La obsesión de Moretti CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Porque yo trabajo ahí.

Alessandro me sostuvo la mirada.

—Nunca me lo habías contado.

—Nunca salió el tema.

Me encogí de hombros.

—Además, tú tampoco eres precisamente un libro abierto cuando hablamos de tus empresas.

—Creí que eso no te molestaba.

—No me molesta.

Y era verdad.

Alessandro siempre había sido reservado con ciertos aspectos de sus negocios. Nunca lo había interpretado como algo personal. Yo tampoco me había sentado a contarle cada detalle de mi trabajo porque nuestras conversaciones simplemente habían terminado girando alrededor de otras cosas.

—Estoy haciendo mis prácticas en Moretti Group —continué—. En el área financiera.

—¿Te gusta?

—Muchísimo. Ya te he contado cosas del trabajo, solo que nunca te había dicho el nombre de la empresa.

—Eso sí.

—Pues misterio resuelto.

Le entregué el documento.

—Moretti Group.

Lo tomó.

—Moretti Group —repitió.

—¿Has trabajado directamente con ellos?

—Con personas relacionadas con algunas de sus operaciones.

—¿Y conoces al dueño?

La pregunta salió por pura curiosidad.

Alessandro dejó el documento sobre el mesón.

—Sé quién es.

Solté una risa.

—Eso no cuenta. Todo el mundo sabe quién es Maximilian Moretti.

—Entonces tendrás que formular mejor la pregunta.

—¿Lo has conocido personalmente?

Me observó unos segundos.

—Me he movido en los mismos círculos empresariales.

—Otra respuesta que no responde nada.

—Respondí exactamente lo que preguntaste.

—No, señor. Esquivaste exactamente lo que pregunté.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

—Puede ser.

Me acerqué al refrigerador y saqué una botella de agua.

—En la empresa hay todo un misterio alrededor de Maximilian Moretti.

—¿Qué clase de misterio?

—Casi nadie lo ve. Por eso hay tanta curiosidad. Y ahora empezó a circular que podría aparecer personalmente en la reunión anual en los próximos meses.

Alessandro apoyó una mano en el borde del mesón.

—¿Y quieres conocerlo?

—Tengo curiosidad.

—¿Por qué?

—Porque trabajo en su empresa y parece un fantasma.

Eso le causó gracia.

—¿Un fantasma?

—Sí. Todo el mundo habla de él, pero nadie lo ve. Es raro.

—Quizás tiene sus razones.

—Mira quién salió a defenderlo.

—No lo estoy defendiendo.

—Un poquito.

Bebí agua.

—A lo mejor es insoportable y por eso vive escondido.

—También es una posibilidad.

—O tiene ochenta años.

Esta vez se rio de verdad.

—Lo dudo.

Lo señalé con la botella.

—¿Viste? Sabes cosas.

—Conozco el ambiente en el que se mueve.

—Eso dices.

Me acerqué a él.

—Algún día conseguiré que me cuentes todos tus secretos empresariales, Alessandro Vitali.

La diversión desapareció de sus ojos durante un instante.

No entendí por qué.

Después me rodeó la cintura.

—Quizás algún día.

—Tampoco tienes que contarme nada que no quieras.

—¿No?

—No. Cuando quieras hacerlo, me cuentas. No voy a interrogarte.

—Acabas de hacerlo durante cinco minutos.

—Eso era curiosidad.

—Entiendo.

—Además, ahora sabemos algo nuevo del otro. Yo trabajo en Moretti Group y tú tienes algún tipo de relación misteriosa con ellos.

—No la llamaría misteriosa.

—Yo sí.

—Por supuesto.

Sonreí y pasé los brazos alrededor de su cuello.

—¿Ya terminaste de trabajar?

—Completamente.

—Qué bien, porque todavía me debes el resto de la tarde.

—Pensaba pagarte con intereses.

—Eso depende de qué clase de intereses.

—Puedo explicártelos arriba.

Me reí.

—Qué sorpresa.

Me besó antes de que pudiera seguir molestándolo.

Y el documento quedó sobre el mesón.

Para mí, la coincidencia no significaba demasiado. Alessandro se movía entre empresas importantes. Que hubiera tenido algún tipo de relación con Moretti Group no era difícil de creer.

Además, finalmente le había contado dónde trabajaba.

Sin misterio.

Sin secretos.

Simplemente nunca había surgido antes.

Maximilian

Había pensado muchas veces en aquella conversación.

No en esa exactamente, pero sí en alguna versión de ella.

¿Dónde trabajas?

Moretti Group.

Una respuesta sencilla que inevitablemente traería otra pregunta.

¿Y tú?

