CAPÍTULO 14
Emma
Después de aquel fin de semana increíble, empecé la semana con una energía que no había tenido en mucho tiempo. Me sentía renovada, con ganas de trabajar y, para mi desgracia, pensando demasiado en Alessandro.
Sophia consiguió pasar por mi apartamento un rato después del trabajo. Estábamos sentadas en el sofá cuando giró el cuerpo hacia mí con esa expresión que conocía demasiado bien.
—Así que tuviste un buen fin de semana con Alesso.
—Muy bueno. —No pude evitar sonreír—. Sophia, te habrías quedado con la boca abierta. Tiene un apartamento... No. ¿Qué apartamento? Un penthouse divino.
Ella soltó una risa.
—Pues para andar en Rolls-Royce y con chofer, tampoco me sorprende. ¿Pero no te explicó nada?
—No. Y tú sabes cómo soy. Le di su tiempo. Solo le dejé saber que ya me había dado cuenta de que era un pez gordo.
—¿Y qué te dijo?
—Nada. Justo llegamos a su edificio y terminamos hablando de otra cosa.
Sophia se acomodó mejor en el sofá.
—Tienes razón en darle tiempo, pero él también debería empezar a abrirse más contigo.
Me quedé pensativa unos segundos. En eso tenía razón. Alessandro conocía muchas cosas de mí y, aunque cada vez me permitía entrar un poco más en su vida, todavía había partes de él que permanecían cerradas.
Sophia debió notar que el tema comenzaba a ponerse demasiado serio para su gusto porque cambió de expresión.
—Bueno, ¿y comieron? ¿Qué más hicieron?
La suspicacia en sus ojos me hizo arrepentirme inmediatamente de haberle contado algo.
—Nada más. Hablamos de todo y, cuando empezó a hacerse tarde, le dije que nos fuéramos.
Entrecerró los ojos.
—Emma.
—¿Qué?
—No me vas a engañar. Te conozco. Algo pasó. Esa cara te delata.
Mierda.
Sophia me conocía como la palma de su mano.
—¿Qué quieres que te diga?
—Lo que pasó. Y quiero detalles.
—Bien. Te lo voy a contar porque ya estás poniéndote intensita.
Su sonrisa se ensanchó.
—Nos besamos... pero esta vez subimos un poco de nivel.
La boca de Sophia formó una O perfecta.
—Emma, no me digas que por fin te quitó la sequía.
—¡Sophia! ¿Por qué eres tan malhablada?
—Ay, Emma, ya me conoces. ¿Y?
La miré un instante, dudando cuánto estaba dispuesta a confesar.
—Pues... me besó los pechos y me tocó. Ya sabes.
Sophia soltó un grito que me hizo mirar instintivamente hacia la pared, como si nuestros vecinos pudieran escucharla.
—¡Por fin! ¡Por fin!
—Baja la voz.
—¿Y qué sentiste?
El recuerdo me llegó con demasiada facilidad.
—Muy bien.
—¿Muy bien?
—Sí, muy bien. Y eso es todo. Vas a tener que conformarte porque no voy a darte detalles.
Sophia hizo un puchero.
—Eres una mala amiga. Yo sí te cuento mis cosas.
—Pero yo no te pregunto. Tú me las cuentas sola.
—Eso no viene al caso. —Me señaló—. Además, con esos pechos que te mandas, ese hombre debió quedar loco.
La imagen de Alessandro mirándome regresó a mi cabeza. La intensidad de sus ojos. La manera en que me había hablado después.
Sophia sonrió inmediatamente.
—Mírate la cara. Lo sabía.
—¿Qué cara tengo? Y deja de analizarme. No soy uno de tus pacientes.
Ella sabía perfectamente que aquello me daba pena y disfrutaba demasiado aprovechándose.
—Está bien. Te voy a dar tregua... por esta vez.
—Gracias.
—¿Y el papucho de Daniel?
La miré sin entender.
—¿Por qué dices que es un papucho si ni siquiera lo conoces?
—Primero, porque me dijiste que era simpático. Segundo, porque tengo buenos presentimientos.
—Me imagino que está bien. Yo nada más lo saludo cuando Alesso me recoge y me despido cuando me deja.
Sophia se quedó callada unos segundos y la conocía lo suficiente para saber que estaba tramando algo.
—Emma, estaba pensando... Si él siempre anda con Alesso, podríamos hacer una salida los cuatro. Así puedo conocerlo.
—No sé por qué no me sorprende lo que acabas de decir.
—Ayúdame, mala amiga. Ya que no quisiste darme los detalles que merecía, al menos haz eso por mí.
Me reí.
—En realidad, no es mala idea. Así lo conoces.
—Exactamente.
Hizo una pausa.
—Y, sobre todo, conozco a Daniel.
—Esa era la verdadera intención.
—Obviamente.
—Voy a decírselo a Alessandro. Podemos organizar algo.
Continuamos hablando un buen rato hasta que Sophia decidió marcharse. La acompañé hasta la puerta y ya tenía una mano sobre el picaporte cuando se volvió.
Su expresión me puso en alerta.
—Ay, Emma. Para la próxima, porque ya sabemos que va a pasar, quiero detalles de su polla. Cuánto le mide y si la sabe usar bien.
Me tapé la cara con las manos.
—¡Vete!
Le señalé la puerta.
Sophia salió riéndose.
—Te quiero.
—Yo también.
Cerré detrás de ella, todavía avergonzada.
Esa mujer no tenía remedio.
Más tarde hablé con Alessandro.
Todo iba bien hasta que me contó que debía salir de emergencia por un asunto de la empresa. Esta vez no se marcharía del país, pero tendría que viajar a California.
No era Inglaterra.
Aun así, estaba demasiado lejos.
