CAPÍTULO 31
Emma
Estaba en mi casa cuando decidí que tenía que ocupar la mente, así que me puse a limpiar todo el apartamento.
Coloqué un poco de música para hacer más ameno el ambiente y empecé por la habitación. Después seguí por la sala, que quedaba junto al comedor y la cocina. Lo bueno de vivir en un apartamento pequeño era que la limpieza resultaba mucho más fácil.
Cuando terminé, contemplé satisfecha lo reluciente que había quedado todo.
Solo faltaba el baño.
Entré con los productos de limpieza y comencé a organizar. En algún momento vacié demasiada agua sobre el piso y, no sé exactamente cómo pasó, uno de mis pies resbaló.
Intenté agarrarme de algo por puro reflejo, pero fue peor.
Caí con fuerza.
—¡Mierda!
El golpe en el brazo me hizo apretar los dientes. También me había raspado la rodilla y tenía un poco de sangre.
Me dolía un montón.
Con cuidado, conseguí ponerme de pie y llegué hasta el sofá. El brazo ya comenzaba a ponerse rojo.
Tomé el teléfono y llamé a Sophia.
Contestó enseguida.
—¿Sophi?
—Emma.
—Me caí horrible. Me raspé la rodilla y me lastimé el brazo. Me duele un montón.
—Mujer, ¿pero qué estabas haciendo?
—Lavando el baño.
—Emma, ten cuidado. Acabo de salir del turno. Dame unos minutos y voy para tu apartamento.
Giré el brazo para comprobar que podía moverlo.
—No creo que sea para tanto.
—No, señorita. Eso no lo decides tú. La enfermera aquí soy yo. Dame unos minutos y estaré en tu casa.
—Te amo.
—Yo también. Evita morir antes de que llegue.
Colgamos.
Se me escapó una pequeña risa que enseguida se convirtió en una mueca de dolor.
Mientras Sophia llegaba, sequé como pude el baño y después volví a sentarme a esperarla.
Al cabo de un rato llamaron a la puerta.
Cuando abrí, Sophia entró directamente.
—Ven, Emma. Siéntate y deja que te revise.
Obedecí.
Se agachó frente a mí y tocó con cuidado alrededor del raspón.
—¿Te duele cuando te toco?
—No sé, ¿no ves que me arde?
—Esto solo parece un raspón. Déjame ver el brazo.
Se sentó a mi lado y comenzó a revisarlo. Me hizo moverlo hacia arriba, hacia abajo y en diferentes direcciones.
—Todo parece estar bien, pero creo que te va a salir un morado.
Abrió su bolso, sacó una crema para el raspón y me dio unas pastillas para el dolor.
—Ten más cuidado la próxima vez. No quiero quedarme sin amiga. Ven, te pongo la crema.
Aparté la pierna.
—No, espera. Primero me baño. Si quieres, déjala ahí y cuando salga me la aplico.
—Que no. A partir de ahora hay que supervisarte hasta para bañarte.
—Exagerada.
Sophia se levantó del sofá.
—Me quedo hasta que te bañes. Ven, vamos.
—Estás loca. Puedo caminar y bañarme sola.
—Está bien. Deja la puerta medio abierta. Si pasa cualquier cosa, pegas el grito y voy al rescate.
—Bueno, mamá.
—Idiota.
Fui al baño y me duché con mucho más cuidado que de costumbre. Cuando terminé, me puse mi bata blanca, anudada a la cintura, y salí.
Sophia me observó.
—¿Te sientes mejor?
—Sí. La pastilla ya me calmó un poco el dolor.
—Mejor, porque tengo que ir a cubrir un maldito turno. Me llamaron hace un momento, así que voy a tener que dejarte sola.
—No te preocupes. Estoy bien.
—Si sientes más dolor, vas al médico.
—Bueno, enfermera Johnson.
—Así me gusta.
Me dio un beso y se marchó.
Fui a mi habitación para terminar de peinarme. Ya había pasado un rato cuando unos golpes insistentes contra la puerta me hicieron detener el cepillo.
—Pero ¿quién toca con tanta prisa?
