CAPÍTULO 23
Emma
Mientras esperaba los sándwiches en la cafetería del hospital, aproveché para avisarle a Sophia.
Yo: Sophia, solo para que sepas que estoy en el hospital con Alessandro. Daniel tuvo un accidente. Por suerte, no iba rápido y no fue nada grave. Le pusieron unos puntos en la cabeza y van a dejarlo unas horas para hacerle algunos exámenes. Había bebido.
Su respuesta llegó casi de inmediato.
Sophia: Emmaaaaa. ¿Pero está bien? ¿Estás segura? ¿Y por qué le pasó eso? ¿Ha dicho algo?
Fruncí el ceño ante la última pregunta.
Yo: No hemos podido hablar con él. Está sedado. Alessandro dice que Daniel no es irresponsable y que no entiende qué pasó. Te pregunto yo: ¿pasó algo?
Los tres puntos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Sophia tardó tanto que terminé mirando el teléfono con más atención.
Sophia: Sí. Tuvimos una pequeña charla y le dejé algunos puntos claros sobre la mesa. Pero nada para que se emborrache y termine estrellándose.
Yo: Bueno, Sophia, pues eso es lo que pasó. Y me debes una conversación.
Sophia: Emma, por favor, cualquier cosa me avisas. Ahora estoy en turno, pero voy a estar pendiente del celular. Y sí, tenemos que hablar. Gracias por avisarme. Un beso.
Le respondí antes de que me llamaran para entregarme los sándwiches.
No sabía hasta dónde habían llegado las cosas entre Daniel y ella, pero estaba claro que Sophia tenía bastante que contarme.
Apenas subí al auto, apoyé la cabeza contra el asiento y cerré los ojos.
Estaba agotada.
Casi no habíamos descansado y, antes de salir del hospital, le había advertido a Alessandro que, si íbamos a su casa, era únicamente para dormir. Lo conocía y, aunque amaba estar sexualmente con él, en ese momento apenas podía mantener los ojos abiertos.
Después de eso, el cansancio terminó por vencerme.
No supe cuánto tiempo había pasado hasta que sentí que alguien me levantaba. Abrí los ojos de golpe y me encontré entre sus brazos.
—Amor, yo puedo caminar.
—Cielo, a mí me encanta llevarte en brazos.
—Alessandro...
—Duerme.
Ni siquiera tenía fuerzas para discutirle.
Me acomodé contra su pecho y cerré otra vez los ojos mientras él caminaba hacia el ascensor.
—Te estás aprovechando de que estoy medio dormida.
—Por supuesto.
Le di un pequeño golpe en el pecho.
—Abusador.
—Mañana puedes quejarte todo lo que quieras.
Las puertas del ascensor se abrieron y entró conmigo todavía en brazos.
Cuando llegamos a su piso, finalmente me dejó en el suelo.
—¿Ves? Sobreviviste.
—A duras penas.
Caminé directamente hacia el dormitorio.
Ya tenía algunas prendas en su casa, pero estaba tan rendida que ni siquiera busqué qué ponerme. Me quité la ropa, me metí en la cama y subí la cobija hasta la barbilla.
Alessandro entró unos minutos después. Su mirada bajó hacia la ropa que había dejado tirada y después volvió a mí.
—Te desnudas y después preguntas por qué siempre tengo ganas de ti.
Estiré una mano hacia él.
—Ven. Duerme.
—Eso intento.
—Pues inténtalo desde aquí.
Se acostó a mi lado y no tardé ni un minuto en volver a quedarme dormida.
A la mañana siguiente desperté primero.
Alessandro dormía boca arriba, con un brazo sobre los ojos y el otro extendido hacia el lado de la cama donde yo había estado.
Me levanté sin despertarlo y fui a bañarme. Necesitaba quitarme de encima aquella pesadez del hospital.
Cuando salí con una bata anudada a la cintura, él ya estaba sentado en la cama.
—Hola, cielo. Te levantaste directo a bañarte.
—Sí. Quería quitarme esa pesadez del hospital.
