La obsesión de Moretti CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Emma

Ya habían pasado dos semanas y yo todavía no sabía muy bien cómo sentirme al respecto.

Maximilian había cumplido su palabra.

No había aparecido.

No había mensajes, llamadas ni encuentros supuestamente casuales. Absolutamente nada.

Y eso me tenía más contrariada de lo que quería admitir.

Por un lado, agradecía que estuviera respetando el espacio que le había pedido. Después de nuestra última discusión, necesitaba tiempo para pensar sin tenerlo encima intentando convencerme de nada.

Pero, por otro...

Lo extrañaba demasiado.

El fin de semana había salido con Sophia a ver una película y después terminamos en su casa. Hablar con ella, distraerme y hacer cualquier cosa que no implicara pensar en Maximilian había funcionado durante unas horas.

Hasta que días después me enteré de que Daniel y él habían salido a un club el sábado.

Lo sabía porque Sophia había vuelto a hablar con Daniel. Al parecer, esos dos estaban intentando darse otra oportunidad, y me alegraba por ella. De verdad que sí.

El problema era el otro.

—Qué bueno que salieron —dije.

Sophia entrecerró los ojos.

—No te gustó.

—Obvio que no.

—Se te nota.

—Ahora entiendo por qué ha sido tan fácil para Maximilian darme mi espacio. Quizá volvió a sus andanzas.

Me encogí de hombros, aunque la idea me molestaba más de lo que quería reconocer.

—Emma, ¿quién te entiende? Le pediste espacio y ahora estás celosa porque salió.

—No dije que fuera lógico.

—Pues para aclararte el panorama, Daniel dijo que los dos se portaron muy bien. Maximilian se emborrachó, eso sí.

La miré.

—¿Se emborrachó?

—Según Daniel, porque tiene el corazón roto.

—Sophia, tú dices unas cosas...

—Palabras textuales de Daniel, no mías. Aunque está bien que sufra un poquito. Primero, por omitir información, porque llamarlo mentiroso tampoco sería exactamente justo. Y segundo, por el numerito que te montó delante de todos en la oficina. Que aprenda.

—Gracias por la solidaridad.

—Siempre. Pero tampoco voy a hacerme la ciega contigo. Tú tampoco has estado muy bien.

No respondí inmediatamente.

Había pensado mucho durante esos días. En Maximilian, en todo lo que había descubierto y, sobre todo, en lo que significaría volver con él.

Porque lo quería.

Ese nunca había sido el problema.

—La verdad es que he pensado mucho —admití—. Y entiendo muchas cosas, incluso algunas de sus razones. Pero tampoco quiero salir corriendo a sus brazos para que después vuelva a mover los hilos a mi alrededor.

—Eso sí te lo compro —Sophia asintió—. Aunque creo que este tiempo también le habrá servido para reflexionar. Ahora, Emma, tampoco esperes un milagro. No creo que a ese hombre se le quite lo posesivo y dominante de un día para otro.

—Ni yo.

—Mientras no vuelva a dirigir tu vida sin preguntarte, ya es otra cosa.

—Lo extraño muchísimo —confesé—, pero no voy a buscarlo.

—Así me gusta.

Sophia guardó silencio unos segundos antes de que una expresión sospechosa apareciera en su rostro.

Ya conocía esa cara.

—¿Qué?

—Estaba pensando en Nathan.

—¿Y qué tiene que ver Nathan ahora?

—Que siempre tuve razón.

—¿Sobre qué?

—Sobre que le gustabas. Aunque después de todo lo que pasó, el pobre nunca tuvo una oportunidad. Tú le viste la cara a Max, te quitaste las bragas y se las tiraste a la cara.

La miré extrañada.

—¿Qué? ¿Cómo que Max?

—Bueno, tendré que acostumbrarme a decirle Max. Ya que Alessandro para el resto del mundo es Maximilian Moretti.

—¿Y desde cuándo tú tienes que acostumbrarte a algo?

—Desde que se reconcilien.

—¿Quién te dijo que voy a reconciliarme con él?

Sophia me sostuvo la mirada.

—Emma, hace cinco minutos estabas diciendo cuánto lo extrañas y ahora me preguntas eso. Después dices que la loca soy yo.

Me quedé callada.

Claro que quería regresar con él.

