La obsesión de Moretti CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

El auditorio estaba lleno.

Las conversaciones fueron disminuyendo hasta que el vicepresidente tomó el micrófono.

—Buenos días. Como todos saben, hoy celebramos nuestra reunión anual. Vamos a repasar los resultados obtenidos durante el último periodo, los objetivos para el próximo año y...

Dejé de escucharlo.

Un hombre acababa de subir a la tarima.

Alessandro.

No.

Maximilian.

El vicepresidente se hizo a un lado.

—Y este año tenemos el placer de contar con la presencia del señor Maximilian Moretti.

El silencio fue inmediato.

Él dio un paso al frente y tomó el micrófono.

—Buenos días a todos.

Se me cortó el aire.

Odié que ocurriera.

Después de todo lo que había descubierto, mi cuerpo seguía reconociéndolo antes que mi rabia.

El traje gris oscuro le quedaba como si lo hubieran cosido directamente sobre él. El chaleco marcaba su torso y la corbata azul terminaba de darle ese aspecto impecable y autoritario que encajaba demasiado bien con el hombre que todos esperaban conocer.

Ese hombre debería estar prohibido.

Y me enfurecía seguir pensando así.

—Madre mía —susurró Olivia a mi lado.

No la miré.

—¿Qué?

—¿Qué pedazo de hombre es ese? ¿Teníamos un modelo dirigiendo este imperio y nadie nos avisó? Dios mío, todo lo que mis ojos han estado desperdiciando.

La miré de reojo.

No podía juzgarla.

Sophia y yo habíamos pensado prácticamente lo mismo la primera noche que lo vimos en el club.

—Es muy joven —murmuró Ryan.

—Demasiado —añadió Nathan.

Ryan observaba la tarima con auténtica admiración.

—Pues ahora lo admiro más. Mira hasta dónde ha llevado la empresa a esa edad. No le pongo más de treinta y ocho.

—Sí, sí. Mucha admiración empresarial —dijo Olivia—. Pero está bien moja bragas.

La miré.

No pude evitarlo.

—¿Qué piensas, Emma?

—Nada. Bien por él.

—Oye, estás de un genio que no se te puede decir nada.

No respondí.

Nathan intervino:

—Chicos, silencio. Escuchemos.

Volví la vista hacia la tarima.

Maximilian hablaba de los resultados de la compañía, de los proyectos que habían superado las previsiones y del trabajo de los distintos departamentos.

Era bueno.

Muy bueno.

Seguro.

Preciso.

No había rastro del hombre que horas antes me había seguido hasta un ascensor pidiéndome que lo escuchara.

Ese era Maximilian Moretti.

El que todos conocían sin haber visto jamás.

Recorrió el auditorio con la mirada.

Hasta que me encontró.

Sus ojos se detuvieron en los míos.

Mi estómago se contrajo.

No apartó la vista.

Continuó hablando como si nada.

—Está mirando para acá —susurró Olivia.

Lo que me faltaba.

Maximilian dirigió la atención hacia la pantalla gigante y señaló una de las estadísticas.

Durante unos segundos pensé que había terminado.

Entonces volvió a mirarme.

—Emma —murmuró Ryan—, creo que te está mirando a ti.

Giré hacia él solo para escapar de aquellos ojos.

—No creo. Aquí hay un montón de gente.

—Un montón de gente a la que no está mirando así.

Nathan se inclinó ligeramente hacia mí.

—No es por darle la razón a Ryan, pero sí te está mirando.

Me acerqué apenas para contestarle en voz baja.

—Recuerda que Marc está aquí. Ellos se conocen.

Nathan asintió.

Cuando volví la vista al frente, la expresión de Maximilian había cambiado.

Muy poco.

Pero yo lo conocía.

Estaba mirando a Nathan.

Oh, no.

El vicepresidente retomó la palabra.

Aproveché para respirar.

Entonces vibró mi teléfono.

Lo saqué discretamente.

Un mensaje.

De él.

Alessandro: Estás preciosa, mi cielo. Porque sí, sigues siendo mi cielo. Y no me gusta que Nathan se acerque tanto a ti. Dile que se aleje.

Sentí la rabia subir de inmediato.

Tecleé.

Yo: Eres un desvergonzado, Maximilian. No me vengas con órdenes. Tú y yo no tenemos nada. Y deja de ponerme en evidencia. Ya están diciendo que me miras demasiado. Vas a terminar de joderme la vida.

Vi desde mi asiento cómo bajaba la mirada hacia su teléfono.

Leyó.

Después levantó los ojos hacia mí.

El mío vibró otra vez.

Alessandro: Tenemos que hablar, por favor. Te amo demasiado, Emma. No mentí sobre lo que siento por ti. Omití cosas que debí contarte y quiero explicártelas personalmente, no por mensaje.

Seguí leyendo.

Y otra cosa: si no quieres que te ponga en evidencia, evita que Nathan se te acerque así. Por el bien de él.

¿De verdad acababa de escribir eso?

Respondí.

Yo: Cuando pienso que no puedes caer más bajo, te superas. No amenaces a Nathan, Maximilian.

La respuesta llegó poco después.

Alessandro: Te amo, preciosa.

Bloqueé el teléfono.

Y lo peor era que aquellas dos palabras todavía encontraban un lugar donde doler.

La reunión continuó.

Maximilian intervino varias veces y, aunque pareció hacer un esfuerzo por dirigir su atención hacia otros puntos del auditorio, nuestros ojos terminaron encontrándose más veces de las que deberían.

Cuando finalmente llegó el cierre, volvió a tomar el micrófono.

—Los resultados que hemos presentado hoy existen por el trabajo de todos ustedes. Si mantenemos esta dirección, Moretti Group no solo continuará creciendo; ese crecimiento también se reflejará en mejores beneficios para nuestros empleados. Gracias por el trabajo de este año.

Hubo aplausos.

Maximilian entregó el micrófono y bajó de la tarima.

No volví a buscarlo con la mirada.

Salimos junto con el resto.

—Voy al baño —les dije a mis compañeros.

Necesitaba unos minutos.