La obsesión de Moretti CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Maximilian

Ya era domingo y, por la luz que entraba a través de los ventanales, debía de estar cerca del mediodía.

Emma dormía sobre mi pecho, con una pierna cruzada sobre la mía. Seguíamos desnudos.

La habitación era el reflejo exacto de la noche que habíamos pasado: ropa desperdigada por el suelo, pétalos arrugados entre las sábanas, velas consumidas y apagadas. El aroma de las flores se mezclaba con otro mucho más íntimo.

Apenas habíamos dormido.

Y no me arrepentía de un solo minuto.

Tenía un brazo alrededor de Emma y el otro doblado detrás de la cabeza mientras miraba el techo. La noche había sido memorable, pero también había confirmado algo que llevaba tiempo sospechando.

Ahora que la había tenido de aquella manera, no conseguía imaginarme compartiendo esa intimidad con ninguna otra mujer.

Emma no tenía experiencia, pero era receptiva, curiosa y mucho menos tímida de lo que ella misma creía. No se quedaba callada cuando algo le gustaba. Tampoco fingía.

Eso me encantaba.

Sentí que se movía sobre mí. Levantó ligeramente la cabeza y sus ojos todavía adormilados encontraron los míos.

—¿Cómo amaneces? Si es que a esto se le puede llamar amanecer.

Su voz estaba ronca. Miró alrededor y sonrió al contemplar el desastre de la habitación.

—Muy bien, preciosa. Ha sido una noche espléndida.

—Claro. No me dejaste dormir prácticamente nada.

—Sí, pero tampoco te vi quejándote.

Me regaló una sonrisa perezosa.

—Eso no significa que no necesite dormir.

—Dormir está sobrevalorado.

—Para ti.

Le apreté suavemente la cadera.

—Para algunas cosas hay que hacer sacrificios, señorita Carter.

—Claro, cómo no.

—Y aun así sigues aquí.

—Porque tengo hambre.

Solté una risa.

—Entonces estás de suerte. Pedí brunch. Lo dejaron hace un rato en el comedor.

Se incorporó sobre un codo.

—¿Y tú a qué hora hiciste todo eso?

—Mientras dormías.

—Ni siquiera me di cuenta de que te levantaste.

—Para que veas que soy rápido.

Me miró con intención.

—Sí, eso ya me quedó bastante claro.

Arqueé una ceja.

—Cuidado con lo que dices.

Ella soltó una carcajada y se apartó antes de que pudiera atraparla.

Nos levantamos. Emma recogió una de mis camisas del suelo y se la puso directamente sobre el cuerpo desnudo. Yo me puse únicamente un pantalón.

Bajamos descalzos al primer piso.

Saqué todo lo que había pedido y lo distribuí sobre la mesa. Había huevos, tostadas francesas, fruta, papas, café, jugos y suficientes cosas como para alimentar a más de dos personas.

Emma miró la mesa.

—¿Esperabas invitados?

—Después de anoche, calculé que necesitaríamos recuperar energía.

—No voy a comentar eso.

—No hace falta.

Nos sentamos a comer. O, mejor dicho, a devorar. Durante toda la noche prácticamente solo habíamos tomado agua y el hambre terminó imponiéndose incluso sobre nuestras ganas de provocarnos.

La mañana se convirtió lentamente en tarde entre conversaciones, comida y momentos en los que simplemente permanecíamos juntos sin necesidad de hacer nada.

Hasta que Emma miró la hora.

—Tengo que bañarme.

Había llevado ropa para cambiarse, así que subió al segundo piso mientras yo recogía lo que quedaba sobre la mesa. Cuando terminé, fui tras ella.

Escuché la ducha antes de entrar al baño. Emma estaba bajo el agua, con los ojos cerrados y el rostro ligeramente levantado. La ducha de cristal dejaba ver perfectamente su silueta desde fuera.

Me quité el pantalón.

Entré.

