CAPÍTULO 26
Emma
Llegó otro día y yo ya iba arrastrando los pies. Mi estado de ánimo tampoco había mejorado demasiado cuando entré a la oficina.
Por suerte, mis compañeros todavía no habían llegado. Marc sí estaba allí, sacando varios documentos de uno de los archivadores, y apenas me vio se quedó observándome.
—Emma, ¿estás enferma?
Dejé el bolso en el gavetero y lo miré.
—No. ¿Por qué?
—Porque tienes una cara... No sé si estás cansada o qué.
—Estoy normal. Con toda la energía para empezar a trabajar.
No soné demasiado convincente, pero Marc no insistió.
Encendí la computadora y comencé a organizar todo sobre el escritorio mientras él volvía a sus documentos. Poco después, escuché las voces de mis compañeros entrando en la oficina.
—Buenos días, Emma.
—Buenos días a todos.
Nathan se detuvo junto a su escritorio antes de sentarse.
—¿Todo bien?
—Sí, todo excelente.
Olivia se quedó mirándome durante unos segundos, pero no dijo nada. Se sentó y encendió su computadora.
A veces pensaba que no le agradaba. Era rara, o quizá la rara era yo. Había días en los que saludaba perfectamente y otros en los que llegaba seria y apenas hablaba. En fin, cada quien con su propia película en la cabeza.
La mañana siguió su curso entre correos, documentos y tareas pendientes. Trabajar me ayudaba a mantener la mente ocupada hasta que apareció la notificación de un nuevo correo en la pantalla.
Abrí la bandeja de entrada.
Maximilian Moretti.
Solo leer su nombre consiguió ponerme de mal humor.
Abrí el mensaje.
Buenos días, preciosa.
Necesito hablar contigo. Cuando tengas tu descanso, sube al piso 42. Ya le notifiqué a mi secretaria. Solo tienes que darle tu nombre.
Te espero. Tenemos una conversación pendiente.
Maximilian MorettiCEO MORETTI GROUP
Me quedé mirando la pantalla.
¿De verdad este tipo se creía que podía darme órdenes? ¿Que iba a salir corriendo porque su majestad, el mentiroso, necesitaba hablar conmigo?
Pues se iba a quedar esperando.
Abrí la respuesta.
¿Tú te enloqueciste? Además, ¿quién te crees para ordenarme algo y mucho menos algo personal? NO VOY A IR. ¿Y para qué? ¿Para escuchar más mentiras? No, tranquilo. Yo paso.
Emma CarterPracticante de Desarrollo Corporativo
Le di clic a enviar.
Toma lo tuyo, imbécil.
No habían pasado ni dos minutos cuando llegó otro correo.
Emma, por favor. Somos dos personas adultas y las cosas se hablan, no se evaden. Te di dos días para que pensaras, pero no podemos seguir así.
Por favor.
Te amo.
Maximilian MorettiCEO MORETTI GROUP
Me quedé inmóvil frente a esas dos palabras.
Te amo.
Maldito fuera.
Porque sí me llegaban. Ese era precisamente el problema. Podía estar furiosa con él, podía querer mandarlo al infierno cada vez que recordaba todo lo que había descubierto, pero no podía fingir que leer aquello no me provocaba nada.
Aunque, si pensaba que por escribirme te amo yo iba a caer rendida a sus pies, podía seguir esperándolo toda la vida.
Respondí.
Maximilian, o como te llames, te dije QUE NO Y ES NO. Y mucho menos en la empresa. Estamos en horario laboral. Déjame en paz.
Emma CarterPracticante de Desarrollo Corporativo
La respuesta llegó poco después.
Bueno, cielo, si así lo quieres, está bien. Entonces voy a bajar, te espero y hablamos. No hay problema. Ya encontré la solución.
Nos vemos después de las 12 p. m.
Maximilian MorettiCEO MORETTI GROUP
Me eché hacia atrás en el asiento.
—¿Qué? ¡Maldito!
Cuando levanté la cabeza, mis tres compañeros estaban mirándome.
Ryan fue el único que habló.
—Emma, ¿todo en orden?
—Sí. Sí, todo bien.
Volví rápidamente la atención a la computadora.
—Emma es rara —escuché murmurar a Ryan—. Creo que debería ir al psicólogo.
—Te apoyo en eso —respondió Olivia.
Me hice la loca como si no hubiera escuchado absolutamente nada.
Regresé al correo.
Noooooooooo. Por Dios, no más. ¿Ahora me presionas con eso? Ni se te ocurra bajar porque te juro que renuncio y me importa una mierda la cláusula.
Ya que me estás amenazando, claro que subo.
Necesito trabajar. ¿Será que podré?
Emma CarterPracticante de Desarrollo Corporativo
Esta vez tardó unos cinco minutos en responder.
Jajaja. Cielo, no te pongas dramática. ¿Ves que hablar es la clave? Ya nos entendemos.
Te espero.
Un beso.
Maximilian MorettiCEO MORETTI GROUP
Un beso que podía meterse por donde le cupiera.
Le saqué el dedo medio a la pantalla y cerré el correo.
Tenía trabajo que hacer.
Ya vería con qué mentira saldría ahora. Aunque, siendo justos, tampoco me había dejado demasiadas opciones: o subía yo o bajaba él.
Y prefería mil veces subir al piso cuarenta y dos antes que soportar a Ryan y Olivia si Maximilian Moretti aparecía en nuestra oficina buscándome.
