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Luca
—Eve… —Mi voz salió más baja de lo que pretendía mientras la sostenía entre mis brazos, notando el peso muerto de su cuerpo contra mi pecho, con la ceniza aún cayendo a nuestro alrededor como una maldita nevada gris—. No te atrevas a hacerme esto.
No hubo respuesta.
Su cabeza cayó hacia un lado cuando la acomodé mejor, apartándole el cabello del rostro con las manos manchadas de una sangre que ya no sabía si era mía o suya.
El humo seguía saliendo de los restos de la casa y el olor a madera quemada me raspaba la garganta, pero nada de eso me importó.
Solo el leve ascenso de su pecho. Solo eso.
—Respira —mascullé, apoyando nuestras frentes—. Joder, respira.
Dante hablaba por el pinganillo, decía algo sobre una ruta segura, un vehículo listo al otro lado del perímetro, sobre limpiar cualquier rastro antes de que alguien más apareciera. No contesté. No podía. Si abría la boca, la rabia iba a salir en forma de algo que no podría controlar.
La ajusté mejor contra mí y empecé a caminar entre los escombros, sorteando vigas caídas y cristales rotos.
Sentía el calor aún emanando de la estructura derrumbada, el crepitar lejano del fuego terminando el trabajo que le habían encomendado, mientras que lo único que podía hacer era pensar en lo cerca que había estado de perderla.
Había fallado.
La había encerrado creyendo que eso bastaba.
La había escondido, como si el mundo no pudiera alcanzarla si yo levantaba suficientes muros.
Y, aun así, la alcanzaron.
—El coche está listo —insistió Dante.
—Luca, contesta —añadió Alexei.
Apreté la mandíbula.
—Dadme dos minutos —respondí al fin, sin bajar el ritmo.
Cuando llegué al vehículo, la acomodé con cuidado en el asiento trasero, quitándome la chaqueta para cubrirla mejor. Cerré la puerta con suavidad, como si el ruido pudiera romper algo más dentro de ella. Luego me senté al volante y arranqué sin mirar atrás.
El piso franco olía a limpieza reciente y silencio.
Un médico recomendado por los Romanov ya estaba allí cuando llegamos.
No hizo preguntas innecesarias. Revisó las pupilas de Eve, su pulso, la herida que tenía en la sien, comprobó que no hubiera hemorragias internas, que la explosión no hubiese provocado algo invisible que pudiera llevársela horas después.
—Tiene una conmoción leve —dictaminó al final—. Habría que hacerle más pruebas para…
—Me encargaré de que se las hagan —aseguré.
—Necesita descansar.
Asentí.
Lo acompañé hasta la puerta y esperé a que desapareciera antes de volver a la habitación.
Eve continuaba dormida.
Me senté frente a ella con un vaso de whisky en la mano que no llegué a terminar. El líquido ámbar temblaba con cada una de mis respiraciones, mientras no hacía más que observarla, sintiéndome un furtivo que espera a que su presa se mueva para disparar.
Una parte de mí se sintió sucio, como si no tuviese derecho a deleitarme con la hermosa mujer que tenía frente a mí.
Durante todos los meses que había estado encerrada, Eve había comenzado a convertirse en algo más que una compra, algo más allá de una rehén.
Habían ocurrido tantas cosas que ni siquiera era capaz de recordarlas, sobre todo porque en aquel momento lo único que deseaba era que despertara.
Le di un trago a mi bebida, sin quitarle el ojo de encima, memorizando cada detalle.
La curva de sus labios.
La línea suave de su cuello.
La forma en la que su pecho subía y bajaba con regularidad.
Si alguien volvía a tocarla, u osaba intentarlo, no quedaría en pie.
Una hora más tarde, salí de la habitación, desquiciado.
Necesitaba centrarme en algo que no fuese lo ocurrido, porque en mi mente solo me repetía una y otra vez las imágenes que había visto.
La casa prendida en llamas, Eve en el suelo tirada, sin responder a mis palabras, la sangre…
Todo eso me perseguía como una maldita pesadilla, como si mis propios demonios hubiesen tomado esos recuerdos para fustigarme.
Mis manos se movían sobre el piano con una velocidad que no recordaba tener, disfrutando de no tener que demostrar nada. Cerré los ojos de manera instintiva, dejando que la música se colase por cada poro de mi piel.
No era una canción alegre.
Tampoco triste.
Era la tensión contenida convertida en sonido.
Era el terror de ver la casa volando en pedazos, cada noche que la había visto en las fiestas de La Mort. Los gritos de mi padre al llevármela…
Entonces, escuché sus pasos.
Alcé la vista.
Estaba en lo alto de la escalera, envuelta en una manta y el cabello cayéndole sobre los hombros. La luz tenue la dibujaba como si fuera algo que no debería existir en un mundo como el mío.
Comenzó a descender, sin apartar la mirada de mí, como si observarme fuese lo único capaz de anclarla al momento presente.
Eve se acercó y, sin decir nada, se sentó sobre mis piernas. Sentí el calor de su cuerpo atravesar la tela de la camiseta que llevaba. La envolví con un abrazo por la cintura, mientras con el otro seguía tocando unas notas sueltas que terminaron por extinguirse.
El silencio se instaló entre nosotros.
Podía percibir su respiración, cómo su cuerpo temblaba contra el mío, hecho un manojo de nervios.
—¿Cómo te encuentras? —pregunté, rozando con los dedos la piel de su costado bajo la manta.
—¿Tocabas tú? —respondió ella, evitando mi pregunta.
Casi sonreí.
—Sí.
Sus dedos se deslizaron sobre mi antebrazo, siguiendo el camino de las pequeñas heridas que el árbol me había dejado.
—Siempre quieres que esté a salvo —musitó casi en un hilo de voz.
—Siempre —confirmé.
—Y, aun así,… todo explota a nuestro alrededor.
Apreté la mandíbula.
—No volverá a pasar —juré con seguridad.
Alzó la vista hacia mí, buscándome.
—Eso no puedes prometerlo.
Deslicé la mano hasta su nuca, sujetándola con firmeza.
—Puedo prometer que nadie volverá a tocarte, Eve.
El aire cambió, también lo hizo su respiración.
—Creo que será mejor que te des un baño —anuncié—. Arriba tienes toallas limpias, gel y un calefactor, por si pasas frío —le informé—. Cuando termines nos marcharemos.
Esta asintió, y acto seguido, se deshizo de la manta, la cual se arremolinó a sus pies, dejando a la vista la camiseta que apenas era capaz de cubrir su magullado cuerpo.
No aparté la mirada de ella, tampoco quise, porque esos moratones que se extendían por su piel me recordaban qué era lo que debía hacer.
Habían marcado su piel de porcelana, y yo me encargaría de hacerles pagar por ello.
Apreté las manos en puños y me serví una copa, necesitaba alejar todos aquellos pensamientos que se agolpaban en mi cabeza sin dejarme siquiera respirar.
Le di un trago y, cuando escuché como la puerta del baño se cerraba, dejé ir un alarido lleno de rabia, la misma que quise contener.
La sangre me hervía en las venas solo de pensar en todo por lo que habría podido pasar Eve, en los cientos de mujeres que habían sido vendidas, en mi hermana, en mi padre.
Lancé con fuerza el vaso de whisky contra la pared. Iba a matarle.