Rodeé su cintura con las manos y ella abrió los ojos al sentirme. Se volvió hacia mí.

—Señor Vitali, usted es muy insaciable.

—He esperado mucho para tenerte.

No le di tiempo a responder.

La besé mientras el agua caía sobre los dos. La levanté y ella rodeó mi cintura con las piernas. La intimidad volvió a apoderarse de nosotros allí mismo, bajo el agua, urgente y sin el ritmo pausado de la noche anterior.

—Me gusta eso —consiguió decir entre gemidos.

—Sí, cielo. Pues prepárate, porque voy a querer seguir reventando ese coño delicioso que tienes.

Su cuerpo reaccionó inmediatamente a mis palabras.

Y eso era algo que había descubierto durante nuestra primera noche.

Me gustaba hablar durante el sexo.

Siempre había sido directo, pero con Emma era todavía peor. Me gustaba decir exactamente lo que estaba pensando, lo que quería hacerle, lo que me provocaba.

Y a ella le gustaba escucharme.

Podía notarlo en su cuerpo, en la forma en que se aferraba a mí y en cómo cambiaba su expresión cada vez que le decía algo al oído.

Poco después, los dos llegamos al límite.

Más tarde nos arreglamos para salir.

Decidí darle el día libre a Daniel. Tampoco era tan tirano como él aseguraba.

Conduje yo mismo hasta Brooklyn y aparqué frente al edificio de Emma. Ella estaba despidiéndose dentro del coche cuando abrí mi puerta.

—¿Para dónde vas?

La miré, fingiendo estar ofendido.

—¿Cómo que para dónde voy? Ya me siento usado. ¿Me estás echando?

—Obvio que no. Solo preguntaba.

—Voy a acompañarte hasta la puerta de tu apartamento.

Emma salió del coche.

—Ay, como en las épocas de antes.

—Claro. Tengo que cuidar a mi mujer.

Se detuvo.

—¿Ah, sí? ¿Tu mujer? Hablando de eso, tú no me has dicho qué somos.

Continuamos caminando hasta llegar a su puerta.

—¿Todavía no te ha quedado claro?

—No.

—Mi mujer.

Una sonrisa apareció en su rostro.

—¿Tu mujer? Yo pensé que primero se pasaba por novios.

—Tengo treinta y cuatro años, cielo. Yo no tengo novia. Tengo una mujer.

La señalé con la mirada.

—Tú.

—Ay, Alessandro... Tengo que saber más de tu vida. Apenas me estoy enterando de que tienes treinta y cuatro.

Algo se tensó dentro de mí.

Una reacción pequeña, pero inmediata.

Habíamos hablado de tantas cosas y, aun así, había información básica sobre mí que Emma desconocía. Y no porque nunca hubiera tenido oportunidad de contársela.

Había tenido demasiadas.

Noté que me observaba durante un momento, así que relajé la expresión.

—Vas a seguir conociéndome, cielo. A fondo.

La tomé por la cintura, la acerqué y la besé.

Largo.

Profundo.

Lo suficiente para conseguir que dejara de mirarme como si estuviera intentando descubrir qué acababa de pasar por mi cabeza.

Cuando nos separamos, me dio un pequeño empujón.

—Bueno, ahora sí. Bye. Necesito descansar, porque contigo ya veo que no se puede.

—Vuelvo a repetírtelo: no te vi quejándote.

Me dio otros dos besos antes de entrar.

Caminé hacia el ascensor y las puertas ya comenzaban a cerrarse cuando escuché su voz.

—Alessandro.

Detuve la puerta con una mano. Emma seguía junto a la entrada de su apartamento.

—¿Sí?

Sonrió.

—Adiós, hombre mío.

No pude evitar sonreír también.

—Adiós, cielo.

Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas demasiado.

—Te quiero.

Emma se quedó mirándome.

Sorprendida.

No dije nada más.

Era verdad.

Y ya no tenía sentido seguir retrasándolo.