Pero si lo hacía, las cosas no podían volver a ser como antes. Esta vez iba a poner las cartas sobre la mesa. Maximilian no podía volver a manipular situaciones de mi vida creyendo que tenía derecho a hacerlo solo porque me amaba.

—¿Qué piensas? —preguntó Sophia al verme tan callada.

—Que si decido darle otra oportunidad, habrá cosas que tendrán que cambiar.

—En eso tienes razón. —Hizo una pausa—. ¿Sabes qué es lo bueno de todo esto?

La miré, expectante.

—¿Qué?

—La follada de reconciliación. Ah, eso va a estar buenísimo.

Abrí la boca.

—Sophia...

—¿Qué? No me mires así.

—Me imagino que sí —murmuré.

—Ay, no. No te hagas la santurrona conmigo.

—¡Que sí, pesada! Sí. ¿Contenta?

—Muchísimo. ¿Te acuerdas cuando te di la bienvenida al club de las mujeres que no pueden vivir sin una polla? He aquí la razón.

—Ya. Para. Entendí.

—Ah, y se me olvidaba. Me debes el tamaño real en centímetros de la polla de Maximilian. Necesito saber si es más grande que la de Daniel porque Da...

—¡Ya te pasas!

Sophia empezó a reírse.

—De verdad. Deberíamos ver una película. Tú te emocionas demasiado y empiezas a hablar de más.

—Emma, tú nunca vas a dejar de ser tan recatada.

—Y tú nunca vas a dejar de ser una libertina.

—Jamás. ¿No ves que tengo un doctorado en análisis de pollas? Mi experiencia me certifica.

Esta vez fui yo la que terminó riéndose.

Al final ni siquiera vimos una película. Encontramos una serie en Netflix que Sophia juró que era buenísima y terminamos enganchadas después del primer episodio.

Con ella conseguía distraerme bastante.

Al menos durante unas horas, dejé de preguntarme qué estaría haciendo Maximilian.

Maximilian

El primer fin de semana sin Emma había terminado completamente borracho.

Durante unas horas, el alcohol había conseguido apagarme la cabeza y hacer más llevadera su ausencia.

Darle espacio estaba resultando una mierda.

No escribirle.

No llamarla.

No aparecer en su apartamento.

No buscar cualquier excusa para verla.

Hasta había evitado mirar las cámaras del piso ocho más de lo necesario. Sabía perfectamente que, si Emma descubría que después de prometerle espacio me dedicaba a observarla desde una pantalla, me mandaría al carajo.

Y tendría razón.

Dos semanas haciendo exactamente lo contrario de lo que me pedía el cuerpo.

Aquella noche llegué al apartamento después del trabajo, me di una ducha y me puse unos pantalones blancos holgados y una camisa a juego. Dejé un par de botones abiertos y me remangué las mangas hasta los antebrazos.

No era demasiado tarde.

Me senté en uno de los sillones del salón sin encender las luces. No las necesitaba. Manhattan se extendía detrás de los ventanales, iluminando lo suficiente el apartamento.

Encendí la chimenea y me serví una copa de whisky.

Últimamente le estaba cogiendo demasiado gusto.

Estaba mirando hacia las ventanas, con la copa entre los dedos, cuando sonó mi teléfono.

Daniel.

Contesté.

—Sí.

—Por lo que veo, sigues como perro sin dueño, así que tengo noticias de Emma.

Me enderecé inmediatamente.

—¿Qué pasó?

—Tranquilo. Está bien.

—Daniel.

—Tuvo un pequeño accidente. Sophia me contó que estaba limpiando el piso del baño, se resbaló y cayó. Se raspó bastante una rodilla y se golpeó un brazo.

Ya estaba de pie.

—¿Fue al hospital?

—No. Sophia la revisó y dijo que está bien. Le duele por el golpe, nada más.

—¿Estás seguro?

—Eso fue lo que me dijo. Ahí te dejo ese pequeño detalle.

—Gracias.

Colgué.

Dejé la copa sobre la mesa, me puse los zapatos y agarré las llaves.

Había prometido darle espacio.

No había prometido quedarme sentado en mi casa después de enterarme de que se había lastimado.

Al llegar al estacionamiento, uno de los hombres de seguridad se acercó. Daniel estaba tomándose algunos días libres y yo tenía bastante claro que cierta enfermera tenía mucho que ver con eso.

