CAPÍTULO 25
Emma
Después de la reunión, el día siguió su curso.
Por suerte, Ryan y Olivia no volvieron a mencionar la forma en que Maximilian me había mirado durante casi toda la presentación.
No hacía falta. Sabía que seguían pensando en ello, sobre todo después de que ambos hubieran llegado a la misma conclusión sin ponerse de acuerdo.
Nathan, al menos, había tenido la decencia de no insistir.
Maximilian tampoco volvió a contactarme. Sus últimos mensajes habían sido los del auditorio y, conforme avanzaron las horas, descubrí lo acostumbrada que estaba a ver su nombre aparecer en mi teléfono.
Lo extrañaba.
Muchísimo.
Extrañaba sus mensajes y aquellas llamadas que empezaban con cualquier tontería y terminaban durando una hora porque siempre encontrábamos otro tema del que hablar. Extrañaba contarle algo que me había ocurrido durante el día y escuchar su voz al otro lado.
Pero tenía que ser así.
Había destruido mi confianza sabiendo, además, lo difícil que había sido para mí dejarlo entrar.
Durante años, mi mayor miedo había sido encariñarme con alguien y perderlo. Siempre había relacionado esa pérdida con la muerte, con las personas que un día estaban y al siguiente podían desaparecer. Nunca había pensado que también se podía perder a alguien mientras seguía vivo.
Eso era exactamente lo que sentía.
Había perdido a Alessandro.
Maximilian insistía en que eran el mismo hombre, pero para mí todavía no lo eran.
Cuando por fin llegué a casa después de aquel día interminable, dejé el bolso y me quité los tacones.
Todavía podía escuchar los comentarios de la gente al salir del auditorio.
Maximilian Moretti había sido el gran acontecimiento del día y estaba segura de que seguiría siéndolo durante un buen tiempo.
Después de tantos años de misterio, por fin todos podían ponerle rostro al dueño de la empresa.
Necesitaba hablar con Sophia. Ya no podía seguir dejándola en la ignorancia y, sobre todo, necesitaba desahogarme con alguien que conociera toda mi historia.
La llamé.
El teléfono sonó tres veces antes de enviarme al buzón de voz. Estaría ocupada o quizá le había salido algún turno de última hora.
Fui a la cocina y me preparé un té. No habían pasado ni cinco minutos cuando sonó mi celular.
Sophia.
Contesté.
—Hermana del alma, ¿cómo estás?
Solo escuchar su voz hizo que se me cerrara la garganta.
—Sophia, me han pasado tantas cosas... Terminé con Alessandro. Pero primero dime, ¿estás en casa?
Hubo un silencio.
—¿Quéeeee? Emma, dime que estás jodiendo.
—No.
—¿Qué hizo?
—¿Estás en casa?
—Sí, estoy aquí.
—¿Puedo ir?
—Claro que puedes venir. Pero ¿estás bien para salir? Porque no tengo ningún problema en ir yo.
—Sí, yo voy, Sophi. Necesito salir un rato de aquí.
—Está bien. Ven.
—Nos vemos ahora.
Colgué.
Todavía llevaba puesto el vestido del trabajo, así que solo cambié los tacones por unos zapatos más cómodos, tomé el bolso y salí.
Unos treinta minutos después, entraba en el edificio de Sophia. Subí en el ascensor y apenas tuve que tocar una vez antes de que abriera la puerta.
En cuanto la vi, me desmoroné.
—Ay, no. Ven aquí.
Sophia me hizo entrar como pudo y me abrazó mientras yo lloraba contra ella.
—Ese grandísimo hijo de puta. Dime qué te hizo. Te juro que le doy una patada en los huevos y lo dejo sin descendencia. Y si cree que no soy capaz, es porque no conoce a Sophia Johnson.
Incluso llorando, casi me hizo reír.
—Ya, Sophi. Déjame contarte desde el principio.
