CAPÍTULO 20
Emma
La semana había empezado movida en Moretti Group, pero ni siquiera el trabajo había conseguido apartar de mi cabeza todo lo que había descubierto durante el fin de semana.
Había intentado encontrar una explicación lógica. Una que consiguiera colocar cada cosa en su sitio sin hacerme sentir que estaba buscando problemas donde no los había.
No la había encontrado.
Esa noche estaba sentada en el sofá de mi apartamento cuando el teléfono vibró sobre la mesa. El nombre de Alessandro apareció en la pantalla acompañado de una videollamada entrante.
Contesté enseguida.
Su rostro ocupó toda la pantalla.
—Mi cielo hermoso. ¿Cómo estás?
Sonreí antes de poder evitarlo.
Me hacía falta. Muchísima.
Era increíble el apego que había desarrollado hacia aquel hombre en tan poco tiempo. Bastaba verlo para que una parte de mí olvidara momentáneamente todo lo demás.
Tenía el cabello negro peinado hacia atrás, aunque algunos mechones comenzaban a soltarse después de un día seguramente interminable. La barba perfectamente cuidada endurecía todavía más sus facciones.
Era absurdamente atractivo.
A veces prefería no pensar en la cantidad de mujeres que debían mirarlo de la misma forma en que yo lo hacía.
—Bien. ¿Y tú? Me haces falta.
—Ya te extraño demasiado. —Su mirada cambió ligeramente—. Tu cuerpo, tenerte cerca... Mejor ni sigo pensando porque voy a terminar duro en medio de Miami.
Solté una carcajada.
—Veo que me extrañas muchísimo.
—No tienes idea.
Aunque la broma había funcionado porque yo tampoco estaba precisamente teniendo pensamientos inocentes.
Extrañaba sus manos, su calor, despertar con él cerca. Extrañaba incluso la manera en que conseguía hacerme olvidar el resto del mundo cuando estábamos juntos.
—Mira esto.
Giró la cámara y me sacó de mis pensamientos.
La imagen cambió por completo.
Miami se extendía frente a él desde lo que parecía una terraza o un ventanal enorme. Los edificios iluminados bordeaban la costa y las palmeras se recortaban entre las luces de la ciudad. Más allá, el océano se extendía oscuro bajo el cielo nocturno.
Me acerqué un poco más a la pantalla, como si eso pudiera hacerme ver mejor.
—Guau... Qué hermoso. Siempre he querido conocer Miami.
—Eso mismo estaba pensando.
La cámara volvió hacia él.
—Quiero traerte.
—¿Sí?
—Sí. Hay muchísimo por hacer aquí. Podemos quedarnos en una cabaña cerca del mar, desaparecer un par de días... —Una sonrisa peligrosa apareció en su rostro—. Disfrutar de la playa. Follar contigo en el mar, en la arena... o mejor en ambos sitios.
Abrí la boca, fingiendo indignación.
—Tú solo quieres mi cuerpo. Lo único que te interesa de mí es follar.
Su sonrisa desapareció.
—Cielo, no digas eso.
Tuve que contener la risa al ver que se lo había tomado en serio.
—A mí me encanta estar contigo. Escucharte, hablar contigo, tenerte cerca. Si solamente hubiera querido sexo, habría desaparecido después de la primera vez.
Ya no pude aguantarme.
—Bobo, te estoy molestando.
Entrecerró los ojos.
—Eso no tuvo gracia.
—Sí tuvo.
—Para ti.
—Yo sé lo que sientes por mí.
Esta vez fue él quien sonrió.
—Entonces estamos bien.
Apoyé la cabeza contra el respaldo del sofá.
—¿Cuándo vuelves?
—Salgo hacia Nueva York en una hora. Y por fin voy a tenerte para mí.
—Estaré esperando encantada.
Me contó cómo habían ido las reuniones. Habían surgido varios problemas que habían convertido aquellos días en una sucesión interminable de compromisos, llamadas y negociaciones.
Apenas había tenido tiempo libre y precisamente por eso había aprovechado aquel momento para llamarme antes de marcharse.
—Entonces, ¿ni siquiera pudiste conocer un poco Miami?
—No. Estuve metido en reuniones prácticamente todo el tiempo. Y ahora que terminé, prefiero volver a Nueva York. Quiero verte.
Sentí ese pequeño calor agradable que todavía conseguían provocarme ciertas cosas que decía.
—Además —continuó—, dentro de dos semanas tenemos el fin de semana festivo. Deberíamos venir.
Me levanté del sofá y me acerqué al calendario que tenía colgado en la pared.
Busqué la fecha.
—Pues... sí. Me viene perfecto. Así no tengo que faltar al trabajo y podemos aprovechar el fin de semana largo.
—Hecho.
Lo dijo como si acabáramos de firmar un contrato.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil. Tú quieres conocer Miami y yo quiero disfrutar Miami contigo. No veo qué más hay que discutir.
Sonreí.
Alessandro hacía eso constantemente. Hablaba de nosotros con una facilidad que me hacía imaginar viajes, fines de semana juntos, meses por delante.
Futuro.
Y quizá por eso las preguntas que llevaba todo el fin de semana intentando apartar regresaron con más fuerza.
Mientras él hablaba, me quedé observándolo.
Yo conocía muchas cosas de Alessandro.
Conocía cómo había sido perder a sus padres. Conocía partes de su infancia, sus gustos, algunas de sus manías. Sabía cómo tomaba el café, qué podía hacerlo reír y cuándo algo lo irritaba aunque intentara disimularlo.
