La obsesión de Moretti CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Emma

Apenas crucé la puerta de mi apartamento, todo lo que había contenido durante el trayecto se vino abajo.

Dejé el bolso donde cayó y fui directamente al dormitorio. No llegué siquiera a cambiarme. Me tiré sobre la cama y empecé a llorar.

Había pasado toda la mañana furiosa, intentando sostenerme delante de él, pero allí ya no tenía que hacerlo. No tenía que defenderme ni escuchar explicaciones ni verlo sacar una licencia para demostrarme que, técnicamente, no había mentido sobre su nombre.

Maximilian Alessandro Vitali Moretti.

Qué bajo podía caer una persona para conseguir lo que quería.

Y yo había estado justificándolo.

Cada vez que esquivaba una pregunta, cada vez que me decía que había cosas de las que hablaríamos después, yo pensaba que simplemente le costaba abrirse.

Incluso había procurado darle confianza, respetar sus silencios, esperar a que estuviera preparado para contarme aquello que fuera que se empeñaba en guardar para sí mismo.

Mientras tanto, él sabía todo sobre mí.

Yo había sido la única que jugaba sin conocer las reglas.

No supe cuánto tiempo estuve llorando. Cuando volví a mirar hacia la ventana, ya había oscurecido.

Tenía la cabeza palpitándome.

Pensé en llamar a Sophia. Necesitaba hablar con ella, contarle lo que había descubierto, escucharla decir alguna barbaridad sobre Maximilian y sacar todo lo que llevaba horas guardándome.

Pero esa noche no podía.

Primero tenía que avisarle lo de Daniel antes de que ella terminara llamándome.

Busqué el teléfono.

Sophi, es para avisarte que Daniel está muy bien. Tan bien que se puso de terco con Alessandro y dijo que se iba solo en un Uber a su casa. Los exámenes salieron bien. Después hablamos. Tengo un dolor de cabeza horrible y voy a tomarme una pastilla para dormir.

Un beso.

Me quedé mirando el mensaje.

Alessandro.

Hasta escribir su nombre dolía.

Sí, era parte de su nombre verdadero.

Pero nadie lo conocía como Alessandro Vitali.

Para todos era Maximilian Moretti.

El dueño de Moretti Group.

El hombre al que mis compañeros llevaban meses intentando ponerle una cara.

La única tonta que lo había llamado Alessandro todo ese tiempo era yo.

—Para, Emma.

Dejé el teléfono boca abajo.

No quería pensar más.

Me puse el pijama, tomé la pastilla y me metí en la cama. Aun así, tardé en dormirme.

La alarma sonó demasiado temprano.

La apagué y permanecí unos segundos mirando el techo. El dolor de cabeza había desaparecido.

Al menos algo había mejorado.

Cuando entré al baño y me miré al espejo, encontré el desastre que esperaba: tenía los ojos hinchados y el cansancio marcado en la cara.

Justo el día de la reunión anual.

Me duché y elegí con más cuidado de lo habitual qué ponerme: un vestido amarillo de corte entallado, sin mangas, con un escote estrecho que descendía de forma elegante sin resultar excesivo.

Tres detalles dorados atravesaban la parte delantera a la altura de la cintura y le daban un aspecto sofisticado.

La falda terminaba unos centímetros por encima de las rodillas.

Lo combiné con tacones negros.

Arreglé mi cabello en ondas, me maquillé con cuidado y terminé con un poco de perfume.

Podía estar hecha una mierda por dentro.

No tenía por qué parecerlo.

Me observé una última vez.

El maquillaje había conseguido disimular casi todo.

Casi.

La tristeza seguía ahí, en mis ojos.

Miré la hora.

Tenía que irme.

Tomé el bolso y salí del apartamento.

Como todos los días, iría en tren. Desde Brooklyn era más rápido y me evitaba el problema de buscar estacionamiento en Manhattan.

Maximilian había insistido alguna vez en mandar a buscarme.

Menos mal que nunca acepté.

Ahora hasta aquel ofrecimiento me molestaba.

No necesitaba que organizara también la forma en que llegaba al trabajo.

Maximilian

La noche había sido una completa mierda.

Casi no dormí.

En algún momento dejé de intentarlo, abrí una botella de whisky y terminé encerrado en la oficina.

Por la mañana, el lugar parecía haber recibido el impacto de mi mal humor. Había documentos en el suelo, un vaso roto y varias cosas fuera de sitio.

Todo por mi cobardía.

Porque podía buscar todas las justificaciones que quisiera, pero ninguna cambiaba lo ocurrido.

Había sabido que decirle la verdad podía destruir nuestra relación.

Y me había callado.

¿Qué persona enamorada entregaba voluntariamente la información que podía hacer que la mujer que amaba se marchara?

Una con más valor que yo, aparentemente.

Me duché y comencé a prepararme. Elegí un traje gris oscuro de tres piezas, camisa clara y corbata azul. Me peiné el cabello hacia atrás y, cuando terminé, me observé brevemente en el espejo.

Las ojeras seguían ahí.

Tendrían que quedarse.

Bajaba las escaleras cuando escuché la voz de Sora.

—Por Dios... ¿qué pasó aquí?

Me detuve.

Estaba en la entrada de mi oficina contemplando el desastre.

Durante un instante sentí una irritación absurda.

Ella había tenido que regresar por aquellas llaves.

Ella había pronunciado mi nombre delante de Emma.

Si no hubiera aparecido...

Corté el pensamiento.

No.

Sora no tenía la culpa de una mierda.

Yo había tenido semanas para hablar.

Meses.

