La obsesión del jefe 2
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Luca

Un gruñido profundo salió de mi pecho antes de que pudiera contenerlo, rebotando contra el parabrisas del coche, como si el cristal fuese capaz de devolverme la furia que me estaba devorando por dentro.

Golpeé el volante con un puñetazo, no una, sino dos veces, hasta que el impacto vibró por todos mis brazos.

Necesitaba sentir algo físico, algo que superara la presión insoportable que me estaba aplastando el pecho desde que la vi llorar.

Tenía razón.

Maldita sea, claro que la tenía.

Eve no merecía aquella vida, ni estar encerrada en mitad de la nada como si fuese una pieza frágil que solo pudiera conservarse lejos del mundo.

Merecía algo especial, que no oliera a pólvora y sangre, y mucho menos a acuerdos que se cerraban con cadáveres.

Merecía a alguien que no tuviera las manos manchadas desde antes de saber lo que significaba amar.

Y ese no podía ser yo.

Arranqué el coche con brusquedad, el motor rugió bajo el capó mientras pisaba el acelerador sin medir la presión, haciendo que la gravilla saltara en todas direcciones.

Necesitaba alejarme de aquella casa, de ella, y de la tentación constante de querer romper mis propias reglas cada vez que la veía temblar por culpa de esas pesadillas que no había provocado pero que sabía que mi apellido sí había alimentado durante años.

Conduje sin rumbo claro, entrando en el camino de tierra que serpenteaba entre los árboles.

La oscuridad se cerraba a ambos lados del camino, pero lo único que veía era su rostro cuando me había mirado unos minutos antes.

Cómo de sus ojos emanaba una mezcla de rabia y dolor que no sabía gestionar sin que me arrancara el corazón del pecho.

—¿Todo esto es por Eve? —preguntó Alexei a través del pinganillo.

Su voz llegó nítida, controlada, como siempre. Él sabía cuándo intervenir y cuándo dejar que el silencio hiciera su trabajo, pero conmigo nunca fingía que no veía lo evidente.

—Sabes exactamente lo que ha vivido —respondí, sin apartar la vista del camino.

—Lo sé —aseguró con firmeza—, y también que no puedes permitir que eso te haga perder la cabeza.

Dejé ir una risa seca en la que no hubo ni pizca de humor.

—¿Perder la cabeza? —repetí incrédulo—. Nunca la he tenido.

Me pasé una mano por la barbilla, sintiendo la tensión que se me acumulaba en la mandíbula.

Llevábamos semanas rastreando cada movimiento sospechoso, cada contacto, cada transferencia.

Habíamos creado un cortafuegos para que Giovanni no pudiese dar con nosotros.

La posibilidad de que alguien supiera dónde estaba me mataba.

—Estás demasiado involucrado —añadió Alexei—. Y eso te vuelve previsible.

—No me conoces si de verdad crees que soy previsible.

Apreté los dientes. No era eso lo que me molestaba. Lo que de verdad me destrozaba era saber que, en el fondo, tenía razón. Desde que Eve había entrado en mi vida, todo lo que hacía estaba atravesado por ella. Cada decisión, cada movimiento, cada maldito plan.

Y eso era peligroso.

—Necesito que mantengas la cabeza fría —insistió—. Si te alteras, ellos ganan.

Ellos.

Siempre ellos.

Los que compraban y vendían, los que observaban desde las sombras creyéndose intocables.

—Andrei ha hecho su parte —informó—, es cuestión de tiempo que todo caiga, pero de momento…

—No voy a dejar que vuelvan a tocarla —gruñí.

—Nadie está hablando de eso.

Yo sí lo hacía, porque llevaba meses encerrada en aquella casa. La tenía como un trofeo en una vitrina, solo que en este caso estaba escondida entre un montón de árboles.

Aceleré aún más, hasta que el coche dio un leve bandazo al tomar una curva cerrada.

Detuve el vehículo de golpe, unos metros más adelante.

Bajé sin siquiera cerrar la puerta a mi espalda y avancé hacia el primer árbol que encontré.

El impacto de mi puño contra el tronco fue seco, brutal.

Sentí cómo la piel se me abría en los nudillos y la sangre comenzaba a deslizarse por los dedos.

No me importó, porque el dolor físico era insignificante comparado con el que me estaba perforando el pecho.

Golpeé otra vez.

Y otra.