—Voy a hacer lo mismo.
Su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla y contestó.
—¿Sí?... ¿Todo bien?
Me quedé cerca mientras me soltaba el cabello.
—Sí, ayer me llamaron y fui a verte. No, Daniel, de verdad, voy para allá... ¿Ya salieron los exámenes?
Lo miré.
—Bueno, menos mal. ¿Cómo que no vaya?... Joder. Está bien. Cuando llegues a casa, avisa.
Colgó.
—No quiere que vaya. Dice que va directo a su casa en un Uber. Y como es de terco, te imaginarás.
—Bueno, menos mal que está bien.
Pensé en avisarle a Sophia en cuanto tuviera un momento.
Alessandro se acercó, me dio un beso y pasó a mi lado para entrar al baño.
Me solté el cabello y bajé a la cocina. Abrí la nevera y comencé a sacar algunas cosas para preparar el desayuno.
El sonido del ascensor me hizo volver la cabeza.
No esperaba que llegara nadie.
Las puertas se abrieron y salió una mujer mayor, bien vestida, que se detuvo en cuanto me vio.
Pareció tan sorprendida de encontrarme allí como yo de verla a ella.
—Buenos días —dijo finalmente.
—Buenos días.
Se acercó con una expresión amable y me extendió la mano.
—Mi nombre es Sora.
—Emma. Mucho gusto.
—Igualmente. Disculpe que haya entrado así. Se me olvidaron unas llaves y vine a buscarlas.
—Claro.
Caminó hasta uno de los muebles de la sala, abrió un cajón y comenzó a revisar.
—Aquí están.
Sacó un manojo de llaves y las guardó en su bolso.
—Soy la empleada de servicio del señor Moretti.
Dejé de moverme.
La puerta de la nevera seguía abierta frente a mí.
—Disculpa.
Sora levantó la mirada.
—¿Sí?
—¿Dijiste señor Moretti?
—Sí.
La miré durante un segundo.
—¿Maximilian Moretti?
—Sí, señorita. El señor Maximilian Moretti.
Sentí que se me vaciaba el estómago.
Di un paso hacia atrás.
—No puede ser...
Sora me observó con extrañeza.
—¿Se encuentra bien?
—Maximilian Moretti —repetí.
Su mirada permaneció sobre mí, cada vez más confundida.
—Sí... —respondió despacio.
—No, tranquila. Estoy bien.
No me creyó.
Se le notaba.
—¿Segura?
—Sí.
—Está bien. Entonces me voy. Solo vine por las llaves.
—Sí... claro.
—Que tenga buen día, señorita Emma.
—Igualmente.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Me quedé mirando el lugar donde había estado Sora.
Hasta ahí llegaron mis ganas de hacer desayuno.
Cerré la nevera.
Alessandro.
Maximilian Moretti.
Volví la mirada hacia las escaleras.
No.
Subí.
La fotografía del orfanato.
Las llamadas.
Moretti Group.
La beca.
Las prácticas.
El documento que había encontrado en aquel mismo apartamento.
Había estado intentando averiguar qué relación existía entre Alessandro y Maximilian Moretti.
Y la respuesta había estado frente a mí todo el tiempo.
Llegué al dormitorio.
Él estaba terminando de vestirse. Llevaba una camisa blanca sencilla y pantalones oscuros. Se colocaba el reloj cuando levantó la vista.
Debió notar algo en mi cara porque su expresión cambió casi de inmediato.
—¿Pasó algo?
Me detuve frente a él.
—No sé. Dímelo tú, Maximilian Moretti.
Su mano quedó inmóvil sobre el reloj.
Lo vi palidecer.
Y con eso me bastó.
—¿Quién te lo dijo?
Lo miré sin poder creer que esa fuera su primera pregunta.
—¿Tú me estás preguntando quién?
—Emma...
—Sora vino porque olvidó unas llaves. Y, de paso, me contó que trabaja para el señor Moretti. —Sentí que la voz comenzaba a temblarme de rabia—. Para Maximilian Moretti.
