CAPÍTULO 22
Maximilian
Iba de camino al apartamento de Emma cuando decidí desviarme.
No le había avisado que iría a verla. Después de cómo había terminado nuestra conversación la noche anterior, prefería aparecer sin demasiados planes de por medio.
Me había repetido varias veces que su actitud se debía al dolor de cabeza, que no tenía sentido buscar problemas donde quizá no los había.
Aun así, llevaba días sintiendo que algo era diferente.
Paré en uno de sus restaurantes favoritos y pedí pasta para los dos. Sabía que con eso tenía prácticamente garantizada la entrada.
Emma podía sobrevivir a muchas cosas.
A un plato de pasta, jamás.
Cuando llegué a su edificio, subí con las bolsas en las manos y una sola intención dando vueltas en mi cabeza.
Tenía que hablar con ella.
No necesariamente allí, apenas cruzara la puerta. Tampoco quería soltarle la verdad mientras comíamos de recipientes de cartón.
Pero tenía que hacerlo.
Pronto.
Toqué el timbre y esperé.
Cuando abrió, esa sonrisa suya apareció inmediatamente.
—Hola, amor.
La tensión que llevaba conmigo desde que había salido de casa disminuyó un poco.
—Hola, cielo.
Emma se acercó para abrazarme y me dio un beso rápido. Llevaba un pijama de shorts y una blusa de tirantes, y tenía el cabello húmedo. Debía de haber salido de la ducha hacía poco.
Cuando reparó en las bolsas que llevaba, sus ojos bajaron inmediatamente hacia ellas.
—¿Qué trajiste?
—Primero déjame entrar, mujer.
Se apartó riéndose.
Pasé y dejé las bolsas sobre la mesa. Cuando me giré, ella ya estaba acercándose para revisar lo que había llevado.
—Eh. Ven aquí.
—¿Qué?
Abrí los brazos.
—Salúdame como es, cielo.
—Ya te saludé.
—Eso no fue un saludo.
—Qué exigente.
—Ven.
Negó con la cabeza, pero caminó hacia mí.
En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, la atrapé por la cintura. Emma levantó los brazos alrededor de mi cuello y esta vez la besé como quería.
Sin prisas.
Hundí una mano en su cintura y la acerqué más mientras profundizaba el beso. Ella respondió enseguida, pegándose a mí.
Cuando finalmente me separé unos centímetros, mantuve las manos donde estaban.
—¿Cómo seguiste?
—Mejor.
—¿Sí?
—Sí. —Rozó mi nariz con la suya—. Y ahora más que estás aquí conmigo.
La observé un momento. Se veía mejor que la noche anterior, más descansada. También demasiado sexy para alguien que, aparentemente, solo se había puesto un pijama para estar en casa.
—Dejé que la mirada recorriera sus piernas antes de volver a sus ojos.
—Estás muy sexy.
Emma dio media vuelta con una naturalidad exagerada.
—Gracias.
Me reí.
Ella ya estaba dirigiéndose a la mesa cuando se detuvo.
—Ay, huele rico.
—Sabía que eso iba a llamar más tu atención que yo.
—No compitas con la pasta, Alessandro. Vas a perder.
—Eso hiere mi ego.
Abrió uno de los recipientes y prácticamente se le iluminó la cara.
—Te amo.
—Hace treinta segundos también me amabas, pero no sonaba así.
—Porque hace treinta segundos no sabía que habías traído esto.
—Interesante.
Sacamos todo y Emma se encargó de servir. Nos sentamos frente a frente y empezó a comer mientras me hablaba de algo que Ryan había hecho en la oficina. Yo la escuchaba, respondía cuando correspondía e incluso me reí un par de veces.
Pero una parte de mí seguía buscando el momento.
¿Cómo mierda empezaba una conversación como aquella?
Cielo, por cierto, el hombre con el que llevas meses acostándote y el CEO de la empresa en la que trabajas son la misma persona.
