CAPÍTULO 18 #2
—Yo también pasé la tarde con Daniel, pero no puedo decir que ame su compañía.
—Qué malo.
Lo miré de reojo.
—¿Y en serio Daniel no te dice nada de Sophia?
—No. Pero lo conozco y sé que le ha pegado fuerte.
—¿En serio?
La noticia me alegró más de lo que debería.
—Aunque él no lo admita. Está más ansioso de lo normal y, cuando le dije que estabas con Sophia esta tarde, prestó demasiada atención.
—Vea pues.
Eso sí era interesante.
—Pero no quiero hablar de Daniel —dijo Alessandro—. Vine a pasar tiempo contigo.
Y eso hicimos.
Pasaron un par de horas hasta que empezó a hacerse tarde y decidí preparar la cena.
—Voy a hacer pasta.
—Te ayudo, cielo.
—Relájate, que te veo muy cómodo en mi sofá. Yo lo hago. Además, recuerda que es mi especialidad.
—Este sofá tiene algo que me adormece.
Me levanté y le di un beso.
—Claro. Es culpa del sofá.
Fui a la cocina mientras él se quedó viendo televisión.
Puse agua a hervir y preparé el resto de los ingredientes. Desde allí podía verlo perfectamente, estirado en el sofá como si llevara viviendo en mi apartamento toda la vida.
Mientras esperaba, recordé el correo que había recibido durante el almuerzo.
Había una butaca junto a la barra de la cocina, así que me senté y tomé el celular.
Abrí el enlace.
La página anunciaba la celebración de los cien años del orfanato. La semana siguiente organizarían una especie de feria para conmemorar el aniversario. Habría puestos donde los visitantes podrían comprar distintos productos y parte de lo recaudado sería destinada a continuar ayudando a los niños.
Sonreí al leerlo.
Yo también hacía donaciones siempre que podía.
Aquel lugar había sido mi hogar durante una parte importante de mi vida. Había personas allí que me habían cuidado cuando más lo había necesitado y, si mi pequeño aporte podía ayudar a otros niños, lo hacía con gusto.
Seguí bajando por la página.
Habían preparado una recopilación histórica con fotografías de distintas épocas. Los primeros años aparecían en blanco y negro: niños, trabajadores, antiguos edificios, celebraciones, familias.
Continué avanzando hasta llegar a los años que reconocía.
Y entonces me vi.
—Ay...
Era pequeña.
Me quedé mirando la fotografía durante varios segundos. Había olvidado por completo que existía.
La guardé enseguida.
Esa tenía que mandársela a Sophia.
Y también quería enseñársela a Alessandro.
Seguí pasando imágenes.
Había fotografías de eventos, celebraciones y actividades realizadas gracias a familias y empresas que habían contribuido económicamente con la institución a lo largo de los años.
Reconocí algunos nombres.
Moretti Group apareció entre ellos.
Continué pasando las fotografías.
En una aparecía un grupo de jóvenes durante uno de los eventos benéficos.
Mi dedo ya iba a deslizarse hacia la siguiente cuando uno de los rostros me hizo detenerme.
Volví atrás.
Entrecerré los ojos.
Amplié la fotografía.
El hombre era mucho más joven, pero...
Miré hacia la sala.
Alessandro continuaba acostado en el sofá viendo televisión.
Regresé a la pantalla.
Volví a ampliar la imagen.
Era él.
—Alessandro.
—¿Sí, cielo?
—¿Tú estuviste en el orfanato donde yo crecí?
Se incorporó inmediatamente.
—¿Por qué?
—Porque estaba mirando la página del orfanato. Cumplieron cien años y subieron fotografías antiguas, incluso encontré algunas mías de pequeña. También hay fotos de familias y grupos empresariales que han colaborado con ellos y...
Me levanté de la butaca y caminé hasta la sala.
—Este pareces tú.
Le entregué el celular.
Alessandro observó la fotografía y amplió la imagen.
—Sí. Soy yo.
—¿No lo recuerdas?
Volvió a mirar la pantalla.
—Mi familia ha colaborado con distintas fundaciones durante años. Antes asistía a algunos eventos en representación de ellos y también visitábamos ciertas organizaciones para comprobar que los fondos y recursos llegaran donde debían. Después dejamos a una persona encargada específicamente de eso.
—Entonces sí estuviste allí.
—Por la fotografía, evidentemente sí. Pero he visitado varias fundaciones, cielo. No podría decirte qué año fue ni recordar cada evento.
Miré nuevamente la imagen.
—Vaya... otra casualidad.
—Parece que sí.
—Qué pequeño es el mundo. Quizás hasta pasé por tu lado alguna vez y ni siquiera nos vimos. Y míranos ahora.
