La obsesión de Moretti CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Sophia se acomodó como si acabara de empezar su programa favorito.

—Te escucho.

—Nathan estaba sentado a mi lado. Me susurró algo y Maximilian me escribió desde la tarima para decirme que no le gustaba que se acercara a mí y que le dijera que se alejara.

Sophia abrió los ojos.

—No.

—Sí.

—¿Mientras dirigía la reunión?

—Mientras dirigía la reunión.

—Eso es otro nivel.

—Después me escribió que, por el bien de Nathan, evitara que se acercara.

—¿Lo amenazó?

—Eso le dije. Y lo mandé a la mierda.

Sophia se quedó unos segundos en silencio.

—Desde la primera vez que vi a ese hombre te dije que tenía un aura de dominio pesada.

—Pues ahora sé hasta dónde llega.

—Aunque voy a decir algo que no te va a gustar.

—¿Qué?

—Está celoso de Nathan.

—Gracias, detective.

—Celoso de verdad.

—No tiene derecho.

—No he dicho que lo tenga.

Sophia guardó silencio un instante antes de cambiar de tema.

—Me imagino la empresa revolucionada con la aparición de Moretti.

—No tienes idea. Los hombres admirándolo y las mujeres...

Me detuve.

—¿Las mujeres qué?

—Nada.

—Emma.

—Calientes. Todas.

Sophia empezó a reírse.

—¿Y eso te molestó?

—Sí —admití—. Y eso era lo que más rabia me daba.

—Emma, por favor. Nosotras fuimos exactamente iguales cuando lo vimos en el club. Ese hombre está buenísimo. Obviamente iba a llamar la atención.

—Ya lo sé. Pero a más de una quería arrancarle los pelos.

La carcajada de Sophia llenó la sala.

—¡Y luego dices que terminaste con él!

—Que esté furiosa no significa que me haya quedado ciega.

—Eso sí te lo concedo.

Nos quedamos un rato en silencio hasta que pensé en Daniel.

—Hay otro que sabía todo.

Sophia dejó de sonreír.

—¿Quién?

—Daniel.

Su expresión cambió.

—Ese jodido Daniel.

—Ellos se conocen desde siempre. Palabras de Maximilian.

—O sea, yo me acosté con él, hablamos y el muy cabrón no me dijo absolutamente nada.

—Sophia, es su amigo.

Giró la cabeza hacia mí.

—¿Ahora lo defiendes tú?

—No. Pero si Maximilian había decidido ocultarme quién era, Daniel obviamente no iba a ser quien me lo contara. Yo probablemente habría hecho lo mismo por ti.

—Pues que ni se me acerque.

—Sophi...

—Ojalá se le encarnen los puntos de la cabeza.

—¡Sophia, por Dios!

—¿Qué? Uno igual que el otro. Los dos son unos mentirosos.

—Hace un rato estabas preocupadísima por él.

—Eso era antes de saber que el muy cabrón le cubría las mentiras a su amiguito.

Negué con la cabeza, pero esta vez no discutí.

Sophia me tomó la mano.

—Siempre estoy aquí para ti. Pase lo que pase.

Apreté sus dedos.

—Lo sé. Y lo valoro mucho. Pero ya no quiero derramar una lágrima más por él.

—Entonces hoy no lloramos más.

Nos quedamos un rato hablando de otras cosas. Cuando finalmente me marché, nada estaba solucionado. Seguía sin saber hasta dónde había intervenido Maximilian en mi vida, seguía enamorada de él y seguía furiosa, pero al menos había conseguido soltar parte del peso con el que había llegado.

Maximilian

Golpeé el saco una vez más y volví a hacerlo antes de que terminara de balancearse. Necesitaba descargar en algo toda la impotencia que llevaba acumulada desde el domingo.

Quería ir por Emma, meterla en el auto y llevarla a cualquier lugar donde no pudiera salir corriendo antes de escucharme hasta el final.

Pero no podía hacerlo.

Seguí golpeando hasta perder la cuenta del tiempo. Los nudillos empezaban a dolerme incluso debajo de las vendas cuando sonó el teléfono.

Me aparté del saco y miré la pantalla.

Era el hombre de seguridad que estaba cubriendo a Daniel.

—Dime.

—Señor, la señorita Carter acaba de llegar a su apartamento.

Agarré una toalla.

—¿La siguieron a una distancia prudente?

—Sí, señor. No se dio cuenta.

—Bien. Si ocurre cualquier cosa fuera de lo normal, me informas.

—Sí, señor.

Colgué y me sequé el sudor de la frente.

Había ido a casa de Sophia. Podía imaginar la conversación y, a esas alturas, probablemente Sophia Johnson tenía una lista bastante extensa de formas en las que quería matarme.

Me importaba una mierda.

No necesitaba que Sophia cambiara de opinión sobre mí.

Necesitaba que lo hiciera Emma.

Salí del gimnasio y atravesé el apartamento hasta mi habitación. Me quité la ropa, entré en la ducha y abrí el agua fría. La dejé correr sobre mi espalda mientras intentaba ordenar lo que iba a decirle.

Le había dado espacio el domingo y también el lunes.

Para mí era suficiente.

A partir de mañana iba a escucharme.

No esperaba que me perdonara inmediatamente; ni siquiera era tan arrogante. Pero quería que supiera por qué lo había hecho, cómo había empezado todo y hasta dónde había intervenido realmente en su vida.

Había cosas que Emma estaba relacionando y no conocía por completo, y yo era el responsable de que ahora tuviera motivos para desconfiar hasta de aquello que sí se había ganado por sí misma.

También tenía que explicarle por qué, cuando finalmente tuve la oportunidad de contarle quién era, me había entrado un miedo que no había sentido frente a nada ni nadie.

Cerré el agua.

Emma podía seguir llamándome mentiroso, insultarme o decirme que me odiaba si eso la hacía sentir mejor. Pero iba a hacerlo conociendo toda la historia. Necesitaba que entendiera por qué había hecho cada cosa, aunque después siguiera furiosa conmigo.

Me sequé y fui al dormitorio. El ejercicio y el agua fría habían conseguido disminuir parte de la tensión de mi cuerpo, pero bastó con mirar el lado vacío de la cama para que volviera esa sensación de ausencia que llevaba dos noches persiguiéndome.

No me gustaba.

Nada de aquella casa se sentía igual desde que Emma había salido por el ascensor.

Me tumbé y cerré los ojos.

Estaría tranquilo el día que volviera a tenerla conmigo.

En mi apartamento.

En mi cama.

A mi lado.

Podía darle espacio.

Lo que no podía hacer era aceptar un futuro en el que ella ya no estuviera.