Me llevó hasta el sofá y se sentó frente a mí.
—Habla.
Me limpié la cara.
—El domingo me quedé en su casa.
—Sí.
—Nos levantamos un poco tarde. Él fue a bañarse y yo bajé para preparar el desayuno. Entonces llegó Sora porque había olvidado unas llaves. Nunca nos habíamos presentado, así que empezamos a hablar y, en medio de la conversación, me dice: «Soy la empleada de servicio del señor Moretti».
Sophia parpadeó.
—Espera. Moretti... ¿como la empresa donde trabajas?
—Sí.
—¿Y qué coño tiene que ver Alessandro con Moretti?
Me quedé mirándola. Vi el instante exacto en que algo empezó a encajar en su cabeza.
—No...
—Sophia, Alessandro y Maximilian Moretti son la misma persona.
Se llevó una mano a la boca.
—No puede ser.
—Sí puede.
—No te creo.
—Pues imagínate cómo me quedé yo.
Sophia se echó hacia atrás en el sofá, todavía procesándolo.
—Espera, espera. ¿Me estás diciendo que tu Alessandro...?
—No es mi Alessandro.
—Bueno, ese cabrón. ¿Es el dueño de Moretti Group?
—Sí.
—¿El mismo Maximilian Moretti del que llevas días intentando averiguar cosas?
—El mismo.
—Me estás jodiendo.
—Ojalá.
Permaneció unos segundos en silencio antes de volver a mirarme.
—¿Y qué te dijo?
—Lo enfrenté. Primero salió con que Alessandro Vitali sí era su nombre.
—No.
—Sí.
—No puede ser tan descarado.
—Me enseñó la licencia.
—¿La licencia?
—Maximilian Alessandro Vitali Moretti.
Sophia abrió la boca.
—Bueno... técnicamente...
—Ni se te ocurra.
—No lo estoy defendiendo. Estoy diciendo que el muy cabrón se buscó hasta la forma de mentirte sin cambiarse el nombre.
—Exactamente.
—Eso requiere talento.
—Sophia.
—Perdón. Continúa.
Me acomodé en el sofá.
—Después vino todo lo demás. Le pregunté por el orfanato, por las llamadas, por la beca... Terminamos discutiendo. Le dije que era un psicópata y un loco.
—Bien.
—Sophia.
—¿Qué? De momento no encuentro la mentira.
—Lo peor es que desde que descubrí quién es no puedo dejar de darle vueltas a todo.
—¿A qué te refieres?
—A todo. Ahora sé que él estuvo detrás de la beca, de las prácticas, de mi llegada a Moretti Group...
Después está el orfanato, la fotografía, las llamadas preguntando por mí y aquel documento que encontré en su apartamento.
Yo pensaba que estaba descubriendo una relación entre Alessandro y Maximilian, cuando en realidad siempre había sido el mismo hombre.
Decirlo en voz alta hizo que las piezas se acomodaran de una manera que no me gustó.
—Y ahora ni siquiera sé si me gané la beca por mi esfuerzo o si él hizo que me la dieran.
—No.
—¿Cómo que no?
—Eso no te lo voy a permitir.
La miré.
—Sophi...
—Una cosa es que él haya puesto la oportunidad delante de ti y otra muy diferente que haya hecho el trabajo por ti. Yo estaba ahí, Emma. Sé las horas que estudiabas. Sé las notas que sacabas. Sé los primeros puestos que conseguiste. Maximilian Moretti no presentó un solo examen por ti.
Me quedé callada.
—Si movió contactos para que tuvieras la beca, ya descubrirás hasta dónde llegó —continuó—. Pero no le regales también tus méritos.
Bajé la vista hacia mis manos.
—Ya no sé qué fue mío y qué puso él en mi camino.
—Pues eso es lo que tienes que averiguar.
—Y ahora no puedo evitar pensar en la noche del club.
