La obsesión del jefe 6
8%

6

Eve

Actualidad, piso de Luca.

—Esto no está bien, Eve —siseó aún pegado a mi cuerpo, con sus labios a escasos centímetros de los míos.

Sentía mis piernas cimbrear, sin que apenas pudieran mantenerme en pie, cómo el corazón me latía con tanta fuerza que por un instante creí que me moriría sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Me separé de él, observándole desde la distancia, permitiendo que el aire por fin volviese a llenar mis pulmones.

Mis mejillas se enrojecieron al ser consciente de que la toalla ya no cubría mi cuerpo. Me sentí ridícula por ver que me había rechazado, que una vez más ponía espacio entre ambos, a pesar de que sus gestos y sus caricias decían cosas muy distintas a las expresiones que cruzaban su rostro.

—No te entiendo —musité.

No era capaz de comprender qué pasaba por su cabeza, a qué le tenía tanto miedo, que ni siquiera era capaz de dejar que sus manos me mecieran.

Luca se había convertido en algo más que mi captor, por llamarlo de alguna manera.

Había permanecido en la distancia, pero también se había acercado cuando lo necesitaba.

—No eres consciente de quién nos está persiguiendo —dijo en voz baja.

—Entonces cuéntamelo —le pedí, al mismo tiempo que me agachaba para cubrirme de nuevo con la toalla.

Su mirada se oscureció.

—No.

—Estoy harta de ese no —aseguré.

Me había comprado para sacarme de ese mundo hostil donde la trata de mujeres estaba a la orden del día, para que nadie pudiera ponerme una mano encima, y, sin embargo, continuaba sin ser libre.

Apreté las manos en puños.

—Estoy harta de que me encierres —sentencié—, de que tomes decisiones por mí, de que me protejas como si fuera de cristal.

Su mandíbula se tensó.

—No es eso.

—Entonces dime qué es lo que demonios ocurre —le pedí, aunque sonó más a un ruego que a cualquier otra cosa.

El silencio que siguió fue pesado, asfixiante, tanto que por un momento dejé de respirar. Lo vi debatirse por dentro, como si estuviera cruzando una línea invisible, esa que había jurado no cruzar.

Y entonces, todo explotó.

Soltó su agarre, dándose la vuelta. Se pasó una mano por el cabello al mismo tiempo que negaba con la cabeza.

—Es mi padre, joder —escupió con rabia.

Las palabras se quedaron suspendidas entre ambos.

—¿Qué?

—Giovanni Moretti —me informó—. El hombre que decía poseerte. —Su voz se volvió más fría esta vez—. No acepta perder, y te considera de su propiedad.

—¿Quién es ese hombre en tu vida? —Quise saber.

El labio inferior me tembló cuando Luca giró sobre sus talones y fijó sus ojos esmeralda en los míos. Estos brillaron con fuerza, más de lo que jamás había visto.

—Es mi puto padre.

El mundo dejó de girar y un enorme nudo se creó en la boca de mi estómago. Por un instante creí que iba a vomitar allí en medio, por lo que me llevé una mano a la boca.

No estábamos metidos en una guerra cualquiera.

Era una guerra familiar.

—¿Y pretendes que me vaya sola sabiendo esto?

—Pretendo mandarte lejos de él —aseguró al mismo tiempo que sacaba un cigarrillo de la caja.

—De ti.

Eso sí lo hirió.

Lo vi en sus ojos. En esa tensión que guardaba desde hacía días, semanas e incluso meses, y que estalló sin previo aviso. Me agarró el rostro con ambas manos, y sin que pudiera esperármelo, estampó sus labios contra los míos con una intensidad que me dejó sin aire.

No fue algo dulce ni inocente.

Fue una declaración de intenciones.

Le devolví el beso con la misma rabia, con la necesidad que me quemaba en las venas. No quería huir, sino quedarme.

Cuando se separó, apoyó su frente contra la mía.

—Si me quedo contigo ahora, no saldrás del edificio.

—No me importa —me apresuré a responder.

—Pero a mí sí.

El teléfono de Luca comenzó a sonar.

Después de mucho tiempo sintiéndome una basura, alguien que ni siquiera me conocía del todo era capaz de ver más allá del cuerpo que habían usado.

