La obsesión de Moretti EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—Por supuesto. Todo el mundo tiene que ver que vas a ser mi esposa.

Daniel soltó una risa.

—En eso te doy la razón.

Maximilian lo miró.

—Tú cállate, que también te veo bastante colgado.

Alternó la mirada entre Sophia y Daniel.

—Sí, y no lo niego.

Daniel se acercó a Sophia y la besó.

Un rato después, él y Maximilian comenzaron a hablar de sus cosas y yo fui con Sophia a llevar algunos platos a la cocina.

—¿Y tú con Daniel? ¿Todo bien? —pregunté mientras metía la vajilla en el lavaplatos.

—Sí. Ser novios tiene su lado bueno y estoy satisfecha con él en todos los aspectos.

La miré de reojo.

Conociéndola, sabía perfectamente a qué «todos los aspectos» se refería.

—Me propuso que nos fuéramos a vivir juntos —añadió.

Me giré.

—¿Y qué le dijiste?

—Que me dejara pensarlo. Pero sí, voy a vivir con él. Ahora, que a mí no me salga con matrimonio.

—¿Por qué?

—Porque me gusta más así. Creo que el matrimonio asusta a los hombres. Aunque aclaro: no a Maximilian.

—¿Por qué lo dices?

Sophia me miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.

—¿Cómo que por qué? Ese hombre te preparó media vida para que fueras su mujer.

Se echó a reír.

—Él es la excepción a la regla.

Terminé riéndome con ella.

Organizar la boda con Maximilian resultó ser exactamente como había imaginado.

Yo quería tiempo.

Él quería casarse.

Yo quería mirar opciones, elegir con calma y disfrutar los preparativos.

Él quería contratar a quien fuera necesario para resolverlo todo cuanto antes.

Así que discutimos por la fecha más de una vez.

Al final conseguimos llegar a un acuerdo, aunque sospechaba que para Maximilian aquello significaba simplemente aceptar mi fecha porque no había conseguido convencerme de adelantarla.

Cuando faltaba aproximadamente un mes para la boda, el tema volvió a salir una noche.

—No tenemos ninguna carrera por casarnos —le recordé.

—Eso lo dirás tú. Yo quiero que seas mía en todos los papeles que existen.

Lo miré divertida.

—Ya soy tu prometida.

—No es lo mismo.

—Para ti nunca es suficiente.

—Contigo, no.

Entonces añadió, con absoluta seriedad:

—Además, voy a poner una cláusula.

Mi expresión cambió.

Sabía que Maximilian tenía muchísimo dinero. Parte provenía del patrimonio de sus padres y entendía perfectamente que quisiera protegerlo.

—¿Qué cláusula?

—Nunca va a haber divorcio.

Lo miré durante un segundo antes de soltar una risa.

—Maximilian...

—Hablo en serio.

—Si me caso contigo es para estar contigo hasta que estemos viejitos. Pero, en serio, no tengo ningún problema si quieres proteger tu patrimonio.

Su expresión se endureció.

—Lo mío es tuyo.

—Amor...

—Y esta fortuna también es gracias a ti.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que gracias a mí?

—Porque estaba desesperado por no poder tenerte. Tenía que observarte a la distancia y me metí de lleno en el trabajo. Hice más que triplicar la herencia que me dejaron mis padres. Así que también te pertenece.

Lo observé unos segundos.

Después me acerqué y lo besé.

—Te amo demasiado.

Esa misma semana fui con Sophia a la última prueba de mi vestido de novia.

Ella estaba sentada en uno de los sillones mientras la diseñadora terminaba de acomodarme el vestido.

La mujer frunció el ceño mientras revisaba el ajuste.

—No sé por qué no le queda igual que la última vez. Creo que voy a tener que hacerle un pequeño arreglo. Voy por mis cosas. Espéreme un momento.

Cuando salió, Sophia se levantó del sillón y se acercó.

Me examinó de arriba abajo.

—Emma, te estás engordando. La vida feliz con Max te tiene un poquito pasada de kilos.

—¡Sophia!

Me miré de lado frente al espejo.

—No. Creo que es por el cambio de método anticonceptivo. El que tenía no me estaba haciendo bien y todavía me estoy adaptando al nuevo.

—¿Y qué te ha dado?

—Cansancio. No sé... sensibilidad.

—¿Dónde?

—En los senos. Pero pienso que es por el cambio de método.

Sophia dejó de bromear.

La forma en que empezó a mirarme hizo que se me encogiera el estómago.

—No.

Alzó una ceja.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—Y tú también.

Me quedé callada.

—Emma, cuando hiciste el cambio, ¿te cuidaste con Maximilian durante el tiempo que te indicó la doctora?

—Yo...

Entonces lo recordé.

Mierda.

La doctora sí me había explicado que debía usar protección adicional durante un tiempo mientras hacía el cambio.

Y nosotros no lo habíamos hecho.

—No creo —dije rápidamente—. Un embarazo da vómitos y yo no tengo.

—No necesariamente. Cansancio, sensibilidad en los senos, cambios en el cuerpo... pueden ser señales.

Sentí que me quedaba pálida.

La diseñadora regresó y Sophia volvió a sentarse.

Yo permanecí frente al espejo mientras la mujer hacía los ajustes necesarios, pero mi cabeza ya estaba en otro sitio.

Mierda.

Había olvidado aquella pequeña parte.

Cuando por fin terminamos, Sophia tomó su bolso.

—Emma, ya estamos en el centro comercial. Hay una farmacia aquí. Compramos una prueba y salimos de dudas.

No discutí.

Fuimos directamente a la farmacia y, después de comprarla, entramos juntas al baño del centro comercial.

Sophia abrió la caja.

—Bien. Vas a hacer esto y después esperamos.

Seguí sus indicaciones y dejé la prueba sobre varias toallas de papel junto al lavamanos.

—Cinco minutos —dijo.

—¿Cinco?

—Cinco.

Fueron los cinco minutos más largos de mi vida.

Caminamos de un lado a otro por el baño. Yo miraba constantemente hacia donde estaba la prueba y Sophia comprobaba la hora.

Finalmente se detuvo.

—Emma.

—¿Qué?

—Ya pasaron los cinco minutos.

Miré hacia el lavamanos.

—Sophia, me tiemblan las manos.

—Cómo no.

Nos acercamos juntas.

Las dos inclinamos la cabeza al mismo tiempo.

Dos líneas.

Positivo.

Me quedé completamente inmóvil.

Sophia también.

Nos miramos.

Volvimos a mirar la prueba.

Después nos miramos otra vez.

Ella fue la primera en reaccionar.

—¡Voy a ser tía!

Me abrazó con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.

—¡Felicidades!

Tardé un poco más en salir del shock.

Volví a mirar la prueba.

Una sonrisa empezó a aparecer en mi rostro.

—Voy a ser mamá.

No lo podía creer.

Sophia me abrazó otra vez.

—Cuando se lo digas a Max se va a poner más loco de lo que ya está.

La miré espantada.

—Controlador. Se va a poner controlador.

Y entonces tuve una idea.

—Se lo voy a decir la noche de bodas.

Sophia abrió los ojos.

—¿Vas a esperar?

—Sí. Porque, conociéndolo, es capaz de cancelar todo y hacer que nos casemos en un hospital.

Sophia soltó una carcajada.

—Tienes razón. Mejor disfruta tu boda primero y después se lo dices.

Guardé la prueba.

Ahora solo tenía que conseguir ocultárselo hasta entonces.