CAPÍTULO 18
Emma
Estaba almorzando con Sophia en uno de nuestros restaurantes favoritos cuando empezó a contarme sobre una paciente que había llegado al hospital siendo primeriza.
—Más de quince horas de parto, Emma. Quince. Fue agotador hasta para nosotras.
Tomó un poco de su malteada antes de continuar.
—Por eso te digo que jamás va a salir por mi coño un ser humano. Dios, eso te lo deja maltratado. Qué horror.
La miré.
—Y eso que eres enfermera. Se supone que tienes vocación.
—Sí, para cuidar enfermos, no para ver cómo le destruyen el coño a una pobre chica.
—Pero qué bien te gusta estar haciéndolo.
—Ah, es que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Claro que me encanta tener sexo, obvio. Una cosa es la práctica y otra muy diferente el resultado de la práctica. Para eso paso.
No pude evitar reírme.
—Sophia, eres única.
—Claro, amiga. Tú ves esos seres humanitos pequeños y sí, son hermosos, pero te dañan el coño y te dejan los senos como los de una vaca.
—Sophia, deja de ser ordinaria. Tan linda que te ves, pero apenas abres la boca la embarras.
—Eso pregúntaselo a los hombres con los que he salido. Les encanta mi boca.
—Tienes que ser más específica.
—Contigo nunca se sabe. Prefiero aclararlo.
Bajó la vista hacia sus uñas con absoluta tranquilidad.
Aproveché el momento para entrar en un tema que llevaba días queriendo tocar.
—Sophia, cambiando un poco de tema... Al fin, ¿qué pasó con Daniel?
—Ahora sí, gracias por dañarme la tarde.
—Sophia.
—Volví a verlo hace unos días y terminamos acostándonos de nuevo.
La miré sorprendida.
—Pero...
—Emma, yo tenía razón. Ese hombre es muy peligroso para mi cordura.
—¿Y si te das una oportunidad? No todo en la vida puede ser sexo. También está la compañía, sentirte enamorada...
—Qué cursi.
—Hablo en serio.
—Yo también. No quiero arriesgarme a salir lastimada. Hago lo que quiero, voy donde quiero, sin tener que apegarme a nadie. Contigo me basta.
—Idiota.
—Además, no es solo eso. Él es igual a mí. Uy, no, no. Yo paso. Después de la última follada reafirmé mi teoría y lo he estado evitando a toda costa.
Precisamente en ese momento su celular comenzó a vibrar sobre la mesa.
Sophia miró la pantalla y luego me la mostró.
Daniel.
Tuve que contener la risa.
—Pero si el tipo es como dices, me parece que insiste bastante. Ya estuvo contigo dos veces. Se supone que debería pasar a otra cosa, ¿no?
—Amiga, es que yo lo hago irresistible.
—Ya, cochina. Te estoy preguntando de verdad.
Esta vez su expresión perdió un poco la diversión.
—No quiero pensar más en eso. En serio. Ya había dicho una vez que no volvería a pasar y mira.
El teléfono dejó de vibrar.
—¿Me puedes dar una tregua? Mejor hablemos de ti. ¿Cómo vas con Alessandro?
—Súper bien. Ya sabes cómo es Alessandro. Le gusta llevar el control, pero me encanta que, incluso siendo así, siempre se tome la molestia de preguntarme si quiero algo o no. Eso lo valoro muchísimo.
Sophia levantó las cejas.
—Mmm... dominante y posesivo. Con razón estás así. Me imagino que también lo es en la cama.
Puse los ojos en blanco.
—¿Será que alguna vez en la vida podemos tener una conversación sin hablar de sexo y concentrarnos en las virtudes de otras personas?
—Bah, qué aburrida. Además, esa no sería yo. Por algo me llamo Sophia Johnson.
—Sí ocurrió algo raro.
—¿Con Alessandro?
Asentí.
