La obsesión de Moretti CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

Después la sujeté por las caderas y la llevé hacia mí. Sus gemidos volvieron a llenar la habitación hasta que finalmente alcancé mi propio orgasmo.

Me dejé caer a su lado.

Los dos intentábamos recuperar la respiración.

Emma giró la cabeza hacia mí.

—Estás loco.

—Por ti.

—Eso dices ahora.

—Lo digo siempre.

Y aquella noche pareció no querer terminar.

Horas después, cuando ya había empezado el sábado y la madrugada comenzaba a convertirse en amanecer, volvimos a buscarnos.

La tenía de lado, con una de sus piernas levantada, mientras entraba en ella lentamente y le susurraba al oído todo lo que provocaba en mí.

Emma apenas podía responder.

Gemía.

Me apretaba.

Me buscaba incluso cuando su cuerpo parecía agotado.

Hasta que volvió a correrse y yo lo hice poco después.

Ni siquiera sabía cuántas veces lo habíamos hecho.

Ella tampoco, aparentemente.

—No puedo más —murmuró sin aliento—. Me encanta, pero siento el coño hinchado, amor.

Solté una carcajada.

—Está bien. Descansemos.

—Por fin.

Nos acomodamos de lado y la atraje contra mi cuerpo. Pocos minutos después, su respiración se volvió lenta y regular.

Estaba dormida.

Yo tardé un poco más.

La conversación de la cena volvió a mi cabeza.

Había tenido la oportunidad.

Otra vez.

Y otra vez había decidido esperar.

Solo quería un poco más de tiempo con ella antes de que todo cambiara.

Emma

Cuando vi a Alessandro aparecer con mi comida favorita, me dije que ya era suficiente.

Tenía que dejar de darle tantas vueltas a todo.

Aquel hombre siempre era atento conmigo. Sabía que me encantaba la pasta en prácticamente todas sus presentaciones; probablemente por eso también era mi especialidad cuando me daba por cocinar.

Habíamos pasado un rato hablando, comiendo y riéndonos como siempre.

Y por un momento pensé que finalmente iba a decirme algo.

Quiero decirte algo.

Esas palabras habían hecho que mi atención se concentrara completamente en él.

No sabía qué esperaba escuchar.

Quizá el nombre de alguna de las empresas de su familia.

Algo sobre su trabajo.

Una explicación acerca de sus conexiones con Moretti Group.

Cualquier cosa que aclarara alguna de las preguntas que llevaba días haciéndome.

Pero habló de Daniel.

Y no podía decir que aquello no me importara.

Todo lo contrario.

El tema era delicado para Sophia y, precisamente por eso, también lo era para mí.

Alessandro ya me había comentado anteriormente que Daniel estaba extraño. Sin embargo, escucharlo decir que estaba casi seguro de que Sophia tenía algo que ver confirmó lo que yo también venía pensando.

A ella le estaba pasando exactamente lo mismo.

Aquellos dos eran dos gotas de agua.

Orgullosos.

Testarudos.

Convencidos de que no necesitaban a nadie.

Y cada vez estaba más segura de que se habían enamorado el uno del otro.

Tuve en la punta de la lengua decirle que Sophia tampoco estaba comportándose como siempre.

Me contuve.

Ella era mi mejor amiga.

Si le contaba algo a Alessandro y Daniel terminaba enterándose de que Sophia estaba igual de afectada que él, me mataría.

Literalmente no.

Pero seguramente encontraría una forma de hacerme sufrir durante el resto de mi vida.

Así que guardé silencio.

Después de eso, la noche había tomado un rumbo completamente diferente.

Y vaya rumbo.

No sabía cuántas veces había terminado encima de Alessandro, debajo de él o de lado. Con aquel hombre aparecía una versión de mí que años atrás ni siquiera habría reconocido.

Más atrevida.

Más desinhibida.

Lujuriosa.

Y me encantaba.

Con él no sentía vergüenza de decir lo que quería.

De pedirlo.

De disfrutarlo.

Cuando finalmente había amanecido y los dos alcanzamos otro orgasmo, tuve que rendirme.

Mi cuerpo necesitaba descansar.

Y, aparentemente, descansó demasiado.

Un teléfono comenzó a sonar.

Me moví entre sueños.

No abrí los ojos.

Esperaba que quien fuera se cansara y dejara de llamar.

El sonido se detuvo.

Volví a acomodarme contra el cuerpo caliente que tenía detrás.

Entonces volvió a sonar.

Alessandro gruñó.

—¿Qué mierda...?

Abrí los ojos lentamente.

El teléfono era suyo.

Él estiró un brazo para alcanzarlo mientras yo miraba el reloj de mi mesita de noche.

Las dos de la tarde.

Parpadeé.

¿Las dos?

Bueno.

Después de la noche que habíamos tenido, tampoco era tan sorprendente.

—¿Sí? —respondió Alessandro con esa voz ronca y dormida que normalmente me encantaba.

Permaneció en silencio unos segundos.

Entonces su cuerpo se tensó.

El sueño desapareció de su rostro.

—Sí... Está bien. Entiendo. Salgo para allá.

Me incorporé.

—¿Qué pasa?

Colgó y ya estaba apartando las sábanas.

—Me llamaron del hospital. Daniel tuvo un accidente.

Sentí que el sueño se me iba de golpe.

—¿Qué?

—Dicen que está bien. Me tiene registrado como contacto de emergencia.

Alessandro se puso los bóxeres y empezó a buscar el resto de su ropa.

Yo salí de la cama.

—¿Qué haces, cielo?