Todavía con el cepillo en la mano, caminé hasta la entrada y abrí.
Me quedé pasmada.
Ahí estaba Maximilian.
Y más hermoso que nunca.
Llevaba pantalones blancos de corte holgado y una camisa del mismo tono, ligera, con varios botones abiertos en el cuello y las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Era extraño verlo así, sin uno de sus trajes impecables, mucho más relajado de lo que acostumbraba.
Y verlo de aquella manera lo hacía todavía más caliente.
—¿Cómo estás? —preguntó—. Me dijeron que te caíste.
Entró como si el apartamento le perteneciera.
—Estoy bien. ¿Quién te dijo?
—Sophia se lo contó a Daniel y Daniel me llamó.
Claro.
Me examinó como si fuera médico. Revisó mi brazo, después mi rodilla y hasta insistió con que debería ir al hospital.
Tuve que recordarle más de una vez que Sophia era enfermera y ya me había revisado.
Pero en algún momento la tensión cambió.
Quedamos demasiado cerca.
Maximilian tomó las tiras de mi bata y tuvo el atrevimiento de tirar de ellas para acercarme.
Me estaba diciendo algo sobre la caída y sobre tener más cuidado.
Yo lo escuchaba.
Sí le entendía.
El problema era que no podía dejar de mirar sus labios.
Tenerlo delante de mí, tan cerca, después de dos semanas sin verlo era demasiado.
Y, para rematar, llevaba una loción que me tenía mareada.
Quería que me besara.
Quería saltarle encima.
Hasta había tenido el descaro de decirme que no volviera a cometer una estupidez como aquella.
Después hubo un breve silencio.
No sé si fue él o fui yo.
Solo sé que nuestras bocas chocaron y empezamos a besarnos.
Todo el tiempo que habíamos estado separados se sintió en ese beso.
Terminé con las piernas enrolladas alrededor de su cintura y, poco después, acabamos en mi habitación follando como locos.
Sin pensar.
Sin hablar.
Solo nosotros dos y todas las ganas acumuladas durante aquellas dos semanas.
Pero esa no fue la única vez.
Después de un rato, ya más relajados, volvimos a follar.
Esta vez sin prisa.
No hubo parte de mi cuerpo que Maximilian no besara.
Mucho después, estaba recostada sobre su pecho mientras él acariciaba mi espalda con movimientos perezosos, de arriba abajo.
Fue el primero en abrir la boca.
—Prométeme que vas a tener más cuidado limpiando. Mira lo que pasó.
—Sí. Eres igual a Sophia. Qué mandones. Tendré más cuidado. Además, ¿quién se mata haciendo aseo?
Me miró.
—Pues tú casi lo haces.
Puse los ojos en blanco.
Maximilian se incorporó un poco y apoyó la espalda contra el cabecero.
Mi mirada bajó hacia su pecho.
Se veía demasiado caliente así, con el cabello desordenado y aquel tatuaje a la vista.
—Tenemos que hablar —dijo—. Pero deja de mirarme así porque, si no, dejamos la conversación para después.
Señalé el tatuaje.
—Ese tatuaje te hace ver malo.
Me miró con esos ojos oscuros y por un momento estuve tentada a olvidarme de la conversación.
Pero teníamos que hablar.
Me puse seria, me senté en la cama y me envolví con las sábanas.
—Sí. Es mejor dejar las cosas claras.
—Te lo dije y te lo vuelvo a repetir: no va a haber más omisiones de nada. No tengo ningún secreto guardado.
Se señaló a sí mismo.
—Este soy yo. Maximilian Alessandro Vitali Moretti. Como quieras llamarme, soy el mismo. El mismo que te ama y que siempre quiere verte feliz.
Lo observé.
—Sí quiero volver contigo. Y he pensado mucho en lo que me dijiste aquel día en la oficina. Tú me abriste las puertas y yo las crucé. Yo te vi y me enamoré de ti. Eso no lo manipulaste. Y siempre voy a estar agradecida por todo lo que has hecho por mí.
—No, cielo. Habías perdido tanto en la vida que solo te di un empujón. Lo que nunca imaginé fue enamorarme y obsesionarme como un loco contigo.