—Te cambió la voz, cielo.
—Pues sí. —Me acomodé en el sofá—. Quería verte este fin de semana y ahora te vas.
—Cielo, voy a regresar como sea antes del fin de semana. Es un imprevisto, nada más. Pero puedes tener la seguridad de que nos veremos.
—Bueno... eso espero.
Escuché la sonrisa en su voz antes de que volviera a hablar.
—Me encanta saber que estás desesperada por verme tanto como yo por verte a ti.
No respondí.
Principalmente porque tenía razón.
Decidí dejar para después lo de la salida con Sophia y Daniel. Nos despedimos y los días siguientes adquirieron una rutina distinta. Alessandro me escribía siempre que podía y, cuando tenía un espacio entre reuniones, me llamaba.
No era lo mismo.
Lo extrañaba.
En la empresa, mientras tanto, todo continuaba con normalidad.
Estábamos trabajando cuando Olivia levantó la vista hacia Marc.
—Marc, ¿qué día exactamente es la reunión anual?
Él siguió revisando unos documentos antes de contestarle.
—Todavía no lo sé. Normalmente nos avisan con unas dos semanas de anticipación.
Ryan se metió inmediatamente en la conversación.
—Pero ellos deben saber la fecha. Una reunión de ese tamaño no se organiza de un día para otro.
—Claro que deben tenerla definida internamente —respondió Marc—. Lo que estoy diciendo es que a nosotros todavía no nos la han comunicado.
Entonces miró directamente a Olivia.
—¿Y cuál es tu obsesión con la reunión anual?
—Lo que ya sabemos. —Olivia bajó la voz, aunque estábamos todos lo bastante cerca para escucharla—. Al parecer, el señor Moretti podría presentarse personalmente este año.
Ryan dejó lo que tenía entre las manos.
—Ese día puedo estar muriéndome y vengo igual.
Nathan, que había permanecido escuchando en silencio, soltó una risa.
Marc nos recorrió con la mirada.
—Bueno, ya estuvo bien de cotilleo. Pónganse a trabajar, porque si no rinden, quizá los que no lleguen a la reunión anual sean otros.
Eso fue suficiente.
Cada uno regresó a lo suyo.
Pero para cuando terminó la semana, la reunión anual de Moretti Group era lo último que ocupaba mi cabeza.
Había tomado una decisión.
No quería esperar más.
Quería dormir con Alessandro el sábado.
No sabía si sería en su apartamento o en el mío. Ni siquiera sabía cómo iba a decírselo sin morir de vergüenza en el intento.
Solo sabía que quería hacerlo.
Lo había extrañado toda la semana y, después de lo que había ocurrido entre nosotros el fin de semana anterior, algo dentro de mí había cambiado.
Esta vez no quería detenerme.
Mi pobre amiga tendría que esperar una semana más para conocer a Daniel.
El sábado era para Alessandro.
Y para mí.
Maximilian
Tuve que salir inmediatamente hacia California porque había balances que no cuadraban en una de las sedes y el problema era demasiado serio para resolverlo desde Nueva York.
Daniel me dejó en mi apartamento la noche antes del viaje.
—Bueno, ¿a qué hora nos vamos?
—Mañana a primera hora. Estoy cansado y no pienso aguantar hoy un viaje de casi seis horas.
Daniel me miró por el retrovisor.
—Qué quejica eres. Avión privado, una suite prácticamente voladora y el señor está cansado por el viaje.
Lo fulminé con la mirada.
Él sonrió.
—Ya, ya. Te dejo tranquilo.
—Sabes que podría contratar otro equipo de seguridad si quisiera.
—Sí, seguramente. Pero entonces perderías al único que te dice las verdades. Además, no creo que haya mucha gente dispuesta a aguantarte ese genio. —Hizo una pausa—. Por lo que veo, la única que conoce tu versión amable es Emma.
—Porque es con quien debe ser.
Abrí la puerta.
—Max.
Me detuve.
—Recuerda que yo soy el cupido de tu historia.
Le mostré el dedo medio sin dignarme a responder y cerré la puerta.
Algún día iba a despedirlo.
No.
Era mentira.
Daniel y yo nos conocíamos desde hacía demasiados años. Había estado conmigo desde que era mucho más joven y, aunque a veces conseguía exasperarme como nadie, sabía que probablemente nunca lo echaría.
Entré al apartamento pensando en una sola persona.
Emma.
A la mañana siguiente volé a California.
Horas después estaba sentado en una sala de reuniones de la sede de Moretti Group, con varios informes abiertos frente a mí y el responsable de aquella división al otro lado de la mesa.
Levanté uno de los documentos.
—Señor Barrigan, explíqueme por qué esto no cuadra.
Vi cómo su nuez se movía antes de responder.
—Señor Moretti, lo que sucede es que una persona... bueno, en realidad un grupo del departamento ha sido incompetente. Ya tomé cartas en el asunto. Ninguno continúa trabajando aquí.
Lo observé durante unos segundos.
—Entonces también debería prescindir de usted.
El hombre palideció.
—¿Señor?
—Si esas personas eran incompetentes, ¿cómo es posible que usted, siendo el encargado de esta sede, apenas se haya dado cuenta?
No respondió.
—Estaba considerando aumentar su participación en determinadas operaciones de la compañía —continué—. Por lo visto, está muy lejos de estar preparado.
Sacó un pañuelo y se secó la frente.
—Señor Moretti, deme una oportunidad. Voy a arreglarlo.
—Eso no es una oportunidad, señor Barrigan. Es su obligación. He tenido que atravesar el país porque usted no fue capaz de detectar lo que ocurría bajo su responsabilidad.
—En menos de un mes puedo tenerlo todo solucionado.