CAPÍTULO 27
Maximilian
Emma salió de mi oficina como alma que lleva el diablo.
Y mejor así.
Si se hubiera quedado un poco más, no respondía por mí.
Me planté en medio del despacho con las manos en la cintura y miré hacia el techo. Joder, qué difícil estaba siendo todo esto.
Aun así, hoy habíamos dado un paso.
Había visto su expresión mientras hablábamos.
Seguía dolida, seguía cabreada conmigo y tenía razones para estarlo, pero también había escuchado.
Ya conocía toda la verdad y, por primera vez, no había nada más escondido detrás de Alessandro Vitali, de Moretti Group o de los años en los que me mantuve pendiente de ella sin que lo supiera.
Ahora solo quedaba algo que detestaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir:
Esperar.
No podía controlar qué iba a decidir Emma. Podía buscarla, insistir, empujar esos límites que tanto se empeñaba en marcarme, pero la decisión final era suya.
Y eso me jodía.
Bajé la mirada y la erección que me había dejado tampoco ayudaba demasiado.
—Joder, Emma.
Intenté regular la respiración mientras me acomodaba la ropa, pero después de varios minutos quedó claro que aquello no iba a desaparecer por arte de magia.
Terminé encaminándome hacia el baño para ocuparme del pequeño problema que mi mujer había dejado atrás.
El resto del día transcurrió con una normalidad que no sentía desde hacía varios días.
El peso que llevaba encima había disminuido. No había desaparecido, pero sí lo suficiente para permitirme concentrarme de nuevo.
Emma sabía la verdad.
Toda.
Y lo que le había prometido en esta oficina iba a cumplirlo: no habría más secretos entre nosotros.
Volví a mis viejos hábitos y revisé las cámaras del piso ocho varias veces durante la tarde.
Ella también parecía más relajada. La vi trabajando, hablando con sus compañeros y, en un momento, riéndose por algo que dijo Ryan. No pude escuchar qué era, pero verla así consiguió aliviarme un poco.
Quizá la conversación también le había servido.
No para perdonarme. No era tan imbécil como para creer que un par de explicaciones podían borrar todo de un día para otro.
Pero ahora sabía algo que necesitaba entender desde que descubrió la verdad: yo había intervenido en determinadas oportunidades de su vida, sí, pero sus logros seguían siendo suyos.
Emma había cruzado cada puerta.
Yo solo había procurado que algunas estuvieran abiertas.
Me quedé trabajando después de la hora habitual. No tenía ninguna prisa por llegar al apartamento. Allí solo me esperaban el silencio y demasiado tiempo para pensar en ella.
Pasaron casi dos horas.
Elena se había marchado hacía una hora cuando finalmente cerré el último documento.
—Hasta aquí.
No tenía sentido continuar fingiendo que estaba trabajando.
Desgraciadamente, tenía que irme a casa.
Bajé en el ascensor hasta el estacionamiento privado. Cuando las puertas se abrieron, vi a Daniel junto a otro miembro de seguridad.
Seguía teniendo los puntos en la cabeza.
El otro hombre lo estaba mirando con cierta preocupación.
—Daniel, ¿seguro que estás bien? Hasta de aquí se te ve lo cosido.
Daniel abrió la boca para responder, pero me adelanté.
—No pierdas saliva con este terco de mierda. Allá él.
Los dos se giraron hacia mí.
Miré directamente a Daniel.
—Eso sí: dijiste que ibas a descansar lunes y martes y ni siquiera cumpliste eso. Mañana no vengas con tus mierdas de que te duele la cabeza. Si decidiste trabajar, trabajas. Y si no puedes, te vas a tu casa.
El cabrón pareció divertirse.
—Yo también me alegro de verte, Maximilian.
Miré al otro guarda.
—Puedes retirarte.
—Sí, señor. Con permiso. Buenas noches.
—Buenas noches.
Subí a la parte trasera del vehículo mientras Daniel ocupaba su lugar al volante.
Apenas arrancó, habló.
—¿Me extrañaste mucho?
—Para nada. Estaba más cómodo con el que acaba de irse. No molesta tanto y, sobre todo, no tiene una bocaza.
—Entonces sí me extrañaste.
No le respondí.
Con Daniel era inútil.
Llevábamos demasiados años conociéndonos como para que un accidente le quitara las ganas de joderme.
Avanzamos unos minutos hasta que volvió a hablar.
—Ah, otra cosa. Gracias.
Fruncí el ceño.
—¿Gracias por qué?
—Porque gracias a ti hoy me trataron como una mierda.
Levanté la mirada hacia el retrovisor y encontré sus ojos.
Solo necesité una palabra.
—Sophia.
—La misma. Me llamó mentiroso de mierda, hijo de puta y unas cuantas cosas más que ni siquiera recuerdo. A los dos, por cierto. Porque según ella yo te cubrí las espaldas.
—Que piense lo que quiera. A mí la única que me interesa es Emma. El resto me importa un carajo.
—Gracias a eso también me enteré de que Emma te botó.
—Sí. Y lo estoy solucionando.
—¿Cómo se lo tomó?
—¿Cómo crees que se lo tomó, Daniel? Mal. Piensa que le manejé la vida y que intenté controlarlo todo.
Daniel guardó silencio apenas un instante.
—Emma tiene razón en eso.
Entrecerré los ojos.
—Bastardo.
—¿Qué? Que seas mi jefe no significa que vaya a darte la razón en todo.
—No necesito que me la des.
—Mejor, porque no la tienes.
Miré por la ventanilla.
