1
Eve
Unos años antes, Moscú, noche del secuestro.
Abrí los ojos con la sensación de que algo se había movido en el pasillo, como si el aire se hubiese vuelto más pesado. Me incorporé despacio, con el corazón palpitándome con tanta fuerza que podía sentirlo en las costillas.
Fue entonces cuando escuché un golpe seco, brutal, uno de esos que no piden permiso porque ya lo han comprado. El segundo llegó antes de que pudiera moverme; y el tercero fue el que partió la madera, porque la puerta cedió con un crujido que me heló la sangre.
Me arrinconé contra la esquina más alejada, sobre la cama, cubriéndome con la manta de aquellos tres hombres que acababan de entrar.
No recordaba sus caras, pero sí sus botas, el barro en ellas, el olor agrio a tabaco y alcohol, el sonido de su respiración tranquila, como si aquello no fuese más que un trabajo cualquiera.
Ahogué un grito cuando uno de ellos se lanzó a por mí y me agarró del brazo.
Tiró de mí con fuerza, arrastrándome sobre el colchón de matrimonio en el que habíamos dormido mi madre y yo durante años.
—No… —supliqué, mediante un hilo de voz.
Forcejeé, intentando zafarme de su agarre, porque, aunque fuese pequeña, no era tonta.
Sabía lo que eran esos hombres, lo que hacían con las chicas, lo que significaba que vinieran a por mí…
Había escuchado historias, más de las que habría querido.
El pánico me subió por la garganta con tanta fuerza que me costó hasta respirar.
Me arrastraron hacia el pasillo y, mientras pataleaba y gritaba hasta romperme la voz, mis ojos buscaron de forma instintiva el lugar donde debería haber estado mi madre, aunque supiera que nadie iba a salir a salvarme.
Y entonces vi a Nickin.
Asomó la cabeza por la puerta de su cuarto, con esa cara de cobarde que siempre llevaba cuando había problemas, y durante unos segundos creí que iba a hacer algo, a gritar o a correr escaleras arriba para avisar a alguien.
Pero no.
No lo hizo.
Nickin me miró, fijando su vista en la mía, con los ojos bien abiertos, y en vez de dar la voz de alarma, se agachó como una rata. Cogió mi mochila del suelo. La mía. Allí donde guardaba mis zapatillas de ballet, mis apuntes y las pocas cosas que me pertenecían.
Lloré con ansia, desquiciada, mientras no dejaba de gritar.
Él se la colgó en el hombro y cerró la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera molestar a los hombres que me estaban arrancando de mi vida.
El aire me faltó.
***
Desperté con esa misma sensación de angustia pegada al pecho, como si aún me costara respirar, como si todavía me estuvieran arrastrando por aquel pasillo interminable.
Durante unos segundos no supe dónde estaba, la habitación tardó en tomar forma, el techo alto, las paredes limpias, el silencio ordenado de una casa que no se parecía en nada a aquella en la que crecí.
Sin embargo, el temblor era el mismo.
Me incorporé despacio, llevando una mano a mi abdomen, como si todavía esperara encontrar allí la marca del golpe.
El latido en mi pecho era ensordecedor, no era desbocado, sino insistiéndome como un recordatorio de que seguía viva.
Habían pasado años desde aquella noche, demasiados, y, aun así, mi cuerpo reaccionaba como si no hubiera pasado nada.
La casa estaba en mitad de la nada. Luca la había elegido así, lejos de todo, sin vecinos, sin carreteras cercanas, sin nada que pudiera delatar la ubicación exacta. Seguridad, lo llamó así cuando me trajo. Protección. Y yo asentí, porque en aquel momento no tenía fuerzas para discutir.
Los días se convirtieron en semanas, y luego en meses, haciendo que esas dos palabras cambiaran de forma en mi cabeza.
Era una jaula.
Me coloqué el abrigo que siempre llevaba, las botas de montaña, y salí al porche de la casa, dejándome caer sobre las escaleras.
Luca me había desterrado allí junto con varios de sus hombres, quienes apenas interactuaban conmigo.
Se limitaban a vigilar noche y día que todo estuviera en orden, siguiendo un perímetro marcado por su jefe.