No.
Definitivamente no así.
Emma dejó el tenedor sobre el plato.
—¿Todo bien?
Levanté la mirada.
—Sí.
Me observó.
—Estás muy callado.
Ahí estaba.
La oportunidad.
Me enderecé en la silla.
—Es que quiero decirte algo.
Su expresión cambió apenas.
No fue miedo.
Fue atención.
—Te escucho.
Me quedé mirándola.
Solo tenía que hablar.
Decirle mi nombre completo. Explicarle todo antes de que el lunes lo hiciera por mí.
Pero, sentado frente a ella, viendo la tranquilidad con la que me observaba, comprendí que, en el instante en que lo hiciera, todo aquello se acabaría.
La paz.
La confianza.
La forma en que me había recibido minutos antes.
No sabía qué quedaría después.
Mierda.
Un poco más.
Solo quería un poco más.
Además, no podía contárselo de cualquier manera. No quería que, cuando supiera todo lo que había hecho, creyera que había diseñado cada parte de su vida como si ella no hubiera tenido derecho a decidir nada.
Había intervenido.
Sí.
Había dirigido algunas cosas.
También había dejado muchas otras en manos de Emma.
Pero sabía perfectamente cómo podía verse desde su lado. Y todavía no sabía cómo explicárselo sin destruir lo que teníamos.
—¿Alessandro?
Reaccioné.
—¿Recuerdas que te dije que Daniel estaba raro?
La pequeña expectativa que había aparecido en sus ojos desapareció.
—Sí. Ya me lo habías dicho.
—Pues sigue igual. Incluso peor. Está más taciturno, más callado. Y yo lo conozco. Estoy casi seguro de que tiene que ver con Sophia.
Emma inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y no te ha dicho nada?
—No. Pero si él es igual que Sophia, ninguno va a dar el brazo a torcer. Se creen almas libres.
Ella sonrió.
—Veo que sí te interesa lo que le pase a Daniel.
—Claro que me interesa. Es lo más cercano que tengo a un amigo. Ya te lo he dicho. Tenemos nuestros momentos en los que yo soy un poco gruñón y él un charlatán, pero siempre hemos hecho buen equipo.
Emma arqueó una ceja.
—¿Tú un poco gruñón?
La señalé con el tenedor.
—Cielo, ¿estás tratando de decirme algo?
—No. Para nada. Solo escucho tus observaciones.
—Ya.
—¿Qué?
—Esa cara.
—¿Cuál cara?
Nos quedamos mirando.
Ella fue la primera que no pudo aguantar y se rio.
Yo terminé haciendo lo mismo.
Me levanté de la mesa.
Emma me miró con desconfianza.
—¿Qué haces?
—Ven aquí.
—No.
—No era una pregunta.
—Alessandro...
La alcancé antes de que pudiera alejarse y, entre sus protestas y carcajadas, me la eché sobre el hombro.
—¡Alesso!
Le di una palmada en el culo.
—¡Alessandro!
—Ahora sí.
—¡Me vas a sacar la comida, por Dios!
Seguí caminando con ella mientras se reía.
—Ese sería un final muy poco sexy para esta noche.
—¡Bájame!
—Como ordene, señorita Carter.
La bajé lentamente, asegurándome de que su cuerpo rozara el mío durante el camino.
Su risa se interrumpió cuando sintió lo duro que estaba.
—Ah...
Sonreí.
—¿Ya soy Alesso para ti?
Emma rodeó mi cuello con los brazos.
—Sí. ¿Por qué?
Mis manos descendieron hasta sus nalgas y las apreté.
—Porque me encanta cuando me dices amor.
Se le dibujó una sonrisa.
—Bueno... amor.
—Mucho mejor.
La besé. Una de mis manos subió hasta su nuca, recogiendo parte de su cabello húmedo mientras ladeaba su cabeza para profundizar el beso.
