La obsesión de Moretti CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Me acerqué, rodeé su cuello con los brazos y le di un beso corto.

—Gracias.

—De nada, cielo.

Salimos con una bolsa absurda de cookies de maní.

Y el pequeño momento extraño quedó atrás.

Por entonces.

Dos días después ocurrió otra vez.

Estaba sentada en el sofá hablando con Alessandro por teléfono cuando vi movimiento cerca de una pared.

Tardé un segundo en comprender qué era.

Después lo vi.

Una cucaracha.

Me levanté de un salto.

—¡Ay, no! ¡No, no, no!

—¿Qué pasa, Emma?

—¡Entró una cucaracha!

—Verdad que toda la vida les has tenido pánico.

Ya estaba buscando desesperadamente el insecticida y no procesé sus palabras hasta varios segundos después.

Dejé el celular en altavoz, rocié a la desgraciada hasta asegurarme de que no volvería a moverse y me alejé.

Solo entonces recordé lo que Alessandro había dicho.

¿Toda la vida?

Cogí el teléfono.

—Espera.

—¿Qué?

—¿Cómo sabes que toda la vida les he tenido pánico?

Silencio.

Esta vez lo noté.

No duró demasiado, pero existió.

—No me digas que también te conté lo de las cucarachas.

—Sí, cielo.

—No me acuerdo.

—Últimamente andas olvidadiza.

Miré la cucaracha muerta desde una distancia prudente.

—Creo que sí.

Intenté recordar alguna conversación en la que pudiera haberle hablado de aquello.

Quizá había ocurrido.

Podía ser.

—De verdad no me acuerdo, pero si tú lo dices será porque te lo conté.

Continuamos hablando y, después de unos minutos, el tema cambió.

Sin embargo, aquella vez no lo olvidé tan fácilmente.

La tercera fue diferente.

Estábamos hablando por teléfono sobre el futuro.

No sobre nuestro futuro exactamente, sino sobre esas conversaciones que empiezan con una pregunta cualquiera y terminan en lugares completamente distintos.

Acabamos hablando de dónde nos gustaría vivir cuando fuéramos mayores.

—Yo no quiero pasar toda mi vida en Nueva York —le dije.

—¿No?

—Me encanta la ciudad, pero algún día quisiera algo diferente.

—Yo prefiero la ciudad. En cambio, tú siempre has querido el campo.

Me quedé inmóvil.

—No puedo creerlo.

—¿Qué?

Esta vez no sonreí.

—Me estoy asustando.

—¿Por qué?

—Porque ese es mi sueño.

Silencio.

Me incorporé en el sofá.

—Siempre he querido vivir algún día en un lugar con terreno, animales, naturaleza... Una granja, aunque no necesariamente enorme.

Nada al otro lado.

—Y no recuerdo habértelo contado.

Esperé.

—Alessandro.

—Cielo...

—Te lo digo en serio. Primero las cookies. Después las cucarachas. Ahora esto.

Intenté reírme, pero no me salió del todo.

—Creo que voy a tener que pedir cita con un médico. No es normal que te cuente tantas cosas de mí y después no recuerde ninguna.

Escuché algo al otro lado.

Entonces su voz regresó.

—Cielo, me están llamando de la empresa. Tengo que contestar. Te devuelvo la llamada.

Miré el teléfono.

—Sí... no te preocupes.

—Y no necesitas ningún médico. Estás perfectamente como estás.

—Eso espero.

Hubo una pausa.

—Te quiero.

—Yo también.

La llamada terminó.

Esta vez no cambié de tema.

Me quedé sentada con el celular en la mano.

Una cosa podía olvidarla.

Dos también.

Pero tres...

Repasé mentalmente las conversaciones que recordaba haber tenido con Alessandro.

Quizá realmente se lo había contado.

No tenía ninguna razón para pensar que él estuviera mintiéndome.

Confiaba en él.

Precisamente por eso la alternativa que quedaba me incomodaba todavía más.

¿Por qué no recordaba haberle contado ninguna de esas cosas?

Maximilian

Últimamente me costaba despedirme de Emma.

Cada noche que pasaba en su apartamento encontraba una razón más para querer quedarme y, cada vez que ella dormía en el mío, la casa se sentía demasiado vacía después de verla marcharse.

Incluso había pensado en pedirle que se mudara conmigo.

No lo había hecho.

Todavía.

Sabía que para Emma sería demasiado pronto y no quería presionarla. Pero la idea aparecía cada vez con más frecuencia: dejar de calcular qué noches podíamos vernos, no tener que acompañarla hasta su puerta sabiendo que después debía regresar solo.

Quería más tiempo con ella.

Ese era el problema.

Siempre quería un poco más.

El paseo por Nueva York había sido idea suya.

Me hizo caminar durante horas, comer en puestos callejeros y detenerme en lugares a los que probablemente nunca habría prestado atención por mi cuenta.

Y me había gustado.