—Si te perdona, de verdad eres un suertudo.
—En mi mundo la suerte no existe. Se lucha cada día por lo que uno quiere. Y eso es exactamente lo que voy a hacer con Emma.
El silencio se instaló durante unos minutos, hasta que recordé que yo no era el único con problemas de mujeres.
—Hablando de todo un poco... Lo tuyo con Sophia no fue cosa de una sola noche.
Vi cómo sus manos se ajustaban al volante.
—¿Ahora te vas a meter conmigo?
—No. Pero ya que estás tan interesado en mi vida personal, podemos hablar de la tuya.
—No hay nada que hablar.
—Claro. Por eso una mujer con la que supuestamente solo follaste está tan cabreada contigo que te llama para insultarte.
Daniel soltó aire por la nariz.
—Las cosas con Sophia se me salieron de las manos.
Eso sí consiguió captar toda mi atención.
—¿Ah, sí?
—Pensé que sería como las otras mujeres. Nos gustábamos, follábamos y ya. Pero no fue una sola vez y me di cuenta de que con ella no es tan sencillo.
—Mira tú.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
Me acomodé en el asiento.
—Entonces estás jodido.
—Sí. Y gracias a tu cobardía ahora estoy metido en otro problema. Porque sabía cosas que no podía contarle y ella siente que también le mentí.
—Tú estás buscando que te bote.
Esta vez soltó una carcajada.
No respondí.
Había sido suficiente conversación sobre mi vida por una noche.
Daniel siguió conduciendo y saqué el celular.
Quería escribirle a Emma.
Lo guardé otra vez.
Todavía no.
Cuando llegué al apartamento, me quité el chaleco y la camisa y me serví algo de beber antes de dejarme caer en el sofá.
Intenté distraerme.
No funcionó.
Cogí el celular.
Había pasado suficiente tiempo.
Abrí nuestra conversación y empecé a escribir.
Hoy, después de hablar contigo, siento un poco más ligero ese peso que llevaba en el pecho. Por fin pude decirte toda la verdad.
Sé que probablemente voy a sonar repetitivo, así que solo voy a decirte lo que realmente importa: te amo demasiado y espero que puedas darme otra oportunidad.
Lo que pasó hoy en la oficina me dio esperanza.
Piensa en mí.
Ámame como yo te amo.
Que pases buenas noches, cielo.
Lo envié.
Me quedé mirando la pantalla.
Nada.
Dejé el teléfono sobre la mesa y traté de ocuparme con cualquier otra cosa. Quince minutos después volví a cogerlo.
Leído.
Ni una respuesta.
Apreté la mandíbula.
Paciencia.
Tenía que tener paciencia.
Algo que se me daba como el culo cuando se trataba de ella.
Antes era diferente. Podía observarla desde lejos y conformarme con saber que estaba bien porque nunca había tenido nada más.
Ahora sabía lo que era tenerla entre mis brazos.
Dormir con ella.
Escucharla reír a mi lado.
Compartir mi espacio con ella y verla apropiarse de él sin siquiera intentarlo.
Volver a mirar desde lejos después de haber tenido todo eso iba a ser mucho más difícil.
Pero si Emma necesitaba tiempo, tendría que aprender a soportarlo.
Aunque no pensaba desaparecer.
Ni de coña.
Emma
Como pude, terminé la jornada laboral.
Apenas el reloj marcó las cinco, guardé mis cosas y me despedí con un simple:
—Adiós. Hasta mañana.
Necesitaba salir de allí.
Crucé el vestíbulo y, cuando estuve fuera del edificio, me detuve un instante.
No sé por qué levanté la vista.
Cuarenta y dos pisos.
Era absurdo pensar que podría distinguirlo desde la calle, pero aun así mis ojos subieron por la fachada de cristal.
La conversación de esa tarde regresó a mi cabeza.
Según yo, había entrado a aquella oficina dispuesta a mantenerme firme y salir de allí sin permitirle acercarse demasiado.
Y había terminado contra una pared con la boca de Maximilian sobre la mía y a pocos minutos de hacer exactamente lo contrario.
Muy firme, Emma.
Empecé a caminar hacia la estación. Durante el trayecto no pude dejar de pensar en todo lo que me había dicho.
Lo peor era que tenía razón en algunas cosas.
Mis notas eran mías.
Mis horas de estudio habían sido mías.
Nadie había presentado un examen por mí ni había hecho los trabajos que me permitieron conservar aquella beca. Tampoco nadie había trabajado durante los últimos meses por mí en Moretti Group.
Eso no borraba lo demás.
Necesitaba tiempo para separar una cosa de la otra.
Y necesitaba hablar con Sophia.
Todavía podía cambiar de ruta en una de las estaciones y tomar otro tren hacia su apartamento.
Saqué el teléfono y la llamé.
Contestó después de varios tonos.
—Hola, amiga. ¿Cómo sigues?
—Hablé con él hoy.
—¿Cómo que hablaste con él? Si apenas acabas de salir del trabajo.
—Sophia, ¿todavía te sorprenden los alcances de Maximilian Alessandro?
Hubo un breve silencio.
—Tienes razón. Estamos hablando del bastardo obsesivo. Mínimo te encerró en una oficina.
—Bueno... encerrarme, lo que se dice encerrarme, no. Pero sí hablamos en su oficina.
—Emma, como te lo hayas follado, te voy a dar un bofetón. No me digas que lo perdonaste así de rápido.
—¡No! ¿Cómo se te ocurre? Mejor dicho, tenemos que vernos.