Por eso nunca había llevado nuestras conversaciones demasiado lejos cuando hablábamos de trabajo.

Emma me contaba cosas de sus días, de sus compañeros, de situaciones que ocurrían en la oficina. Yo la escuchaba, preguntaba lo suficiente para demostrar el interés que realmente sentía, pero nunca hacía la pregunta más obvia.

El nombre de la empresa.

Ya sabía la respuesta.

Lo evitaba porque una pregunta llevaba a otra y, tarde o temprano, terminaríamos acercándonos a un lugar del que no podía salir sin mentir o revelar demasiado.

Emma jamás había hecho lo mismo deliberadamente.

Para ella, sencillamente, el tema no había tenido importancia.

Para mí sí.

Y aquella tarde había llegado el día en que ya no pude seguir evitándolo.

Entré en la cocina y la encontré con un documento de Moretti Group entre las manos.

Mi apellido.

En mi casa.

Por un instante evalué todas las respuestas posibles.

Podía quitarle importancia.

Inventar una explicación.

Decir que aquello había llegado por error.

No hice ninguna.

Las mentiras innecesarias eran las más peligrosas porque después había que recordarlas.

Así que recurrí a algo mucho más seguro.

La verdad.

Mis empresas habían tenido relación con compañías vinculadas a Moretti Group.

Yo me movía en los mismos círculos que Maximilian Moretti.

Sabía perfectamente quién era.

No había mentido en ninguna de esas respuestas.

Simplemente había dejado fuera lo esencial.

Entonces Emma dijo:

Porque yo trabajo ahí.

Lo que cambió en aquel instante fue que, por primera vez, Emma se lo estaba diciendo a Alessandro.

—Nunca me lo habías contado.

Era cierto.

Ella tampoco pareció darle mayor importancia.

Nunca salió el tema.

Precisamente.

No había salido porque yo me había encargado de no llevar nuestras conversaciones hasta allí.

Durante todo ese tiempo había evitado hacerle una pregunta tan normal como dónde trabajaba. No porque desconociera la respuesta, sino porque sabía lo que podía venir después.

Trabajo en Moretti Group.

Y lo natural habría sido que ella devolviera la pregunta.

¿Y tú?

Eso era lo que había querido evitar.

No tenía una respuesta sencilla que pudiera darle sin abrir otras puertas. Hablar de mis empresas significaba acercarla a Moretti Group; acercarla a Moretti Group significaba acercarla a Maximilian Moretti.

Hasta esa tarde había conseguido mantener separados ambos mundos.

Ahora tenía mi apellido delante de ella y ya no podía decidir hacia dónde iba la conversación.

Cuando preguntó si conocía personalmente a Maximilian Moretti, no era la pregunta que había temido durante meses.

Era simplemente una consecuencia que no había previsto.

Y tenía algo particularmente absurdo escucharla preguntarme si me conocía a mí mismo.

Me he movido en los mismos círculos empresariales.

Otra verdad cuidadosamente recortada.

Emma siguió preguntando, bromeando incluso con la posibilidad de que Moretti fuera insoportable o tuviera ochenta años, completamente ajena a lo cerca que estaba de la respuesta.

Yo podía manejar aquello.

Lo había hecho toda mi vida: escuchar una pregunta, medir cuánto podía decir y entregar únicamente la información necesaria.

Lo que resultó mucho más difícil fue escucharla decir:

Cuando quieras hacerlo, me cuentas. No voy a interrogarte.

Confianza.

Eso era lo que me estaba dando.

No me estaba exigiendo explicaciones sobre mis empresas. Ni siquiera parecía molesta porque yo fuera reservado con ellas.

Me estaba dando tiempo.

Y yo sabía exactamente lo que estaba haciendo con él.

Desperdiciándolo.

El momento habría sido perfecto.

Podría haber tomado aquel documento y empezar por una sola frase.

Emma, hay algo que necesitas saber.

No lo hice.

La besé y dejé pasar otra oportunidad.

Más tarde regresé solo a la cocina.

El documento continuaba sobre el mesón.

Lo tomé.

MORETTI GROUP.

Hasta esa tarde, había sido yo quien controlaba la distancia entre mis dos vidas. Había decidido qué preguntar, qué responder y hasta dónde permitir que llegaran nuestras conversaciones.

Ya no.

Emma sabía ahora que Alessandro tenía alguna relación con Moretti Group.

No sospechaba nada.

Para ella era una coincidencia.

Para mí era la primera grieta.

Guardé el documento dentro del cajón y lo cerré.

Mi apellido ya había entrado en nuestra relación.

La próxima vez, quizá no podría controlar hasta dónde llegaría.