La obsesión del jefe 0
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Eve

Italia, horas después de haber sido salvada de las garras de La Mort.

No sabía qué estaba ocurriendo.

Solo sabía que me habían sacado de la casa de La Mort a empujones, entre gritos y órdenes que no comprendía. Todo había sucedido demasiado rápido. Puertas que se abrían de golpe, hombres corriendo por los pasillos, voces que hablaban en idiomas que apenas lograba reconocer.

Alguien me agarró del brazo, tirando de mí cuando mis piernas se negaron a avanzar, y en cuestión de segundos me vi arrastrada fuera del caserío.

No pregunté nada.

Había aprendido hacía demasiado tiempo que las preguntas rara vez traían respuestas, al menos en un mundo como aquel.

Lo único que conseguían eran castigos.

Así que guardé silencio, refugiándome en ese lugar de mi mente donde nada podía alcanzarme. Bajé la cabeza e intenté cubrir mi cuerpo con los brazos, consciente de lo poco que me protegía aquel vestido ligero que apenas lograba abrigarme del frío.

No reconocía a los hombres que me rodeaban.

Eso era lo que más miedo me daba.

Los hombres de La Mort eran monstruos, pero al menos sabía qué esperar de ellos. Aquellos otros no hablaban conmigo, no me miraban, no me dirigían ni una sola palabra, solo cumplían órdenes.

Y yo no sabía cuáles eran.

El estómago se me dio la vuelta cuando vi la señal de un aeropuerto, cómo el vehículo en el que estábamos se adentraba en el mismo, cruzando la pista entre aviones de gran calibre hasta llegar a un jet privado.

Contuve el aliento cuando la puerta de mi lado se abrió y uno de los hombres armados me instó, con la pistola en la mano, a que bajase.

El corazón se me aceleró tanto que, por un momento, me tropecé, y cuando estuve a punto de caer, el guardia me sujetó por los hombros, recolocándome y obligándome a que descendiese de la furgoneta para entrar en el avión.

El latido se me instauró en los oídos, latiéndome con tanta firmeza que apenas podía escuchar nada más allá. La cabeza comenzó a darme vueltas, y creí que me desmayaría cuando el hombre del traje negro me agarró por el brazo, tirando de mí hacia las escalerillas.

No dijo nada, ni siquiera emitió un leve sonido.

Se le veía cabreado, tenía la mandíbula apretada y no supe si yo era la causa de todos sus males.

El viaje fue un borrón de oscuridad, ruido de motores, tomamos un avión, aterrizamos en Italia y después hubo silencio.

El mundo se me vino encima cuando un vehículo nos esperaba bajo la rampa junto con diez hombres armados hasta los dientes. Cerré los ojos, sintiendo como una pequeña lágrima descendía por mis mejillas hasta caer en el asfalto mojado.

Desvié la mirada hacia mi acompañante, encontrándome con la frialdad hecha persona, como si dentro de él ya no quedase nada más que no fuese odio.

Se llamaba Luca, y algo me decía que aquel nombre iba a quedarse grabado en mi alma hasta el fin de mis días.

Este me sujetó por la parte baja de la cintura, indicándome que avanzase.

Al no hacerlo, uno de sus hombres me tomó con fuerza del brazo, provocando que un quejido saliese de entre mis labios.

Luca giró sobre sus talones y, sin pensarlo un solo instante, sacó una Glock con la que apuntó al hombre que me sostenía.

—Ni se te ocurra ponerle una mano encima —sentenció.

Antes de que este pudiese responderle, Luca le golpeó con la culata del arma, haciendo que el guardia cayese de bruces al suelo, sin darle tiempo siquiera de poner las manos para amortiguar la caída.

—Vamos —me ordenó.

Tragué saliva a duras penas, e hice lo que me pedía.

El vehículo se detuvo, el trayecto fue corto, no más de media hora. Cuando abrieron las puertas pude sentir el aire frío impregnado en lluvia, calando mis huesos hasta lo más profundo.

Me obligaron a bajar, esta vez un hombre alto, de casi dos metros, musculoso, cabeza rapada y ojos marrones. No me resistí, permití que me sacaran del coche sin impedirlo.

La tela del vestido se pegó a mi piel al instante, empapándome. El viento que llegaba desde el mar me atravesó el cuerpo y no pude evitar que los dientes comenzaran a castañearme, retumbando en mis oídos.

Fue entonces cuando alcé la vista.

Frente a mí se alzaba un santuario.

El Santuario de Santa María dell’Isola, leí, que emergía sobre la roca como si hubiese nacido de la propia piedra, dominando el mar negro que rugía a sus pies.

