CAPÍTULO 17
Emma
La idea había sido sencilla: pasar la tarde en su apartamento, pedir algo de comer y ver una película.
Eso último no había salido exactamente como lo planeamos.
Estaba boca abajo sobre la cama de Alessandro, completamente desnuda, intentando recuperar el aliento después de un orgasmo que todavía me tenía las piernas débiles. Él estaba a mi lado, dejando besos pausados sobre mi espalda como si no tuviera ninguna responsabilidad en mi estado.
—Cielo, me encanta cómo vemos películas.
Giré la cabeza para mirarlo.
—Sí, cómo no. Ni siquiera llevábamos diez minutos cuando empezaste.
—¿Quién te manda a ponerte esos shorts?
—¿Ahora resulta que los shorts tuvieron la culpa?
—Absolutamente. Me pusieron a mil.
Solté una risa.
—Yo podría estar vestida de enferma, con una bata hasta los tobillos, y tú igual tendrías ganas.
Sonrió con esa expresión suya que siempre conseguía desarmarme.
—¿Para qué voy a decirte que no, si es verdad? Tú me encantas en todas tus presentaciones.
Levanté las cejas.
—Ah, no sabía que era un producto.
Intenté contener la sonrisa, pero él la vio.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—No sé. Sonó bastante comercial.
—Ven acá.
—Ni lo sueñes. Ya tuviste suficiente.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Recuerdo haberte escuchado pedir más.
Abrí la boca, indignada.
—¡Alessandro!
Su risa terminó contagiándome.
—Eso pensé.
Le lancé una almohada, que atrapó antes de que le diera en la cara.
—Eres insoportable.
—Y me amas.
—Lamentablemente.
—Eso también pensé.
Permanecimos un rato más en la cama hasta que decidimos ducharnos y bajar al primer piso.
Esta vez sí nos propusimos terminar la película.
Y, milagrosamente, lo conseguimos.
Casi dos horas después aparecieron los créditos mientras yo seguía acomodada junto a él en el enorme sofá de la sala.
La película trataba sobre un hombre que había comenzado intentando proteger a su familia y había terminado haciendo cosas cada vez más terribles para conseguirlo. Al principio incluso podía entender algunas de sus decisiones. Después, no tanto.
—Qué fuerte, ¿no? —comenté.
Alessandro desvió la atención de la pantalla.
—¿Qué cosa?
—Todo lo que hizo el protagonista. Entiendo que quisiera mantener a salvo a su familia, pero llegó un momento en que se pasó.
—¿Se pasó?
—Muchísimo. Hizo cosas abominables y al final la familia siguió con él como si nada.
Se quedó callado.
—A veces, por las personas que amamos, hacemos cosas que jamás pensamos que seríamos capaces de hacer.
—Sí, pero todo tiene un límite.
Su atención se fijó en mí.
—¿Lo tiene?
—Claro.
—¿Tú no harías todo lo posible por alguien que amas?
—Todo lo posible, sí. Pero no cualquier cosa.
—¿Cuál es la diferencia?
Me incorporé un poco para verlo mejor.
—Pues... que amar a alguien tampoco te da derecho a hacer lo que quieras y después esperar que lo entienda solo porque lo hiciste por amor.
No respondió enseguida.
—¿Qué habrías hecho tú si fueras la familia?
—No sé. Estar en esa situación debe ser muy diferente a verla desde un sofá.
—Pero ¿lo perdonarías?
Entrecerré los ojos.
—¿Por qué te interesa tanto si lo perdonaría?
—Curiosidad.
—No parece curiosidad.
—Contesta, cielo.
Pensé unos segundos.
—No sé. Supongo que primero querría saber por qué hizo todo lo que hizo. Pero una cosa es escucharlo y otra justificarlo.
—Eso es justo lo que digo. Antes de juzgar a alguien hay que escuchar sus razones.
—Sí, pero escuchar no significa perdonar.
Su expresión cambió apenas.
—No.
Lo observé.
Habíamos empezado hablando de una película y Alessandro parecía estar discutiendo un caso de vida o muerte.
—Estás muy reflexivo hoy.
—La película da para pensar.
—A ti te dio para demasiado.
Eso consiguió arrancarle una sonrisa.
Busqué su mano.
—Bueno, señor filósofo, suficiente. Volvamos a nuestra realidad.
—¿Y qué ocurre en nuestra realidad?
—Que quiero un beso.
Abrió los brazos.
—Ven aquí, cielo.
Me acomodé sobre él, con una pierna a cada lado de sus caderas, y lo besé.
Sin embargo, había algo extraño.
No podía explicar exactamente qué era. Sus manos estaban sobre mí, sus labios respondían a los míos, pero una parte de él parecía continuar atrapada en aquella conversación.
Me separé un poco.
—¿Estás bien?
—Sí. Muy bien.
Me acercó nuevamente y esta vez me besó como él sabía hacerlo, consiguiendo que dejara de preocuparme por su repentino ataque de filosofía.
Cuando nos separamos, mantuvo una mano en mi cintura.
—Te amo muchísimo y quiero que lo tengas muy claro.
—Lo sé.
—Si algún día tuviera que ir a otro planeta por ti, lo haría sin dudarlo. Siempre va a importarme que estés bien por encima de cualquier otra cosa.
Estuve a punto de responder con alguna broma, pero algo en sus ojos me detuvo.
Hablaba completamente en serio.
Anotado: no volver a escoger una película así.
Quién veía a aquel hombre tan dominante, seguro y posesivo. Una película dramática y terminaba poniéndose sentimental.
Acaricié su mano.
