CAPÍTULO 15 #2
—Sí. Te creo capaz.
Los días siguientes pasaron con rapidez.
Alessandro y yo hablábamos todos los días. A veces nos veíamos unos minutos; otras, nuestras conversaciones se alargaban por teléfono hasta que alguno tenía que regresar a sus obligaciones.
Cada vez resultaba más natural hablar de cosas que todavía no habían sucedido.
No eran planes importantes.
Precisamente por eso ni siquiera me daba cuenta de cuánto lo estaba incluyendo en ellos.
Una tarde terminamos hablando de diciembre.
—Siempre he querido pasar una Navidad fuera de Estados Unidos —le dije.
—¿Dónde?
—No sé. Algún lugar que parezca de postal. Suiza, Austria... Tal vez Francia.
—París en diciembre.
—También.
—Podríamos hacerlo.
Lo miré.
—¿Podríamos?
—Claro.
—¿Tú puedes desaparecer así de tu trabajo?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Tengo cierta flexibilidad.
—Ah, claro. El misterioso señor Vitali y su misterioso trabajo.
Se rio y yo continué hablando sin darle demasiada importancia.
—Pues lo voy a recordar. No me vayas a salir en diciembre con que tienes mucho trabajo.
—Lo recordaré.
Otro día hablamos de lugares de Nueva York que quería enseñarme. Después, de algún restaurante al que iríamos cuando hiciera frío. De pasar juntos alguna celebración. De cosas que queríamos hacer el mes siguiente.
Pequeños planes.
Nada extraordinario.
Solo nosotros hablando como si fuera evidente que dentro de semanas o meses seguiríamos estando juntos.
Y para mí lo era.
Un día volvimos a encontrarnos en el café.
Aproveché que estábamos juntos para sacar el tema pendiente.
—Alessandro, ¿podemos salir el viernes a un bar con Daniel?
Me miró fijamente.
—¿Daniel?
Tuve que contener la risa.
—Sí.
—¿Por qué específicamente con Daniel?
—Ay, posesivo. Es por Sophia.
Su expresión cambió.
—¿Y qué tiene que ver Sophia en esto?
—Le dije que tenías guardaespaldas y quiere conocerlo. Y de paso conocerte mejor a ti. Ya te he contado por encima cómo es ella.
—Ah.
Tomó su café.
—Ya me estaba poniendo celoso.
—No, amor. Yo estoy solo contigo.
Sus ojos regresaron a mí.
—Amor.
—¿Qué?
—Me gusta cómo suena eso.
Sonreí.
—Pues sí. Tú eres mi amor.
Durante unos segundos simplemente me observó.
—Cielo, está bien. El viernes salimos.
—Pero no le digas a Daniel que Sophia quiere conocerlo.
—No te preocupes.
—Ella sola se encargará.
Asintió.
Poco después tuvo que marcharse. Ya se había alejado unos pasos cuando lo llamé.
—Alessandro.
Se volvió.
—Yo también te quiero.
Su sonrisa se hizo más grande.
Y durante el resto del día, cada vez que recordaba su expresión, volvía a sonreír.
Le envié un mensaje a Sophia confirmándole que el viernes saldríamos y que Daniel iría.
Su respuesta llegó inmediatamente.
Te amo, amiga. Gracias.
El viernes llegó.
Sophia se había arreglado en mi apartamento porque Alessandro y Daniel pasarían a recogernos allí.
Yo había elegido un vestido marrón chocolate, corto y ceñido al cuerpo. Era strapless y tenía un pequeño detalle fruncido en el centro que rompía la sencillez del diseño. Terminaba bastante por encima de las rodillas y se ajustaba a mis curvas sin necesidad de ningún otro adorno.
Dejé mi cabello castaño suelto. Me caía largo sobre los hombros y por la espalda, y preferí llevarlo así, sin complicarme demasiado.
Sophia había optado por algo completamente distinto.
Su vestido verde brillante también era corto y ajustado, pero tenía varias aberturas en el abdomen unidas de forma asimétrica, dejando pequeñas zonas de piel al descubierto. Con su cascada de cabello rubio cayéndole suelta, se veía espectacular.
La observé cuando terminó de arreglarse.
—Daniel no sabe lo que le espera.
Sophia se miró una última vez.
—Todavía no.
Mi celular vibró.
Era Alessandro.
Alessandro: Estamos abajo.
—Llegaron.
Sophia cogió su bolso.
—Pues vamos.
Bajamos juntas.
Los dos estaban esperando junto al coche.
Alessandro se veía impecable, como siempre.
Daniel, en cambio, no llevaba la ropa que acostumbraba a utilizar cuando trabajaba. Se veía mucho más informal, menos como un guardaespaldas.
No sabía qué le habría dicho Alessandro para conseguirlo.
—Hola —saludamos las dos.
Me acerqué a Alessandro.
—Ella es mi amiga Sophia.
—Ya la conocía —dijo él.
Sophia negó inmediatamente.
—Bueno, conocer, conocer, tampoco. Solo nos vimos una vez.
—Tienes razón.
Ella lo señaló con un dedo.
—Y voy a aprovechar ahora que te tengo enfrente para decirte algo. Si le haces daño a Emma, te voy a dejar sin aparato reproductor del golpe que te voy a dar.
