CAPÍTULO 28 #2
Maximilian venía directamente hacia nosotros.
Y estaba furioso.
Olivia y Ryan habían dejado de trabajar. Los dos lo miraban con el mismo desconcierto que probablemente tenía yo.
No era para menos.
El señor Moretti nunca había aparecido en nuestro piso mientras nosotros estábamos allí.
Se detuvo frente a Nathan.
Su expresión era tan fría que hasta a mí me puso en alerta.
Ahí estaba el CEO.
El hijo de puta que podía conseguir que alguien se cuestionara toda su existencia con una sola mirada.
—Yo te pago para que trabajes, no para que enamores a la señorita Carter.
Tragué saliva.
Nathan se enderezó.
—Señor...
Hizo una pausa, pero no retrocedió.
—Solo estábamos hablando.
—Pues no es lo que parece.
Clavé los ojos en Maximilian.
No lo hagas.
Tuvo que entender perfectamente mi mirada.
Me ignoró.
—Esta vez te llamo la atención. La próxima, te largas de la empresa.
Nathan se quedó pálido.
Yo no podía creer lo que estaba escuchando.
Quise hablar, pero me contuve porque sabía que, en cuanto abriera la boca, iba a mandarlo a la mierda delante de todo el piso.
Y ya había montado suficiente espectáculo.
Marc apareció en ese momento.
—Buenas tardes, señor Moretti. ¿Pasa algo?
Maximilian ni siquiera apartó la mirada de Nathan.
—Sí. Pasa bastante.
Marc miró de uno a otro.
—Veo que tus pasantes tienen tiempo para enamorar en horario laboral.
Marc nos observó inmediatamente a Nathan y a mí.
—¿Habla de Emma y Nathan?
—Hablo de él.
Ni siquiera pronunció su nombre.
Lo miró como si Nathan fuera una molestia que acababa de encontrar pegada a la suela del zapato.
Hasta ahí llegué.
—Disculpe, señor Moretti.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Nathan y yo solo estábamos hablando. No sé de dónde saca que estaba «enamorándome». Hasta donde sé, no está prohibido hablar con los compañeros ni tener relaciones sentimentales entre empleados de esta empresa.
Vi que Marc abría los ojos.
Pues que se jodiera.
Si quería montar un ataque de celos delante de todo el mundo, que aguantara las consecuencias.
Maximilian me lanzó una mirada que habría hecho callar a cualquiera.
A mí no.
Marc intervino antes de que aquello empeorara.
—Creo que aquí hay un malentendido, señor.
Maximilian seguía mirándome.
Y ahí comprendí el verdadero problema.
Ryan nos observaba.
Olivia también.
Nathan no decía nada.
Marc parecía intentar encajar las piezas.
Si cualquiera sumaba dos más dos, aquello se estaba volviendo demasiado evidente.
—La espero inmediatamente en el piso cuarenta y dos, señorita Carter.
Se dio la vuelta y caminó hacia los ascensores con una calma que no tenía absolutamente nada que ver con el hombre furioso que acababa de amenazar a Nathan.
Las puertas se cerraron detrás de él.
Durante unos segundos nadie habló.
Marc fue el primero.
—¿Qué mierda acaba de pasar aquí?
Silencio.
—Emma, ¿qué pasa? Y no me digas que nada porque el señor Moretti no baja a este piso porque sí y mucho menos para advertir precisamente a Nathan cuando estaba hablando contigo.
Lo iba a matar.
Si después de esto Maximilian creía que todavía tenía alguna posibilidad conmigo, acababa de joderla.
Y esta vez de verdad.
—Es una historia larga.
—Yo creo que Emma y el señor Moretti tienen un lío personal —soltó Olivia.
Giré hacia ella.
No respondí.
No podía.
Porque cualquier cosa que dijera podía empeorarlo todavía más.
Miré a Marc.
—Esto no se va a repetir.
—Emma...
—No se va a repetir.
Porque iba a subir a aquella oficina, mandarlo a la mierda y después ir directamente a Recursos Humanos.
No iba a aguantar aquellos numeritos cada vez que a Maximilian le diera un ataque de celos.
—Ve —dijo Marc—. Rápido, antes de que vuelva a bajar y meta el grito en el cielo.
Cogí mis cosas y caminé hacia el ascensor.