—Pero...
Se quedó mirándome, expectante.
—Maximilian, no quiero más puertas abiertas. Déjame tener mis propias luchas. Si algo no me sale bien, déjame equivocarme. No quiero más manipulación de oportunidades y no quiero que tomes decisiones por mí. Sé que me amas, pero eso no significa que tengas que controlar mi vida.
No dijo nada, así que continué.
—Y lo último, pero no menos importante: no más vigilancia. Mira hasta dónde llegó todo. Hasta se formó un cotilleo en el departamento.
—Cielo, tienes razón en muchas cosas, pero pedirme que deje de vigilarte por completo es pedirme mucho, Emma. Soy un hombre controlador y voy a tratar de controlarlo, pero dejar que el hijo de puta de Nathan se te acerque como si nada... ahí ya me pides demasiado.
—Nathan no sabía que yo estaba contigo. Incluso hablé con él y ya entendió que entre él y yo no va a haber nada. Así que bájale dos rayas a tus celos.
Maximilian me agarró por la cintura y me arrastró hasta sentarme encima de él.
—Por eso se la pasé, porque sé que el idiota no sabía. Pero espero que ahora le haya quedado bien claro que tú eres mía.
Me sujetó por la barbilla y pasó la lengua por mis labios.
—Solo mía.
—Ya deja de tratar mal a Nathan.
Hizo una mueca de desagrado.
—Sí. No vale la pena.
—Entonces, ¿me perdonas y vamos a oficializar nuestra relación?
—Sí, te perdono. Y con ese escándalo que armaste, creo que ya somos oficiales.
—No. Voy a hacer que todo valga la pena. Quiero llegar contigo de la mano a la oficina. Y si quiero pasar por el piso ocho a verte, voy a hacerlo sin que te importe lo que digan los demás.
—Maximilian, la gente te tiene hasta miedo. Me van a dejar de hablar. ¿Has visto la cara que pones cuando estás en modo jefe?
—En eso no hay discusión. Lo quiero todo contigo.
—Mejor voy yo a tu oficina.
Una sonrisa maliciosa apareció en su rostro.
—Claro que vas a ir a mi oficina. Te voy a follar en mi escritorio, contra las paredes, en el baño, en el piso, contra los ventanales... ¿Alguna descripción más que quieras, cielo?
Lo miré.
—No. Me quedó bastante claro.
Esta vez fui yo quien tomó su rostro entre las manos y lo besó con desesperación.
Aquello iba a ser un nuevo comienzo para los dos.
DOS MESES DESPUÉS
Habían pasado dos meses desde que volvimos.
A esas alturas, toda la empresa sabía que Maximilian Moretti y yo estábamos juntos.
Mis compañeros me tomaban el pelo llamándome «jefa», pero lo bueno era que ninguno había cambiado conmigo.
Eso sí, las miradas indiscretas no faltaban.
Un día entré al baño y allí estaba aquel grupo de mujeres que ya había aprendido a reconocer.
Las mismas que siempre hablaban de Maximilian.
En cuanto me vieron, se quedaron calladas.
Intentaron disimular, aunque las veía mirándome de pies a cabeza.
Caminé hasta el espejo y comencé a retocarme el maquillaje. Terminé aplicándome brillo en los labios porque Su Majestad Moretti me necesitaba en su oficina «ya mismo».
Guardé todo dentro de mi neceser y estaba a punto de salir para dejarlas cotillear con libertad cuando una de ellas no pudo contenerse.
—Emma.
Me volví.
—¿Sí?
No me sorprendía que supieran mi nombre. Maximilian y yo éramos la novedad en toda la empresa.
La mujer miró a las demás.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Por supuesto.
Parecía ser la más valiente del grupo.
—Tenemos una duda que nos está carcomiendo. El señor Moretti... así como se ve de dominante... ¿lo es para todo?
Claro que entendí el significado implícito de aquel «todo».
Una de sus compañeras abrió los ojos.
—¡Susan! ¿Cómo le preguntas eso?
Guardé el brillo en el neceser.
