La obsesión de Moretti CAPÍTULO 28 #3
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CAPÍTULO 28 #3

Aunque, obviamente, no iba a aplicarnos a ella y a mí.

La miré.

Estaba furiosa.

Yo también.

Le ordené que subiera al piso cuarenta y dos antes de que alguno de los dos dijera algo peor delante de todo el mundo.

Regresé a mi oficina y mandé a Elena a buscar unos documentos a la bodega.

Los documentos no estaban allí.

Yo mismo los había retirado días atrás.

Pero necesitaba que se marchara.

No quería testigos cerca cuando Emma llegara.

Me acerqué al ventanal.

Esperé.

No tardó demasiado.

La puerta se abrió con fuerza.

Me giré.

Emma venía hacia mí hecha una furia.

Caminé en su dirección.

La bofetada me cruzó la cara antes de que pudiera decir una palabra.

Fuerte.

Lo suficiente para hacerme girar el rostro.

Me quedé quieto.

Joder.

Cuando volví a mirarla, estaba preciosa hasta cabreada.

Pero entonces dijo que iba a renunciar.

Eso borró cualquier otro pensamiento.

Emma se giró hacia la puerta.

La alcancé antes de que pudiera llegar y la sujeté por la cintura.

—Suéltame, maldita sea.

Intentó apartarse.

—Vi la maldita intención de Nathan contigo. Vi cómo te buscaba, cómo estaba todo el puto día pegado a ti y tus sonrisitas con él.

Consiguió girarse entre mis brazos.

—¿Y eso te da derecho a formar semejante espectáculo abajo?

—No. Pero tampoco pretendas que me quede con los brazos cruzados mientras otro hombre intenta enamorar a mi mujer.

Sus ojos ardieron.

—Que te quede claro que yo no soy tu mujer.

Aquello me cayó peor de lo que debería.

—Emma...

—Te pedí tiempo. Te pedí espacio. Ayer hablamos durante horas y hoy sales con esto. Hablas mucho de que ya no vas a ocultarme nada, de que mis decisiones son mías, pero sigues intentando controlar todo lo que hay a mi alrededor.

La solté.

—Ojo, Emma. No mezcles una cosa con la otra.

Mi voz salió más dura.

—Una cosa es que no vaya a manipular situaciones a tus espaldas y otra muy distinta que me quede sentado viendo cómo ese intento de hombre te coquetea delante de mis narices.

—Veo que te queda bastante tiempo para mirar las cámaras.

Mierda.

—Eso no viene al caso.

—Claro que viene al caso. ¿Cómo más sabías todo lo que hice durante el almuerzo?

—Lo quiero a metros de ti.

Su expresión cambió inmediatamente.

Sabía que acababa de decir exactamente lo que no debía.

—Pues no tienes de qué preocuparte. Como te dije, voy a renunciar ahora mismo. Y me importa una mierda la cláusula.

—Emma, olvida la jodida cláusula. No voy a utilizarla contra ti.

—Qué generoso.

—No me jodas. ¿Cómo quieres que no me altere si la mujer que amo está hablando al oído con otro cabrón?

—¡Porque yo no puedo controlar lo que Nathan sienta por mí!

—Pero sí puedes ponerle un límite.

—¡Y lo habría hecho!

Eso me hizo callar.

Emma respiraba con fuerza.

—Ni siquiera me dejaste responderle, Maximilian. No sabes qué iba a decirle.

Apreté la mandíbula.

No.

No lo sabía.

—Una cosa es que yo le guste a Nathan o que él quiera salir conmigo y otra muy diferente que yo le siga el coqueteo. No confundas las cosas.

Di un paso hacia ella.

Emma levantó un dedo.

—Ni se te ocurra.

Me detuve.

—Ya tomé una decisión.

No me gustó cómo sonó aquello.

—¿Qué decisión?

—Te pedí espacio para pensar si podía volver a confiar en ti. Y si ni siquiera eres capaz de respetar eso, entonces me estás demostrando exactamente qué clase de hombre eres.

—Emma...

—No.

Cogió su bolso.

—Esta vez no.

Se marchó.

La puerta se cerró detrás de ella.

Y no fui tras ella.

Cada puto instinto me exigía hacerlo.

Pero sus últimas palabras seguían dándome vueltas en la cabeza.

Si ni siquiera eres capaz de respetarlo...

—¡Joder!

Golpeé el escritorio.

Me había pasado.

Lo sabía.

Eso no significaba que fuera a quedarme tranquilamente mirando cómo Nathan intentaba conquistarla. Ni de coña.

Pero amenazarlo delante de toda la oficina había sido otra cosa.

Y ahora Emma quería renunciar por mi culpa.

Cogí el teléfono y llamé a Marc.

Respondió enseguida.

—Señor Moretti.

—Marc, Emma va a renunciar.

Hubo un silencio.

—¿Qué? Pero, señor Moretti, Emma es una de nuestras mejores pasantes.

—Lo sé perfectamente.

Me pasé una mano por el cabello.

—Entonces evita que renuncie. Habla con ella. Dale razones de peso para quedarse.

Marc volvió a guardar silencio.

—Voy a hablar con Emma. No sé qué está pasando entre ustedes dos y, sinceramente, creo que prefiero no saberlo. Pero profesionalmente es un activo valioso para el equipo. Haré lo que esté a mi alcance para que se quede.

—Te dejo esa tarea.

—Sí, señor.

—Gracias.

Colgué.

Me quedé mirando el teléfono.

Entonces entendí lo que acababa de hacer.

Emma se había ido de mi oficina acusándome de intentar controlar su entorno.

¿Y mi primera reacción había sido llamar a Marc para impedir que renunciara?

Apoyé ambas manos sobre el escritorio y bajé la cabeza.

Esto se me había salido de las manos.

Otra vez.

Pero ¿qué coño se suponía que hiciera?

¿Quedarme aquí sentado mientras otro hombre intentaba llevarse a mi mujer?

No.

Eso no iba a pasar.

El problema era que, si seguía actuando así, quizá no necesitaría que Nathan me la quitara.

Iba a conseguir que Emma se alejara de mí por sí sola.