Luca conocía mi historia, o al menos parte de ella, y, aun así, continuaba besándome de aquella manera.

Era como si estando con él, nos metiéramos en una burbuja de la que no quería jamás, pero por desgracia, iba a hacerlo más temprano que tarde.

Sin decir una sola palabra, me aparté de él para cambiarme, cogiendo la sudadera y los pantalones de deporte que había sacado del armario.

—Debemos irnos.

Me pasé una mano por el cabello, recogiéndolo en un moño bajo. El corazón se me aceleró de nuevo, volviéndose ensordecedor.

—No me dejes sola otra vez —le pedí, aunque sonó más a una súplica que a cualquier otra cosa.

—Escúchame —dijo, tomándome por los hombros—. Tienes dos minutos para vestirte.

—¿Qu… Qué? —cuestioné, sintiendo como el mundo se deshacía bajo mis pies—. ¿Dónde vamos?

—Cuando abra la puerta, se bajarán dos sanitarios, dentro estarán Dante y Alessia.

Te llevarán a un palazzo. Andrei ya está dentro del sistema para que nadie pueda rastrearos.

—Hizo una pausa al mismo tiempo que tomaba aire—.

Cuando llegues al complejo habrá una chica esperándote, te hará unas preguntas, necesito que le ayudes a entender todo.

—Pero... ¿y tú?

—Yo debo ser el jodido cebo que les aleje de ti, Eve —aseguró al mismo tiempo que pasaba uno de sus dedos por el mechón de cabello que caía sobre mi rostro.

Todo comenzó a darme vueltas al pensar que me alejaba de la única persona que de verdad me había protegido.

Conocía a Dante de alguna de las entregas, pero apenas habíamos cruzado más de dos palabras.

Era el hombre de confianza de Luca, su sombra, y quien cubría su espalda cada vez que se ponía en peligro.

—Ve con cuidado —le rogué.

—Tú también, piccola —añadió con seriedad.

Antes de que pudiera decir nada más, lo besé de nuevo, esta vez más despacio, más consciente.

—No dejes que te atrapen —le susurré.

Y bajé las escaleras sin mirar atrás.

Luca

La puerta de la entrada se cerró y el silencio me golpeó con más fuerza que cualquier disparo. Apoyé la espalda contra el mármol frío y pasé los dedos por mis labios, recordando ese último beso.

Maldije para mis adentros.

La estaba alejando para protegerla, pero cada vez que lo hacía sentía que la empujaba hacia el mismo abismo que intentaba evitar. Porque por mucho que yo no hubiese hecho nada, tenía la sensación de que debía resarcir el mal que sí que le habíamos provocado los Moretti, o al menos, el de mi padre.

No merecía nada de aquello, ni las mentiras, ni toda la información que le habíamos ocultado. Llevábamos demasiado tiempo escondiéndola de todo, pero Giovanni nos había encontrado.

Subí al apartamento como un Miura, subiendo las escaleras de dos en dos. No quería estar lejos de ella, pero sabía que debía hacerlo, al menos hasta que estuviera a salvo. Todo el equipo se había movilizado para protegerla, decenas de vidas estaban en juego, incluida la suya.

Dante:

El paquete ha sido recibido.

Luca:

Segundo envío en proceso.

Dante:

Ve con cuidado, hermano.

Luca:

Mantenla a salvo.

Abrí el panel oculto tras el armario y saqué lo necesario. No más.

Cargué la nueve milímetros, guardé el silenciador, dos cargadores extra y cerré de nuevo el panel.

No era una guerra contra alguien cualquiera, sino contra mi padre.

Y Giovanni no cometía errores.

Mi mirada se detuvo en el colgante de Eve que permanecía sobre la mesita de noche. Lo cogí y lo guardé en el bolsillo interior de la chaqueta. No iba a permitir que nadie volviera a decidir sobre su vida.

Dante:

Lo haré.

Salí del apartamento y bajé hasta la moto. Si mi padre quería cazarme, tendría que venir él mismo. Y esta vez no huiría, iba a obligarlo a mirarme a los ojos, a hacerle elegir entre su imperio o su hijo.