La obsesión de Moretti CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

Pero no me arrepentía de haberle dejado las cosas claras a Nathan. Si el cabrón tenía un mínimo de inteligencia, después de lo ocurrido habría entendido perfectamente por qué había bajado al piso ocho.

Lo que sí había sido un error era exponer a Emma de aquella manera.

Había convertido algo nuestro en tema de conversación para todo su departamento, exactamente cuando ella intentaba recuperar cierta normalidad.

Por eso le había prometido que no volvería a molestarla dentro de la empresa.

Y pensaba cumplirlo.

Por mucho que me costara.

No quería terminar de joder lo poco que había conseguido avanzar con ella. Quizá lo mejor era darle algo de tiempo.

No demasiado, pero sí el suficiente para que pudiera pensar sin tenerme encima cada día pidiéndole otra oportunidad.

La decisión me costó mucho.

Durante los días siguientes respeté mi palabra.

No bajé al piso ocho.

No la llamé a mi oficina.

No le envié correos personales durante el horario laboral.

Y cuando las ganas de buscarla se volvían insoportables, me obligaba a recordar la bofetada y la cara con la que me había dicho que iba a renunciar.

Eso funcionaba bastante bien.

A veces.

Cuando llegó el fin de semana, necesitaba salir.

Llevaba demasiados días entre el trabajo, el apartamento y mi propia cabeza. Quería beber algo, distraerme y conseguir que mi mente se quedara quieta durante unas horas.

Así que llamé a Adrian.

Me dijo que fuera al club.

Después busqué a Daniel.

—Vamos al club de Adrian. Pero quítate ese uniforme. Vístete como gente normal.

Daniel me miró con diversión.

—Ah, ¿quieres una borrachera de amigos?

—Jódete. Si no quieres ir, no vayas. Te estoy invitando a algo y ya estás tocándome los cojones.

—Yo no dije que no quisiera ir. Solo dije: borrachera de amigos.

—Como sea. Adrian nos está esperando.

—Qué sensible estás.

—Daniel.

—Ya me callo.

Cuando llegamos a Le Bain, el club estaba a reventar.

La música golpeaba desde antes de cruzar por completo la entrada y la pista estaba llena. No tuvimos que esperar. Adrian había reservado uno de los palcos privados y una de las meseras nos condujo directamente hasta allí.

Nos acomodamos y pedimos las bebidas.

Esa noche quería una sola cosa:

No pensar.

Ni en Emma.

Ni en la empresa.

Ni en la posibilidad de que hubiera jodido definitivamente las cosas con ella.

Solo quería tener la cabeza quieta por una puta vez.

Llevábamos unos veinte minutos allí cuando apareció Adrian Keller.

Abrió los brazos al vernos.

—Mis buenos amigos. Bienvenidos.

Me estrechó la mano y después hizo lo mismo con Daniel.

—No pensaba verte por aquí, Maximilian. Esto sí que es un milagro.

—Sí.

Adrian soltó una risa.

—Qué entusiasmo. Y después del favor que te hice todavía estoy esperando que me expliques para qué coño lo necesitabas.

—Pues vas a seguir esperando.

Se volvió hacia Daniel.

—Tan amable como siempre.

—Está de un humor excelente últimamente —respondió Daniel.

—Váyanse los dos a la mierda.

Eso solo consiguió que se rieran.

Me aparté de ellos y apoyé los antebrazos sobre la barandilla del palco.

Desde allí podía ver gran parte del club.

La pista.

Las mesas.

La barra de abajo.

Y fue precisamente allí donde se detuvo mi mirada.

La maldita barra.

El lugar donde Emma me había visto por primera vez.

Yo llevaba mucho más tiempo viéndola, pero aquella noche había sido diferente. Por primera vez la había tenido cerca sin esconderme detrás de informes, fotografías o una pantalla.

Había podido hablarle.

Mirarla directamente.

Ver cómo me miraba ella a mí.

Tomé otro trago.

Había ido al club para dejar de pensar en Emma y, de todos los putos sitios de Nueva York, había elegido precisamente aquel.

Brillante, Moretti.

La distancia empezaba a matarme.

No porque llevara tanto tiempo sin verla. La veía prácticamente todos los días en la empresa.

El problema era no poder acercarme.

No tocarla.

Bebí otro trago.

Una mano cayó sobre mi hombro.

Adrian.

—Como sigas así, te van a sacar arrastrado de mi club.

Antes de que pudiera contestarle, Daniel intervino:

—Déjalo. Quiero ver por primera vez cómo pierde los estribos.

Giré la cabeza hacia él.

—Sigue hablando y vas a ser tú el que salga arrastrado.

—Ahí está. Ese es el Maximilian que conozco.

Adrian se rio y después miró hacia otro punto del club.

—Hablando de cosas más interesantes... hay unas chicas que están bien buenas. Nos hace falta compañía y son tres para tres.

Lo vi levantar su vaso en dirección a alguien.

Seguí su mirada.

Tres rubias nos observaban desde otra zona. Una de ellas levantó también su copa y las otras dos sonrieron.

En otro momento ni siquiera lo habría pensado demasiado.

Ahora no sentí absolutamente nada.

Desde hacía tiempo ninguna mujer conseguía despertarme el más mínimo interés si no era Emma.

Así de jodido estaba por ella.

—Paso —dije—. Pregúntale a Daniel.

Esperaba que el cabrón aceptara.

Su respuesta me sorprendió.

—Yo también paso. Ahora mismo no quiero líos.

Alcé una ceja.

Daniel evitó mirarme.

Interesante.

Las cosas con cierta rubia parecían ir bastante más en serio de lo que él quería admitir.

Adrian chasqueó la lengua.

—Ay, no. Joder, qué aburridos. Los dos tienen cara de hombres enamorados.

—Llámalo como quieras.

Daniel agarró su vaso.

—Tú preocúpate por tu vida.

—Confirmado —dijo Adrian—. Los dos están jodidos.

—¿Vas a seguir hablando o vas a beber? —pregunté.

—Las dos cosas.

Adrian volvió a sentarse y Daniel hizo lo mismo.

Me uní a ellos.

No tardaron en empezar a recordar anécdotas de años atrás, algunas bastante menos dignas de lo que cualquiera de nosotros admitiría en público. Entre tragos, insultos y las estupideces que Daniel y Adrian parecían empeñados en recordar aquella noche, terminé riéndome más de una vez.

Y durante unas horas funcionó.

No dejé de pensar en Emma.

Eso habría sido imposible.

Pero por momentos conseguí que su ausencia no pesara tanto.

Por esa noche, tendría que ser suficiente.