7
Eve
El corazón se me iba a salir por la boca en cualquier momento.
Las puertas de la ambulancia se cerraron detrás de mí con un sonido seco que me hizo dar un respingo.
No olía a hospital, ni siquiera había una camilla o el instrumental que habría esperado en un vehículo como aquel.
Solo asientos enfrentados y una luz tenue que dejaba el espacio sumido en una penumbra que se me antojó inquietante.
Y él.
Un hombre enorme, de al menos dos metros, vestido con uniforme militar de color negro, que ocupaba el asiento frente a mí, tenía las piernas entreabiertas, con los brazos apoyados sobre los muslos, y una metralleta que descansaba entre sus manos como si fuera una extensión natural de su cuerpo.
No parecía nervioso, ni alterado, solo atento.
Dante.
Sus grandes brazos asomaban bajo la manga corta de la camiseta que se le ceñía por completo al cuerpo, mostrando grandes tatuajes que acababan escondiéndose en los guantes sin dedos que llevaba, los mismos que le había visto a Luca antes de salir.
A su lado estaba la que supuse que era Alessia.
No era alta, tampoco pequeña. Tenía ese tipo de presencia que no necesitaba imponerse para hacerse notar. Su cabello estaba recogido en una trenza alta que le pasaba los hombros. La piel clara contrastaba con sus ojos, de un verde apagado que no transmitía dulzura, sino análisis. Lo observaba todo.
No llevaban uniforme sanitario; al igual que Dante, llevaba ropa cómoda, negra, preparada para lo que estuviese por llegar.
No parecía alguien fácil, pero tampoco una enemiga.
Había algo en su postura, en la firmeza con la que mantenía la espalda recta, que me hizo entender que no estaba allí solo para acompañarme.
Estaban allí para decidir. Ambos.
Me tomó la mano sin invadir, sin brusquedad, como si supiera exactamente cuánta presión ejercer para no asustarme.
Sus dedos estaban fríos, pero no me importó.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó.
Su tono no fue maternal, ni siquiera condescendiente, solo directo. Como si estuviera acostumbrada a tratar con personas que habían sobrevivido a demasiado, exactamente como lo era yo.
—Bien.
Mentí.
Un enorme nudo se había creado en mi garganta al salir del edificio y apenas podía respirar con normalidad. Mi pierna no dejaba de moverse. Un tic nervioso e involuntario que no podía controlar. Intenté detenerlo presionando el pie contra el suelo, pero el temblor regresaba. Siempre lo hacía.
Alessia lo notó.
Su mirada descendió un segundo hacia mi rodilla.
No hizo ningún comentario.
No me pidió que me calmara.
Ni siquiera me pidió que respirara.
Solo ajustó ligeramente su agarre sobre mi mano, anclándome al presente sin decirlo.
Eso fue lo peor.
Las incipientes lágrimas acudieron a mis ojos, amargas, consiguiendo que me picasen sobremanera, pero me negué a permitir que ninguno de ellos me viese llorar.
La ambulancia arrancó con una brusquedad que me hizo tensar los hombros. No había sirenas ni luces, solo el sonido del motor y la velocidad creciendo demasiado rápido para una calle tan estrecha.
No pregunté dónde estaba Luca, ni cuánto tardaríamos.
En casa de La Mort aprendí que las preguntas no siempre traían respuestas, sino castigos, por lo que había dejado de cuestionarlo todo allá donde iba.
Apoyé la espalda contra el respaldo e intenté regular mi respiración. Pensé en su beso, en la forma en la que me había sujetado, pero también en la rabia en su voz cuando pronunció el nombre de su padre.
Giovanni.
El mismo hombre con el que me habían obligado a estar durante demasiado tiempo. Jamás olvidaría la forma en la que me dijo que era una Doppelgänger, ¿qué demonios quería decir eso?
Sentí náuseas al recordar cómo Luca me había dicho que él me consideraba de su propiedad.
La ambulancia tomó una curva cerrada a gran velocidad, provocando que mi hombro chocase contra el lateral y luego con Alessia. Dante ni siquiera se movió. Sus dedos se ajustaron sobre el agarre del arma.
Estaba demasiado tranquilo, lo que en cierto modo me asustó.
Entonces un frenazo llegó sin aviso.
El mundo pareció inclinarse hacia adelante y solté un pequeño grito antes de poder contenerlo. Mis manos se aferraron al asiento y a la de Alessia.
—Tranquila —me dijo ella—. Es un semáforo.
Semáforo.
Mi respiración continuaba acelerada, igual que lo hacía el latir de mi corazón, que se había vuelto ensordecedor. Intenté distraerme, fijándome en lo que nos rodeaba: las luces interiores permanecían apagadas. Desde fuera solo éramos una ambulancia más detenida en un cruce.
Pero no lo éramos.
El motor volvió a rugir.
Esta vez encendieron las luces de emergencia. El sonido no fue estridente, pero sí suficiente como para que los coches que nos rodeaban se apartaran de nuestro camino. Sentí cómo acelerábamos aún más, cómo la ciudad comenzaba a diluirse tras las ventanas opacas.
Mi pierna continuaba moviéndose.
Pensé en Luca.
En que estaba solo.
En que su padre sabía quién era.
Y fue entonces cuando Dante habló:
—Ruta limpia.
Alessia apretó mi mano.
El comunicador de este crepitó.
—Dante, estáis a quince minutos del punto de entrada.
Esa voz… Mi corazón dio un vuelco. Podía reconocer a la perfección ese acento ruso, esa voz firme que había oído antes. Andrei Romanov estaba al otro lado de la radio.
—Recibido —respondió Dante.
Hubo una pausa, esta vez fue algo más larga de lo normal, lo que provocó que mi estómago se encogiera sin saber por qué.
—Dante —insistió Andrei—. ¿Segundo paquete en movimiento? —preguntó—. No veo nada en el mapa.
El aire dentro de la ambulancia se volvió más pesado. Vi como Alessia alzaba la vista, encontrándose con la de Dante, sacó una tableta y estuvo trasteando en ella.
Entonces una nueva comunicación llegó.
—Luca no responde.
Y por primera vez desde que subí a aquella ambulancia, el miedo dejó de ser ansiedad, para convertirse en algo mucho más real.
—Hay que dar la vuelta.