—Yo también te amo muchísimo. Y nunca te lo he dicho, pero gracias por formar parte de mi vida.
Entrelacé nuestros dedos.
—Antes sentía que solo tenía a Sophia para ciertas cosas. Ahora también te tengo a ti.
Su mirada permaneció sobre mí.
—Aunque algún día no quieras tenerme, siempre voy a estar a tu lado.
Esta vez fui yo quien tardó en responder.
—Eso sonó un poquito preocupante.
—Era romántico.
—Necesitas practicar.
La comisura de su boca se levantó.
—Lo tendré en cuenta.
—Por favor.
El teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón.
Lo sacó y revisó la pantalla.
—No puede ser.
—¿Qué pasó?
—Tengo que resolver algo de la empresa. Puedo hacerlo desde la oficina y no debería tardar.
—Ve tranquilo, amor. Yo me quedo aquí viendo televisión.
—Estás en tu casa, ya lo sabes.
Se inclinó y me dio un beso antes de levantarse.
Lo vi desaparecer en dirección a su despacho.
Definitivamente aquella película le había afectado.
Tomé mi celular y encontré un mensaje de Sophia.
Ahora le llaman “ver películas”. Jajajajaja. Que disfrutes tu folla-película mientras las demás sí trabajamos. Te quiero.
Me eché a reír.
Sophia siempre tenía algo que decir, ya fuera para hacerme reír o para irritarme.
La adoraba.
Aunque últimamente la había notado más callada de lo habitual. No habíamos vuelto a hablar de Daniel y yo tampoco había querido presionarla.
Tendría que buscar un momento para hacerlo.
Guardé el celular y volví a mirar la televisión.
En ese momento todavía pensaba que la extraña reacción de Alessandro no había sido más que eso: una película que le había tocado alguna fibra sensible.
No sabía cuánto de aquella conversación terminaría recordando después.
Maximilian
La película había terminado hacía varios minutos.
Para mí, no.
Emma había hablado de límites con la tranquilidad de alguien que discutía una historia ajena.
Yo había escuchado algo muy diferente.
Amar a alguien tampoco te da derecho a hacer lo que quieras y después esperar que lo entienda solo porque lo hiciste por amor.
No podía dejar de pensar en esa frase.
Durante demasiado tiempo me había aferrado a mis razones como si fueran capaces de explicar por sí solas cada decisión que había tomado respecto a ella.
La protegí.
Quise asegurarme de que estuviera bien.
Nunca busqué hacerle daño.
Todo era cierto.
Pero Emma acababa de señalar algo que yo había preferido no mirar de frente: mis motivos y mis actos eran dos cosas diferentes.
Podía contarle algún día por qué había hecho cada cosa. Podía explicarle qué había intentado evitar, qué había querido proteger y cuáles habían sido mis razones.
Eso no significaba que ella tuviera que aceptarlas.
Mucho menos perdonarlas.
Y había algo particularmente cruel en escucharla hablar de ello mientras estaba sentada a mi lado, confiando en mí sin reservas.
Cuando le pregunté si perdonaría al protagonista, quise saber hasta dónde llegaban sus límites.
Fue un error.
Cada respuesta me mostró un poco más de lo que me esperaba cuando llegara mi turno de estar en el lugar de aquel hombre.
Emma había dicho que primero escucharía.
Me quedé con eso.
No con el perdón.
No podía exigírselo ni darlo por sentado.
Solo con la posibilidad de que me escuchara.
Porque cuando llegara el momento, iba a necesitar que lo hiciera.
Y por primera vez entendí que decirle lo hice porque te amaba jamás sería suficiente.
Mi teléfono vibró.
Leí el mensaje y maldije mentalmente.
Un problema en una de las empresas requería mi autorización.
Justamente esa tarde.
Le dije a Emma que debía ocuparme de algo y fui al despacho.
Me tomó más tiempo del que esperaba. Cuando finalmente terminé, cerré el portátil y salí con una sola intención: volver con ella.
No sabía que otro problema me estaba esperando en la cocina.
Emma
Después de un rato me cansé de estar tirada en el sofá mirando el celular.
Alessandro seguía en su oficina.
Me levanté y fui hacia la cocina en busca de algo para tomar.
Todavía me impresionaba aquel lugar. Era enorme, elegante y siempre estaba impecable. Sora debía tener algún tipo de superpoder porque nunca encontraba nada fuera de su sitio.
Bueno.
Casi nunca.
Uno de los cajones del mesón había quedado ligeramente abierto. Cuando pasé junto a él intenté cerrarlo, pero algo dentro impedía que encajara.
—Sora, encontré tu primer error —murmuré.
Lo abrí un poco más.
Había varios papeles mal acomodados. Parecían facturas, correspondencia y documentos de empresas. Empujé algunos hacia dentro para poder cerrar el cajón correctamente y uno se deslizó sobre los demás.
El logotipo llamó mi atención.
Lo conocía perfectamente.
MORETTI GROUP.
Me quedé mirándolo.
Qué raro.
Saqué el documento apenas lo suficiente para comprobar que efectivamente pertenecía a la empresa.
—Cielo.
La voz de Alessandro llegó desde detrás de mí.
Me volví.
—Por fin. Pensé que me habías abandonado.
—Jamás.
Su mirada descendió hasta mi mano.
—¿Qué haces?
—Intentaba cerrar esto. Los papeles estaban atravesados.
Le mostré el documento.
—¿Tú tienes negocios con Moretti Group?
Hubo una pausa.
Muy pequeña.
—He tenido relación con empresas vinculadas al grupo.
—¿En serio?
—Sí.
Miré otra vez el logotipo.
—Qué casualidad.
—¿Por qué?