Maximilian
Miraba las pantallas del piso ocho cuando Emma le mostró el dedo medio al monitor.
No pude evitar la carcajada.
Joder, era adorable hasta cuando quería mandarme al infierno.
Sabía que no iba a ceder fácilmente. La conocía lo suficiente para anticiparlo y, si había tenido que decirle que bajaría personalmente para conseguir que subiera, lo haría otra vez.
La observé volver al trabajo. Después de unos segundos, dejó de mirar el correo y se concentró por completo en lo que tenía delante.
Eso también era Emma.
Cualquier otra persona quizá habría utilizado el hecho de salir conmigo para conseguir privilegios dentro de la empresa. Ella no. Ni siquiera después de descubrir quién era yo había intentado sacar provecho de mi posición.
Y eso era precisamente una de las cosas que necesitaba hacerle entender.
Durante los últimos meses había demostrado lo inteligente y capaz que era.
Sabía que Marc ya había hablado sobre la posibilidad de un ascenso.
Yo no intervenía en los ascensos de cada trabajador de Moretti Group; para eso existían responsables, supervisores y departamentos encargados de evaluar el desempeño de cada empleado.
Con Emma estaba al corriente porque era ella.
Porque me importaba.
Pero ese ascenso, si finalmente llegaba, sería suyo.
Yo le había abierto una puerta años atrás. No iba a negar eso.
Pero no había estudiado por ella. No había presentado un solo examen en su lugar, ni había conseguido sus calificaciones, ni había hecho el trabajo que la había llevado hasta donde estaba.
Emma había cruzado cada maldita puerta por sí sola.
Miré la hora en la computadora.
Faltaba poco para las doce.
Ya le había dado instrucciones a mi secretaria.
Emma disponía de una hora de descanso, pero sabía que la conversación podía alargarse.
Si a la una todavía seguía conmigo, mi secretaria se comunicaría con Recursos Humanos y ellos informarían a Marc que Emma estaba resolviendo un asunto administrativo.
Había cancelado mis reuniones de la tarde y cualquier compromiso que pudiera interrumpir.
De esta oficina no saldría sin escuchar toda la verdad.
Aunque después decidiera seguir odiándome.
Emma
Cuando faltaban unos diez minutos para las doce, todos empezamos a terminar lo que teníamos entre manos para bajar a almorzar.
Esperé.
Nathan y los demás fueron hacia los ascensores mientras yo me quedaba un poco atrás y fingía dirigirme al baño.
—¿No vas a almorzar? —preguntó Nathan.
—Sí, ya voy. Es que primero tengo que entrar al baño.
—Si quieres, te espero.
—No, tranquilo. Ve.
Esperé hasta asegurarme de que entraran al ascensor y las puertas se cerraran. Entonces llamé otro y, en cuanto llegó, entré y presioné el botón del piso cuarenta y dos.
Su majestad me esperaba.
El interior del ascensor estaba cubierto de espejos y aproveché para mirarme. Llevaba una blusa clara de manga larga metida dentro de una falda negra corta, medias finas y tacones claros de punta. El cabello liso me caía por la espalda.
Saqué el brillo de labios del bolso y me lo apliqué.
Me observé una última vez.
Perfecta.
Si iba a enfrentarme a él, por lo menos lo haría viéndome bien.
Los números fueron aumentando hasta que las puertas finalmente se abrieron en el piso cuarenta y dos.
Lo primero que me llamó la atención fue el silencio. Todo se veía diferente allí arriba: amplio, elegante, rodeado de ventanales y con varias puertas distribuidas a lo largo del espacio.
Una mujer muy elegante estaba sentada detrás de un escritorio. Levantó la mirada apenas me acerqué.
—¿Emma Carter?
—Sí.
—Puede pasar. El señor Moretti la está esperando.
Claro que me estaba esperando.
Caminé hasta la puerta que me indicó y entré sin molestarme en tocar.
Entonces lo vi.
Y por un segundo olvidé hasta el discurso que llevaba preparado.
La oficina era enorme. Los ventanales se extendían por gran parte de las paredes y dejaban la ciudad desplegada a sus pies. Había una sala dentro del mismo despacho, varias puertas y un escritorio imponente que parecía hecho para recordarle a cualquiera que entrara allí quién mandaba.
Pero el verdadero problema no era la oficina.
Era él.
Maximilian estaba detrás del escritorio con una camisa rosada, chaleco negro y pantalón del mismo color. Llevaba las mangas recogidas sobre los antebrazos y el saco descansaba detrás de él.
Se me secó la boca.
Sus ojos recorrieron lentamente mi cuerpo desde los tacones hasta mi rostro. Por la manera en que me miró, supe que no me había equivocado al escoger la ropa aquella mañana.
—Qué preciosa estás.
Eso fue lo primero que dijo.
Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera recordarle que estábamos peleados.
Maximilian se puso de pie y caminó hacia mí. Su perfume terminó de hacer el resto.
Lo odiaba.
Odiaba que después de todo siguiera provocándome exactamente lo mismo. Mi cuerpo parecía no haberse enterado de que mi cabeza quería mantenerlo a kilómetros de distancia.
—Ven, sentémonos aquí.
Señaló la sala.
Por fin recuperé la voz.
—Dime lo que tengas que decir y así puedo irme rápido.
Me senté en el sofá más grande. Él ocupó el otro, frente a mí.
Por primera vez desde que había entrado, desapareció parte de aquella seguridad con la que solía enfrentarse a todo.