—Emma, todo tiene una explicación.
—Dime tu nombre.
—Escúchame.
—¿Cómo te llamas?
—Emma...
—¡Dime cómo te llamas! ¿Eres Maximilian Moretti?
Esta vez respondió.
—Sí.
Me llevé las manos a la cara.
—Dios mío.
Me aparté de él.
—Todo este tiempo has estado jugando conmigo.
—No.
—¿No? ¡Yo preguntándome quién era Maximilian Moretti y lo tenía enfrente! Dormía contigo. Me acostaba contigo.
—Emma, escúchame.
—¿Qué quieres que escuche?
Sacó la cartera y tomó su licencia de conducir.
—Mi nombre completo es Maximilian Alessandro Vitali Moretti.
Me extendió la licencia.
La tomé.
Leí el nombre.
Maximilian Alessandro Vitali Moretti.
Era cierto.
Alessandro Vitali era parte de su nombre.
Le devolví la licencia.
—¿Y?
—Nunca inventé un nombre para acercarme a ti.
Lo miré.
—No me vengas con eso.
—Emma...
—Esto no cambia absolutamente nada. Tú sabías que yo creía que eras Alessandro Vitali y nada más.
Calló.
—Sabías que no tenía idea de que eras Maximilian Moretti. Me dejaste hablarte de él como si fuera otra persona. Me viste intentando descubrir quién era. Sabías que trabajaba en tu empresa y nunca me dijiste que eras el dueño.
—Tenía mis razones.
—Claro que las tenías.
—Déjame explicártelas.
—No.
—Emma, te amo. Lo que siento por ti es real.
Me quedé mirándolo.
Y entonces lo entendí.
—Eso era lo que querías.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que me enamorara de ti antes de saber quién eras.
No respondió.
—Por eso siempre tenías algo que decirme y nunca terminabas diciéndolo.
—No fue tan simple.
—Para mí sí lo es.
Me alejé hacia donde estaba mi ropa y comencé a vestirme.
—Emma, por favor, no te vayas así.
—¿Y cómo esperas que me vaya?
—Quiero que me escuches.
—¿Para que me expliques qué? ¿Por qué apareces en una fotografía de mi orfanato? ¿Por qué preguntabas por mí? ¿Por qué Moretti Group pagó mi beca? ¿Por qué terminé trabajando en tu empresa?
—Hay cosas que no sabes.
Me giré hacia él.
—Entonces debiste contármelas.
No contestó.
—Tú llevas siguiéndome desde el orfanato, por Dios.
—Emma, no es así.
—¿Ah, no?
—No escojas ese camino.
Lo miré con incredulidad.
—¿Qué camino, Maximilian? ¿El que tú mismo construiste?
—Solo escúchame.
—No. Lo que eres es un psicópata.
Se quedó quieto.
Vi perfectamente cómo le había caído la palabra.
Pero estaba demasiado dolida para retirarla.
—Un loco que lleva años metiéndose en mi vida sin que yo lo supiera.
—No me llames así.
—¿Y cómo quieres que lo llame?
Dio un paso hacia mí y estiró una mano.
Se la aparté de un manotazo.
—No me toques.
Las lágrimas que había estado conteniendo terminaron saliendo.
No quería quedarme allí.
Bajé las escaleras y él vino detrás de mí.
Presioné el botón del ascensor.
—Emma.
No respondí.
—Emma, por favor.
Las puertas todavía no se abrían.
Me giré hacia él.
La desesperación ya se le notaba en la cara. No era el hombre seguro que siempre parecía tener una respuesta para todo. Se acercó otro paso, pero esta vez no intentó tocarme.
—No te vayas sin escucharme. Dame algunos minutos. Solo minutos.
—No quiero escucharte ahora.
—Entonces dime cuándo. Esta tarde. Mañana. Cuando quieras, pero no cierres esto así.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré.
Él se quedó frente a mí.
—Te quiero a metros de mí.
—Emma...
—Y mañana renuncio.