La obsesión de Moretti CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Emma

Habían pasado varias semanas y Alessandro y yo habíamos encontrado una rutina. O algo parecido.

Nos llamábamos, nos escribíamos durante el día y buscábamos cualquier espacio libre para vernos. Algunas noches él se quedaba en mi apartamento; otras terminábamos en el suyo. La primera vez que durmió en mi casa me dijo que le encantaba, aunque ni por asomo se parecía a su penthouse.

Al principio pensé que lo decía por hacerme sentir bien.

Después me di cuenta de que no.

Se movía por mi apartamento con una comodidad que me sorprendía. Dejaba el celular sobre la encimera, se servía agua sin preguntarme dónde estaban los vasos y ya sabía qué lado de mi cama prefería. Una mañana incluso preparó café mientras yo terminaba de arreglarme.

Habíamos avanzado mucho en poco tiempo.

Ya no sentía aquella necesidad de pensar demasiado antes de decirle algo. Había más confianza, más intimidad. No solo sexual.

Estábamos construyendo algo.

Y me gustaba.

Con Sophia, en cambio, había ocurrido algo extraño.

Después de nuestra salida al club esperaba que me llamara al día siguiente para contarme absolutamente todo lo sucedido con Daniel. Conociéndola, incluso había supuesto que recibiría el reporte completo antes del desayuno.

No ocurrió.

Pasó el sábado.

Después el domingo.

El lunes tampoco dijo nada.

Sabía que aquel fin de semana había tenido muchísimo trabajo, así que inicialmente no le di importancia. Pero para el martes mi curiosidad ya había empezado a mezclarse con preocupación.

Terminé llamándola yo.

Contestó después de varios tonos.

—Enfermera Johnson, estoy preocupada por usted. Ya ni siquiera llama a sus amigas.

—Emma, amiga, he estado superocupada en el trabajo. Parece que todo el mundo se puso de acuerdo para enfermarse. No sé, quizá están haciendo una lotería.

Fruncí el ceño.

—¿Una lotería?

—Sí. A lo mejor entre más enfermos participen, más grande es el premio.

No pude evitar reírme.

—Ay, las ocurrencias de Sophia.

—Bueno... tú me entiendes.

Su voz perdió un poco de energía al final.

Aproveché.

—Cambiando de tema, todavía no me has contado qué pasó el viernes con Daniel.

—Qué cotilla eres, Emma.

Abrí mucho los ojos aunque no pudiera verme.

—¿Precisamente tú me estás llamando cotilla? Sophia Johnson, ahora sí estoy seriamente preocupada.

—¿Por qué?

—Porque, con la lengua desvergonzada que tienes, que hayan pasado tres días y todavía no me hayas contado nada significa que algo pasó.

Silencio.

La sonrisa desapareció de mi cara.

—Ay, no. Sophia, no me preocupes. ¿Qué ocurrió?

La escuché soltar el aire.

—Definitivamente eres mi alma gemela.

—¿Entonces?

—Sí. Después de que ustedes desaparecieron tuve un pequeño revolcón con Daniel.

—¿Y no te gustó? ¿Hizo algo que te molestara?

—No, no. Nada de eso. —Se apresuró a aclararlo—. Antes fue mucho mejor de lo que esperaba. Buena polla, sabe utilizarla... todo excelente.

—Entonces no entiendo el problema.

—Ese es el problema.

—Sophia, me estás confundiendo.

Hubo otra pausa.

—Me gustó demasiado, Emma.

Esta vez no dije nada.

—Tú sabes cómo soy —continuó—. Me gusta el sexo. Me gusta disfrutarlo sin complicaciones, sin promesas y sin ataduras. Si dos adultos quieren acostarse y pasarla bien, perfecto. Nunca he necesitado convertirlo en otra cosa.

—Lo sé.

—Pero con él fue diferente. Más explosivo. Más intenso. No sé cómo explicarlo. Nunca me había sentido así después de estar con alguien.

—Entiendo.

Y lo dije sin una pizca de burla.

Eso era grave.

Muy grave tratándose de Sophia.

—Por lo que pude ver, él es igual que yo —añadió—. Intercambiamos números y lleva días escribiéndome para que nos veamos otra vez.

—Pero no quieres.

—Querer, quiero.

Eso me hizo sonreír un poco.

—Entonces...

—Mi vagina quiere. Mi salud mental opina diferente.

Solté una carcajada.

—Sophia.

—Es la verdad. Lo he dejado en visto y él sigue insistiendo.

—No sé qué decirte.

—No me digas nada. Solo por estar contándote todo esto ya me siento patética.

—No eres patética.

—Emma...

—No lo eres. Simplemente te gustó alguien más de lo que esperabas. Eso tampoco significa que mañana tengas que casarte con él.

—Qué horror. No pronuncies matrimonio cuando estamos hablando de mí.

Ahí estaba otra vez mi Sophia.

Aunque solo por unos segundos.

—Ya, no quiero pensar más en Daniel. Cambiemos de tema, por favor.

La última parte sonó casi como una súplica.

Y, conociéndola como la conocía, comprendí que aquello le había pegado más fuerte de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Así que la escuché.

Cambiamos de tema.

Hablamos del trabajo, de cosas sin importancia y de cualquier tontería que nos hiciera reír.

Cuando colgué, me quedé mirando el teléfono.

Qué vueltas daba la vida.

Sophia había sido la desesperada por conocer a Daniel.

Ahora estaba huyendo de él precisamente porque le había gustado demasiado.

El otoño empezaba a apoderarse de Nueva York.

Las temperaturas habían bajado y los árboles comenzaban a cambiar de color. Una tarde, mientras hablaba con Alessandro por teléfono, se me ocurrió algo.

—Quiero que paseemos por Nueva York.

