La obsesión del jefe 4
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Luca

No había dormido.

Ni iba a hacerlo.

Cada vez que cerraba los ojos veía la explosión repitiéndose en bucle, la estructura saltando por los aires, el fuego expandiéndose como una lengua hambrienta, y su cuerpo tendido en el suelo, inmóvil. La imagen no se iba, era como si estuviese incrustada en mi memoria, perforándome la mente.

Había hablado con Dante. Todo estaba listo. La furgoneta preparada, las enfermeras y el personal de confianza preparado, y la ruta segura hasta el palazzo donde acabarían de completar el chequeo médico que no le habían podido realizar en el piso.

No me gustaba exponerla otra vez, tener que moverla, que alguien pudiese verla, pero quedarnos allí era mucho peor.

Tomé una bocanada de aire, al mismo tiempo que dejaba que mis manos comenzaran a moverse, de nuevo, sobre el piano.

Mis dedos presionaban las teclas con fuerza, las notas salían tensas, irregulares, como si el instrumento estuviese absorbiendo todo ese dolor y esa rabia que no era capaz de sacar de lo más profundo de mi ser.

Deseaba que vinieran.

Que los hombres de mi padre tocaran la puerta.

Necesitaba matarlos, acabar uno a uno con ellos, hasta dar con el hijo de puta que una vez me dio su apellido.

—Luca…

Su voz me sacó de esa burbuja de odio en la que me encontraba.

Alcé la vista.

Allí estaba, sobre la escalera, envuelta apenas en una toalla oscura que no conseguía ocultar los moratones que la explosión había dejado en su piel.

Varios mechones de cabello húmedo le caían por los hombros, también por su rostro, consiguiendo que el contraste entre su fragilidad y las heridas me matase por dentro.

Mi cuerpo reaccionó antes de que lo hiciese mi cabeza.

Apreté la mandíbula con fuerza, tanta que sentí el crujir de mis muelas.

—¿Necesitas algo, piccola?

Bajó un par de escalones, descalza, lenta.

—Ropa.

Nada más.

El modo en el que sostuvo la toalla con una mano, cómo evitó mirarme directamente, como si supiera lo que me provocaba verla así, hizo que la sangre me ardiera bajo la piel.

Me levanté despacio, dejé el vaso sobre el piano y me encendí un cigarrillo para no hacer algo peor.

Cuando pasé junto a ella, el aire entre nosotros se volvió más denso. Podía oler el jabón en su piel, mi miembro se endureció cuando percibí como sus mejillas se enrojecían. Joder. Ella era lo único sobre la faz de la tierra que me importaba.

Subimos las escaleras sin hablar. Sentía su presencia detrás de mí como un latido constante, hasta que llegó a mi altura, fue entonces cuando su mano rozó la mía. Fue un gesto pequeño, demasiado, tal vez hasta minúsculo. Pero el contacto me atravesó como una descarga.

Me aparté de ella.

No porque no la quisiera.

Sino porque la necesitaba demasiado.

—¿Va todo bien? —preguntó con esa mezcla de suavidad y desconfianza que me desarmaba.

—Claro —respondí, demasiado rápido.

Ella no se lo creyó, tampoco me importaba.

Entré en el dormitorio y abrí el armario, sin mirarla directamente.

—En media hora habrá una ambulancia abajo —le informé—. Dante irá dentro junto con Alessia, te llevarán primero y yo saldré después.

El silencio que siguió fue espeso. Durante unos segundos permaneció callada, cavilando, hasta que cayó en la cuenta de qué significaba lo que acababa de decirle.

—No.

Me giré.

Sus ojos estaban abiertos de par en par y brillaban con algo que no supe muy bien cómo descifrar.

—No me voy a ir sin ti —aseguró.

—No hay nada que hablar —le rebatí—, necesito que confíes en mí.

—La última vez que me dejaste sola volaron mi casa por los aires.

Esas palabras me golpearon más fuerte que cualquier puñetazo que me hubiesen dado jamás.

Giré sobre mis talones, y me encaminé hacia ella, arrinconándola contra la pared. Sujeté sus muñecas sin hacerle daño, pero con firmeza, sin permitirle apartarse. Mi cuerpo bloqueaba el suyo, provocando que su respiración se descompasase.

—Ni se te ocurra —bisbiseé, inclinándome hacia su boca—. Ni una sola palabra más sobre eso.

La toalla cayó.

No sé en qué momento ocurrió, solo que dejó de existir. Apreté los dientes, mientras de reojo veía su piel marcada, tan morada como frágil, y, aun así, cuando alcé la vista, me encontré algo que no esperaba: un desafío.

—Estoy harta —sentenció sin bajar la voz—. Harta de vivir encerrada como si hubiese hecho algo malo, como si fuese una pieza de colección en una vitrina.

Algo oscuro se agitó dentro de mí.

No fue solo deseo.

Fue la absoluta obsesión que comenzaba a nacer en mí.

—No eres un objeto —siseé contra su oído, percibiendo como su respiración chocaba con mi cuello—. Eres lo único que no pienso perder, Eve.

Intentó zafarse de mí, pero mi agarre se tensó un poco más.

Estábamos tan cerca que el aire no se atrevía a pasar entre nosotros. Podía notar su pecho contra el mío, su calor, hasta su pulso latiendo en mis manos.

—Pues deja de tratarme como si fuera de cristal —replicó.

Cerré los ojos.

Quise callarla con todas mis fuerzas, hacerle ver que no era menos que nadie, sino un puto tesoro que valía más que cualquier diamante.

Deseé besarla, hacerla mía hasta borrar cualquier recuerdo del fuego o de La Mort.

Pero no lo hice.

—Vas a tener que aguantar un poco más —murmuré, demasiado cerca de sus labios—. Hasta que todo esté limpio.

Solté un poco sus manos, y permití que estas se deslizaran hasta mi cuello.

Por un momento pensé que me ahogaría, y esa idea me divirtió. Lo que no esperaba que hiciese fue lo que realmente ocurrió.

Me besó.

No fue suave, ni tímido.

Fue una maldita colisión, como dos trenes a gran velocidad.

Le devolví el beso con la misma intensidad, conteniendo lo justo como para no cruzar la línea que sabía que no podía permitirme cruzar. Mis manos descendieron por su espalda, marcando territorio, recordándole sin palabras que nadie más volvería a tocarla.

Cuando me separé, lo hice porque sabía que, si continuaba, no habría vuelta atrás.

—Si crees que esto cambia el plan… —gruñí contra su boca.

Negó.

Sus ojos estaban oscuros, más de lo que habían estado jamás.

—Estoy harta de desearte y no tenerte, Luca.