Pero había zonas completas de su vida que continuaban siendo extrañamente borrosas.
Trabajaba para las empresas de su familia.
Eso era lo que siempre había dicho.
Sin embargo, yo ni siquiera sabía cómo se llamaban esas empresas. No sabía dónde estaban sus oficinas. No sabía exactamente qué cargo ocupaba.
Antes no me había parecido importante. Cuando empezamos a salir, apenas nos conocíamos y nunca había sentido la necesidad de interrogarlo sobre su trabajo.
Ahora era diferente.
Sobre todo después de todo lo demás.
—Llamando a la Tierra.
Parpadeé.
Alessandro me observaba desde la pantalla.
—¿Todo bien?
Forcé una sonrisa, algo que nunca había necesitado hacer con él.
—Sí. Te estaba escuchando.
Su mirada permaneció sobre mí unos segundos.
—No parecía.
—Solo estaba pensando.
—¿En qué?
Ahí estaba la oportunidad.
Podía preguntarle directamente.
En cambio, elegí tantear el terreno.
—¿Y entonces todo bien con la empresa, señor ejecutivo?
Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Todo bien, señorita Carter.
Esperé.
Nada más.
—¿Se resolvió el problema?
—Sí. Finalmente llegamos a un acuerdo bastante bueno.
—Eso es genial.
—Lo es.
Otra vez.
Una respuesta suficiente para contestar la pregunta y demasiado escasa para revelar algo más.
Seguimos hablando unos minutos. Intenté dejar de analizar cada palabra porque no quería convertir una conversación con el hombre que amaba en un interrogatorio silencioso.
Finalmente miró la hora.
—Tengo que irme. Nos vemos más tarde, cielo.
—Nos vemos.
—Te amo.
Mi pecho reaccionó igual que siempre.
—Yo también te amo.
La llamada terminó.
La pantalla quedó negra entre mis manos.
Permanecí sentada sin moverme.
No me había dicho nada sobre la empresa.
Pero tampoco se lo había preguntado directamente.
Eso era lo que intenté decirme.
El problema era que empecé a recordar otras conversaciones. Preguntas pequeñas que le había hecho durante los últimos meses y respuestas que, en su momento, me habían parecido normales.
Alessandro nunca se negaba a responder.
Era mucho más hábil que eso.
Respondía.
Solo que conseguía hacerlo sin revelar demasiado.
Lo había atribuido a que apenas nos conocíamos. Después, a que era reservado con ciertos aspectos de su vida.
Pero cuando apareció el nombre de Maximilian Moretti ocurrió lo mismo.
Y las coincidencias empezaban a acumularse.
Que Moretti Group hubiera financiado mis estudios nunca había sido un secreto. Había obtenido aquella oportunidad por mis calificaciones y durante años no tuve motivos para verlo como algo distinto a una beca.
Lo que no sabía era que detrás de aquella ayuda había existido un interés mucho más personal.
Maximilian Moretti no se había limitado a permitir que su empresa financiara mis estudios.
Había preguntado por mí durante años.
Se había asegurado de que estuviera bien.
De alguna manera, y sin que yo lo supiera, aquel hombre me había apadrinado desde la distancia.
Y ahora también sabía que Alessandro había estado relacionado con el orfanato y que su vínculo con Moretti Group parecía ser mucho más cercano de lo que alguna vez me había contado.
Demasiadas conexiones.
Demasiadas cosas que hasta hacía unos días parecían no tener nada que ver entre sí.
Miré la pantalla apagada del teléfono.
¿Qué me estás ocultando, Alessandro?
Y, sobre todo...
¿Por qué?
Maximilian
La negociación en Miami había terminado mejor de lo esperado.
El acuerdo representaría una ganancia importante para Moretti Group, aunque conseguirlo había requerido que viajara personalmente.
En condiciones normales no habría sido necesario.
Cada filial contaba con ejecutivos perfectamente capacitados para cerrar una operación de aquella magnitud.
No contrataba personas incompetentes y mucho menos colocaba al frente de mis empresas a alguien incapaz de tomar decisiones sin que yo estuviera presente.
Pero aquella negociación había sido diferente.
El jeque emiratí con quien estábamos negociando había establecido una condición bastante clara: quería reunirse conmigo.
Personalmente.
Mis ejecutivos intentaron convencerlo de que podían llevar adelante la negociación.
Su respuesta había sido igual de clara.
Sin Maximilian Moretti en la mesa, buscaría otra empresa.
Así que había terminado en Miami.
Y ahora que todo estaba firmado, lo único que quería era regresar.
Emma había mencionado que siempre había querido conocer la ciudad y la idea se había instalado inmediatamente en mi cabeza.
Un fin de semana con ella.
Sin reuniones.
Sin ejecutivos.
Sin teléfonos sonando cada diez minutos.
Hacía demasiado tiempo que mi vida giraba alrededor de Moretti Group. Después de la muerte de mis padres, el trabajo se había convertido en una forma bastante eficiente de llenar cada espacio disponible.
Mi padre, Amadeo Vitali, había sido el primero en morir.
Un cáncer agresivo.
Dinero, especialistas, tratamientos, contactos... nada había servido.
Durante años había creído que suficiente dinero podía solucionar prácticamente cualquier problema. La enfermedad de mi padre me enseñó de la peor manera que existían cosas ante las que incluso una fortuna resultaba inútil.