extraña en la que deseé permanecer para siempre.