Las puertas del ascensor se cerraron lentamente entre nosotros.

Si hubiera dependido de mí, jamás habría salido de mi cama aquella mañana.

Emma

Cerré la puerta detrás de mí y permanecí unos segundos apoyada contra ella.

Te quiero.

Eso había dicho.

Alessandro me quería.

Una sonrisa apareció sola.

Porque yo también lo quería.

No.

Yo estaba enamorada de él.

Caminé hacia mi habitación y enseguida sentí una punzada entre las piernas.

—Ay, Dios...

Me ardía.

Después de todo lo que habíamos hecho durante la noche y aquella última vez en la ducha, mi cuerpo estaba pasando factura.

Aun así, había valido completamente la pena.

Y entonces, como si la hubiera invocado con el pensamiento, recordé a Sophia.

Si pensaba en las preguntas que me había hecho antes de mi primera vez, ya tenía las respuestas.

Sí, Alessandro tenía un miembro grande.

Y sí, sabía perfectamente qué hacer con él.

La experiencia se le notaba.

Sacudí la cabeza.

¿En qué momento empecé a pensar así?

Me quité la ropa y me puse el pijama.

Sophia sabía que había pasado la noche con Alessandro y, cuando revisé el celular, descubrí que tenía un mensaje suyo.

Sophia: Por favor, Emma, llámame. Mira la hora que es. Por lo que intuyo, la faena estuvo más que buena. Sobra decir que quiero detalles. Te quiero. Tu hermana del alma.

Negué con la cabeza mientras marcaba su número.

Ni siquiera terminó de sonar el primer tono.

—¿Cómo te fue en tu primera de muchas reventadas de coño?

—Sophia. Tan educada como siempre.

—No me interesa ser educada. ¿Cómo te fue? Porque viendo la hora, supongo que muy bien.

—Pues... salimos a cenar y...

—Sí, sí, bla, bla, bla. Ve al grano.

—Qué impaciente eres.

—Emma.

—Está bien. Estuvo muy bien. Obviamente, al principio me dolió, pero después fue espectacular.

—Te lo dije. A ese hombre se le veía desde lejos que era de los que te destrozan en la cama.

—Pues... no estabas equivocada.

—¡Lo sabía!

—Pero aparte de eso... —Hice una pausa—. Le gusta hablar sucio durante el sexo.

Hubo un segundo de silencio.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Por ese suspiro que acabas de soltar, te encantó.

Me quedé callada.

Maldita fuera.

Cada vez que Alessandro me hablaba de aquella manera, mi cuerpo reaccionaba inmediatamente. Pero eso era información que Sophia no necesitaba.

—Siguiente pregunta.

—¿Cómo la tiene? ¿Y sabe darle uso?

—Sí, la tiene bien y sí, sabe usarla.

—Emma, necesito más detalles.

—Pues vas a tener que conformarte con eso.

—Está bien. Me conformo. Pero al menos dime si es grande.

—¡Ya, Sophia! No vamos a seguir hablando del miembro de Alessandro, por Dios.

—Bueno. Sobra decirlo: bienvenida al club. Ahora que ya la probaste, no vas a querer vivir sin una polla nunca más.

Decidí cambiar de tema antes de que fuera capaz de explicarme el abecedario sexual completo de la A a la Z.

—No le dije a Alessandro lo de salir todos juntos.

—¡Ay, Emma! ¿Por qué eres tan mala?

—Sophia, no me dio tiempo.

—Claro. Ya me imagino por qué no te dio tiempo. —Se rio—. Pero de verdad dile. Que sea este viernes, por favor. Tengo turno sábado y domingo, así que el viernes me queda como anillo al dedo.

—Sí, tranquila. Voy a hablar con él.

—Y que no se le ocurra ir sin Daniel.

—Ya entendí que quieres conocer a Daniel.

—Además, tengo que advertirle a Alessandro que, si se porta mal contigo, lo voy a dejar eunuco.

Me reí.