CAPÍTULO 14 #2
Cerré la carpeta.
—No tiene un mes.
El silencio se hizo absoluto.
—Tiene una semana. Si dentro de siete días esto no está resuelto, queda despedido.
—Sí, señor Moretti.
Me levanté.
—No me haga volver por el mismo problema.
Recogí mis cosas y salí de la sala.
Había llegado hasta donde estaba precisamente porque en los negocios no me temblaba la mano. No había construido Moretti Group teniendo compasión por la incompetencia. El que no estaba preparado para ocupar un puesto simplemente dejaba de ocuparlo.
Los siguientes días transcurrieron entre informes, reuniones y documentos.
Y Emma.
Cada hueco que encontraba era para ella.
La llamaba. Le escribía. Escuchaba su voz durante unos minutos antes de regresar a otra reunión.
La extrañaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Por eso, cuando finalmente emprendí el regreso a Nueva York, lo que me dijo consiguió mejorar de golpe la semana de mierda que llevaba encima.
—Cielo, tenemos que decidir qué vamos a hacer este fin de semana.
Hubo una pequeña pausa al otro lado.
—De eso quería hablarte.
Esperé.
—¿Sí?
Silencio.
Aparté el teléfono de la oreja para comprobar la señal. El internet del avión era bueno, aunque durante el trayecto había zonas en las que podía fallar.
—Cielo, ¿me escuchas?
—Sí.
Su voz sonó distinta.
Nerviosa.
—Es que... quiero dormir contigo este fin de semana.
Me quedé inmóvil.
Durante unos segundos no escuché nada más que el ruido amortiguado del avión.
—¿Alessandro? —preguntó—. ¿Te gustaría?
Ahora el que no encontraba qué decir era yo.
—Claro que sí, joder.
Ella soltó una pequeña risa.
—Bueno. Entonces decide tú dónde. Podemos quedarnos en mi apartamento o en el tuyo.
No tuve que pensarlo demasiado.
Si aquella iba a ser nuestra primera noche juntos —la primera de muchas, si dependía de mí—, quería que fuese especial.
Recordé cuánto le habían gustado las vistas desde mi habitación. El jacuzzi. Manhattan extendiéndose frente a los ventanales.
Y entonces se me ocurrió algo más.
Flores.
Muchas.
Necesitaría ayuda para tenerlo preparado a tiempo.
Daniel iba a arrepentirse de haberse proclamado cupido de mi historia.
—En mi casa —decidí—. Quiero prepararte una sorpresa.
—Alessandro, no tienes que prepararme nada. Con que estés conmigo es suficiente.
Sonreí.
—Cielo, déjame hacerlo.
—Bueno... ya que estás tan generoso, entonces yo te invito a uno de mis restaurantes favoritos.
—Sorpréndeme, señorita Carter.
—Lo haré, cariño.
Seguimos hablando un rato más.
Llegaría demasiado tarde a Nueva York aquel viernes. De haber aterrizado antes, habría ido directamente a buscarla aunque solo fuera para robarle un beso de buenas noches.
Cuando terminamos la llamada, me recosté en el asiento y llamé a la azafata.
—Un whisky doble, por favor.
—Sí, señor.
No habían pasado ni dos minutos cuando lo dejó frente a mí.
Tomé el vaso y observé el movimiento del líquido antes de beber.
Después de la semana que había tenido, Emma acababa de darme la mejor noticia posible.
El sábado llegaría demasiado lento.
Porque una vez la tuviera conmigo, no pensaba desperdiciar ni un minuto.
Emma
El sábado llegó.
Y con él, los nervios.
Esta vez sabía lo que iba a pasar. No había excusas, interrupciones ni un quizá detrás del cual esconderme.
Yo había tomado la decisión.
Me sentía segura con Alessandro. Lo deseaba. Muchísimo.
Aun así, había una parte de mí que temía que me doliera. Era mi primera vez y no podía evitar pensarlo.
Pero estaba preparada.
Habíamos quedado a las siete.
Me tomé mi tiempo para arreglarme. Me di un baño, utilicé mis aceites favoritos, me depilé completamente y después abrí el armario.
Había elegido el vestido varios días antes.
