EPÍLOGO
Ya había pasado un año desde nuestra reconciliación y, como cualquier pareja, habíamos tenido nuestros altos y bajos. Pero seguíamos igual de locos el uno por el otro. Quizá incluso más que un año atrás.
Maximilian no tardó demasiado en empezar a insistir con que me mudara con él.
Claro que quería. El problema era que apenas estábamos reconstruyendo nuestra relación y yo necesitaba comprobar por mí misma que realmente estaba haciendo un esfuerzo por cambiar ciertas cosas.
No quería que volviera a mover los hilos de mi vida cada vez que considerara que sabía qué era lo mejor para mí.
Conseguí resistirme cinco meses.
Cada vez pasaba más tiempo en su apartamento que en el mío. Tenía ropa en su habitación, productos en su baño y cosas mías repartidas por todas partes. Llegó un punto en el que prácticamente estaba pagando la renta de mi apartamento para que mis pertenencias tuvieran dónde vivir.
Una noche estábamos en su habitación. Yo miraba el enorme clóset cuando sentí sus brazos rodeándome la cintura por detrás.
—Cielo, este espacio es tuyo.
Señaló una parte considerable del clóset.
—Está esperando por ti.
Me besó en el cuello.
Me giré entre sus brazos y pasé las manos alrededor de su cuello.
—¿No te cansas de insistir?
Le di un beso corto en los labios.
—Jamás. ¿Cómo no voy a insistir si quiero que la mujer que adoro desde hace años viva conmigo? Óyeme, nunca voy a quitar el dedo del renglón.
Lo miré unos segundos. Había esperado bastante.
—Pues te tengo una noticia.
Sus ojos se clavaron inmediatamente en los míos.
—Sí, me mudo contigo.
Una sonrisa apareció en su rostro. Una de esas que parecía tener reservadas para mí, porque en la empresa y prácticamente en cualquier otro lugar seguía llevando aquella cara de gruñón que hacía que medio Moretti Group le tuviera miedo.
—Casi que no —dijo—. Estuve a punto de comprar los pisos que están al lado de tu apartamento, unirlos, remodelarlos e irme a vivir contigo.
Bajó las manos hasta mis nalgas y las apretó.
Abrí la boca formando una O.
—No te lo puedo creer, Maximilian Moretti. Tus manías de querer controlarlo todo me aterran.
Me quedé mirándolo.
—No, señorita Carter. Dije que estuve a punto. No lo hice. Te dije que trataría porque me cuesta, pero no quiero perderte. Así que no me eches toda el agua sucia.
Tuve que reconocer que tenía razón.
Le mordí suavemente el labio.
—Está bien. Gracias por intentar controlar tus bajos instintos por mí.
Mi sonrisa burlona consiguió que entrecerrara los ojos.
—Estás muy juguetona. Vamos a celebrar esto, pero antes déjame hacer algo.
Sacó el celular del bolsillo y comenzó a escribir.
—¿A quién le escribes?
—Ya tenía el número de la empresa de mudanzas listo. Les estoy diciendo que pueden ir. Tú no te preocupes, ellos empacan todo.
Lo dijo con tanta tranquilidad que tardé unos segundos en reaccionar.
—Maximilian, son las diez de la noche.
—¿Y?
—¿Cómo que «y»? Podemos esperar. Además, ya sé que me dijiste que aquí hay de todo, pero tengo que señalar qué cosas quiero traer. Por unos días no te vas a morir. ¿Quién hace una mudanza a las diez de la noche? Por Dios.
—No voy a darte margen para que mañana me digas que esperemos. Ese «poco a poco» ha sido una tortura. Y para eso pago bastante, para que cuando los necesite estén disponibles.
Lo miré fijamente.
—En serio, tú tienes que ver a un especialista.
—Otra cosa —continuó, ignorándome por completo—. Te dije que puedes cambiar este apartamento como quieras para que tenga más calor de hogar. Y, ahora que me acuerdo, toma mi tarjeta.
Solté una risa.
Definitivamente, seguía siendo Maximilian.
—Poco a poco, amor. Y no voy a decirte que esperemos. Yo también quiero dormir todos los días contigo.
Le quité el celular y lo dejé sobre una de las mesitas de la habitación.
—¿Por qué mejor no celebramos y mañana, si quieres seguir siendo intenso, hacemos la mudanza?
Su mirada cambió inmediatamente.
—Está bien. ¿Y cómo quieres celebrarlo? —preguntó despacio.
Tomé su mano y tiré de él.
—Ven. Te demuestro en la cama lo feliz que estoy de vivir contigo.
Me dio una nalgada antes de seguirme hacia la cama.
Las primeras semanas de convivencia terminaron demostrando que, en realidad, no eran tan diferentes a cuando pasaba casi todas las noches allí.
Excepto porque ahora Maximilian estaba insoportablemente satisfecho.
Ya no tenía que preguntarme si me quedaría a dormir ni verme preparar un bolso para regresar a Brooklyn. Mis cosas comenzaron a ocupar de verdad el espacio que llevaba meses diciéndome que era mío, aunque me negué a aceptar su tarjeta para cambiar medio apartamento como pretendía.
También descubrí que convivir con un hombre tan controlador podía poner a prueba mi paciencia.
Seguía intentando adelantarse a todo. La diferencia era que ahora, algunas veces, conseguía detenerse antes de hacerlo.
Otras necesitaba que yo se lo recordara.
Discutíamos, nos reconciliábamos y continuábamos.
No habían pasado ni dos semanas desde que me mudé cuando me llevó a cenar a un restaurante.
Yo creí que simplemente quería salir conmigo.
Hasta que, en medio de la cena, lo vi levantarse de su asiento.