Mucho más de lo que pensaba admitirle.

El problema era que también había empezado a cometer errores.

Errores estúpidos.

El primero ocurrió frente a aquella pastelería.

Vi las cookies de maní en el mismo instante que ella.

Sabía que eran sus favoritas.

Lo sabía por la información que había conseguido sobre Emma mucho antes de acercarme a ella.

Pero ese dato pertenecía a una parte de su vida que Alessandro Vitali no tenía ninguna razón para conocer.

Ella se detuvo frente al escaparate.

—No puede ser.

Seguí la dirección de su mirada.

Y se me escapó.

Tus favoritas.

Dos palabras.

Suficientes.

Cuando Emma se volvió y preguntó cómo lo sabía, tuve que improvisar.

Le dije que ella me lo había contado.

Mentira.

Por suerte, estaba demasiado emocionada con las malditas galletas para insistir.

Compré todas las que quedaban y durante un tiempo pensé que había conseguido salir del problema.

Hasta la cucaracha.

Recordaba perfectamente aquella historia.

Era uno de esos datos insignificantes que había conocido sobre ella: una cucaracha había entrado una noche en su habitación cuando era pequeña y Emma había armado semejante escándalo que terminó despertando a medio mundo.

Años después seguía teniendo el mismo miedo.

Cuando gritó por teléfono, respondí sin pensar.

—Verdad que toda la vida les has tenido pánico.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, lo supe.

Mierda.

Emma estaba ocupada intentando matar al insecto.

Tuve unos segundos para pensar.

No fueron suficientes.

—¿Cómo sabes que toda la vida les he tenido pánico?

No tenía una respuesta buena.

Así que recurrí otra vez a la misma.

Me lo contaste.

Otra mentira.

Y algo peor.

Le dije que estaba olvidadiza.

En aquel momento solo estaba intentando salir del problema.

Después me di cuenta de lo que acababa de hacer.

Emma no había olvidado nada.

Yo estaba haciendo que creyera que sí.

Debería haber sido suficiente para detenerme.

No lo fue.

Porque conseguí hacerlo todavía peor.

La tercera vez estábamos hablando de dónde queríamos vivir en el futuro.

Yo conocía la respuesta.

Campo.

Animales.

Naturaleza.

Una vida completamente diferente de la que tenía ahora.

Y volví a hablar antes de pensar.

—En cambio, tú siempre has querido el campo.

El silencio de Emma me puso en alerta.

—No puedo creerlo.

Su voz había cambiado.

—Me estoy asustando.

Esta vez no hubo una salida fácil.

Me dijo que aquel era su sueño.

Me recordó las cookies.

Las cucarachas.

Tres errores.

Tres veces en las que Alessandro Vitali había sabido cosas que ella nunca le había contado.

Y Emma llegó a la conclusión más lógica desde su perspectiva.

Pensó que el problema estaba en su memoria.

Incluso habló de ir al médico.

Sentí una presión desagradable en el pecho.

Tenía que decírselo.

En ese instante.

Podía hacerlo.

Emma, no estás olvidando nada.

Eso era lo primero.

Después vendría todo lo demás.

Quién era.

Cómo sabía aquellas cosas.

Por qué había aparecido en su vida como Alessandro Vitali.

La llamada de la empresa entró en el momento exacto.

Miré la pantalla.

Podía ignorarla.

Debía ignorarla.

—Cielo, me están llamando de la empresa. Tengo que contestar. Te devuelvo la llamada.

Cobarde.

No había otra palabra.

Colgué y acepté la otra llamada.

Ni siquiera escuché la primera frase que me dijeron.

Mi cabeza seguía con Emma.

Había prometido decirle la verdad mañana.

Después llegó mañana y encontré una razón para esperar.

Luego otro mañana.

Y otro.

Cada día que pasaba añadía algo nuevo que tendría que explicarle cuando finalmente hablara.

Al principio había sido una mentira.

Ahora era una estructura entera construida alrededor de ella.

Y empezaba a agrietarse.

Me levanté de la silla, incapaz de seguir prestando atención a los documentos que tenía delante.

Lo de las cookies había sido un descuido.

Lo de la cucaracha, otro.

Pero aquella vez no podía seguir llamándolo error.

Emma había hablado de ir al médico porque creía que estaba olvidando cosas y yo, sabiendo perfectamente que no era cierto, había dejado que lo creyera.

Eso era lo que no conseguía quitarme de la cabeza.

Ya no se trataba únicamente de esconderle mi apellido.

Mis mentiras empezaban a alterar la forma en que ella interpretaba sus propios recuerdos.

Y eso sí era culpa mía.

La verdad tenía que salir de mi boca antes de que apareciera por otro lado.

Porque si esperaba demasiado, quizá llegaría un momento en que ya no importaría cuánto la amara.

Solo importaría todo lo que había hecho para que ella no pudiera conocer al hombre al que estaba amando.