Le conté lo que había pasado unos días atrás en su apartamento: la llamada de trabajo, el cajón que no cerraba bien y el documento de Moretti Group.
—Espera —dijo—. ¿Pero tú no le habías dicho que trabajabas ahí?
—No exactamente. Le he hablado de mis compañeros y de cosas que pasan en el trabajo, pero nunca le había dicho el nombre de la empresa. No por nada malo. Simplemente hablábamos y terminábamos cambiando de tema.
—¿Y qué te dijo?
—Que ha tenido relaciones de negocios con empresas vinculadas a Moretti Group.
—Bueno, eso tiene sentido si ellos manejan empresas.
—Sí. Pero también le pregunté si conocía a Maximilian Moretti.
—El fantasma de la gran empresa.
La miré sin entender.
—¿Qué?
—¿Nunca viste una novela que se llamaba El fantasma del gran hotel?
Me quedé observándola.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Nada. Ya sabes que estoy loca. Sigue.
Hizo un movimiento con la mano para que continuara.
—El caso es que le pregunté si conocía personalmente a Maximilian Moretti y me respondió otra cosa.
—¿Cómo que otra cosa?
—Que se ha movido en los mismos círculos empresariales.
—Ah.
—Exactamente. Eso dije yo. No respondió realmente.
Sophia se quedó pensando.
—Quizás sean amigos y Moretti le haya pedido discreción.
—Puede ser.
—Piénsalo. Si yo quisiera permanecer en el anonimato y tú fueras mi amiga, esperaría que no contaras mis cosas, aunque Alessandro fuera tu novio. Si ese hombre es tan reservado como dicen, quizás la gente cercana a él también lo sea.
—Probablemente.
—Digo yo. Tampoco conozco al fantasma.
Antes de que pudiera contestarle, escuché el tono que tenía asignado a los correos electrónicos.
Mi celular estaba boca abajo sobre la mesa. Lo giré y vi el remitente.
Era del orfanato.
Abrí el correo por curiosidad y encontré un enlace junto con un anuncio sobre la celebración de sus cien años de labor ayudando a niños.
—¿Pasa algo? —preguntó Sophia.
—No, nada serio. El orfanato está cumpliendo cien años y enviaron un enlace con información de la celebración.
Eso me recordó algo.
—Tengo que llamar a Margaret. Hace tiempo que no voy a visitarlos.
—Sí. La señora Wilson se ganó todo tu amor.
—Sabes que sí. Esa señora me cuidó muchísimo. Siempre voy a estar agradecida con ella.
Revisé rápidamente el correo, pero había demasiada información para verla desde allí.
—Cuando llegue a casa lo miro con calma. Parece que subieron fotografías de muchos años. De pronto hasta aparezco por ahí y te las envío.
Sophia sonrió.
—Ay, sí. Para verte cuando todavía no te habían metido una polla.
—¡Sophia!
Ella se echó a reír mientras yo negaba con la cabeza.
Y así terminó nuestra tarde de chicas.
Maximilian
Decidí entrenar con Daniel aquella tarde.
Estaba cansado de permanecer en el apartamento y, cuando Emma no estaba, el lugar me parecía más aburrido de lo habitual.
Llevábamos un buen rato en las caminadoras. Daniel estaba en la de al lado y, cuando terminamos el último tramo, bajé a buscar agua y me pasé una toalla por la nuca.
Él hizo lo mismo.
—Hablando de todo un poco, ¿cómo es que no estás con Emma y quisiste venir conmigo?
Bebí agua.
—Salió a almorzar con su amiga.
Vi el momento exacto en que prestó más atención.
No dijo nada.
—Con Sophia —añadí.
Silencio.
Lo conocía demasiado bien. Su padre había trabajado durante años en la seguridad de mi familia. Daniel y yo habíamos crecido juntos y, con el tiempo, él había terminado trabajando a mi lado.