La lluvia resbalaba por sus muros antiguos, iluminados por dos grandes antorchas clavadas a ambos lados de la entrada.

Las llamas danzaban con violencia bajo el viento, proyectando sombras que trepaban por la fachada del templo.

El olor a sal y a cera quemada se mezclaba en el aire, mientras el mar golpeaba los acantilados bajo nosotros con una fuerza sobrenatural.

Nadie hablaba.

Uno de los hombres me empujó hacia adelante y comencé a subir los escalones que conducían al santuario. Mis pies descalzos resbalaban sobre la superficie mojada, mientras el vestido quedaba adherido a mis piernas.

Sentí el corazón golpearme en el pecho con fiereza, tanta que por un instante creí que me desmayaría.

El miedo se instauró en lo más profundo de mi alma. Cuando las puertas se abrieron, mostrándome una oscuridad distinta, profunda, silenciosa, una que había tomado el interior del santuario.

Estaba iluminado por decenas de velas que ardían frente al altar y por las antorchas que proyectaban su luz temblorosa sobre los muros antiguos.

La piedra estaba húmeda, impregnada de siglos de sal y oraciones desesperadas.

El olor a incienso flotaba en el aire, asfixiándome tanto como lo hacía mi pesar.

Las figuras de los santos nos observaban desde las paredes, como si quisieran ser testigos de lo que estaba a punto de acontecer. Ellos lo veían todo, hasta el terror que ya vibraba en lo más profundo de mi ser.

Me obligaron a avanzar por la nave central, provocando que cada paso resonase contra el suelo de piedra mientras la lluvia continuaba golpeando el techo del santuario.

Y entonces, lo vi. Al final de la iglesia había una mesa repleta de papeles, pero también de una pluma.

Un pequeño punzón metálico que brillaba bajo la luz de las velas llamó mi atención.

No supe en qué momento había ocurrido, pero Luca estaba allí. A mi lado. Solo pude sentir su mano cerrarse alrededor de mi brazo con una fuerza que me obligó a detenerme. Sus dedos se clavaron en mi piel, mientras me empujaba hacia la mesa.

No me miró.

Ni siquiera pareció interesado en ello.

—Firma.

Su voz fue baja.

Una orden.

Nada más.

Mis manos temblaron cuando tomó la pluma y la colocó entre mis dedos. Intenté leer lo que había escrito, pero de poco sirvió, ya que las lágrimas afloraron en apenas un segundo, emborronándolo todo.

No entendía nada, ni qué estaba firmando, pero sabía que negarme no era una opción.

Mi nombre apareció sobre el papel con una torpeza que me avergonzó, parecía la letra de una niña pequeña. Cuando terminé, Luca agarró mi muñeca con brusquedad.

La pluma cayó al suelo, y antes de que pudiera reaccionar, sentí el pinchazo. El punzón atravesó la piel de mi dedo, el dolor agudo me recorrió el brazo mientras un hilo de sangre comenzaba a deslizarse por mi mano.

Luca me apretó con fuerza, tanta que las pequeñas gotas comenzaron a caer con lentitud sobre una pequeña imagen de la Virgen colocada sobre la mesa. La sangre se extendió sobre ella, pintando su rostro de un color carmesí.

—Repite —me instó.

Su voz no fue alta, pero sí clara, lo suficiente como para no dejar espacio u opción a negaciones.

—Giuro di rinnegare la mia carne e il mio sangue.

El corazón se desbocó en mi pecho al escuchar sus palabras, tanto que mi voz sonó quebrada.

—Gi… Giuro di rinnegare la mia carne e il mio sangue.

Sentía como el latir se instauraba en mis sienes, pero también en el dedo que aún sostenía el italiano.

—Se tradisco la società, che la mia carne bruci come questa immagine.

Tragué saliva.

Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta, haciendo que un enorme nudo me impidiese respirar. Todo mi cuerpo tembló, tanto que incluso Luca pareció percatarse de ello.

—Se tradisco la società… che la mia carne bruci… come questa immagine. —La voz me salió estrangulada, más aún cuando vi como Luca tomaba mi mano para que sujetase a la Virgen empapada en mi sangre.

—Juro renunciar a mi carne y a mi sangre. Si traiciono a la sociedad, que mi carne arda como esta imagen —tradujo Luca al instante.

La llama de las velas tembló con una ráfaga de viento que se coló por el santuario, provocando que se prendiese.

—A partir de ahora, perteneces alla nostra ‘ndrina.

Y en ese momento supe que mi vida ya no me pertenecía a mí.