No iba a responsabilizarla por haber dicho el nombre de su empleador dentro de la casa de su empleador.

Debió sentir mi presencia porque se volvió.

—Se... señor. Buenos días.

—Buenos días, Sora.

Miré hacia la oficina.

—Recoge eso y déjala como estaba.

—Sí, señor. Ahora mismo.

Mi tono había salido más frío de lo necesario.

Sora llevaba años trabajando conmigo y jamás había tenido que reprocharle nada.

Pero no estaba de humor para conversaciones.

Asentí y seguí hacia el ascensor.

En el estacionamiento me esperaba uno de los hombres que trabajaba ocasionalmente con Daniel.

Le había dado dos semanas libres.

Daniel había decidido que con descansar lunes y martes era suficiente.

Terco de mierda.

Si quería volver el miércoles, era problema suyo. Ya discutiría con él cuando tuviera ganas de discutir con alguien que no fuera Emma.

Durante el trayecto no hablé.

Cuando llegamos a Moretti Group, entré por el acceso privado y subí directamente a mi oficina.

Mi secretaria me esperaba con la agenda.

—Buenos días, señor Moretti.

—Buenos días.

Comenzó a enumerar reuniones, documentos pendientes y asuntos que requerían mi aprobación. La escuché mientras revisaba unos informes.

Cuando terminó, no se marchó enseguida.

Levanté la mirada.

—¿Eso es todo?

—Sí, señor.

Se quedó un segundo más.

Seguramente mi aspecto invitaba a hacer preguntas.

Mi cara, no.

—Con permiso.

—Adelante.

La puerta se cerró.

Miré la hora.

Todavía faltaba para las diez.

Emma estaría por llegar.

Sabía perfectamente que no quería verme. Me lo había dejado claro.

Aun así, llevaba toda la noche esperando las diez solo para tenerla delante, aunque fuera desde el otro extremo de un auditorio.

Emma

Cuando llegué a Moretti Group, me detuve frente al edificio.

Había entrado allí cientos de veces.

Aquella mañana parecía otro lugar.

Levanté la vista hacia el rascacielos de cristal hasta llegar a los últimos pisos.

Claro.

El rey Maximilian Moretti tenía que estar allá arriba.

En su oficina privada, apartado de todos, jugando a ser Dios mientras el resto de nosotros trabajábamos sin conocer siquiera su cara.

Una mueca amarga se me escapó.

Con razón nadie lo veía.

Entré.

Saludé como siempre y procuré que nadie notara nada diferente.

Antes de llegar a los ascensores reparé en el pasillo lateral.

Lo había visto muchas veces.

Nunca le había prestado demasiada atención.

Ahora sí.

Uno de los ascensores tenía acceso independiente y comunicaba directamente con el estacionamiento privado.

Claro.

Por ahí debía subir desde su Rolls-Royce sin cruzarse con nadie.

Seguí hasta mi ascensor.

Cuando llegué al octavo piso, mis compañeros ya estaban reunidos.

Ryan, por supuesto, era el más emocionado.

—Buenos días.

—Buenos días —respondieron casi al mismo tiempo.

Dejé mis cosas mientras Ryan continuaba hablando.

—Hoy, por fin, todos los misterios serán resueltos. Ya podemos dejar de inventar. El gran señor Moretti descenderá entre los mortales.

Olivia se apoyó en el escritorio.

—Yo solo quiero que sean las diez de una vez.

Si supieran.

Yo conocía al gran señor Moretti bastante más de lo que cualquiera de ellos podía imaginar.

Lo había visto recién despierto.

Había dormido en su cama.

Conocía el sonido de sus gemidos y la forma en que pronunciaba mi nombre cuando estábamos solos.

Y también conocía sus mentiras.

—Emma.

Levanté la vista.

Nathan me observaba.

—¿Estás bien?

Compuse una sonrisa.

—Sí. Todo bien.

Ryan me examinó sin ningún disimulo.

—Hija, tienes una cara que da miedo.

—Ay, Ryan, tampoco así —intervino Olivia—. Pero sí tienes la mirada un poco cansada.

—En serio, estoy bien.

Los tres continuaron mirándome.

Genial.

—Bueno, bueno. Se acabó la reunión social.

La voz de Marc llegó desde detrás de nosotros.

—A trabajar. A las diez los quiero a todos en el auditorio.

Por una vez agradecí su interrupción.

Cada uno regresó a su puesto.

Intenté concentrarme.

Ryan no ayudaba.

Seguía cuchicheando hasta que Nathan dejó lo que estaba haciendo.

—Ryan, cállate. Me tienes desesperado con tanta habladera. Aquí nadie puede concentrarse.

No pude evitar que se me escapara una sonrisa.

Ryan abrió la boca, ofendido.

—Ah, bueno. No tienen sentido del humor. Mejor me callo.

Olivia soltó una carcajada.

El ambiente recuperó cierta normalidad y, durante un rato, conseguí trabajar.

Veinte minutos antes de las diez, Marc apareció.

—Chicos, vámonos al auditorio.

Guardé lo que estaba haciendo.

Allá vamos.

Era el mismo auditorio en el que habíamos estado anteriormente.

Esta vez comprendí para qué se utilizaba: reuniones extraordinarias, presentaciones importantes y cualquier ocasión que requiriera reunir a varios departamentos.

Y, por supuesto, la aparición anual de Su Majestad, el maldito mentiroso.

Nos sentamos juntos como siempre: Ryan, Olivia, Nathan y yo. Marc ocupó un asiento cerca de nosotros.

El vicepresidente ya estaba sobre la tarima organizando algunas cosas.

Miré el reloj.

Las diez en punto.