—¡Sophia!
Alessandro, para mi sorpresa, no pareció ofenderse.
—No te preocupes. Nunca le haría daño intencionalmente.
La palabra se quedó conmigo.
Intencionalmente.
¿Por qué había añadido eso?
Lo miré, pero antes de que pudiera preguntarle nada, noté hacia dónde se dirigía la atención de Sophia.
Daniel.
Y por la forma en que lo observó, no había ninguna duda.
Le había gustado.
Daniel también sonreía.
—Él es Daniel —dije.
—Sí, ese soy yo.
Sophia se acercó.
—Mucho gusto.
—Igualmente, Sophia.
Alessandro abrió la puerta trasera.
—Sophia, ¿por qué no te sientas adelante con Daniel?
—Gracias, Alesso.
Alessandro frunció el ceño.
—¿Alesso?
—Claro. Me gusta más que Alessandro, así que lo abrevié.
—Sophia en todo su esplendor.
Alessandro terminó sonriendo.
Durante el camino al club, me di cuenta de que Daniel miraba a Sophia de vez en cuando. Y Sophia, aunque fingía no notarlo, estaba demasiado pendiente de él como para engañarme.
Aquella noche prometía ser interesante.
Maximilian
Emma estaba preciosa.
Y demasiado sexy.
La diferencia ahora era que sabía perfectamente qué había debajo de aquella ropa.
Y quería volver a tenerla para mí.
Pero había otra cosa ocupando mi cabeza.
Aquella semana me había dicho que me quería. Antes de eso, me había dicho que confiaba en mí. Habíamos hablado de diciembre, de viajar, de lugares que quería conocer conmigo, de cosas que haríamos dentro de semanas y meses.
Emma estaba empezando a incluirme en su futuro.
No con grandes declaraciones.
Lo hacía de una manera mucho más peligrosa.
Naturalmente.
Como si mi presencia dentro de unos meses fuera una certeza.
Y yo quería estar en cada uno de esos planes.
El problema era que ella estaba construyendo aquel futuro con una versión incompleta de mí.
Alessandro Vitali.
No Maximilian Alessandro Vitali Moretti.
Me repetía que, cuando descubriera que trabajábamos para la misma empresa, podría explicarle que nuestro encuentro había sido una casualidad.
Pero Emma no era ninguna tonta.
Hasta ahora había conseguido sortear prácticamente cualquier conversación relacionada con nuestros trabajos. Y oportunidades para decirle la verdad no me habían faltado.
Había podido hacerlo en el café.
En mi apartamento.
Durante cualquiera de nuestras llamadas.
Incluso cuando me preguntó si podía ausentarme del trabajo para viajar con ella.
Emma, soy ejecutivo.
Una frase.
Mi empresa es Moretti Group.
Otra más.
Eso era todo.
Pero nunca salían.
Porque cada vez que imaginaba su expresión después de escucharlas, aparecía el mismo miedo.
Perderla.
Y cuanto más tiempo dejaba pasar, más difícil era confesar.
Cuando le dije a Daniel que el viernes saldríamos a un bar, también le advertí que no quería verlo vestido como si estuviera trabajando.
Su respuesta fue inmediata.
—¿Y eso por qué? Siempre me visto así. ¿Ahora cuál es el problema?
—Porque lo digo yo y punto.
Me observó.
—Vamos, Max. ¿Qué pasa?
Daniel podía ser muchas cosas.
Idiota no era una de ellas.
—No voy a entrar a un bar contigo siguiéndome a dos pasos y vestido de guardaespaldas. Ponte ropa normal.
—Aquí hay algo raro.
—No hay nada raro.
—Te conozco, Maximilian Vitali.
Mi mirada se endureció.
—No pronuncies ese apellido ahora.
La diversión desapareció un poco de su cara.
—El reloj hace tic-tac, Max. Aprovecha y dile la verdad antes de que lo descubra sola y algo pequeño termine convirtiéndose en algo enorme.
—¿Y tú qué eres ahora? ¿El jodido psicólogo?
—Yo soy la mano negra de esta historia.
Lo dijo con una sonrisa.
—Lárgate a trabajar.
Hizo un saludo militar.
—Sí, señor.
—Ridículo.
Se marchó todavía riéndose.
Me quedé solo.
Daniel no me había dicho nada que yo no supiera.
El problema era precisamente ese.
Sabía perfectamente lo que se me venía encima.
Y aun así seguía posponiéndolo.
Cuando llegamos al club, el ambiente consiguió apartar el tema de mi cabeza durante un rato.
Salimos a bailar.
Emma estaba de espaldas a mí, moviéndose pegada a mi cuerpo, y rodeé su cintura con ambos brazos mientras seguíamos el ritmo de la música.
Daniel permanecía a unos metros, pendiente de todo lo que ocurría alrededor.
Sophia lo miró.
—Ven, Daniel. A Alesso no le va a pasar nada porque bailes aquí.
—No, señorita. Estoy trabajando.
Emma soltó una risita.
—¿Cierto, Alesso? No hay ningún problema.
Me encogí de hombros.
—Eso depende de Daniel.
—¿Ves? —Sophia extendió una mano hacia él—. Ven.