La obsesión de Moretti CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

—Cuando hagas algo conmigo, quiero que sea porque te mueres de ganas de hacerlo. No porque creas que tienes que devolverme un favor.

Y ahí estaba otra vez.

Esa contradicción suya que cada día me desconcertaba un poco más.

Podía ser dominante.

Posesivo.

Provocador hasta conseguir que quisiera esconderme debajo de una almohada.

Pero también escuchaba.

Preguntaba.

Y se detenía.

Había ido a mi pequeño apartamento sin importarle absolutamente nada de lo que yo tenía.

Habíamos pasado horas juntos haciendo cosas normales.

Y ahora, rodeada de un lujo que no se parecía en nada a mi vida, seguía sintiendo que lo importante era él.

Mi Alessandro.

El pensamiento apareció con demasiada naturalidad.

Mi Alessandro.

Oh.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada.

—No te creo.

—No tienes que creerme.

Me incliné y lo besé.

No quería analizar todavía lo que acababa de comprender.

Porque la palabra era demasiado grande.

Y yo llevaba toda la vida teniendo miedo de querer demasiado a alguien.

Horas después, cuando finalmente decidimos que era momento de irnos, Alessandro tuvo que esperar un poco antes de levantarse.

—Dame un minuto.

—¿Por qué?

Me señaló su pantalón.

—Por eso.

Me reí.

—No te burles de mi sufrimiento.

—Pobrecito.

—Cero compasión.

—Ninguna.

—Te voy a recordar esto.

—Qué miedo.

Fui bajando mientras él se quedaba unos minutos en la habitación.

En la primera planta volví a observar el apartamento.

Mi vida y la de Alessandro eran muy diferentes.

Yo vivía en un apartamento pequeño en Brooklyn.

Él tenía un penthouse en Manhattan con ascensor privado y una vista que parecía no terminar.

Yo todavía estaba haciendo prácticas.

Él hablaba de empresas, inversiones y viajes internacionales como parte normal de su trabajo.

Debería haberme intimidado.

En cambio, después de pasar el día allí, lo que recordaba no era cuánto podía costar aquel apartamento.

Recordaba que apenas sabía cocinar.

Que podía bromear conmigo.

Que me había confesado que su casa a veces se sentía vacía.

Y que minutos atrás había detenido sus propias ganas porque yo todavía no estaba preparada.

Escuché sus pasos.

Alessandro apareció.

—¿Lista?

—Sí.

Extendió la mano.

La tomé.

Daniel nos esperaba abajo.

Durante el camino de regreso, Alessandro me mantuvo cerca de él. Nuestras manos permanecieron unidas sobre mi pierna.

Cuando el auto se detuvo frente a mi edificio, giré hacia él.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por hoy.

—No tienes que agradecerme.

—Me encantó conocer tu casa.

—Entonces vuelve.

—¿Eso es una invitación?

—Es una advertencia.

—Ya veremos.

Me acerqué y lo besé.

Cuando intenté apartarme, su mano llegó a mi cintura.

—Y otra cosa.

—¿Qué?

Su mirada bajó descaradamente hacia mi escote.

—Me debes una explicación.

—¿De qué?

—De dónde demonios estabas escondiendo todo eso.

Tardé un instante en entenderlo.

—¡Alessandro!

—¿Qué?

Me cubrí el pecho con una mano.

—Eres un descarado.

—Cielo, después de esta noche ya no puedes fingir que no sé lo que hay debajo de ese vestido.

—Pues olvídalo.

—No puedo.

—Vas a tener que intentarlo.

—No pienso hacer semejante esfuerzo.

Intenté abrir la puerta.

Me sujetó de la cintura.

—Ven aquí.

—No.

—Emma.

—No después de hablar de mis senos como si acabaras de descubrir América.

—No estaba hablando de América.

—Eres un caso.

—Y tú tienes unos senos preciosos.

—¡Alessandro!

Me besó antes de que pudiera seguir protestando.

Cuando finalmente me soltó, seguía con esa expresión satisfecha que me daban ganas de borrar de su cara... besándolo otra vez.

—Ahora sí. Buenas noches, cielo.

—Idiota.

—Te llamo cuando llegue.

—Está bien.

Bajé del auto.

Antes de entrar al edificio miré una vez hacia atrás.

Seguía allí.

Entré.

Subí a mi apartamento.

Y esa noche, mientras me quitaba los zapatos y dejaba el bolso sobre la mesa, ya no pude seguir fingiendo que aquello era simplemente conocer a alguien.

Me importaba cuándo llamaba.

Lo extrañaba cuando no estaba.

Quería conocer las partes de él que todavía mantenía cerradas.

Quería volver a su casa.

Quería que volviera a la mía.

Quería acostarme con él.

Pero era más que deseo.

Muchísimo más.

Y precisamente eso era lo que debería haberme dado miedo.

Había perdido a demasiadas personas como para no saber lo peligroso que era convertir a alguien en importante.

Durante años había sido cuidadosa con eso.

Con Alessandro no lo estaba siendo.

Y por primera vez no quería serlo.

Me estaba enamorando de él.

Maximilian

Daniel conducía hacia mi apartamento mientras yo miraba la ciudad por la ventanilla.

Emma había estado en mi casa.

En mi habitación.

En mi cama.

Pero, de todo lo ocurrido aquel día, había algo que pesaba mucho más.

La confianza con la que había entrado en mi mundo.

Había querido conocer dónde vivía, hacerme preguntas, descubrir cosas de mí que hasta ahora no había necesitado saber.

Y después, en mi habitación, me había permitido acercarme a ella de una manera que no admitía juegos.

Me había dicho lo que quería.

También dónde estaba su límite.

Y había confiado en que yo lo respetaría.

Lo había hecho.

No porque me faltaran ganas de continuar.

Joder, precisamente ese había sido el problema.