La obsesión de Moretti CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

Su expresión cambió.

—No puedes renunciar.

Lo miré.

Por primera vez desde que Sora había pronunciado su nombre, vi con claridad al hombre que tenía delante.

No era solo Alessandro.

Era Maximilian Moretti.

El gran empresario del que todos hablaban en la compañía. El hombre cuyo apellido estaba en el edificio, en los contratos y en cada decisión importante de Moretti Group.

Y ahora también era mi jefe.

—¿Perdón?

—No voy a permitirlo.

La incredulidad desplazó parte de mi rabia.

—Tú no decides eso.

—Tienes un contrato, Emma. Si lo incumples, tendrás que asumir la penalización correspondiente.

Me quedé mirándolo.

Ahí estaba otra vez.

Ese lado de él que yo no conocía.

El hombre acostumbrado a tener el control.

—Descarado.

—Emma, yo no...

—No vuelvas a decir mi nombre.

Apretó la mandíbula.

—No estoy intentando amenazarte.

—Pues se parece bastante.

—Estoy intentando evitar que tomes una decisión ahora mismo, mientras estás furiosa conmigo.

—Mi trabajo no es una decisión que tengas derecho a tomar por mí.

—Lo sé.

—No parece.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Dio un paso hacia ellas.

Por un momento pensé que iba a detenerlas.

No lo hizo.

—Te voy a dar espacio —dijo, con la voz más baja—. Pero necesito que me escuches cuando estés preparada.

—Vete a la mierda.

Las puertas se cerraron.

Saqué el teléfono cuando llegué a la calle y pedí un taxi.

No quería hablar con Sophia.

No todavía.

Tampoco quería leer ningún mensaje suyo.

Solo quería llegar a mi apartamento, cerrar la puerta y estar sola.

Maximilian

Sentí cuando Emma se levantó de la cama y, pocos minutos después, escuché la ducha.

Me quedé acostado mirando el techo.

Tenía que decírselo hoy.

Mañana era la reunión anual y ya no podía seguir postergándolo.

Durante unos segundos incluso pensé en no asistir.

Era el maldito jefe. Podía cancelar mi presencia y nadie iba a cuestionarme.

Pero eso solo me daría otro día.

Y ya había tenido demasiados.

Cuando Emma salió del baño con la bata anudada a la cintura y el cabello húmedo, la decisión que había tomado minutos antes empezó a tambalearse.

Mierda.

Podía enfrentarme a accionistas, abogados, negociaciones de millones de dólares y cualquier problema que apareciera en Moretti Group.

Decirle la verdad a ella me tenía paralizado.

La llamada de Daniel interrumpió el momento.

Después Emma bajó y yo entré a bañarme.

Mientras estaba bajo el agua, tomé la decisión definitiva.

Después del desayuno.

Se lo diría después del desayuno.

Todo.

Sin otra excusa.

Sin seguir aplazándolo.

Cuando terminé de vestirme, la puerta se abrió.

Emma apareció en el dormitorio.

Su cara me puso en alerta antes de que pronunciara una sola palabra.

—¿Pasó algo?

—No sé. Dímelo tú, Maximilian Moretti.

Se me heló el cuerpo.

Ya lo sabía.

Y lo primero que hice fue preguntarle quién se lo había dicho.

Una estupidez.

Sora había olvidado unas llaves.

Unas malditas llaves.

Intenté explicarle que Alessandro Vitali también era mi nombre. Le enseñé mi licencia como si eso pudiera solucionar algo.

No lo hacía.

Emma tenía razón.

Yo sabía que ella creía que era Alessandro Vitali y nada más.

Sabía que no tenía idea de que el hombre con el que dormía era Maximilian Moretti.

Y había permitido que siguiera creyéndolo.

Cuando entendió que había querido que se enamorara de mí antes de conocer toda la verdad, tampoco pude negarlo.

Eso era exactamente lo que había querido.

Que primero me conociera a mí.

Después vendría todo lo demás.

Solo que ese «después» se había alargado demasiado.

Entonces me llamó psicópata.

Loco.

Retrocedí.

Podía soportar que estuviera furiosa conmigo.

Podía soportar que me gritara.

Esas dos palabras fueron diferentes.

Porque, escuchando la historia desde su lado, sabía perfectamente por qué había llegado hasta allí.

Cuando intenté acercarme, me apartó la mano.

—No me toques.

La seguí hasta el ascensor.

No quería que se fuera.

Mucho menos de aquella manera.

Le pedí unos minutos. Después, que me dijera cuándo estaría dispuesta a escucharme.

Lo que fuera.

No estaba escuchándome.

Y tampoco podía culparla.

Entonces dijo que iba a renunciar.

—No puedes renunciar.

No pensé antes de decirlo.

Solo reaccioné.

En cuanto la vi mirarme, supe lo que había hecho.

Hasta ese momento había estado discutiendo con el hombre al que conocía como Alessandro.

En ese instante le acababa de mostrar al otro.

Al empresario.

Al dueño de Moretti Group.

Al hombre acostumbrado a que un contrato significara exactamente lo que estaba escrito en él.

Le recordé la penalización.

La expresión de Emma cambió.

Había conseguido empeorarlo.

Quise explicarle que no estaba amenazándola. Que solo necesitaba impedir que desapareciera de mi vida antes de poder contarle todo.

Pero ya había dicho demasiado.

Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.

Pude detenerlas.

No lo hice.

Me quedé allí hasta que los números comenzaron a descender.

Después caminé hacia la sala y me dejé caer en el sofá.

Me pasé una mano por la cara.

—Mierda.

Así no tenía que enterarse.

Había tenido oportunidades.

Demasiadas.

La noche anterior había dormido entre mis brazos creyendo que todavía tenía tiempo.

Esa mañana había decidido contarle la verdad después del desayuno.

Después.

Siempre después.

Y mi cobardía acababa de decidir por los dos.