CAPÍTULO 19
Emma
Había quedado con Margaret en visitar el orfanato aquella tarde.
Días antes me había comunicado con ella para saber a qué hora podía recibirme y, desde entonces, tenía ganas de verla. Después del correo por los cien años de la institución y de todas aquellas fotografías, me había dado cuenta de cuánto tiempo había pasado desde mi última visita.
También había intentado contarle a Alessandro que iría, pero no había tenido oportunidad.
Mi celular comenzó a sonar mientras terminaba de organizar mis cosas.
Era él.
—Hola, amor.
—Hola, cielo. ¿Todo bien?
—Sí. ¿Y tú?
—Ahí voy. Tengo que irme de urgencia a Miami por unos días. Hay unos asuntos en la sede que tengo que resolver personalmente.
—Ah, bueno. Yo voy a...
Escuché una voz al fondo. Sonaba como un anuncio por altavoz.
—¿Dónde estás?
—En el avión. Estamos a punto de despegar. No me dio tiempo de nada. Al parecer va a haber tormentas durante el trayecto. Si puedo, te llamo antes de llegar a Miami; si no, apenas esté allá.
—Está bien.
—¿Me ibas a decir algo?
Estuve a punto de contarle que iba camino al orfanato, pero otro anuncio sonó detrás de él.
—No, tranquilo. Que te vaya bien. Cuídate mucho. Te amo.
—Te amo más, cielo.
La llamada terminó.
Guardé el celular y salí.
Cuando llegué al orfanato, disminuí el paso casi sin darme cuenta.
Seguía siendo un lugar bonito y muy bien cuidado. Habían cambiado algunas cosas desde la última vez que estuve allí. La entrada se veía renovada y habían colocado algunos adornos por la celebración de los cien años. Aun así, seguía reconociendo demasiado.
Me acerqué a la portería.
El hombre que estaba allí no me resultaba conocido.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?
—Tengo una cita con Margaret Wilson.
Buscó mi nombre en una lista.
—Emma Carter.
—Sí.
—Adelante. Las oficinas están...
—Las conozco —lo interrumpí con amabilidad—. Este fue mi hogar.
El hombre levantó la mirada.
—Oh. Disculpe.
—No tiene por qué.
Le agradecí y continué.
Atravesar aquel lugar siempre me producía sentimientos encontrados.
Había recuerdos que todavía dolían: la pérdida de mi familia, Eleanor, los primeros días en los que no entendía por qué mi vida había cambiado de aquella manera.
Pero también había otros.
Niños corriendo por los pasillos. Tardes jugando. Personas que habían hecho todo lo posible para que aquel sitio dejara de sentirse como el lugar al que había llegado después de perderlo todo y pudiera convertirse, de alguna manera, en un hogar.
Yo había sido una niña.
Y, como cualquier niña, con el tiempo había vuelto a jugar, a correr, a reír y a recorrer aquellos rincones sin pensar constantemente en todo lo que había perdido.
Subí al segundo piso.
Las oficinas seguían en el mismo lugar. El escritorio de la secretaria estaba vacío, pero la puerta del despacho de Margaret permanecía abierta.
Me asomé.
Estaba frente a una computadora, concentrada en lo que escribía.
—Hola.
Levantó la cabeza de inmediato.
La felicidad apareció en su rostro.
—¡Mi niña!
Se levantó.
—Mírate. ¡Qué hermosa estás!
—Margaret.
Fui hacia ella y nos abrazamos.
Habían pasado los años, pero había cosas que permanecían. Incluso su olor me transportaba a tantos momentos de mi infancia que creía olvidados.
Durante aquellos años, sus abrazos habían significado seguridad en momentos en los que necesitaba desesperadamente sentirla.
—Déjame verte.
Se apartó un poco y me observó de arriba abajo.
—Toda una mujer.
—Tú también estás preciosa.
—Ay, no empieces a mentir apenas llegas.
Me reí.
Margaret rondaba los sesenta años. Siempre había sido una mujer elegante y todavía lo era. Algunas canas se mezclaban ahora con su cabello, pero seguía teniendo aquella presencia cálida que recordaba perfectamente.
—Ven, siéntate conmigo.
En lugar de quedarnos en el escritorio, fuimos hasta la pequeña sala que había a un lado del despacho.
—Qué feliz me hace que todavía te acuerdes de esta vieja.