—Sí. Muchísimo —respondí, conteniendo una media sonrisa.
Durante un segundo se quedaron mirándome.
Después todas soltaron la risa.
—Chica, eres suertuda. Ese hombre, con todo respeto, es bellísimo. Y si hace todo tan bien como maneja la empresa, te ganaste el cielo.
—Sí, creo que me gané el cielo.
Me acomodé el cabello y salí del baño mientras todavía las escuchaba riendo y hablando entre ellas.
Cuando decía que éramos la novedad de Moretti Group, era cierto.
Maximilian bajaba mucho más seguido al piso ocho.
Obviamente, cada vez que aparecía, todos se ponían serios.
Hasta Marc, al principio, se acercaba inmediatamente.
—Señor Moretti, ¿necesita algo?
Después de que le expliqué que Maximilian simplemente había bajado a verme, dejó de preguntar.
Mis compañeros tampoco sabían qué hacer con él.
Especialmente Ryan.
Hasta ahí le llegaban las bromas.
Yo tenía que contenerme para no reír porque todos fingían estar superconcentrados en sus trabajos.
Maximilian llegaba, me saludaba y me besaba delante de todos.
A él le daba igual.
Una de esas veces, apenas se marchó, Ryan soltó el aire.
—Mierda. Ya puedo respirar tranquilo.
Nathan intervino:
—Es que tiene un aura como de «no me mires o te parto la cara».
Todos nos reímos.
—Él no es así —dije.
Ryan me miró.
—Tú dices eso porque eres su novia. A los demás hasta nos da miedo respirar cerca de él.
Volvimos a reírnos.
Y, la verdad, algo de razón tenían.
Maximilian entraba en cualquier lugar y la gente se ponía en tensión.
Entré al ascensor y presioné el botón del último piso.
Mientras subía, observé el vestido que llevaba puesto.
Últimamente me gustaba mucho usar vestidos.
Me decía a mí misma que era porque se me veían bonitos.
Aunque mi propia mente me acusaba de tener otras razones.
Cuando llegué, Elena me saludó.
—Hola, Emma.
—Hola, Elena.
Seguí de largo.
Ella ya estaba enterada de nuestra relación, así que tampoco tenía que inventar ninguna excusa.
Abrí la puerta del despacho.
Maximilian estaba detrás del escritorio leyendo unos documentos.
Decidí entrar en mi papel de trabajadora.
—Señor Moretti, me avisaron que me necesitaba.
Alzó la vista.
Una sonrisa perversa apareció en su rostro.
—Sí, efectivamente, la necesito. Usted ha sido una mujer muy mala porque tiene abandonado a su hombre.
Se metió completamente en el papel.
—Ven aquí.
Escuché cómo aseguraba la puerta desde uno de los controles que tenía cerca.
—Uhm... ¿Y qué puedo hacer por usted, señor Moretti?
Rodeé el escritorio hasta quedar frente a él.
—Muéstrame, cielo, qué puede hacer por su hombre con esa boquita que tiene.
Me arrodillé inmediatamente frente a él.
Maximilian comenzó a desabrocharse el pantalón y liberó su polla.
Pasé las manos por sus piernas antes de tomarlo.
Me encantaban su sabor y su olor.
—Adelante —ordenó.
Y eso hice.
Lo hice gruñir hasta que todo lo suyo terminó en mi boca.
Después fue su turno.
Me tomó sobre el escritorio.
A esas alturas ya habíamos hecho de todo en aquella oficina, exactamente como había prometido.
Maximilian no había dejado de ser ese hombre dominante y controlador.
Pero lo intentaba.
Le costaba un montón, eso sí.
Estaba aprendiendo poco a poco que estar conmigo no significaba decidir por mí.
Quería que me mudara con él y habíamos tenido peleas monumentales por eso.
Yo seguía diciéndole lo mismo:
Poco a poco.
El problema era que esas tres palabras no existían en el diccionario de Maximilian Alessandro Vitali Moretti.
Aunque, si era sincera, últimamente me estaba quedando más tiempo en su apartamento que en el mío.
Hasta ahora, todo entre nosotros había salido muy bien.