La obsesión de Moretti CAPÍTULO 26 #3
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CAPÍTULO 26 #3

—Pues yo todavía no sé dónde termina una y empieza la otra.

Maximilian guardó silencio.

—Y antes que nada —continué—, te agradezco lo que hiciste. Porque sí, en parte, que yo esté aquí viene de una oportunidad que tú decidiste darme. Pero no justifiques todo lo demás porque me amas. Todos los hilos que moviste...

—Cielo, no digas eso. Suena horrible.

—Es que así se ve. Y así lo siento yo.

Eso lo hizo callar.

Extendió la mano y tomó la mía. Intenté retirarla suavemente, pero sus dedos se cerraron alrededor de ella.

—Solo te pido una oportunidad. Esta es toda mi verdad. No queda nada más. Y te prometo que de ahora en adelante no habrá más secretos. Pero no me dejes, Emma.

Lo miré.

No había arrogancia en sus ojos en ese momento.

Recordé de repente algo.

—La película.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?

—Ya entendí lo de la película. Con razón insistías tanto en que te dijera qué pensaba.

Supuso enseguida a qué me refería.

—Sí. Porque, de una manera u otra, me vi reflejado.

Cuando estiró la mano hacia mí, esta vez me levanté antes de que pudiera tocarme.

Miré la hora.

—¡Por Dios! Son las dos de la tarde. Marc va a matarme.

Maximilian se puso de pie detrás de mí con mucha más tranquilidad de la que la situación merecía.

—No te preocupes. Estás en Recursos Humanos resolviendo un asunto.

Giré lentamente hacia él.

—¿Ves? Esto. Exactamente esto es lo que te estoy diciendo. Los hilos.

Por primera vez pareció darse cuenta de la contradicción.

—Sabía que íbamos a demorarnos. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que Marc empezara a buscarte por toda la empresa?

—Podías haberme dejado regresar a mi hora.

—Y habríamos dejado esta conversación a la mitad.

—Ese no es el punto.

—Lo sé.

Definitivamente aquel hombre iba a acabar conmigo.

—Dame una respuesta —pidió—. Piénsalo, ¿sí?

—No sé qué decirte. Y no me presiones.

La desesperación se le notó en la cara.

—Yo no voy a alejarme de tu vida.

Claro que no.

Eso sí seguía siendo muy Maximilian.

—Me voy.

Caminé hacia la puerta.

No llegué.

Maximilian me alcanzó antes, rodeó mi cintura y me hizo girar hacia él.

—Maximilian...

Su boca cayó sobre la mía.

El beso fue caliente, desesperado, casi furioso.

Durante los primeros segundos debería haberlo apartado.

No lo hice.

Mis manos terminaron aferradas a su chaleco mientras él profundizaba el beso y todo lo que acabábamos de discutir se desordenaba dentro de mi cabeza. Su boca seguía siendo la misma. Su olor. La forma en que me sujetaba. El efecto que tenía sobre mi cuerpo.

Alessandro.

Maximilian.

El mismo maldito hombre.

Retrocedí hasta sentir la pared contra mi espalda. Él quedó frente a mí, besándome como si los días que habíamos pasado separados también le hubieran pesado en el cuerpo.

Y a mí me habían pesado.

Lo odié todavía más por comprobarlo.

Una de sus manos recorrió mi cintura y bajó por mi muslo. Cuando sus dedos llegaron demasiado cerca de mis bragas, la realidad finalmente consiguió atravesar el deseo.

Lo aparté.

—No, Maximilian. Así no.

Se detuvo.

Tenía la respiración agitada y se pasó la lengua por los labios antes de mirarme.

—¿Ves lo perfectamente que encajamos?

Bajé la mirada durante un segundo y volví a subirla inmediatamente.

Perfecto.

Además de mentiroso, arrogante y obsesivo, ahora tenía una erección imposible de ignorar.

Y yo no estaba precisamente en mejores condiciones.

Necesitaba un cambio de bragas con urgencia.

Levanté las manos.

—Ya. No más. Por favor, ¿sí? Para.

Maximilian no volvió a tocarme.

—Te amo.

Lo dijo mirándome directamente con aquellos ojos negros y ese tono suyo que conseguía que hasta tres palabras parecieran una orden.

Agarré mi bolso.

Tenía que salir de allí.

Porque si permanecía un minuto más en aquella oficina, la conversación sobre mentiras, becas y manipulación iba a terminar conmigo desnuda contra alguna de aquellas paredes.

Abrí la puerta y salí tan rápido que ni siquiera me despedí de su secretaria.

Cuando entré al ascensor y las puertas se cerraron, me miré en el espejo.

—Mierda.

Tenía los labios rojos y el cabello un poco desordenado.

Intenté arreglarme como pude. Acomodé el cabello, alisé la ropa y saqué nuevamente el brillo de labios.

Mucho mejor.

O eso quería creer.

Cuando las puertas se abrieron en el piso ocho, puse mi mejor cara de persona que llevaba dos horas ocupándose exclusivamente de asuntos laborales.

Vi a Marc.

Me interceptó apenas entré.

—Emma, ¿ya te arreglaron el problema en Recursos Humanos?

—Sí. Era algo del pago y otras cosas que no entendí muy bien, pero ya quedaron todos los papeles en regla.

—Ah, qué bien.

—Permiso.

—Adelante.

Caminé hacia mi escritorio intentando parecer lo más normal posible. Miré de reojo a mis compañeros antes de sentarme y encender nuevamente la pantalla.

Tenía trabajo.

Mucho.

Y necesitaba concentrarme.

El problema era que mi cuerpo parecía tener otros planes. Todavía podía sentir la boca de Maximilian sobre la mía, sus manos recorriéndome y mi espalda contra aquella pared.

Dos horas hablando para intentar separar la verdad de todas sus mentiras.

Y un solo beso había conseguido volver a enredarlo todo.