Era largo, de corte tipo kimono, confeccionado en una tela azul clara y fluida cubierta de flores en tonos rojos y rosados. Una lazada ceñía la cintura y la falda descendía hasta los pies, con una abertura lateral que dejaba al descubierto una de mis piernas al caminar.
Me recogí el cabello en un moño bajo y pulido, dejando algunos mechones suaves alrededor del rostro.
Cuando terminé de mirarme en el espejo, tuve que admitirlo.
Había pensado cada detalle.
También lo que llevaba debajo.
Cuando nos encontramos, nos besamos como siempre.
Aunque aquello no fue exactamente como siempre.
Si nuestros besos solían ser devoradores, esa noche había algo más. Una urgencia distinta.
Los dos sabíamos lo que ocurriría cuando finalmente estuviéramos solos entre las cuatro paredes de su habitación.
Y Alessandro no ayudaba.
Llevaba una camisa rosa con las mangas dobladas hasta los codos. En otro hombre quizá habría llamado mi atención el color.
En él solo conseguía hacerme mirar sus brazos.
Seguía viéndose tan masculino como siempre.
Mientras lo observaba, llegué a arrepentirme durante unos segundos de haberlo invitado a cenar primero.
Estos pensamientos míos aparecen cuando menos los necesito.
La cena fue una tortura deliciosa.
La tensión entre nosotros era tan evidente que parecía ocupar el espacio de la mesa. Cada mirada duraba un segundo de más. Cada roce accidental adquiría un significado distinto.
Cuando terminamos, Alessandro se levantó y extendió la mano hacia mí.
—¿Nos vamos?
Puse la mía sobre la suya.
—Sí.
El trayecto hasta su apartamento fue extraño.
No incómodo de una mala manera.
Era peor.
Los dos queríamos arrancarnos la ropa y estábamos fingiendo que podíamos comportarnos como dos personas perfectamente normales.
Cuando finalmente nos despedimos de Daniel y nos quedamos solos, Alessandro me besó un par de veces.
Estaba segura de que se estaba conteniendo.
Las puertas del ascensor se abrieron directamente al penthouse.
Y olvidé durante unos segundos todo lo demás.
Había flores por todas partes.
Ramos de rosas rojas ocupaban distintos rincones del apartamento y decenas de velas iluminaban el camino hacia las escaleras.
—Guau...
Entré despacio.
—Esto está increíble.
Alessandro se acercó por detrás.
—Para ti, lo mejor.
Toqué uno de los pétalos y acerqué el rostro para percibir su aroma.
—Ven —dijo—. Vamos arriba.
Subimos al segundo piso.
Y cuando entré en su habitación, me quedé sin palabras.
Había continuado la decoración allí. Pétalos sobre la cama y esparcidos por el suelo, más flores, más velas.
Detrás de todo aquello, la noche de Manhattan se extendía al otro lado de los enormes ventanales.
Era espectacular.
Me volví hacia él.
Ya no hubo necesidad de decir nada.
Nos besamos.
Esta vez desapareció cualquier contención.
Lengua, dientes, respiraciones desordenadas.
Parecía una guerra en la que ninguno quería ceder.
Sus manos bajaron hasta mis nalgas mientras las mías fueron directamente a los botones de su camisa. Conseguí abrirla y por fin pude ver con claridad el tatuaje que había descubierto días antes.
Su cuerpo mostraba las horas de gimnasio sin resultar exagerado.
No tuve demasiado tiempo para admirarlo.
Alessandro encontró la lazada de mi vestido y la deshizo.
La tela se abrió.
Debajo llevaba la lencería que había comprado aquella misma semana.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo.
—Cielo... estás buenísima.
Sonreí, incapaz de responder.
Me recostó sobre la cama y me quitó los zapatos. Después se deshizo del pantalón y del bóxer, y su erección quedó completamente expuesta frente a mí, prominente y con una ligera curva.
Me quedé mirándolo en silencio.
Alessandro terminó de quitarme el sostén y las bragas.
Y entonces no quedó nada entre nosotros.
Los dos estábamos completamente desnudos.
Decidí dejar la vergüenza a un lado.