CAPÍTULO 13 #2
Antes de que llegara me había asegurado de que no hubiera nada a la vista que pudiera relacionarme directamente con Moretti.
Ni documentos.
Ni correspondencia.
Ni fotografías.
Nada.
Le enseñé la primera planta.
Mi oficina.
Una habitación para invitados.
Las áreas de servicio.
Después subimos.
—¿Cuántas habitaciones tiene esto?
—Las suficientes.
—Eso no es un número.
—Cinco.
Se detuvo.
—¿Y aquí vives tú solo?
—Sí.
—Definitivamente tienes un problema con el espacio.
—Lo bueno es que vas a empezar a venir más seguido.
Giró hacia mí.
—Te veo muy seguro.
—Lo estoy.
—¿Y si digo que no?
—Volveré a preguntarte otro día.
—¿Y si vuelvo a decir que no?
—Tendré que aceptar la tragedia.
Me estudió unos segundos.
—No pareces un hombre que acepte bien las derrotas.
—Porque no las acepto bien.
—Eso sí te lo creo.
Llegamos finalmente a mi habitación.
Emma entró primero.
La cama estaba orientada hacia otro enorme ventanal.
Se acercó.
—No puede ser.
—¿Qué?
—¿Te acuestas viendo esto?
—Y despierto viendo lo mismo.
—Qué sufrimiento.
—Terrible.
—Ahora entiendo por qué compraste este lugar.
—La vista tuvo bastante que ver.
Se quedó frente al cristal.
Yo me quedé mirándola a ella.
Su vestido azul marcaba cada curva.
Había conseguido torturarme durante todo el puto día con aquel escote.
Y lo sabía.
Claro que lo sabía.
Me acerqué por detrás y la rodeé con los brazos.
Emma se giró entre ellos y, antes de que pudiera decir una palabra, buscó mi boca.
Esta vez su beso fue diferente.
Más carnal.
Más seguro.
Joder, me tenía a mil.
La sujeté por la cintura y fui avanzando con ella sin apartarme de su boca hasta que la parte posterior de sus piernas chocó contra la cama.
Emma se dejó caer sobre el colchón.
Me coloqué encima de ella, sosteniendo parte de mi peso con un brazo.
Seguimos besándonos.
Podía sentirlo en la forma en que me buscaba.
En sus manos sujetándome.
En cómo me atraía nuevamente hacia ella cada vez que nuestras bocas se separaban.
Dejé sus labios y bajé por la línea de su mandíbula.
Después por su cuello.
Emma inclinó la cabeza y mis besos continuaron hasta alcanzar la piel que dejaba libre el escote.
Bajé un poco más.
Hasta el centro de sus senos.
Sus dedos se hundieron en mi cabello.
Aparté la tela del vestido.
Y entonces lo descubrí.
No llevaba sostén.
Joder.
—¿Viniste así desde tu casa?
—Sí.
—¿Y pretendías que yo me comportara?
—Ese ya no es asunto mío.
La miré.
Definitivamente estaba aprendiendo demasiado rápido.
Aparté un poco más la tela y sus pechos quedaron expuestos ante mí.
Era la primera vez que los veía.
Generosos.
Suaves.
Con los pezones endurecidos ante mi mirada.
Llevaba semanas imaginando cómo sería tenerla así y la realidad consiguió superar cualquier cosa que hubiera pasado por mi cabeza.
Bajé la boca hacia uno de ellos.
Emma apretó los dedos alrededor de mi cabello.
La besé primero, recorriendo su piel sin prisa, hasta llegar a su pezón. Mi lengua dibujó lentamente el contorno de su areola antes de cerrar la boca sobre él.
—Alessandro...
El sonido de mi nombre consiguió que mi autocontrol se redujera todavía más.
Pasé de un pecho al otro con un hambre que ya no tenía ninguna intención de esconder. Mientras mi boca se ocupaba de uno, mi mano acariciaba y masajeaba el otro.
Emma me agarró con más fuerza del cabello.
—No pares.
No pensaba hacerlo.
Volví al otro pecho, alternando entre ambos, besándolos y recorriéndolos con la lengua mientras Emma se arqueaba debajo de mí.
Mi mano libre bajó por su cintura.
Continuó por su cadera.
Después por su muslo.
Hasta llegar al borde de sus panties.
Me detuve.
Levanté la mirada.
—¿Puedo?
Emma sabía perfectamente qué estaba preguntando.
—Sí.
Deslicé la mano bajo la tela.
Su cuerpo reaccionó inmediatamente.
Continué besando sus pechos mientras la acariciaba, prestando atención a cada movimiento suyo, a cada cambio en su respiración y a la forma en que sus piernas me acercaban más.
