La obsesión del jefe 5
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Eve

Varios meses antes, palacio de La Mort, día de la compra de Eve.

El despacho olía a cuero y a dinero.

No era una metáfora. El aire era pesado, denso, cargado de ese aroma caro que tienen los lugares donde se firman destinos ajenos como si fueran simples contratos.

Las paredes estaban cubiertas de enormes maderas oscuras, mientras que el escritorio, demasiado grande para mi gusto, parecía hecho para recordarme lo pequeña que era en aquel sitio.

La pluma descansaba frente a mí.

El papel también.

Mi nombre ya estaba impreso en la última página.

El corazón me retumbaba con fuerza, tanta que apenas podía escuchar lo que me decía el asistente. Solo salí de mi bucle cuando oí gritos fuera.

No eran constantes. Eran ráfagas. Golpes. Algo que se rompía. Un hombre alzando la voz y luego apagándose de golpe. No sabía si eso me asustaba más o menos que lo que estaba a punto de ocurrir en aquel despacho.

Ya no lloraba.

Había aprendido a no hacerlo.

Me había resignado a tragarme cada uno de mis llantos.

Tenía las manos apoyadas sobre el regazo, pero sentía el pulso en las yemas de los dedos, rápido, insistente, como si mi cuerpo supiera que estaba a punto de cruzar una línea de la que no podría regresar.

La puerta se abrió, pero ni siquiera me atreví a girar el rostro.

—Firma.

La voz no fue un grito, sino una orden.

Alcé la vista.

Luca estaba frente al ventanal, con los brazos cruzados a la espalda. La luz lateral perfilaba su figura, marcando la tensión en su postura. No me miraba, o al menos fingía no hacerlo. Tenía la mandíbula apretada, el gesto duro, como si aquello le molestara más de lo que quisiera admitir.

Parecía cabreado, pero no conmigo, sino con todo aquello. Con el maldito despacho, el contrato, hasta con el mismísimo aire que respirábamos.

Algo en mí se movió cuando le vi apretar la mandíbula. No fue deseo. No fue todavía eso. Fue una sensación más peligrosa. Una especie de reconocimiento, como si, en mitad de aquella transacción fría, él fuera el único que no disfrutaba del espectáculo.

—No hay opción, ¿verdad? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Esta vez sí me miró.

Sus ojos eran oscuros, tanto como la noche, fríos, calculadores. Pero había algo más detrás, algo que no supe identificar entonces.

—Siempre hay opciones —respondió—. Pero te aseguro que esta no es la peor.

Otro golpe retumbó fuera. Un grito ahogado y después el silencio.

Tragué saliva, miré el papel.

Era absurdo fingir que no entendía lo que significaba. No era solo un acuerdo económico. Era una transferencia, un cambio de dueño, sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Me estaban comprando, y él era quien firmaba el cheque.

Tomé la pluma, y sentí mi mano temblar.

Una pequeña lágrima descendió por mi mejilla en el momento en el que acerqué la punta al papel.

—Hazlo —insistió Luca, con la voz baja.

No aparté la vista del contrato.

Firmé.

Mi nombre quedó estampado con una firmeza que no sabía que tenía. Era tal la presión que casi rompí el papel con la pluma. La dejé sobre el escritorio y sentí que algo invisible se cerraba a mi alrededor.

Ahogué un quejido cuando su mano me tomó por el brazo con fuerza. No fue un gesto brusco, pero tampoco suave.

Sus dedos se cerraron justo por encima de la muñeca, rígidos, calientes, marcando territorio sin necesidad de emitir una sola palabra.

Me obligó a girarme hacia él.

—Más te vale no joder esto —murmuró, inclinándose lo suficiente como para que pudiera sentir rozándome la piel—. Me has costado demasiado dinero.

Sentí que debería odiarlo.

Deseé escupirle en la cara, decirle que el dinero no le daba derecho a nada que yo no quisiera.

Pero no lo hice.

No porque en sus ojos no encontré la satisfacción que había visto en otros hombres. No había el brillo de la posesión triunfante. Había algo más oscuro, algo que parecía rabia contenida. No supe si por sí mismo o hacia otra persona.

Su agarre se tensó apenas un segundo más antes de soltarme.

—A partir de ahora, respondes ante mí —sentenció.

Tragué saliva, y por un instante creí que escucharía mi corazón latiendo frenético en mi pecho. Algo en mí se había encendido, algo que no era esperanza.

Era más parecido a la curiosidad. Porque por primera vez desde que todo había empezado, no me sentía completamente sola, y eso fue lo más peligroso de todo.

—¿Cuánto has pagado? —pregunté sin saber por qué.

Hubo una pausa.

—Lo suficiente.

Alcé la vista despacio, sintiendo como las piernas me cimbreaban mientras mi corazón no dejaba de latir con fuerza.

—¿Lo suficiente para qué? —inquirí.

Luca se movió. Abandonó el ventanal por el que miraba, y avanzó hacia el escritorio con pasos seguros, midiendo cada centímetro que nos separaba. Cada uno de ellos parecía resonar más que los gritos que había fuera.

Se detuvo a mi lado.

Demasiado cerca.

—Para que nadie más pueda tocarte.