CAPÍTULO 28
Emma
Sophia y yo ya estábamos sentadas en los sofás cuando me dispuse a contarle todo.
—Bueno...
—Espera.
Se levantó de golpe.
—¿Ahora qué?
—Me faltó algo.
Fue entonces cuando reparé en la mesa de centro. Había quitado los adornos y, en su lugar, tenía una caja grande de pizza, nachos con queso y varias sodas.
Escuché sus pasos regresar y levanté la vista.
Traía una caja enorme de palomitas.
No podía creerlo.
—¿Tú qué crees que es esto? ¿Una serie de Netflix?
—Te dije que iba a comprar palomitas. Además, esta película está buena. Tú misma dijiste: «Sophia, ponte cómoda». Heme aquí.
Se dejó caer en el sofá y se acomodó como si realmente estuviera esperando que empezaran los créditos.
—Te lo tomaste demasiado literal. —Señalé la mesa—. Y compraste comida para un batallón.
—Es mejor pasar las penas con la barriga llena.
—Bueno, habla —dijo, tomando un puñado de palomitas—. Estoy ansiosa por saber cómo diablos terminaron hablando si se supone que estaban en horario laboral.
—Empezó escribiéndome al correo de la empresa. Me dijo que teníamos que vernos durante mi descanso.
—O sea, él va ordenando.
—Sí. Y le respondí que no, que me dejara en paz.
—Así se hace.
—Pero entonces me dijo que estaba bien, que si yo no subía, él bajaba.
Sophia negó varias veces.
—No puede ser.
—Obviamente me vi obligada a subir.
—¿Y quién se cree?
La miré como si la respuesta fuera demasiado evidente.
—¿Quién será?
Sophia tardó un segundo.
—Ah, verdad. El jefe.
Soltó una carcajada.
—No te rías.
—Perdón. Continúa.
Me acomodé mejor en el sofá.
—Me habló de sus padres. De cómo tuvo que asumir la empresa siendo muy joven y de que, cuando empezó a revisar personalmente las fundaciones a las que su familia ayudaba, visitó mi orfanato. Ahí fue cuando me vio por primera vez. Preguntó por mí y le contaron mi historia.
Sophia había dejado de comer.
—Me dijo que no sabe exactamente cómo llamarlo. Protección, quizá. Pero me dejó muy claro que cuando yo era una niña no existía ningún interés amoroso ni nada parecido.
—Bueno, menos mal que aclaró esa parte porque...
—Sophia.
—Me callo.
—Según él, solo quiso que se me abrieran oportunidades. Después pasaron los años, dejé de ser una niña, me convertí en una mujer y fue entonces cuando empezó a estar pendiente de mí de otra manera.
—Esto parece una película, Emma.
—Ya lo sé.
Cogí una de las sodas de la mesa.
—También me preguntó si durante todo ese tiempo alguna vez me había exigido algo a cambio de la beca.
Y la verdad es que no. Lo único que tenía que hacer era mantener buenas calificaciones para conservarla y después cumplir con los requisitos de las prácticas.
Nada fuera de lo normal. Me dijo que, si hubiera querido algo sucio de mí, habría podido pedirlo desde hacía años.
Sophia asintió lentamente.
—Eso mismo te dije yo. Y te lo vuelvo a repetir: que él haya abierto esa puerta no significa que haya conseguido tus logros. Tú mantuviste la beca. Tú sacaste esas notas de excelencia.
—Eso mismo me dijo él.
—Pues en eso el imbécil y yo estamos de acuerdo.
—Y sobre lo de salir de las sombras... dijo que, cuando finalmente decidió acercarse, podía preparar las circunstancias para encontrarnos, pero no podía decidir si me iba a gustar. Que yo lo vi, me gustó y fui tomando mis propias decisiones después.
Sophia me señaló con una palomita.
—Ahí también tiene razón.
La miré.
—No pongas esa cara. A ti ese hombre te encantó desde que lo viste. Yo estuve en el club, ¿recuerdas? Cuando me acerqué a ustedes dos, se notaba la conexión a kilómetros.
No podía discutirle eso.
Desde aquella primera noche, Alessandro había conseguido alterar algo dentro de mí sin necesidad de tocarme.
—También me dijo que Marc está considerando un ascenso para mí y que ese tipo de decisiones no pasan por su escritorio. Que simplemente está enterado porque... bueno, porque se trata de mí.
—Obviamente.
—Y reconoció que fue un cobarde. Que tuvo muchas oportunidades para decirme la verdad y fue posponiéndolo porque cada vez estaba más involucrado conmigo. Me dijo que me ama. Eso fue todo.
Sophia se quedó unos segundos en silencio.
—Emma, en varias cosas tengo que darle la razón.
—Parece que lo estuvieras defendiendo.
—No. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
Ocultarte quién era estuvo mal. Debió decírtelo.
Si no desde el principio, por lo menos mucho antes de que la relación llegara hasta donde llegó.
Incluso habría sido mejor que supieras quién era mientras estabas en la universidad y no descubrirlo de esta manera.
Cogió otro pedazo de pizza.
—Pero lo que pasó, pasó. Y si analizas tu situación en la empresa, tampoco parece que te haya puesto ahí para tenerte de adorno. Eres pasante. ¿Te dio una oficina privada, mejores beneficios que los demás pasantes o un cargo de alto mando?
—No.
—Exacto. Aunque sí está un poco loco, enamorado y obsesionado contigo. Eso ya lo sabemos.
—Nunca pensé que algo así me iba a pasar a mí.
—Pues te pasó.
—Gracias por la honestidad.
—De nada.
Me hizo gracia a pesar de todo.
Sophia dejó la comida sobre el plato.