—Yo manejo —le dije.

El hombre asintió.

—Voy detrás de usted.

Subí al auto.

Necesitaba verla personalmente.

Podían decirme cien veces que estaba bien y no me serviría de nada. Quería comprobarlo con mis propios ojos.

Aunque después me echara de su apartamento.

El trayecto se me hizo más largo de lo habitual.

Cuando finalmente llegué a su edificio, estacioné y subí rápidamente. Frente a su puerta, me detuve apenas un segundo antes de tocar el timbre.

La ansiedad apareció de golpe.

Era la primera vez que íbamos a vernos desde aquella discusión.

Escuché movimiento al otro lado y la puerta se abrió.

Emma se quedó inmóvil.

Yo también.

Llevaba una bata blanca anudada a la cintura y tenía el cabello húmedo, todavía a medio peinar.

Mi mirada descendió hasta la abertura de la bata, donde el escote dejaba ver más de lo conveniente.

Aquello no ayudaba precisamente a mantener mis pensamientos donde debían estar.

Pero no había ido hasta allí para eso.

Aparté la mirada y entré cuando ella retrocedió.

—¿Cómo estás? Me dijeron que te caíste.

Su sorpresa dio paso a una mirada desconfiada.

—Maximilian, estoy bien. ¿Quién te dijo lo que pasó?

—Sophia se lo contó a Daniel y Daniel me llamó.

—Por supuesto.

—¿Te duele?

Me acerqué y tomé su mano antes de llevarla conmigo hasta el sofá.

—Estoy bien —repitió.

—Déjame verlo.

—Maximilian...

—Emma.

Me permitió revisar el brazo. Lo extendí con cuidado y pasé los dedos suavemente alrededor de la zona que se había golpeado, atento a cualquier reacción de dolor.

—¿Dónde más?

Señaló una de sus piernas.

La piel de la rodilla estaba raspada y enrojecida. Seguramente en unos días tendría un buen moretón.

No me gustó nada.

—Deberíamos ir al hospital para que te revise un médico.

—Por si lo olvidaste, Sophia es enfermera. Me examinó y dijo que todo está bien.

Exactamente lo que Daniel me había dicho.

Solté su brazo.

Emma se levantó y yo hice lo mismo.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Habían sido dos semanas manteniéndome lejos de ella y ahora la tenía a menos de un metro.

Mi mirada recorrió su cuerpo antes de regresar a su rostro.

Me acerqué.

Tomé las tiras de la bata que rodeaban su cintura y tiré suavemente de ellas, obligándola a dar un paso hacia mí.

Emma no retrocedió.

Su respiración cambió.

La mía también.

Quedamos tan cerca que nuestras narices casi se rozaban.

—¿En qué estabas pensando tirando agua por todas partes mientras limpiabas el piso?

Sus ojos permanecieron en los míos.

—Veo que te informaron muy bien.

—¿No sabes que puedes hacerte daño? Esta vez fue un golpe. Podrías haberte fracturado un brazo o haberte golpeado la cabeza.

—No todos tenemos una Sora que nos limpie el apartamento.

—Le digo a Sora que venga a limpiar aquí.

—Pobre Sora. Ya tiene suficiente con tu apartamento gigantesco. No abuses.

Sus ojos bajaron hacia mi boca.

Lo vi.

Y ella supo que yo lo había visto.

—Entonces contrato a otra persona. Problema resuelto.

—¿Ah, sí?

—Sí. Pero no quiero volver a enterarme de que estabas haciendo una estupidez como esta.

—Sigues siendo mandón.

—Y tú sigues sin tener cuidado.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Dos semanas respetando la distancia que me había pedido y bastaron unos minutos teniéndola delante para que toda esa distancia se fuera al carajo.

Emma seguía mirando mi boca.

Yo quería besarla.

Quería mucho más que eso.

Incliné la cabeza y la besé.

No hubo delicadeza.

Ella respondió de inmediato, hundiendo las manos en mi cabello mientras yo la sujetaba por la cintura. El beso se convirtió rápidamente en una lucha por acercarnos más, como si aquellas dos semanas separados nos hubieran dejado a los dos con la misma necesidad acumulada.

Me agaché y la levanté.