Emma comenzó a desabotonarme la camisa. Cuando terminó con ella, sus manos bajaron hasta mi cinturón.
—Estás ansiosa, cielo.
—Un poco.
—¿Un poco?
Me abrió el pantalón.
—Quiero tenerte entre mis piernas ya.
Y ese fue el último gramo de cordura que me quedaba.
Terminé de quitarme la ropa con una rapidez que la hizo sonreír. Ella hizo lo mismo. Se quitó la blusa de tirantes, después el sujetador y finalmente bajó los shorts junto con las bragas hasta quedar completamente desnuda frente a mí.
Me tomé unos segundos simplemente para mirarla.
Nunca me cansaba de hacerlo.
Su cuerpo curvilíneo, sus senos grandes, la suavidad de su piel y ese coño completamente depilado que tantas veces me había hecho perder la cabeza.
Se acercó y dejó un beso sobre el tatuaje de mi pecho.
—Me encanta cómo se te ve.
—¿El tatuaje?
—Tú. —Besó otra parte—. Tienes demasiadas versiones y no sé cuál me gusta más.
—Explícate.
—Relajado, en pijama, en modo empresario... —Su mirada descendió por mi cuerpo—. Pero desnudo... Guau. Eres impresionante.
Sonreí con arrogancia.
—Lo sé, cielo. Lo sé.
Emma soltó una risa.
—Idiota.
—Tú también estás toda deliciosa.
Ella me tomó de la mano y me llevó hasta la cama.
Me senté en la orilla y Emma quedó frente a mí. Le recorrí las piernas antes de subir las manos por sus caderas. Cuando alcancé sus senos, los tomé con ambas manos.
—Tienes unas tetas gordas y me fascinan.
Emma dejó caer la cabeza hacia atrás y gimió.
Deslicé una mano por su cintura, siguiendo cada curva.
—Este cuerpo me hace perder la puta cordura.
Seguí descendiendo hasta llegar entre sus piernas.
—Y este coño...
Introduje los dedos y su respiración se quebró.
—...me hace sentir en el cielo cada vez que entro en ti.
Emma me miró. Tenía las mejillas encendidas y la respiración agitada.
—Quiero montarte.
Me acomodé en el centro de la cama y apoyé la espalda.
—Haz lo que quieras conmigo.
Se mordió el labio antes de acercarse. Colocó una pierna a cada lado de mis caderas y ella misma guio mi polla hasta su abertura.
Empezó a descender lentamente.
Su gemido llenó la habitación.
—Es que te sientes demasiado grande.
—Cielo, gracias por enaltecerme.
—Tonto...
Dejé que marcara el ritmo.
Cuando estuvo completamente sentada sobre mí, comenzó a moverse.
Y joder.
Parecía estar haciendo una danza del vientre sobre mi polla.
Se apoyó en mis hombros para impulsarse mientras yo me inclinaba para atrapar uno de sus pezones con la boca.
—Ah... Alessandro...
Mis manos bajaron hasta sus nalgas, separándolas mientras empecé a acompañar sus movimientos con más fuerza.
—Me encanta —dijo entre gemidos.
—Tú me encantas más. Por mí me quedaría ensartado con mi polla en tu coño para siempre.
Emma soltó una mezcla de gemido y risa que terminó perdiéndose cuando aumentó el ritmo.
La dejé moverse como quería.
Ya conocía mejor su cuerpo. Sabía cuándo estaba acercándose: la forma en que apretaba los dedos sobre mis hombros, cómo cambiaba su respiración, cómo dejaba de controlar los sonidos que salían de su boca.
Hasta que encontró su propio orgasmo.
Su cuerpo se tensó sobre el mío y después se desplomó contra mi pecho.
La abracé unos segundos.
Pero todavía no había terminado con ella.
Salí de su interior y la acomodé a cuatro patas sobre la cama. Tomé su cabello y acerqué mi boca a su oído.
—Esto apenas comienza.