La obsesión de Moretti CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Emma

El día había terminado tan caótico como había empezado.

La confirmación de la reunión anual había alterado el ritmo habitual del octavo piso. Correos, indicaciones nuevas, trabajo que debía quedar adelantado antes del lunes. Para cuando terminamos, sentía que llevaba horas funcionando en automático.

Pero el trabajo no era lo que me tenía ansiosa.

Era Alessandro.

O, más exactamente, todo lo que no sabía de él.

Yo era feliz con Alessandro. No tenía dudas sobre eso.

Lo amaba.

Y precisamente por eso necesitaba que todo aquello tuviera una explicación. Algo sencillo que, cuando finalmente lo escuchara de su boca, me hiciera sentir estúpida por haber permitido que tantas casualidades me inquietaran.

Porque había algo que no soportaba.

Las mentiras.

Y por el bien de nuestra relación esperaba no estar frente a una.

Cuando salí de la empresa sentía un nudo incómodo en la garganta. Intenté ignorarlo durante unos minutos, pero terminé sacando el teléfono.

Necesitaba hablar con Sophia.

Por suerte, sabía que aquella semana estaba trabajando en el turno de la mañana, así que a esa hora probablemente ya estaría en casa.

La llamé.

Sonó tres veces antes de que contestara.

—Hola.

—Hola, amiga. ¿Te agarro ocupada?

—No, para nada. Me estaba terminando de bañar y había dejado el teléfono en la sala. —Escuché movimiento al otro lado—. ¿Y tú? ¿Cómo vas?

Me quedé en silencio.

No fue mucho tiempo.

No hizo falta.

—Emma, ¿estás bien?

Sophia me conocía demasiado.

—No. No lo estoy. Te necesito. Necesito contarte algo. Voy para tu casa.

—No. Si estás así, voy yo.

—¿Ya estás en casa?

—Sí.

Miré la hora.

—Yo estaré en la mía en unos veinte minutos.

—Perfecto. Te llego como en treinta.

—Vale. Te espero.

—Nos vemos.

Colgó.

Así éramos.

Por eso llevaba años diciendo que Sophia era mi alma gemela. Conocíamos hasta los cambios más pequeños en la voz de la otra. No necesitábamos estar frente a frente para saber cuándo algo no estaba bien.

Antes de guardar el teléfono, le escribí a Alessandro para avisarle que Sophia iría a verme.

Su respuesta llegó poco después.

Alessandro: Qué bueno, cielo. Disfruta con ella. Te amo.

Miré aquellas dos últimas palabras.

Yo: Yo también te amo.

Y era verdad.

Quizá eso era lo que hacía todo más difícil.

Cuando por fin llegué al apartamento, dejé el bolso y me senté en la sala.

Intenté distraerme.

No pude.

Miraba la hora cada pocos minutos, esperando escucharla llegar.

Ni siquiera habían pasado diez cuando tocaron a la puerta.

Me levanté enseguida.

Apenas abrí, Sophia me envolvió en un abrazo.

No preguntó nada todavía.

Simplemente me abrazó.

Le devolví el gesto. A veces pensaba que no sabía qué habría sido de mí sin ella.

Cuando se separó, me estudió la cara.

—Ahora sí. Cuéntame qué pasó.

Fuimos hasta la sala y nos sentamos.

—Son tantas cosas...

—Me imagino que tiene que ver con Alessandro.

—Sí.

Sophia se acomodó frente a mí, prestándome toda su atención.

—¿Te acuerdas de que te conté que encontré un documento de Moretti Group en su apartamento?

—Sí.

—Bueno... hay más.

Su expresión cambió.

—¿Qué más?

—Encontré una fotografía de Alessandro en el orfanato.

Sophia se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Una foto de un evento de hace años. Él aparece ahí.

—Espera. —Levantó una mano—. ¿En qué momento pasó esto y por qué no me lo habías contado?

—Lo encontré hace poco.

—¿Y qué te dijo él?

—Que sí era él. Que no recordaba exactamente el evento porque había sido muchos años atrás, cuando era mucho más joven. Pero que, si estaba en la fotografía, evidentemente había asistido.

Sophia tardó unos segundos en responder.

—Joder.

—Eso mismo pensé.

—Emma, es raro.

—Puede ser una casualidad.

—Puede serlo —admitió—. El mundo a veces es ridículamente pequeño.

Asentí.

Eso mismo había intentado decirme.

—Quizá simplemente pasó por allí alguna vez. En la fotografía debía tener unos veintitantos.