—Claro. Viendo todo lo que sabes ahora, ¿cómo vas a creer que aquello fue una casualidad?
—Exacto. Ahora sé que él ya me conocía, que sabía quién era yo mucho antes de acercarse esa noche. ¿Cómo no voy a preguntarme si también tuvo algo que ver?
Cada descubrimiento parecía arrastrar al siguiente. Una cosa que durante años había considerado normal ahora se conectaba con otra, y esa con una más. Cuanto más intentaba reconstruir la historia, más difícil me resultaba saber dónde terminaban mis decisiones y dónde empezaban las de Maximilian.
—Emma... esto es de locos.
—Eso mismo le dije.
—Te lo juro, parece una obsesión.
—Claro que lo es. Por eso lo llamé psicópata.
Sophia apoyó la espalda en el sofá.
—¿Y qué hizo?
—Le dolió.
—¿Cómo sabes?
—Se le vio en la cara.
—Bueno, tampoco voy a sentir pena por él. Tenías todo el derecho de decirle lo que pensabas.
—Así tenía que ser.
—¿Cómo llamas tú a una persona que lleva años trazando un camino delante de ti y tú lo vas recorriendo sin saber que él está detrás?
—Obsesionado contigo, como mínimo.
—Exacto.
—También te voy a decir una cosa.
—¿Qué?
—Ese hombre tiene que llevar mucho tiempo enamorado de ti para haber hecho todo esto.
—Eso no es estar enamorado, Sophia.
—No he dicho que esté bien.
—Una persona que te ama no hace esto.
—Una persona puede amarte y hacer las cosas como el culo, Emma. Una cosa no elimina la otra.
—Pues que me hubiera ayudado y ya. Se lo habría agradecido toda la vida. ¿Por qué no presentarse? ¿Por qué montar toda esta parafernalia y hacerme creer que nos conocimos por casualidad?
Sophia no respondió, y esa vez agradecí que no intentara hacerlo.
—Y hay algo más que me preocupa. La fotografía. Él estuvo en el orfanato cuando yo era pequeña. Yo tendría alrededor de doce años y él unos veintidós. ¿Qué hacía pendiente de mí desde entonces? ¿Cómo se supone que interprete eso ahora?
—No lo sabes.
—Precisamente.
—Emma, escúchame. En esto no te precipites. Una cosa es que estuviera pendiente de ti cuando eras una niña y otra que lo hiciera por las mismas razones por las que te buscó siendo adulta. No sabes qué pasó en medio.
La miré con incredulidad.
—¿Lo estás defendiendo?
—¡Jamás! A ese puto no. Sabes que siempre estoy de tu lado. Si quieres, mañana vamos a los medios. ¿Que todo Nueva York se muere por saber quién es Maximilian Moretti? Pues les llevamos una exclusiva que se van a cagar.
—¡Sophia!
—¿Qué? Tengo contactos.
No pude evitar reírme.
—Estás loca.
—Por ti, sí.
Sophia sería perfectamente capaz de meterse en un problema solo porque alguien me había hecho daño.
—No haría eso contra él.
—Ya.
Me mordí la esquina del labio.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando lo enamorada que estás de ese mentiroso de mierda.
No pude negarlo.
—¿Y hoy? —continuó—. ¿Cómo hiciste con la reunión anual?
—Casi me expone delante de todo el mundo.
—¿Qué?
—Resulta que el señor Moretti no sabe disimular.
—Cuéntame.
—Todo el auditorio emocionado porque por fin iba a aparecer el misterioso CEO y yo allí sentada, sabiendo perfectamente quién iba a subir a la tarima. Cuando apareció, empezó a mirarme.
—¿Mirarte cómo?
—Sophia.
—Necesito detalles.
—Tanto que Ryan, Olivia y Nathan se dieron cuenta.
—¡No!
—Sí.
—Ese hombre no sabe controlarse.
—Espera, que mejora.