La obsesión de Moretti CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

—Aunque te digo una cosa: dejando de lado todo este desastre, ese nombre impone. Maximilian Alessandro. —Hizo una pausa—. Y tú follando con él en la oficina de Moretti Group... El propio cliché.

Si ella supiera lo cerca que había estado de convertir ese cliché en realidad.

—Emma —continuó—, imagínate a la gente diciendo: «El jefe llamó a Carter a su oficina». Todos pensando que te está regañando y ustedes follando sobre el escritorio.

El calor me subió directamente por el cuello.

Maldita fuera.

Porque ahora sí me lo había imaginado.

—Ya, Sophia. Bájale a tus pensamientos porno.

Se echó a reír.

—¡Te quedaste callada! Lo imaginaste.

—Sophia...

—Y te calentaste.

—Por favor.

Seguía riéndose al otro lado del teléfono mientras yo caminaba por la estación con el celular pegado a la oreja.

—Bueno, cambiando de mentiroso —dijo finalmente—, yo también hablé con Daniel.

—¿Qué le dijiste?

—Que él y el otro eran un par de hijos de puta mentirosos. Y más cosas. Muchas más. Ya ni me acuerdo.

—¿Y qué te respondió?

—Que deberíamos hablar en persona.

—¿Y?

—No, gracias. Primero, porque ahora mismo no quiero verle la cara de mentiroso. Y segundo, porque nosotros ni siquiera hablamos. Nosotros follamos.

Negué con la cabeza.

Sophia siendo Sophia.

—Pero tú siempre dices que no tienen nada.

—Y no tenemos nada.

—Han estado juntos más de una vez.

—Ese no es el punto.

—Entonces, ¿cuál es?

Tardó un poco en contestar.

—Que follamos más de una vez y él ha estado detrás de mí desde entonces. Con tanta insistencia, por lo menos podía haberme dicho la verdad. Sabía perfectamente quién era Alessandro y sabía todo lo que Maximilian estaba haciendo contigo. Así que sí, en parte también me traicionó a mí.

Aquello ya sonaba bastante menos a sexo sin importancia.

—Sophia...

—¿Qué?

—Te importa.

—No empieces.

—Te importa Daniel.

—He dicho que no empieces.

Sonreí.

—Si no te importara, no estarías tan enojada.

—Estoy enojada porque es un mentiroso.

—Ajá.

—Y si quiere que vuelva a abrirle las piernas, va a tener que trabajar duro.

No pude evitar reírme.

—Sophia, no pongas excusas. Pobre Daniel. Él estaba cubriendo a su jefe. No seas tan dura con él.

—¿Pobre Daniel? ¿Ahora resulta que estamos defendiendo hombres?

—No lo estoy defendiendo. Solo digo que podrías darle la oportunidad de explicarse.

Esta vez su silencio duró un poco más.

—Estoy pensando en darme la oportunidad de intentar una relación —admitió al fin—. Pero como te dije, va a tener que trabajar duro.

Eso sí era nuevo.

Sophia podía hablar de sexo durante horas sin pestañear. Hablar de una relación era otra cosa.

—¿Estás en casa o ya vas para el trabajo?

—Apenas voy a salir.

—Entonces será mañana. Necesito contarte esto bien.

—Ah, no, señorita. Vamos a hablar y vamos a hacerlo hoy.

—¿Y cómo se supone que vamos a hacer eso si ya te vas?

—Dame cinco minutos.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono.

—¿Qué va a hacer esta loca?

No tuve que esperar demasiado.

Unos minutos después volvió a llamarme.

—Listo.

—¿Qué hiciste?

—Pues resulta que tengo un dolor de barriga tan fuerte que no puedo ir a trabajar.

Abrí los ojos.

—Sophia, no te lo puedo creer.

—Mira todo lo que hago por ti.

—Tú no haces esto por mí.

Lo dije en broma porque sabía perfectamente que Sophia sí sería capaz de hacer aquello y mucho más si yo la necesitaba.

—Tú lo que eres es una cotilla.

—Como sea. ¿Vienes a mi apartamento?

—Sí. Me bajo en la próxima estación y tomo el otro tren.

—Perfecto. Voy a comprar comida y palomitas porque el episodio de hoy se ve potente.

—Sí, ponte cómoda. Esto va para largo.

—Te espero, linda.

Colgamos justo cuando el tren se acercaba a la estación donde tenía que cambiar de ruta.

Bajé con el resto de los pasajeros y seguí las indicaciones hasta el otro andén.

Necesitaba verla.

Sophia podía decir todas las barbaridades del mundo, pero también era la persona capaz de escucharme sin decidir por mí. Y después de tantos días intentando descubrir qué parte de mi vida había elegido realmente, eso era justo lo que necesitaba.

Que nadie eligiera por mí.

El nuevo tren llegó y entré.

Apenas conseguí sentarme, mi teléfono vibró.

Lo saqué del bolso.

Maximilian.

Por Dios.

Hasta en eso parecíamos estar conectados.

Abrí el mensaje.

Hoy, después de hablar contigo, siento un poco más ligero ese peso que llevaba en el pecho. Por fin pude decirte toda la verdad.

Sé que probablemente voy a sonar repetitivo, así que solo voy a decirte lo que realmente importa: te amo demasiado y espero que puedas darme otra oportunidad.

Lo que pasó hoy en la oficina me dio esperanza.

Piensa en mí.

Ámame como yo te amo.

Que pases buenas noches, cielo.

Me quedé mirando la pantalla.

¿Qué iba a hacer con ese hombre?

¿Cómo se suponía que debía resistirme cuando me escribía cosas así después de lo que había ocurrido en su oficina?

Y sí, lo había dejado mal.

No podía fingir que aquel beso había sido únicamente cosa suya. Yo también le había respondido. Mi cuerpo seguía reaccionando a él con la misma facilidad de antes, quizá incluso peor después de los días que llevábamos separados.

Le había pedido espacio.

Le había pedido que no me presionara.

Y Maximilian parecía no conocer el significado de ninguna de las dos palabras.

Dejé el mensaje abierto durante unos segundos.

No iba a responder.

No esa noche.

Bloqueé el teléfono y lo guardé en el bolso.

Si realmente quería otra oportunidad conmigo, tendría que empezar a comprender algo que hasta ahora nunca había necesitado aceptar:

Esta vez no podía decidir por los dos.