—Nunca me olvidaría de ti. Ni de ustedes.
—Eso espero, mi niña.
—¿Y cuándo vas a descansar? —pregunté—. Sigues dándolo todo por este lugar.
—¿Me estás diciendo vieja?
—¡Margaret!
—Déjame molestarte.
Tomó mi mano.
—Tú sabes que esto nunca ha sido simplemente un trabajo para mí. Esta es mi familia. Mientras Dios me dé fuerzas para seguir aquí, aquí voy a estar.
Apreté su mano.
—Lo sé. Y también sé todo el amor que nos diste. Mucho de lo que somos hoy es gracias a personas como tú.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Ay, ya vas a hacer llorar a esta viejita.
—Ahora sí puedes decirlo.
—Respeta a tus mayores.
Se secó rápidamente debajo de los ojos.
—Mejor cambiemos de tema. Cuéntame de ti, mi niña. Aunque algo sé. ¿Cómo van las prácticas?
—Muy bien. Estoy aprendiendo muchísimo. A veces todavía me cuesta creer que después de tantos años estudiando ya esté en esta etapa.
—Yo sabía que ibas a aprovechar esa oportunidad. Desde pequeña fuiste demasiado dedicada como para hacer otra cosa.
—No podía perderla después de todo lo que me había costado llegar hasta ahí.
—Y no la perdiste. Te graduaste y ahora estás haciendo tus prácticas, tal como estaba previsto.
Sonreí.
—Sí. Y espero que, cuando terminen, pueda seguir creciendo dentro de la empresa. Me gusta mucho lo que hago.
—Estoy segura de que lo conseguirás.
—Eso espero.
—¿Y Sophia?
—¡Te acuerdas!
—Claro que me acuerdo. ¿Cómo voy a olvidar a la amiga de la que tanto me hablaste?
—Pues sigue conmigo. A estas alturas ya no es solamente mi amiga. Es mi hermana.
—Me alegra muchísimo escuchar eso. Siempre quise que encontraras personas que te quisieran bien.
—Con ella tuve mucha suerte.
Margaret me contempló durante unos segundos.
—Siempre he dicho que mereces cosas buenas, mi niña. Y mira todo lo que has conseguido.
—Gracias.
—Ese futuro te lo has trabajado tú. Aunque nadie llega completamente solo. A veces aparecen personas que nos ayudan a abrir una puerta.
—Eso sí.
—Como el señor Moretti. Él siempre estuvo muy pendiente de ti.
Tardé un instante en entender lo que acababa de decir.
—¿Maximilian Moretti?
—Sí.
—¿Cómo que estuvo pendiente de mí?
Margaret pareció sorprendida por mi reacción.
—Pensé que eso lo sabías.
—No. ¿A qué te refieres exactamente?
—Llamaba.
La miré fijamente.
—¿Él mismo?
—Muchas veces, sí.
—¿Para preguntar por mí?
—Por ti. Quería saber cómo estabas, cómo iban tus estudios, si necesitabas algo, si todo marchaba bien.
Me quedé callada.
Eso sí no lo sabía.
—¿Pero por qué Maximilian Moretti iba a llamar para preguntar por mí?
—Nunca me explicó sus razones, mi niña. Yo entendía que quería asegurarse de que todo funcionara como debía.
—¿Durante cuánto tiempo hizo eso?
Margaret intentó hacer memoria.
—Durante años. No podría darte fechas exactas.
—¿Años?
—Sí.
Aquella respuesta consiguió sorprenderme todavía más.
—Eso nunca me lo dijeron.
—Tal vez porque él tampoco quería que lo supieras. Llamaba, preguntaba por ti, se aseguraba de que estuvieras bien y ya. Aunque, quién sabe, quizás simplemente era de esas personas que ayudan y no les gusta recibir reconocimiento por hacerlo. Hay gente así.
—Puede ser.
—Nunca me dijo que tuviera que contártelo y tampoco vi la necesidad de hacerlo. Para mí, lo importante era que tú estuvieras recibiendo las oportunidades que necesitabas.
—¿Tú llegaste a conocerlo?
—Sí, hace muchísimos años.
—¿Aquí?
—Alguna vez estuvo aquí, sí.
—¿Cómo era?
Margaret soltó una pequeña risa.
—No me pidas que te describa su cara después de tantos años.