—Vestirme.

—No tienes que ir.

Lo miré como si hubiera dicho una estupidez.

—Daniel es tu amigo.

—Sí, pero pueden demorarse. No tienes que pasar el día metida en un hospital conmigo.

Ya estaba buscando mi ropa.

—¿Y?

—Emma.

—Daniel es tu amigo y yo soy tu mujer. Quiero estar a tu lado.

Se quedó quieto.

La expresión de preocupación que tenía desde que había contestado la llamada se suavizó.

—¿Mi mujer?

Me detuve.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

Extendió una mano hacia mí.

—Ven.

Me acerqué y entrelazó nuestros dedos.

—Vámonos.

Maximilian

Cuando llegamos al décimo piso, fui directamente a preguntar por Daniel.

Le había dado el fin de semana libre. Yo quería pasarlo con Emma y, después de la negociación en Miami, tampoco tenía intención de ocuparme de nada que pudiera esperar hasta el lunes.

Definitivamente no había imaginado terminar el sábado en un hospital.

Mucho menos con Emma acompañándome.

Nos explicaron que Daniel estaba estable.

Había conducido después de beber y había terminado estrellándose contra un poste.

Por suerte, no iba a gran velocidad. El golpe le había provocado una herida superficial en la cabeza que había requerido varios puntos y los médicos querían mantenerlo en observación.

Sentí alivio.

Después sentí ganas de matarlo yo mismo.

¿En qué mierda estaba pensando?

Daniel podía ser muchas cosas.

Irresponsable no era una de ellas.

Y aunque todavía no había hablado con él, tenía una sospecha bastante clara sobre quién podía estar detrás de aquel estado de ánimo.

Cierta rubia.

Por el momento, sin embargo, lo importante era que estaba bien.

Las horas empezaron a pasar.

Emma y yo no habíamos comido nada desde que nos despertamos y, cuando miré la hora, comprendí que no podíamos seguir así.

—Cielo.

Ella levantó la cabeza.

—¿Mmm?

—Abajo hay una cafetería. Ve a buscar algo para comer.

—Eso sí te lo voy a aceptar porque me estoy muriendo de hambre. ¿Quieres que te traiga algo?

—Lo que quieras.

Saqué una tarjeta de mi billetera y se la extendí.

Emma miró mi mano.

—No, señor. Yo también puedo pagar.

Se tocó el costado.

Después el otro.

Su expresión cambió.

—Mierda.

Sonreí.

—¿Qué?

—Creo que dejé el bolso en mi casa.

No dije nada.

Solo mantuve la tarjeta extendida.

Emma miró mi cara.

Después la tarjeta.

Finalmente me la quitó de la mano.

—Que no se te haga costumbre.

—Como digas, cielo.

Entrecerró los ojos y se marchó.

Regresó unos diez minutos después con dos sándwiches grandes y café.

—Esto es lo único decente que conseguí. —Se sentó a mi lado—. Pero le di un mordisco al mío dentro del ascensor y sabe bien.

Tomé lo que me ofrecía.

—Con el hambre que tengo, podría saber a cartón y me lo comería.

Emma desenvolvió el suyo.

—Todo esto es por tu culpa.

—¿El accidente de Daniel?

—No. Mi hambre. Me tuviste despierta toda la noche y hasta el otro día.

Sonreí con malicia.

—Paré porque me pediste clemencia.

—Agrandado.

—Bonita.

—Presumido.

Me acerqué un poco.

—Suplicante.

Emma abrió la boca.

—Te odio.

Se echó a reír.

La tomé suavemente de la barbilla y acerqué su rostro al mío.

—Pero te encantó.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Come tu sándwich, Alessandro.

—Eso pensé.

—Idiota.

La besé antes de dejarla tranquila.

Y así, entre conversaciones, cafés y alguna que otra discusión absurda, se nos fue la tarde.

Cuando empezó a anochecer, nos explicaron que Daniel probablemente recibiría el alta a la mañana siguiente. Antes querían repetirle una tomografía para confirmar que no hubiera ningún sangrado y hacerle algunos análisis.

Pregunté si podía quedarme.

El médico negó con la cabeza.

—No, señor Vitali. Esta noche no es necesario. Está estable y permanecerá bajo observación. Mañana, después de los estudios, podremos decirle si puede marcharse.

Miré hacia la habitación de Daniel.

No me gustaba dejarlo allí.

Pero tampoco podía hacer nada más.

Finalmente entramos a despedirnos y, después de asegurarme por tercera vez de que llamarían si había cualquier cambio, salimos del hospital.

Ya era tarde.

Emma caminaba a mi lado con señales evidentes de agotamiento.

—Te voy a llevar a casa.

Bostezó.

—Por favor.

Llegamos al estacionamiento.

Estaba buscando las llaves cuando recordé algo.

Su bolso.

Seguía en su apartamento.

Y mi casa quedaba bastante más cerca del hospital.

La miré.

—Mejor vamos a dormir a mi casa.

Emma se detuvo.

—¿A dormir?

—Sí.

—Alessandro.

—¿Qué?

—A dormir.

Solté una carcajada.

—Sí, cielo. Solo a dormir.

—Te lo advierto porque contigo nunca se sabe.

Abrí la puerta del auto para ella.

—Prometo comportarme.

—Eso no me da ninguna seguridad.

—Sube.

Emma movió la cabeza y entró.

Cerré la puerta y rodeé el vehículo.

Mientras conducía hacia casa, ella apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos.

La verdad podía esperar unas horas más.

Solo unas horas.

Eso fue lo que me dije.