—Sí. Podría ser.

Respiré hondo.

—Pero eso no es todo.

Sophia me miró fijamente.

—Por supuesto que no es todo.

—Fui a visitar a la señora Wilson.

—¿Y qué te dijo?

—Estuvimos hablando y me contó algo que yo no sabía.

Esperó.

—Maximilian Moretti prácticamente me apadrinó durante años.

Las cejas de Sophia se levantaron.

—¿Cómo que te apadrinó?

—No literalmente. No aparecía como mi padrino ni nada parecido. Ya sabes que Moretti Group financió mis estudios.

—Sí.

—Yo siempre pensé que había sido eso. Una beca de la empresa porque tenía buenas calificaciones. Pero la señora Wilson me contó que Maximilian Moretti llamaba personalmente para preguntar por mí. Quería saber cómo estaba, cómo me iba, si necesitaba algo...

Sophia frunció el ceño.

—O sea, se aseguraba personalmente de que estuvieras bien.

—Exacto.

Decirlo en voz alta hizo que volviera a sentir aquella extrañeza.

—Una cosa es que una empresa conceda becas o pasantías —continué—. Otra muy diferente es que el dueño de esa empresa llame durante años para preguntar específicamente por ti.

—Entonces Maximilian Moretti sabía perfectamente quién eras.

—Eso parece.

—Y nunca lo supiste.

Negué con la cabeza.

—Nunca.

Sophia apoyó la espalda en el sofá, procesándolo.

—Eso sí está raro.

—¿Ves?

—¿La señora Wilson te dijo por qué lo hacía?

—No. Solo que preguntaba por mí y se aseguraba de que estuviera bien.

Sophia entrecerró los ojos.

—Entonces tenía algún interés personal en ti.

La miré inmediatamente.

—Si con «interés personal» estás insinuando lo que creo, no. Yo era una niña.

—¡No estoy diciendo eso!

—Pues esa cara parecía decir muchas cosas.

—Estoy diciendo que había una razón para que tú, específicamente, le importaras. No sabemos cuál.

Eso era distinto.

Y mucho más difícil de discutir.

—Sí —murmuré—. Eso es justamente lo que no entiendo.

Sophia permaneció pensativa unos segundos.

De pronto se incorporó.

—Espera.

—¿Qué?

—Cada vez estoy más convencida de que Alessandro y Maximilian se conocen.

La afirmación fue tan directa que tardé un segundo en reaccionar.

—¿Por qué estás tan segura?

—Piénsalo. Alessandro estuvo en ese orfanato. Maximilian Moretti también estuvo involucrado con la fundación.

—Eso no significa necesariamente que coincidieran.

—No, pero además Alessandro viene de una familia con negocios y Moretti dirige una empresa enorme.

La miré.

—Olvidas que Alessandro también ha tenido negocios con empresas vinculadas a Moretti Group.

Sophia abrió los ojos.

—¡Exacto!

—Sophia, lo dije porque estabas olvidando esa parte.

—Pues acabas de ayudar a mi argumento.

No pude evitar una pequeña sonrisa.

—Touché.

Se inclinó hacia mí.

—Emma, ahí hay una especie de triángulo.

—No empieces.

—Escúchame. —Fue señalando con los dedos mientras hablaba—.

Está Maximilian Moretti. Está Alessandro.

Y estás tú. De alguna manera, los tres tienen conexiones con el mismo lugar, Moretti lleva años sabiendo quién eres y tú todavía no sabes prácticamente nada de las empresas de la familia de Alessandro.

La sonrisa desapareció de mi rostro.

—No.

—¿Todavía no te ha dicho cómo se llaman?

—No.

—¿Dónde trabaja exactamente?

—No.

—¿Qué cargo tiene?

—Sé que es ejecutivo.

Sophia me lanzó una mirada.

—Emma.

—¿Qué?

—Eso no responde mi pregunta.

Aparté la vista.

No.

No la respondía.

—Estoy esperando que él me lo diga.

—Pues, por lo que veo, vas a tener que sentarte a esperar.

—Sophia...

—No, escúchame. Sabes que a mí no me gusta hablar mal de la gente. Alessandro siempre me ha parecido demasiado perfecto para ser real, pero me cae bien.

—Qué bonito.

—Sabes a qué me refiero. —Me dio un pequeño golpe en la rodilla—. No estoy diciendo que sea una mala persona. Pero sí creo que te está ocultando algo.