Sentía todas las miradas sobre mí.
Ryan.
Olivia.
Nathan.
Marc.
Hundí el botón con más fuerza de la necesaria.
—Maldito. Mil veces maldito.
Las puertas se abrieron.
Entré y presioné el cuarenta y dos.
Cuando llegué, el escritorio de su secretaria estaba vacío.
Mejor.
Caminé directamente hacia el despacho de Maximilian y abrí la puerta sin tocar.
Estaba de espaldas, mirando la ciudad a través del ventanal.
Se giró.
Yo avancé hacia él.
Él hizo lo mismo.
No dije una sola palabra.
Le crucé la cara de una bofetada.
El golpe fue tan fuerte que su rostro se desvió hacia un lado.
Mi palma ardió.
Maximilian permaneció inmóvil durante un segundo.
Antes de que pudiera hablar, lo hice yo.
—Esta es la última vez que me vas a ver en tu empresa.
Volvió lentamente el rostro hacia mí.
La marca de mis dedos empezaba a dibujarse sobre su mejilla.
—¿Cómo te atreves a hacerme pasar semejante ridículo delante de todo el mundo solo porque eres el jefe? Pues te tengo noticias: voy a Recursos Humanos ahora mismo y voy a renunciar.
Su expresión cambió.
Y esta vez no fue por la bofetada.
Fue por la palabra renunciar.
Maximilian
Desde que Emma había llegado aquella mañana, había intentado mantenerme al margen.
Lo había intentado de verdad.
El problema tenía nombre.
Nathan.
El muy imbécil llevaba toda la mañana hablando con ella.
Al principio me obligué a ignorarlo.
Era su compañero.
Trabajaban juntos.
Normal.
Eso me repetí mientras intentaba concentrarme en mis propios asuntos.
Entonces llegó la hora del almuerzo.
Miré las cámaras y vi cómo el cabrón esperaba a Emma.
Los dos bajaron juntos.
—Tranquilo.
Volví al documento que tenía delante.
Cinco minutos después estaba mirando otra vez.
Nathan se había sentado cerca de ella.
Hablaban.
Emma se reía.
Él volvía a decir algo.
Ella otra vez sonreía.
¿Qué coño tenía ese imbécil que contarle?
¿Ahora era su puto payaso personal?
Aparté la mirada de las pantallas.
No iba a bajar.
No iba a montar un espectáculo.
Emma me había pedido espacio y, después de la conversación del día anterior, sabía que debía dárselo.
El teléfono sonó.
Era un cliente antiguo con el que llevaba años trabajando y cuya relación conmigo ya se acercaba más a una amistad que a un vínculo estrictamente profesional.
Contesté.
La llamada duró como una hora.
Lo sabía porque conté cada minuto.
Cuando colgué, me negué a mirar las cámaras inmediatamente.
Trabajé.
O lo intenté.
Hasta que terminé haciéndolo.
Nathan estaba otra vez en el escritorio de Emma.
Se alejaba.
Regresaba.
Volvía a hablarle.
Y entonces vi la manera en que se inclinó hacia ella.
Ya no pude más.
Me levanté.
Que me pidiera tiempo era una cosa.
Que otro cabrón aprovechara ese tiempo para intentar meterse entre nosotros era otra muy distinta.
Y yo no iba a quedarme sentado contemplándolo.
Salí de mi oficina.
Sabía que con Emma iba a tener un problema después.
Me importó una mierda.
Primero iba a poner al patético en su sitio.
Cuando entré al piso ocho, todas las miradas se volvieron hacia mí.
Normal.
Era mi maldita empresa.
Y mi maldita mujer estaba junto a otro hombre.
Llegué hasta ellos justo a tiempo para escuchar suficiente.
Una cena.
El sábado.
Nathan quería salir con ella.
Malnacido.
Emma abrió los ojos al verme.
Sabía perfectamente qué estaba pensando.
No lo hagas.
Demasiado tarde.
Le dije a Nathan exactamente lo que tenía que decirle.
El tipo no tartamudeó, aunque noté la vacilación inicial. Al menos tuvo los cojones de responderme con respeto sin quedarse completamente callado.
Después apareció Marc.
Y entonces habló Emma.
Delante de todos.
Recordándome que en mi empresa no existía ninguna norma que prohibiera las relaciones entre empleados.
Podía crear una.