—Mira, Emma, la decisión es tuya. Sea cual sea, yo voy a apoyarte. Si quieres, saco papel y lápiz y hacemos una lista de pros y contras.
La miré muy seria.
Ella me devolvió la mirada con la misma expresión hasta que no aguanté y me reí.
—No somos adolescentes.
—No, pero funcionaría. —Se encogió de hombros—. Lo que intento decirte es que voy a estar a tu lado decidas lo que decidas. Si quieres darle otra oportunidad al imbécil, bien. Solo quiero que no vuelva a hacerte sufrir.
—Se me olvidó contarte eso. Me prometió que, si le daba otra oportunidad, no habría más secretos. Que ya me había contado todo.
—Guau. Y qué secretote se guardaba el desgraciado.
—Sí.
—No tienes que decidir esta noche. Piénsalo. Sin presionarte y sin pensar en lo que él quiere, en lo que yo pienso o en lo que haría cualquier otra persona. Decide qué es mejor para ti.
La miré.
—Te amo, Sophi. Gracias de verdad. Por no juzgarme, por escucharme y por estar conmigo aunque haga un desastre detrás de otro.
—Si lloras, lloramos juntas. Si peleas, peleamos juntas. —Agarró nuevamente su plato—. Bueno, ya. Mucho sentimiento. Tengo hambre.
—Espera.
—¿Qué?
—¿Y Daniel?
Su expresión cambió.
—¿Qué pasa con Daniel?
—No vas a dejar al pobre hombre metido en un problema que realmente es entre Maximilian y yo.
Sophia dejó escapar un sonido de fastidio.
—Yo sé que él no iba a traicionar a Alessandro. Y, aunque esté cabreada, eso le da un punto bastante grande a su favor. Porque si me hubiera contado un secreto de su amigo solo porque se acuesta conmigo, tampoco habría valido la pena. El que es mal amigo es malo para todo.
—Me alegra escucharte decir eso.
Y lo decía en serio.
—Pero —añadió levantando un dedo—, si quiere volver a tener mi coño a su disposición, se lo va a tener que ganar.
—¡Sophia! Qué cochina eres. Mejor cállate y come.
Nos echamos a reír.
Por primera vez en varios días, sentí que podía respirar sin tener una piedra encima del pecho.
No sabía todavía qué iba a decidir.
Pero sabía que tendría que hacerlo pronto.
El día siguiente llegó demasiado rápido.
Ryan y yo llevábamos un buen rato discutiendo por un presupuesto que no terminaba de cuadrarme.
—Te estoy diciendo que hay algo mal.
—Y yo te estoy diciendo que no —respondió él, acercando el documento—. Lo hemos revisado tres veces.
—Pues lo revisamos una cuarta.
Nathan terminó uniéndose a nosotros y entre los tres volvimos a comprobar las cifras. Pasaron varios minutos y ninguno consiguió encontrar el supuesto error.
Ryan miró el reloj.
—¿Saben qué? Voy al baño. Necesito descansar de tantos números antes de que me explote la cabeza. Además, faltan cinco minutos para el almuerzo, así que voy haciendo tiempo desde allá.
Lo vimos marcharse.
Nathan negó con la cabeza.
—Ryan y sus locuras.
—Sí, pero por lo menos le pone gracia a los días.
Se hizo un breve silencio.
Nathan me miró.
—Te he notado rara últimamente. ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien. A veces uno tiene días en los que está desanimado y otros en los que está mejor. Supongo que eso es todo.
—Sí. Pasa.
Miró la hora.
—Deberíamos ir bajando al restaurante. Si esperamos a los demás, nos va a tocar de últimos.
—Voy a buscar mi celular.
—Te espero.
Regresé a mi escritorio y desconecté el teléfono que había dejado cargando. Nathan efectivamente seguía esperándome cuando volví.
Bajamos juntos.
Al final terminamos sentados con los demás, como siempre. Entre conversaciones, bromas y anécdotas, el almuerzo transcurrió mucho más ligero que los últimos días.
Cuando terminamos, regresamos todos en el ascensor. Nathan iba a mi lado contándome algunas cosas sobre su familia y varios viajes que había hecho.
Lo escuchaba mientras hablaba.
Nathan era agradable.
Tranquilo. Amable. De esos hombres con los que probablemente todo sería sencillo.
Y quizá por eso mismo pensé en Maximilian.
Porque con él nada era sencillo.
Nathan podía estar a mi lado durante media hora sin alterar un solo latido. Maximilian entraba en una habitación y mi cuerpo parecía detectarlo antes que yo.
Con él no podía quedarme encerrada demasiado tiempo en ningún sitio sin que las cosas terminaran complicándose.
O con nuestra ropa a medio quitar.
Sacudí mentalmente la comparación.
Definitivamente necesitaba ordenar mi cabeza.
Regresamos a nuestros puestos y continuamos trabajando, aunque Nathan siguió acercándose de vez en cuando para comentar alguna cosa.
En una de esas ocasiones apoyó una mano en el borde de mi escritorio.
—Emma.
—¿Sí?
Parecía más serio que antes.
—Hay algo que no te había dicho.
Dejé de mirar la pantalla.
—¿Qué cosa?
—Me llamas la atención.
Parpadeé.
Eso sí no me lo esperaba.
—Nathan...
—No quiero incomodarte. Solo pensé que podríamos salir el sábado. Cenar en algún lugar, hablar fuera del trabajo... Si quieres.
Abrí la boca para responder.
No llegué a hacerlo.
Unos pasos firmes atravesaron la oficina y, por alguna razón, todo el ambiente pareció cambiar.
Miré por encima del hombro de Nathan.
No.
No, no, no.