—Algo recordarás.
—Recuerdo que era muy joven. Eso sí me llamó la atención.
—¿Muy joven?
—Sí. Joven para estar ya involucrado en asuntos de tanta responsabilidad. Pero no sabría decirte qué edad tenía. Ha pasado demasiado tiempo.
—¿Y después siguió viniendo?
—No. Con los años, muchas cosas empezaron a manejarse por medio de otras personas. Lo que sí recuerdo con claridad son aquellas llamadas. Siempre quería saber que contigo todo marchara bien.
—Qué extraño.
—¿Qué cosa?
—Pensar que Maximilian Moretti sabía quién era yo cuando yo ni siquiera sabía realmente quién era él.
Margaret sonrió.
—La vida da muchas vueltas.
—Eso parece.
—Bueno, suficiente de hombres misteriosos y empresas. ¿Cómo está el corazoncito de mi niña?
La pregunta consiguió sacarme de mis pensamientos.
—Muy bien.
—Esa cara me dice que hay alguien.
—Sí.
—¡Lo sabía!
Me reí.
—Conocí a un hombre.
—Cuéntame.
—Es muy trabajador, atento conmigo... y me hace muy feliz.
—¿Lo amas?
La respuesta me salió sin necesidad de pensarlo.
—Muchísimo.
Margaret tomó mis dos manos entre las suyas.
—Se te nota en los ojos y en la manera en que hablas de él.
—Creo que nunca había sentido algo así.
—Entonces espero que ese hombre sepa la mujer que tiene a su lado.
—Creo que sí.
—Más le vale.
Sonreí.
—Te mereces lo mejor del mundo, mi niña. Después de todo lo que la vida te quitó, deseo que también te dé cosas hermosas.
Sentí el golpe de la nostalgia.
Nada iba a devolverme a mis padres.
Nada iba a devolverme a Eleanor.
Había pérdidas con las que simplemente había aprendido a vivir.
Pero también tenía personas que habían ido ocupando lugares distintos en mi vida.
Sophia.
Ahora Alessandro.
No reemplazaban a nadie.
Eran mi familia de otra manera.
—Estoy feliz, Margaret —le dije—. De verdad.
—Eso es lo único que quiero escuchar.
Nos quedamos hablando durante bastante tiempo. Me contó algunos cambios que habían hecho en la institución, cómo estaban organizando la celebración de los cien años y lo emocionados que estaban los niños por la feria de la semana siguiente.
También hablamos de algunas personas que yo recordaba. Unas ya no trabajaban allí; otras continuaban ayudando de diferentes maneras.
Cuando finalmente me levanté para irme, Margaret volvió a abrazarme.
—Y no esperes otros cien años para regresar.
—Te prometo que voy a venir más seguido.
—Eso dijiste la última vez.
—Esta vez lo voy a cumplir.
—Más te vale.
Salí del despacho todavía sonriendo.
Mientras recorría nuevamente los pasillos, pensé que tenía razón. A veces nos llenábamos de pendientes, trabajo y responsabilidades y, sin querer, dejábamos pasar demasiado tiempo sin volver a las personas que habían sido importantes para nosotros.
No quería seguir haciendo eso.
Cuando salí del edificio, saqué el celular.
Tenía un mensaje de Alessandro.
Alessandro: Mi cielo, acabo de bajar del avión. Llegué a la empresa y voy a entrar a una reunión. Apenas salga te llamo. Me haces falta. Piensa en mí como yo pienso en ti. Te amo mucho.
Lo leí una vez.
Y otra.
Estaba completamente enamorada de ese hombre.
Yo: Yo también te amo. Espero que todo salga bien. Llámame cuando puedas.
Envié el mensaje.
Antes de guardar el celular, las palabras de Margaret volvieron a mi cabeza.
Maximilian Moretti había preguntado por mí durante años.
Todavía me costaba creerlo.
Algún día quería conocerlo.
No por los rumores que circulaban sobre él ni para descubrir si era tan misterioso como todos decían.
Quería darle las gracias.
Yo había estudiado, me había esforzado y había aprovechado cada oportunidad que tuve, pero él había confiado en mí sin que yo siquiera lo supiera.
Quería mirarlo a los ojos y decírselo.
Sin saber que ya había mirado esos ojos muchas veces.
Y que estaba enamorada del hombre que había detrás de ellos.