Me pasé las manos por la cara.

Escucharlo de otra persona lo hacía más real.

—Sophia, ¿qué puede tener que ocultarme a mí?

—No lo sé.

Se quedó pensativa unos segundos y después alzó las cejas, como si acabara de ocurrírsele algo.

—Quizá sea de la nobleza.

La miré como si acabara de decir una estupidez.

—¿Alessandro? ¿Un Vitali de la nobleza?

Sophia se encogió de hombros.

—¡Yo qué sé! Una familia multimillonaria, empresas de las que nunca habla, tanto misterio...

—Esa sí que es una teoría loca.

—Bueno, con todo lo que me estás contando, ya no sé qué pensar.

Solté una risa a pesar de todo.

—¿Y si es de la mafia?

Sophia se llevó una mano a la boca.

—¡Emma!

—¿Qué? Tú empezaste con la nobleza.

—No tiene cara de mafioso.

—¿Y qué cara se supone que tienen los mafiosos?

—Buen punto. Pero no. Me niego. Habla con él antes de que terminemos convencidas de que tu novio dirige una organización criminal internacional.

La risa se me apagó poco a poco.

—Es que no quiero obligarlo.

Sophia también recuperó la seriedad.

—¿A qué?

—A decirme la verdad.

—No entiendo.

Junté las manos sobre mi regazo.

—Quiero que salga de él, Sophia. Porque si tengo que sentarlo, ponerle todas estas cosas delante y presionarlo hasta que finalmente me cuente qué está pasando... ¿qué significa eso para nuestra relación?

Ella no respondió.

—No quiero tener que llevar a mi novio contra la pared para conseguir honestidad —continué—. Si hay algo que yo debería saber, quiero que él confíe lo suficiente en mí para decírmelo.

Sophia bajó la mirada un momento.

—Buen punto.

—De verdad quiero encontrar una explicación inocente.

Y la quería.

Más que tener razón.

Más que descubrir qué conectaba todas aquellas cosas.

Quería que Alessandro me mirara y me explicara algo tan sencillo que todas mis dudas desaparecieran.

Sophia buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—Pues eso espero yo también.

La miré.

—Pero te advierto algo —añadió—. Si Alessandro llega a hacerte daño, le voy a patear las bolas tan duro que se va a quedar sin descendencia.

La miré horrorizada durante un segundo.

Después me reí.

—¡Sophia!

—Estoy hablando muy en serio.

—Pobre hombre.

—Pobre hombre, nada. Si te hace sufrir, él ya verá cómo protege sus partes.

Apreté su mano.

—Gracias por venir.

Su expresión se suavizó.

—Siempre.

—No sé qué haría sin ti.

—Probablemente tomar decisiones horribles.

—Idiota.

—Pero me amas.

—Desgraciadamente.

Esta vez las dos sonreímos.

Sophia apretó mis dedos antes de soltarlos.

—Seamos positivas. Quizá de verdad tenga una explicación.

Miré hacia algún punto de la sala.

—Ojalá sea así.

Maximilian

Sophia se había marchado del apartamento de Emma hacía un rato.

Lo sabía porque Emma me había avisado.

Yo había pensado ir a verla después, pero cuando se lo propuse me dijo que tenía un dolor de cabeza bastante fuerte. Le ofrecí llevarle algo para el dolor y prepararle comida.

También se negó.

Emma: Voy a tomarme algo y tratar de dormir profundamente. Pero gracias, mi amor.

Había intentado mantener la conversación un poco más.

Sus respuestas fueron cortas.

No desagradables.

No frías.

Simplemente cortas.

Me dije que era por el dolor de cabeza.

Aun así, llevaba varios días notándola diferente.

Tomé el teléfono.

Yo: Descansa, cielo. Si necesitas cualquier cosa, llámame. No importa la hora.

La respuesta apareció poco después.

Emma: Lo haré. Gracias.

Esperé.

Entonces llegó otro mensaje.

Emma: Te amo.

La tensión que no había querido reconocer en mi cuerpo cedió un poco.

Yo: Y yo a ti.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Quizá realmente solo le dolía la cabeza.

O quizá no.

La fecha que llevaba semanas intentando no mirar ya estaba demasiado cerca.

El lunes.

Yo había querido tener más tiempo.

Ya no lo tenía.

Pero esa noche no iba a presionarla. Si Emma necesitaba descansar, la dejaría descansar.

Mañana sería otro día.

Y yo todavía tenía una verdad que contarle.