Emma rodeó mi cintura con las piernas sin apartar la boca de la mía.

Caminé hasta su habitación.

Cuando llegamos junto a la cama, la bajé despacio.

Y me detuve.

—No.

Emma me miró, desconcertada.

—¿No?

Apoyé la frente contra la suya.

—Mira cómo estás. Te acabas de caer.

—Maximilian, estoy bien. En serio.

La observé durante unos segundos.

No era solamente por el golpe.

Había algo más que necesitaba saber antes de continuar.

—Emma, si hacemos esto, para mí se acabó la pausa.

Sus ojos no se apartaron de los míos.

—Lo sé.

—Vuelves conmigo de verdad. Nada de desaparecer mañana porque te arrepentiste. Y no quiero más secretos ni información a medias entre nosotros.

Hubo un pequeño silencio.

—Sí.

La estudié buscando cualquier señal de duda.

No encontré ninguna.

Desaté el lazo de su bata y la tela cayó abierta.

La retiré lentamente de sus hombros y di un paso atrás.

No llevaba bragas.

—Vas a ser mi puta muerte.

—Bésame.

La desesperación de su voz acabó con lo poco que quedaba de mi autocontrol.

Volví hacia ella, sujeté su nuca y la besé.

Emma se separó apenas lo suficiente para subir a la cama y tiró de mí para que fuera con ella.

No necesitó hacerlo dos veces.

Todo lo que habíamos contenido durante aquellas dos semanas explotó de golpe.

Los días.

Las discusiones.

La ausencia.

La necesidad de tocarnos otra vez.

No hubo paciencia ni espacio para fingir que podíamos tomarnos aquello con calma. Me deshice de mi ropa mientras Emma me buscaba con las manos, igual de desesperada que yo.

Me acomodé entre sus piernas y llevé la mano hasta su coño.

La humedad que encontré me hizo mirarla.

—Mierda... Estás como un río.

—Solo por ti.

—Sí. Solo por mí.

Entré en ella de una sola vez.

Los dos gemimos.

Hundí el rostro contra su cuello durante unos segundos antes de comenzar a moverme. Besé su piel, su mandíbula y bajé hasta sus pechos mientras sus manos recorrían mi espalda.

Había extrañado aquello.

Pero, sobre todo, la había extrañado a ella.

—Dime que me perdonas —le pedí entre jadeos mientras movía las caderas.

Emma me sostuvo el rostro.

—Quiero volver a creer en ti. Te amo demasiado, Maximilian.

Me detuve apenas un instante.

—Me encanta cómo me llamaste. Repítelo.

—Maximilian...

—¿Qué, cielo?

—Maximilian Moretti.

La forma en que lo dijo me golpeó de lleno.

—Me gusta cómo suena Maximilian Moretti en tus labios.

Volví a besarla y aumenté el ritmo de mis movimientos.

Emma soltó un gemido y se aferró a mis hombros.

Sus piernas se cerraron más alrededor de mi cuerpo.

—Me encanta cómo me aprietas —murmuré contra su oído—. Cómo gimes. Cómo te corres para mí.

Deslicé una mano entre nuestros cuerpos y la acaricié.

Emma arqueó la espalda.

—Me quiero correr... Ah...

—Entonces córrete.

Aumenté el ritmo.

—Córrete y siente cómo te lleno.

Su boca buscó la mía.

El orgasmo nos alcanzó casi al mismo tiempo y nos aferramos el uno al otro mientras terminaba de pasar.

Permanecí encima de ella unos minutos.

Emma deslizó lentamente las uñas por mi espalda.

No quería moverme, pero tampoco quería aplastarla.

Me aparté a regañadientes y caí a su lado.

Durante unos segundos solo escuchamos nuestras respiraciones.

—Oh, Dios mío... —murmuró Emma—. Eso estuvo muy bueno.

Giré la cabeza hacia ella.

—Bueno no, cielo. Muy rico.

La atraje hacia mí con cuidado de no rozarle demasiado la rodilla lastimada.

Después llegó el silencio.

Uno distinto al de aquellas dos semanas.

Esta vez ella estaba allí, entre mis brazos.

Habíamos vuelto.

Pero acostarnos juntos no borraba todo lo que había pasado.

Los dos lo sabíamos.

Todavía teníamos una conversación pendiente.