Emma volvió a pronunciar mi nombre.
Esta vez de otra manera.
Seguí.
Mi boca pasó nuevamente de un pecho al otro mientras mi mano continuaba entre sus piernas.
—Alessandro...
—Estoy aquí.
Sus dedos tiraron de mi cabello.
La sentí cada vez más tensa debajo de mí hasta que finalmente su cuerpo cedió.
Emma se aferró a mí mientras el orgasmo la atravesaba.
No aparté la mano inmediatamente.
Tampoco mi boca.
Fui disminuyendo las caricias poco a poco hasta sentir cómo su cuerpo empezaba a relajarse.
Entonces levanté la cabeza.
Emma tenía los ojos cerrados.
Me quedé mirándola.
Verla así, confiando en mí incluso en algo tan íntimo, consiguió que el deseo dejara de ser lo único que importaba.
Me incliné y la besé.
Cuando intenté volver a acercarme, Emma apoyó una mano sobre mi pecho.
Me detuve de inmediato.
—¿Quieres seguir?
Abrió los ojos.
—Sí... pero no quiero llegar hasta el final. Todavía no.
—Está bien.
Me observó durante unos segundos.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
—Pensé que... no sé.
—No tienes que explicarme nada, Emma.
Permaneció mirándome antes de asentir.
—Sí quiero seguir contigo. Solo que hoy no quiero llegar más lejos.
—Entonces hoy no llegamos más lejos.
Su expresión se relajó.
—No tengo experiencia.
Lo sabía.
Pero escucharla decírmelo directamente a mí era diferente.
—No tienes que tenerla.
—Es que no sé qué estoy haciendo.
—Cuando quieras algo, me lo dices. Cuando no lo quieras, también. Lo demás lo descubrimos.
Emma guardó silencio unos segundos.
Después miró hacia su pecho y nuevamente hacia mí.
—¿Y si quiero que sigas besándome los pechos?
Joder.
—Eso sí puedo hacerlo.
—Entonces quiero eso.
No necesitaba que me lo repitiera.
Volví a inclinarme sobre ella.
Emma recibió mi boca con una sonrisa que desapareció en cuanto volví a besar uno de sus pechos.
Sus manos regresaron a mi cabello.
Y yo volví a perderme en ella.
Un rato después me hice a un lado.
Emma permaneció recostada, todavía recuperándose.
La observé.
Tenía el cabello completamente desordenado sobre la cama, el labial casi desaparecido y ambos pechos todavía expuestos porque el vestido seguía apartado.
Abrió los ojos.
Siguió mi mirada.
Y entonces se dio cuenta.
—¡Alessandro!
Se apresuró a cubrirse y comenzó a acomodarse el vestido.
—¿Qué?
—Podrías haberme avisado.
—Estaba ocupado mirando.
—Descarado.
Terminó de colocar la tela en su sitio.
Una verdadera lástima.
—Qué injusticia.
—Se acabó el espectáculo.
—No estaba preparado.
—Sobrevivirás.
—No estoy seguro.
Emma
Si Sophia pudiera verme en ese momento, no volvería a dejarme vivir tranquila.
Y lo peor era que por primera vez probablemente tendría que darle la razón en muchas cosas.
Estar con Alessandro se sentía demasiado bien.
Sus besos.
Sus manos.
La manera en que había conseguido hacerme perder por completo la noción de dónde estaba.
Y, sobre todo, que hubiera parado.
No había intentado convencerme.
No había utilizado el momento para llevarme más lejos.
Yo había dicho hasta dónde quería llegar y Alessandro simplemente había aceptado.
Había pensado muchas veces en mi primera vez.
No de una manera romántica y perfecta.
Simplemente sabía que algún día ocurriría.
Ahora sabía con quién quería que fuera.
Con él.
No esa noche.
Todavía no estaba preparada para dar ese paso.
Pero ya no tenía dudas de que, cuando lo estuviera, quería que fuera Alessandro.
Me incorporé un poco.
Entonces miré hacia abajo.
La reacción de su cuerpo era imposible de ignorar.
Volví a mirarlo a la cara.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—No te hagas.
—Cielo, estoy perfectamente.
—Eso no parece perfectamente.
Miró hacia abajo.
—Él tiene otra opinión.
Me tapé la cara.
—No puedo creer que acabes de decir eso.
—Tú preguntaste.
—¿Quieres que...?
Ni siquiera sabía cómo terminar la frase.
Alessandro apartó mis manos de mi cara.
—No.
—Pero yo...
—Emma.
Esperó hasta que lo miré.
—No me debes nada porque yo te haya hecho sentir bien.
Me quedé callada.