Me bastaba verlo para saber cuándo algo le importaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
—Te ha dado duro, ¿no?
Se secó la cara con la toalla.
—¿Por qué lo dices?
—Porque te conozco, Daniel. Estás más pendiente del celular de lo normal.
—¿No tienes trabajo que hacer en vez de estar analizándome?
—Te salió la horma de tu zapato.
—Follamos, la pasamos bien y ya.
—Tan “y ya” no parece.
—Si se acaba, se acaba. Paso a otra cosa.
—A mí no me vengas con pendejadas. Nunca le das tanta importancia a una mujer con la que solamente estás follando.
Me lanzó una mirada.
—Ojo con cómo dices eso. Cualquiera que te escuche va a pensar que trato mal a las mujeres o que las uso.
—No te pongas sentimental. Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Simplemente disfruto con una mujer mientras los dos queramos lo mismo. Todo es consensuado. Son hermosas, pasamos un buen rato y después cada uno sigue con su vida. Con Sophia es igual.
No le creí una palabra.
Pero no tenía sentido insistir.
—Solo ten cuidado con lo que le dices sobre mí. Sabes lo que está en riesgo.
—Tranquilo. Tu secreto muere conmigo.
Dejó la botella de agua a un lado.
—Y en vez de seguir hablando de mí, ¿cómo vas con Emma?
—Bien.
—Eso no sonó muy convincente.
Me quedé unos segundos en silencio antes de responder.
—Hace unos días, en mi apartamento, Sora dejó unos papeles mal acomodados dentro de un cajón. Emma intentó cerrarlo, lo abrió y encontró un documento de Moretti Group.
Daniel se quedó inmóvil.
—No me jodas, Maximilian. ¿Y qué hiciste?
—Le dije que he tenido relaciones de negocios con empresas vinculadas al grupo.
—Bueno...
—Eso no es lo peor. Me dijo que trabaja en Moretti Group y después me preguntó si conocía personalmente a Maximilian Moretti.
—Joder.
—Exactamente.
—¿Qué le respondiste?
—Evadí la pregunta.
Daniel negó con la cabeza.
—Esto ya se está complicando demasiado.
—¿Crees que no lo sé?
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé todavía.
—Max, es mejor que se lo digas tú antes de que se entere por otro lado y termines con el agua hasta el cuello.
—Creo que ya estoy con el agua hasta el cuello.
—No subestimes a Emma.
Lo miré.
—¿Tú crees que yo la subestimo? Por Dios, Daniel. Emma es muy inteligente.
—Entonces sabes que tarde o temprano va a empezar a unir cosas.
No respondí.
—Una coincidencia puede pasar —continuó—. Pero por tu bien, espero que no sigan apareciendo más, porque entonces van a dejar de parecer coincidencias.
Lo sabía.
Ese era precisamente el problema.
Emma
Cuando llegué a casa me di una ducha y me puse ropa cómoda.
Más tarde, Alessandro me llamó para avisarme que estaba subiendo a mi piso.
Apenas abrí la puerta, me rodeó la cintura, me levantó del suelo y me besó con tanta intensidad que apenas tuve tiempo de reaccionar.
Cuando volvió a bajarme, lo miré.
—¿Y eso?
—Te extrañé. Esta tarde te fuiste con Sophia y me tocó ir a hacer ejercicio con Daniel. Tuve que aguantarlo durante dos horas.
—Pobre Daniel. Tenerte de jefe debe ser un martirio.
Su expresión fue de absoluta inocencia.
—Soy un buen jefe, cielo. ¿En qué concepto me tienes?
Lo agarré de la mano y lo llevé hasta el sofá.
—¿Quieres algo?
—A ti podría ser.
Me reí.
—Alessandro, en serio.
—No, cielo. Estoy bien.
Me senté a su lado.
—¿Cómo te fue con Sophia? —preguntó.
—Bien. Ya sabes que amo compartir tiempo con ella.