—Donde quieras, vamos.

—No. Esta vez lo voy a organizar yo.

—¿Cómo que tú?

—Quiero que pasemos un día por la ciudad como personas normales.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Cómo son exactamente las personas normales, cielo?

Me reí.

—Sin chofer. Sin Daniel siguiéndonos. Sin reservas en lugares donde probablemente cobren hasta por respirar.

—Eso último es una exageración.

—No estoy tan segura.

—¿Quieres que vayamos en autobús?

—Tampoco abuses. Tenemos carro. Podemos estacionarlo y después caminar.

—Ah, bueno. Ya estaba preocupado.

—Quiero caminar por Central Park, entrar donde nos provoque, comprar cosas en los puestos de la calle... improvisar.

—Está bien, cielo. Por ti hago cualquier sacrificio.

—¿Sacrificio?

—Comer en la calle, por ejemplo.

—Ay, sí. Se me olvidaba que estoy hablando con el gran señor Vitali, acostumbrado a restaurantes finos.

—Sabes perfectamente que no soy así.

—Ese día vas a demostrarlo.

—¿Eso es un reto?

—Tómalo como quieras.

—Aceptado.

El día llegó y Alessandro pasó a recogerme.

Tal como habíamos acordado, venía solo.

Sin Daniel.

Aproveché que todavía estábamos en el coche para preguntarle por él.

—¿Daniel te ha dicho algo?

—¿De qué?

—De Sophia.

Me miró brevemente antes de regresar la atención a la carretera.

—Cielo, lo que se ve no se pregunta.

—Obviamente pasó algo. Me refiero a si te ha contado cómo están las cosas.

—No. Pero por lo que me has dicho de Sophia, parece que se parecen bastante. A Daniel le gusta follar sin ningún tipo de relación.

Pensé en mi amiga.

Pobre Sophia.

Había encontrado precisamente a alguien que podía jugar bajo las mismas reglas que ella y ahora resultaba que eso tampoco le servía.

—Además —continuó Alessandro—, no quiero saber nada de la vida sexual de Daniel.

—Miren al señor escrupuloso.

Giró la cabeza hacia mí.

—Yo de escrupuloso no tengo nada.

—¿Ah, no?

—Contigo, definitivamente no.

Su tono cambió lo suficiente para hacerme sospechar por dónde iba.

—Prueba de ello es lo que hago cuando entierro la cara entre tus piernas. ¿Te parece que soy escrupuloso?

El calor me subió inmediatamente al rostro.

—Ya. Ya entendí, señor Vitali.

Su sonrisa fue suficiente para saber que había conseguido exactamente la reacción que buscaba.

—Estaciónate ahí —le dije, señalando un lugar antes de que decidiera continuar.

Dejamos el coche y comenzamos a caminar.

Al principio me causaba gracia observarlo.

Alessandro no parecía fuera de lugar exactamente.

Era demasiado seguro de sí mismo para eso.

Pero había algo divertido en verlo caminando conmigo entre turistas, vendedores y personas que iban de un lado a otro, sin Daniel abriéndonos paso ni un restaurante reservado esperándonos.

Recorrimos parte de Central Park.

Nos detuvimos a escuchar a un músico callejero. Entramos en una pequeña tienda porque algo en el escaparate me llamó la atención. Compartimos un dulce comprado en un puesto y discutimos porque Alessandro aseguró que el mío sabía mejor después de haberse comido casi la mitad.

Un rato después señalé otro carrito.

—Quiero un hot dog.

Miró el puesto.

Después a mí.

—Vamos.

—Qué valiente.

—No empieces.

Pedimos dos.

Me quedé observándolo después de que diera el primer bocado.

—¿Y?

Masticó antes de responder.

—Está bueno.

Sonreí triunfante.

—¿Ves? Y tú pensando que morirías envenenado.

—Nunca dije eso.

—Lo pensaste.

—No puedes demostrarlo.

Seguimos caminando mientras comíamos.

Y fue precisamente en uno de esos momentos, cuando no estaba buscando nada en particular, cuando algo detrás de un escaparate consiguió detenerme en seco.

Alessandro, que llevaba la mano entrelazada con la mía, tuvo que detenerse también.

—No puede ser.

—¿Qué pasó, cielo?

Ni siquiera contesté.

Me acerqué al cristal.

Era una pastelería. La vitrina estaba repleta de chocolates, pequeños pasteles, galletas y dulces de distintas clases.

Pero yo solo veía una cosa.

Las cookies de maní.

Las reconocí inmediatamente.

Eran una edición limitada que aparecía de vez en cuando y, cuando era pequeña, habían sido mis favoritas. Hacía años que no las veía.

—No puedo creer que las tengan.

Entonces Alessandro habló detrás de mí.

—Tus favoritas. Las cookies de maní.

Giré la cabeza.

—¿Cómo sabes?

Por un instante pareció buscar la respuesta.

—Tú me lo dijiste.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Yo?

—Sí.

Busqué el recuerdo.

Nada.

—No me acuerdo.

—Pues me lo contaste.

Volví a mirar las galletas.

Quizá sí.

Hablábamos tanto que tampoco podía pretender recordar cada conversación que habíamos tenido. Y, sinceramente, en aquel momento tenía una preocupación mucho más importante.

—Quedan pocas.

Alessandro tiró suavemente de mi mano.

—Entonces vamos antes de que alguien se lleve las tuyas.

Entramos.

Y Alessandro compró todas las que quedaban.

Lo miré cuando la empleada terminó de guardarlas.

—Amor, ¿por qué compraste todas? Yo podía pagarlas.

—Cielo, ¿qué problema hay en querer hacer feliz a mi mujer?

Aquello bastó para borrar cualquier otra cosa de mi cabeza.

—Me gusta eso de tu mujer.