La obsesión de Moretti CAPÍTULO 24 #3
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CAPÍTULO 24 #3

Entré, me lavé las manos y estaba frente al espejo cuando Olivia apareció.

Por supuesto.

Sacó un labial de su bolso y comenzó a retocarse.

—No sé tú, pero yo creo que le gustaste al jefe.

La miré a través del espejo.

—De verdad necesitas ir al psicólogo.

—Emma, ese bombón no te quitaba los ojos de encima.

—Olivia, Marc estaba sentado con nosotros y había un montón de personas detrás.

—Bueno. Yo te digo lo que vi.

Antes de que pudiera responder, entró un grupo de mujeres.

—Chicas, ese tipo está buenísimo —dijo una.

Otra soltó una carcajada.

—¿Bueno? Ese hombre hace caer las bragas a más de una.

—Si resulta ser mafioso, yo con gusto me convierto en la dama de la mafia.

Todas se rieron.

—¿Será casado?

—¿Cómo vamos a saberlo? Apenas hoy vimos su cara.

—¿Se fijaron en que miraba siempre hacia el mismo sitio?

Mis dedos se detuvieron sobre el bolso.

—Sí —respondió otra—. Yo también lo noté, pero no alcancé a ver a quién.

Miré a Olivia.

Ella tenía esa expresión satisfecha de quien acababa de recibir confirmación sin necesidad de decir una palabra.

Negué con la cabeza y me adelanté hacia la salida.

Cuando llegué al octavo piso, Ryan saltó prácticamente sobre mí.

—Emma, dime que no estoy loco. Moretti te estaba mirando, ¿verdad, Nathan?

Nathan levantó las manos.

—Yo no sé nada.

Gracias, Nathan.

—En vez de inventar cotilleos deberíamos ponernos a trabajar.

Olivia apareció detrás de mí.

—Emma está rara hoy.

—Ya déjenla —intervino Nathan—. Tenemos trabajo.

Me senté frente al ordenador.

—Gracias.

Abrí el archivo que había dejado pendiente antes de la reunión.

No había pasado ni una mañana desde que descubrí la verdad y ya tenía a medio departamento preguntándose por qué Maximilian Moretti no podía dejar de mirarme.

Exactamente lo que necesitaba.

Maximilian

Subí a aquella tarima y recorrí el auditorio con la mirada.

Un mar de caras que no reconocía y que, en ese momento, me importaban una mierda.

Solo buscaba una.

La encontré.

Emma.

Llevaba un vestido amarillo que se ajustaba a su cuerpo con una elegancia que me hizo olvidar durante un segundo lo que estaba diciendo el vicepresidente.

Joder.

Estaba preciosa.

Siempre lo estaba.

Pero esa mañana había algo diferente.

Se había arreglado con esmero y, aun desde la distancia, pude reconocer lo que los demás probablemente no veían.

Había llorado.

La culpa me golpeó de lleno.

Entonces sus ojos encontraron los míos.

Ahí estaba.

Esa reacción que ninguna discusión había conseguido borrar.

La sentí incluso desde el otro extremo del auditorio.

Tomé el micrófono.

Tenía una reunión que dirigir.

Y cientos de personas delante.

Debía comportarme como si la mujer que amaba no estuviera sentada entre ellos después de haberme mandado a la mierda unas horas antes.

No resultó fácil.

Hablé.

Expliqué resultados.

Presenté cifras.

Reconocí el trabajo de los departamentos.

Y cada cierto tiempo mi mirada volvía a ella.

Lo hacía sin pensar.

Hasta que vi al hijo de puta de Nathan inclinarse hacia su oído.

Perdí el hilo durante medio segundo.

Solo medio.

Suficiente.

¿Qué coño tenía que decirle tan cerca?

Seguí hablando.

Nathan volvió a acercarse.

Saqué el teléfono en cuanto el vicepresidente retomó la palabra.

No me importaba si era absurdo.

No me importaba si Emma estaba furiosa.

Le escribí.

Estás preciosa, mi cielo. Porque sí, sigues siendo mi cielo. Y no me gusta que Nathan se acerque tanto a ti. Dile que se aleje.

Su respuesta llegó rápido.

Y fue exactamente la que debía esperar.

Me llamó desvergonzado.

Me recordó que, según ella, ya no teníamos nada.

Eso último lo releí.

Tú y yo no tenemos nada.

No.

Eso no lo aceptaba.

Podía estar furiosa.

Podía pedirme espacio.

Podía insultarme si eso era lo que necesitaba.

Pero no iba a reducir lo nuestro a nada después de todo lo que habíamos vivido.

Después vi el resto.

La estaba poniendo en evidencia.

Levanté la vista.

Varias personas de su grupo parecían estar pendientes de ella.

Carajo.

Tenía razón.

Volví al teléfono.

Le pedí que habláramos.

Le dije que la amaba.

Y entonces vi a Nathan otra vez demasiado cerca.

Añadí la advertencia.

No fue mi mejor decisión.

Emma contestó inmediatamente.

No amenaces a Nathan, Maximilian.

Casi pude escuchar su tono al leerlo.

Guardé el teléfono.

Tenía razón en una cosa: debía dejar de mirarla.

Lo intenté.

Duré poco.

Cada vez que dirigía la atención hacia otra parte, terminaba buscándola otra vez.

Al menos Nathan dejó de acercarse.

Bien.

Terminé la reunión y salí antes de hacer algo todavía más evidente.

No iba a buscarla en el octavo piso.

No ese día.

Le había dicho que le daría espacio y, aunque cada parte de mí rechazaba la idea, iba a intentarlo.

Por ahora.

Pero había una cosa en la que Emma estaba equivocada.

Lo nuestro no era nada.

Y yo no iba a renunciar a ella.

Podía odiarme hoy.

Podía negarse a escucharme mañana.

Insistiría.

Le contaría toda la verdad, incluso las partes que podían hacer que me odiara todavía más.

Y después encontraría la manera de recuperar su confianza.

Porque la amaba.

Y si tenía que pelear por ella, iba a hacerlo.