Hasta que la madera raspó la carne abierta.

—¿Qué cojones haces? —preguntó Alexei con un tono más bajo.

Apoyé la frente contra el tronco, respirando con dificultad.

—Intento no volver y decirle que me importa más de lo que debería.

El silencio al otro lado del comunicador fue breve.

—Eso no es una debilidad.

Cerré los ojos.

—En mi mundo sí lo es.

Y en el suyo también.

Porque si alguien descubría hasta qué punto Eve me afectaba, la convertirían en un blanco y no permitiría que nadie la utilizara para llegar a mí.

Entonces ocurrió.

Una explosión sacudió el valle con tal violencia que el suelo vibró bajo mis pies.

El estruendo atravesó el aire como un disparo gigante, y durante un segundo no entendí lo que estaba viendo.

La casa apareció en el horizonte convertida en una columna de fuego y humo.

Los fragmentos de madera y cristal salieron disparados hacia todas las direcciones, llegando a impactar sobre el coche.

El mundo dejó de girar en aquel preciso instante.

Y luego, todo volvió de golpe

El corazón me golpeó el pecho con una fuerza brutal, y el oxígeno se convirtió en algo difícil de conseguir. No pensé. No calculé. No ordené nada.

Solo corrí.

Lo hice como si cada paso que daba fuese el último, atravesando la maleza sin importarme las ramas que me arañaban los brazos, saltando troncos caídos, sintiendo cómo el aire me quemaba en los pulmones mientras el retumbar de mi corazón me ensordecía.

—Eve —rugí, aunque sabía que la distancia hacía imposible que me escuchara.

Había cometido un error que juré no cometer.

Me había acercado demasiado.

Había roto la única regla que me impuse desde el principio: no dejar que supieran cuánto significaba para mí.

Todas las noches había cruzado el perímetro para comprobar que dormía.

Todas. Sin excepción. Me quedaba unos minutos observándola desde la puerta, asegurándome de que su respiración era estable y no estaba atrapada en otra de sus pesadillas.

A veces me sentaba a su lado hasta que el temblor desaparecía. Nunca más de lo necesario.

Pero lo suficiente como para que alguien pudiera haberlo notado.

—Quiero a todos rastreando cada señal —ordené mientras seguía avanzando—. Cada puto movimiento.

—Ya estamos en ello —respondió Dante con una frialdad quirúrgica.

Mi mente funcionaba a una velocidad inhumana y, aun así, no conseguía construir un plan coherente. Solo había una idea fija: encontrarla.

Apreté la mandíbula con fuerza cuando la imagen de su cuerpo entre los escombros me asaltó. No iba a permitir que ese fuese su final. No después de todo lo que había sobrevivido.

Cuando llegué a la zona donde había estado la casa, el olor a humo y madera quemada me golpeó con crudeza. Los restos todavía ardían en algunos puntos, y entonces, la vi.

Estaba tirada en el suelo, boca abajo, a unos metros de los escombros.

El tiempo se detuvo.

Me acerqué sin sentir el suelo bajo mis pies, me arrodillé junto a ella, ignorando la humedad que se filtraba en mis pantalones. Tenía el rostro magullado, y una línea fina de sangre descendía desde su sien hasta la mejilla.

—Eve —murmuré, girándola con cuidado.

No respiré hasta que vi su pecho elevarse. El aire volvió a mis pulmones de golpe, como si alguien hubiera retirado una mano invisible de mi boca.

—No te atrevas —mascullé—. No te atrevas a dejarme aquí.

Apoyé la frente contra la suya durante un segundo, sin importarme la ceniza que ya se pegaba a mi piel. Una parte de mí había explotado con aquella casa, la misma que creía que podía mantener el control si planificaba lo suficiente.

—Debí llevarte conmigo —admití en un hilo de voz— Debí hacerlo…

La sangre de mis nudillos manchó su abrigo cuando la sujeté con más fuerza de la necesaria, como si temiera que alguien fuera a arrebatármela en cualquier momento. Me había enamorado de la mujer que mi padre consideraba una de sus posesiones, y ese era el secreto que me estaba destruyendo.

—Despierta, Eve —supliqué—. Despierta, porque pienso prender el puto mundo en llamas en tu nombre —sentencié con tanta rabia que sentí cómo cada palabra se clavaba en lo más profundo de mi pecho—, y necesito que estés viva para verlo.