Lo seguí con la mirada y, cuando se arrodilló frente a mí, me quedé inmóvil.
—Maximilian...
Sacó una pequeña caja.
No escuché prácticamente nada de lo que ocurría alrededor. Solo podía mirarlo a él.
Me pidió matrimonio.
Y yo dije que sí.
Antes de que pudiera hacer cualquier otra cosa, me incliné, tomé su rostro entre mis manos y lo besé largamente.
—Sí —repetí contra sus labios—. Sí.
El anillo era precioso.
Cuando volvimos a sentarnos, me quedé mirándolo en mi mano durante unos segundos.
Y entonces empecé a reírme.
Maximilian frunció el ceño.
—Cielo, ¿estás bien? ¿Qué te causa tanta gracia?
—Oficialmente contigo no hay solución.
—¿Por qué?
—Te vengo diciendo «poco a poco» desde hace meses. No llevo ni siquiera dos semanas viviendo contigo y ya me voy a casar contigo.
—Emma, por favor. Ese «poco a poco» me sabe a mierda. Además, ¿para qué esperar? Una vez te lo dije: quiero todo contigo y quiero que seas mi esposa. ¿O acaso tú no quieres casarte conmigo?
Extendí la mano sobre la mesa y tomé la suya.
—Mi amor, claro que sí. Yo también lo quiero todo contigo, mi controlador.
Su expresión cambió inmediatamente.
Sabía perfectamente cuánto le gustaba escucharme decir aquello.
Durante aquel año también había visto avanzar muchísimo la relación entre Sophia y Daniel. Ya eran novios oficialmente y eso me hacía gracia porque eran tal para cual. Los dos eran celosos y, por algunas cosas de sus pasados, entendían bastante bien la posesividad del otro.
En ocasiones parecían competir por ver quién era peor.
Y, para sorpresa de nadie, estaban felices así.
Un sábado por la noche, varias semanas después de la propuesta, los invitamos a cenar. Sophia ya sabía que me había mudado con Maximilian, pero todavía no le había contado que nos íbamos a casar.
Me estaba terminando de arreglar cuando Maximilian apareció en la habitación.
—Cielo, ¿en serio tenemos que recibirlos?
Lo miré por el espejo.
Tenía una cara de pocos amigos.
—Maximilian, ¿por qué eres así? Sophia es como mi hermana y Daniel es tu mejor amigo.
Maximilian hizo un gesto de resignación.
—Yo preferiría celebrarlo entre los dos y no con terceras personas.
Parecía un niño enfurruñado.
—Pues, amor, tienes que acostumbrarte, porque Sophia siempre va a estar en los momentos importantes de mi vida.
Se acercó, me abrazó y dejó un beso en mi sien.
Soltó un suspiro.
—Está bien.
Y salió de la habitación.
Si fuera por él, el mundo giraría exclusivamente alrededor de nosotros dos. Nos metería en aquel apartamento y probablemente no saldríamos nunca.
Fui al comedor para asegurarme de que todo estuviera listo. Revisé la mesa y comprobé que la comida siguiera caliente. Sora había preparado un menú especial para aquella noche.
El sonido del ascensor anunció su llegada.
Maximilian se colocó a mi lado cuando las puertas se abrieron y aparecieron Daniel y Sophia. Nos saludamos y, después de compartir unas copas, los invité a pasar al comedor.
—Será mejor que cenemos antes de que se enfríe la comida.
Nos sentamos los cuatro.
Sophia volvió a mirar alrededor.
—Guau. Este apartamento está espectacular.
Maximilian simplemente asintió.
—¿Y cómo van estas primeras semanas de convivencia? —preguntó ella.
Miré a Maximilian.
—Muy bien.
Sophia soltó una carcajada.
—Claro. No me imagino. Deben follar de día y de noche.
Daniel sonrió detrás de su copa.
—Sophia, por Dios.
—¿Qué? Es la verdad. ¿Cierto, mi amor? —preguntó, mirando a Daniel.
—Eso es lo bueno de vivir juntos.
La forma en que se miraron me hizo sonreír.
Esos dos estaban muy enamorados.
La cena continuó entre bromas y conversaciones hasta que Daniel miró a Maximilian.
—Por fin te veo riéndote. Siempre andas con una cara de culo.
Los tres estallamos en carcajadas.
Maximilian lo señaló.
—No te pases.
Pero una de las comisuras de sus labios estaba ligeramente levantada.
Sin darme cuenta, empecé a girar el anillo en mi dedo.
Sophia lo vio.
Abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
Me hice la desentendida.
—¿Qué?
—Emma... ¿te vas a casar?
Le mostré la mano.
—¡Tarán! Esa era la sorpresa.
Sophia se levantó inmediatamente y vino a abrazarme.
—¡Te vas a casar!
—Sí.
—Te mereces eso y mucho más. Me alegra verte feliz.
Entonces miró a Maximilian.
—Hazla feliz porque, si no, no querrás saber lo que puedo llegar a hacerte.
—Más que feliz la voy a hacer —respondió él.
Pero me lo dijo mirándome a mí.
Daniel observó a su amigo con diversión.
—Por fin. A ver si así se te mejora el genio.
Volvimos a reírnos a costa de Maximilian.
—¿Y para cuándo es la boda? —preguntó Sophia.
Vi que Maximilian estaba a punto de responder y me adelanté.
—Todavía no sabemos. Pero quiero una boda bonita.
—Claro, porque si fuera por Maximilian, se casarían mañana.
—Para eso existe gente que se encarga de organizar bodas —respondió él tranquilamente.
—Sí, y si fuera por Maximilian también invitaría a todo Manhattan —bromeé.