El aire de la madrugada era frío, limpio, y el bosque se extendía frente a mí como una pared oscura e infranqueable. No había luces, ni motores, ni voces.
Solo silencio.
Cerré los ojos, sintiendo como una pequeña lágrima descendía hasta morir en la tela del abrigo.
Al abrirlos, allí estaba él, como un maldito ángel de la guarda, dejando ir el humo de su cigarrillo, observándome con esa oscuridad tan reconfortante que solo él podía llegar a tener.
Se sentó a mi lado, y no hizo falta más, las palabras sobraban, igual que lo habían hecho en cientos de ocasiones en las que mi propio pasado había vuelto para arrastrarme de nuevo hacia él.
—Solo era una niña —sollocé.
Acarició con mimo mi cabello
—Has vuelto a soñar con ellos… —musitó, y no fue una pregunta.
Quise mentirle, negarle que esas malditas pesadillas continuaban arrastrándome a lo más profundo de mi dolor.
—Estoy arreglándolo, piccola —aseguró.
—No necesito que lo arregles —murmuré, rompiendo el silencio antes de que añadiese algo más.
—Lo controlo.
Allí estaba. El maldito verbo.
Controlar. Lo miré entonces. La luz tenue de la luna delineaba su perfil, la mandíbula tensa y los ojos oscuros que parecían absorber más de lo que mostraban.
—No soy un problema logístico, Luca.
Sus pupilas se afilaron.
—Eres lo único que no puedo permitirme perder.
No fue una declaración dulce, solo una constatación fría, casi matemática, y, sin embargo, sentí cómo algo se tensaba dentro de mí.
—No quiero estar aquí —admití al fin, porque el miedo que me despertó el sueño era menor que el que me provocaba aquella casa perfecta y aislada.
Su expresión no cambió, pero su cuerpo sí. Se enderezó, como si mis palabras hubieran activado una alerta interna.
—Aquí puedes estar viva.
—Y encerrada —musité con pesar.
—Fuera estarías muerta.
Su respuesta llegó de manera inmediata, sin un titubeo, como si la hubiera repetido mentalmente cien veces antes de decirla en voz alta.
—No puedes decidir por mí —le rebatí, sintiendo como el corazón se me encogía.
—Claro que puedo.
Tragué saliva, sintiendo cómo el recuerdo del coche, de las manos arrastrándome por el pasillo, la mirada de Nickin, se mezclaban con la certeza de que él tenía razón y con esa necesidad casi infantil de que no la tuviera.
—Llévame contigo —le pedí entonces, y odié ese deje de súplica que se coló en mi voz—. No quiero seguir sola mientras tú decides qué hacer con el mundo.
Por primera vez desde que le vi, algo se quebró en su mirada. No fue debilidad, fue miedo. Un miedo distinto al mío.
—No —respondió al final.
—¿Por qué?
Se pasó una mano por el rostro y le dio una larga calada al cigarrillo, como si estuviera conteniendo algo que no quería dejar salir.
—Porque si te llevo conmigo, estarás en el centro de todo —me explicó—. Y no pienso permitir que vuelvan a mirarte como si fueras mercancía.
—Es lo mismo que soy para ti —sentencié al mismo tiempo que me ponía en pie y me encaminaba hacia el bosque.
Sentí las amargas lágrimas acudir a mis ojos, empapando mis mejillas, depurando cada resquicio de dolor que aún permanecía en lo más profundo de mi ser.
Me abracé a mí misma, sintiendo el frío colarse bajo la chaqueta, helándome los huesos. Alcé la vista al cielo, permitiendo que la luz de la luna me bañase, y por un instante quise desaparecer.
—Eve, por favor… —pidió mientras avanzaba detrás de mí.
—Estoy cansada de tener que vivir con miedo, de esconderme como si hubiera hecho algo malo —comencé abatida.
—No vuelvas a decir que eres mercancía para mí —ordenó, tomándome del brazo, y haciéndome girar sobre mí misma.
Sus ojos descendieron a mi boca, luego volvieron a los míos, y durante un momento vi algo que no esperaba encontrar en ellos: culpa.
—Si te llevo conmigo —murmuró al fin—, no podré protegerte.
—¿De ellos?
Negó despacio.
—De mí.