—El mundo es más pequeño de lo que parece.
Recordé algo y recuperé el celular.
—¡También encontré una foto mía!
—Quiero verla.
Busqué la imagen que había guardado y se la mostré.
Alessandro la observó con atención.
—Vaya... Desde pequeña has sido hermosa. Ahí te ves adorable.
—Gracias.
Volví a la fotografía de él.
—Tú tampoco estabas nada mal. Aunque ya lo sabes.
—Me gusta más cuando tú me lo dices.
—Me imagino que en esa época tendrías muchas novias.
—¿Eso es una pregunta?
—Una observación. Mira esa cara. Era lo normal.
—¿Y ahora no?
—Ahora tienes una novia maravillosa. Saliste ganando.
—Completamente.
Un sonido procedente de la cocina hizo que recordara lo que estaba haciendo.
—¡Mierda, el agua!
Corrí hacia la estufa.
Escuché su risa detrás de mí.
—No te rías. Por estar mirando tus fotos de jovencito casi arruino la cena.
—Yo habría pedido comida.
—Claro que sí.
Bajé el fuego y continué preparando la pasta mientras Alessandro volvía a acomodarse en el sofá.
La conversación había terminado.
O eso creí.
Mientras servía la cena, miré hacia él.
La relación de Moretti Group con el orfanato siempre había formado parte de mi vida.
Eso no era nuevo.
Lo nuevo era Alessandro.
Hacía unos días había encontrado un documento de Moretti Group en su apartamento y descubierto que había tenido relaciones de negocios con empresas vinculadas al grupo.
Ahora acababa de encontrar una fotografía suya en el lugar donde yo había crecido.
Por separado, ambas cosas tenían una explicación.
Aun así, por primera vez me pregunté por qué Alessandro parecía tener conexiones con lugares y personas que habían formado parte de mi vida mucho antes de conocerlo.
Llevé los platos a la mesa.
Cenamos tranquilos. Terminamos hablando de cualquier otra cosa y riéndonos como siempre.
Pero la pregunta no desapareció del todo.
Maximilian
Me recosté nuevamente en el sofá y maldije en silencio.
Mierda.
De todas las fotografías que podían haber conservado durante tantos años, tenía que aparecer precisamente aquella.
Ni siquiera recordaba que me la hubieran tomado.
Yo era poco más que un mocoso cuando se hizo esa fotografía. ¿Cómo demonios iba a imaginar que, tantos años después, terminaría publicada en la página del orfanato y Emma la encontraría mientras yo estaba sentado a pocos metros de ella?
Por un instante hasta pensé que debería demandarlos por utilizar mi imagen.
Absurdo.
Lo único que necesitaba en ese momento era que Emma dejara de hacer preguntas.
Había conseguido darle una explicación sin inventar una historia. Mi familia sí había colaborado con fundaciones. Yo sí había asistido a eventos y participado en visitas.
Lo que no podía contarle era todo lo demás.
Cuando regresó a la cocina, tomé una decisión.
Se lo diría esa noche.
Ya estaba bien.
Primero había sido el documento de Moretti Group.
Ahora una fotografía.
No podía seguir confiando en que ninguna otra pieza de mi pasado apareciera delante de ella.
Iba a cenar con Emma, esperar a que termináramos y después acabar con aquella farsa de una vez.
La cena, sin embargo, fue demasiado normal.
Hablamos.
Nos reímos.
Emma me contó otra de las barbaridades que Sophia había dicho durante el almuerzo y casi me hizo atragantarme.
Por un momento, todo volvió a ser sencillo.
Cuando terminamos, recogí los platos.
Los lavo y se lo digo.
Esa era la decisión.
No mañana.
No dentro de unos días.
Esa noche.
Estaba terminando de ordenar cuando Emma se acercó.
—Amor, hoy te quedas a dormir conmigo, ¿verdad?
La miré.
—Claro, cielo. Lo que tú quieras. Yo ya te hice espacio en mi clóset. Solo falta que tú me hagas el mío.
—Ya lo tienes.
—¿Ah, sí?
—Sí. Dejé un espacio para tus cosas.
Algo tan pequeño no debería haber significado tanto.
—Entonces voy a subir mi maleta. Siempre cargo ropa y puedo dejar parte aquí.
—Sí, está bien.
Subí la maleta.
Después fuimos a la habitación.
Ahora.
Podía decírselo ahora.
Emma se acomodó junto a mí y la abracé. Le di un beso en el cabello.
—Buenas noches, amor.
—Buenas noches, cielo.
Esperé.
Un minuto.
Después otro.
Mejor mañana.
Mañana sería mejor.
Eso me dije.
Y esa noche dormí muy poco.