EPÍLOGO #3
Ocultarle algo a Maximilian resultó bastante más difícil de lo que había imaginado.
Durante los días siguientes tuve que comportarme con normalidad mientras él seguía pendiente de los últimos preparativos de la boda. El problema era que había empezado a notar mi cansancio.
—Deberías descansar más —me dijo una noche—. Estás trabajando demasiado.
—Maximilian, trabajo ocho horas como cualquier persona normal.
—Para mí es demasiado si llegas cansada.
Ahí estaba otra vez.
Tuve que hacer como si nada y seguir aguantando sus comentarios cada vez que me quedaba dormida más temprano de lo habitual o me veía cansada.
Pero conseguí mantener la boca cerrada.
También tuve que aguantar las ganas de sacar la prueba del lugar donde la había escondido y mirarla otra vez.
Por momentos todavía me costaba creerlo, pero cada vez que pensaba en su reacción sabía que había hecho bien en esperar hasta después de la boda.
Porque con Maximilian cualquier cosa era posible.
El día finalmente llegó.
Y, como había imaginado, parecía que medio Nueva York estaba allí.
Socios, amigos, compañeros de trabajo y personas relacionadas con Moretti Group llenaban el enorme salón que Maximilian había elegido.
Él estaba encantado.
Por supuesto que lo estaba.
Todo el mundo podía ver que finalmente me había convertido en su esposa.
Yo también estaba feliz. Habíamos discutido por fechas, invitados y por su necesidad de querer resolver cada detalle inmediatamente, pero al final la boda había quedado como yo quería: bonita, preparada con tiempo y con las personas que realmente me importaban allí, aunque Maximilian se hubiera empeñado en invitar prácticamente a medio Nueva York.
Sophia y Daniel estaban allí. Mis compañeros también.
Y Maximilian no había conseguido casarse conmigo al día siguiente de pedírmelo, que ya podía considerarse una victoria personal.
La fiesta había sido increíble, pero en algún momento de la noche comenzó a impacientarse.
Se acercó a mí.
—Nos vamos.
Entrelacé mis dedos con los suyos.
—Espera un poco.
—¿Esperar?
Me acercó más a él.
—Lo que quiero es arrancarte ese vestido.
—Maximilian...
—Llevo horas esperando.
—Puedes esperar un poco más.
Su cara dejó bastante claro que no estaba de acuerdo.
Finalmente conseguimos despedirnos y marcharnos al hotel.
Para cuando pude darle mi sorpresa, ya habíamos celebrado nuestra noche de bodas a nuestra manera.
Estábamos juntos en la bañera. Maximilian estaba detrás de mí, acariciándome la cintura mientras yo permanecía apoyada contra su pecho.
Me giré hacia él.
—Tengo una sorpresa para ti.
—Sí, ¿qué es? —preguntó, curioso.
Había escondido la prueba dentro de una pequeña caja de regalo que guardé en uno de los cajones del baño.
Me estiré para alcanzarla y se la entregué.
Maximilian tomó la caja.
—Descúbrelo tú mismo.
La abrió.
Y se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
Miró lo que había dentro.
Después me miró a mí.
Volvió a bajar los ojos hacia la prueba.
Por primera vez desde que lo conocía, estaba viendo a Maximilian Alessandro Vitali Moretti sin palabras.
Empecé a preocuparme.
—Amor, ¿todo bien?
Reaccionó de golpe.
Se incorporó tan rápido que parte del agua terminó fuera de la bañera.
—Tenemos que llamar al doctor.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Al doctor. Ahora. Además, hoy saltaste en la fiesta, bailaste demasiado y...
—Maximilian...
—También tenemos que aumentar la seguridad. Cuando yo no pueda acompañarte, alguien tiene que estar contigo. Puedes caerte. Y el trabajo... No. Creo que deberías dejar de trabajar por un tiempo. No quiero estrés para ti. Y nosotros...
No paraba.
Empezó a enumerar todo lo que podía pasar, todo lo que iba a hacer y una lista de prohibiciones que parecía crecer con cada palabra.
Lo agarré del brazo y conseguí que volviera a sentarse.
—Cálmate.
—¿Que me calme? ¿Hace cuánto lo sabes?
—Desde la última prueba del vestido.
Sus ojos se abrieron más.
—¿Y no me dijiste nada?
—Quería darte la sorpresa esta noche.
—¿Y has estado todos estos días haciendo tu vida como si nada?
—Maximilian.
—¿Qué?
—Estoy embarazada, no incapacitada.
—Eso está por verse.
Lo miré.
—Ni se te ocurra empezar.
—Cielo, acabas de decirme que llevas a mi hijo dentro. Dame al menos diez minutos para perder la cabeza.
No pude evitar sonreír.
La felicidad se le notaba en la cara.
Estábamos completamente mojados, con agua fuera de la bañera y Maximilian probablemente planeando contratar a diez personas para seguirme a todas partes durante los próximos meses.
—Te amo —le dije.
Me tomó el rostro entre las manos.
—Yo también te amo.
Me besó y después bajó una de sus manos hasta mi abdomen.
—Gracias por este regalo, cielo.
Cubrí su mano con la mía.
Maximilian.
Nuestro bebé.
Mi familia.
FIN