La obsesión de Moretti CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Emma

Había dormido poco.

No porque estuviera preocupada ni porque algo hubiera salido mal la noche anterior.

Todo lo contrario.

Cada vez que cerraba los ojos recordaba alguna parte de lo que había ocurrido en mi sofá.

Mis piernas alrededor de Alessandro.

Sus manos sobre mí.

La forma en que había cambiado su voz cuando me moví contra él.

Y, sobre todo, recordaba que había sido yo quien había querido hacerlo.

Después de llegar a casa me llamó.

—Preciosa, acabo de llegar.

—¿Todo bien?

—Sí. Aunque no quería irme.

Me acomodé mejor entre las almohadas.

—Lo bueno es que mañana voy a conocer tu mundo.

—Una parte.

—¿Solo una parte?

—No seas ambiciosa.

—Mira quién habla.

Seguimos conversando unos minutos más hasta despedirnos.

Ahora era domingo y, mientras terminaba algunas cosas en casa, llegó su mensaje.

Alessandro: Cielo, acuérdate de que te recojo a las doce. Un beso.

Como si pudiera olvidarlo.

Le respondí y fui a prepararme.

Después de la noche anterior, elegir ropa se sintió sospechosamente diferente.

Terminé poniéndome un vestido azul corto, sin mangas y con cuello camisero.

La tela se ajustaba en la parte superior antes de abrirse ligeramente desde la cintura.

Tenía botones delanteros, un cinturón de la misma tela anudado alrededor de mi cuerpo y un escote bastante más pronunciado de lo que acostumbraba a llevar durante el día.

Me observé de frente.

Luego de lado.

Mis pechos nunca habían sido precisamente discretos y aquel vestido no hacía ningún esfuerzo por ocultarlos.

Perfecto.

La idea apareció antes de que pudiera detenerla.

Si terminábamos como ayer, el vestido facilitaría bastante las cosas.

Me quedé mirando mi propio reflejo.

Sophia estaría orgullosa.

O preocupada.

Probablemente orgullosa.

Podía escucharla perfectamente:

Zorrona te estás poniendo.

No había hablado con ella esa mañana. Había cubierto un turno nocturno y, cuando eso ocurría, podía dormir hasta bien entrada la tarde.

Dejé el cabello suelto y liso, cayendo sobre mis hombros, elegí unos pendientes sencillos y terminé con labial rojo.

El teléfono sonó poco antes del mediodía.

—Estoy abajo.

—Ya voy.

Cogí el bolso y salí.

Daniel esperaba junto al auto.

—Buenas tardes, Emma.

—Buenas tardes, Daniel.

Me abrió la puerta.

Alessandro estaba dentro.

Y dejó de hacer lo que estaba haciendo en cuanto me vio.

Su mirada empezó en mi cara.

Bajó despacio por mi escote, continuó hasta mis piernas y finalmente regresó a mis ojos.

Me acomodé en el asiento.

—Hola.

—Cielo...

—¿Qué?

—Cada vez me lo pones más difícil.

—Yo vine normal.

—Claro.

Me acerqué y le di un beso.

El auto arrancó.

Durante buena parte del camino llevamos las manos entrelazadas. Salimos de Brooklyn y entramos en Manhattan.

Yo observaba la ciudad por la ventanilla mientras Alessandro me contaba algo sobre la semana que acababa de pasar, hasta que el vehículo redujo la velocidad frente a una torre tan alta que tuve que inclinar la cabeza para intentar encontrar el final.

Miré el edificio.

Después a él.

—¿Vives aquí?

—Sí.

—Claro que sí.

Sonrió.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Emma.

—Que cada vez confirmas más mis sospechas.

—¿Cuáles?

—Que eres un pez gordo.

El vehículo continuó hacia un acceso privado.

Minutos después, Alessandro y yo entrábamos en un ascensor que parecía no tener intención de detenerse pronto.

Miré el panel.

Después a él.

—¿Todavía falta?

—Un poco.

—Por supuesto.

Se acercó.

—¿Te estás quejando?

—Estoy intentando averiguar si vamos a un apartamento o al cielo.

—Cuando lleguemos me dices.

Las puertas se cerraron.

No habían pasado ni cinco segundos cuando me tomó de la cintura.

—¿Qué haces?

—Llevo todo el camino comportándome.

Su boca cayó sobre la mía.

Le devolví el beso sin pensarlo. Mis manos llegaron hasta su cuello y las suyas me acercaron contra él.

—Así que esto era lo que no debías pensar —murmuré contra su boca.

—Esto era de lo más decente.

—No quiero saber el resto.

—Mentirosa.

Volvió a besarme.

El sonido del ascensor anunció nuestra llegada.

Alessandro se separó y las puertas se abrieron.

Me olvidé hasta del beso.

El ascensor desembocaba directamente dentro del apartamento.

Di dos pasos y me detuve.

La sala era enorme, pero no fue el tamaño lo que consiguió dejarme sin palabras.

Fueron los ventanales.

Se extendían de piso a techo alrededor de buena parte del espacio y Manhattan parecía continuar detrás del cristal.

Sofás amplios en tonos crema, sillones claros, mesas de madera oscura y una decoración elegante sin resultar excesiva.

Al fondo se encontraba el comedor, también rodeado por aquella vista interminable.

Todo parecía cuidadosamente elegido.

Sin una sola cosa fuera de lugar.

Era precioso.

Impecable.

Y, de alguna manera, muy Alessandro.

Sentí su mano en mi cintura.

—¿Te quedaste sin palabras?

Giré hacia él.

—Estoy calculando cuántos de mis apartamentos caben aquí.

—Emma.

—Voy por cuatro y todavía me sobra sala.

—Bienvenida a mi casa, cielo.

Me acerqué a uno de los ventanales.

—Es impresionante.

—Tiene buena vista.

Giré inmediatamente.

—¿Buena? Alessandro, desde aquí casi puedes revisar si la Estatua de la Libertad necesita mantenimiento.

—Puedo llamar mañana.

—No me sorprendería que conocieras a alguien.

—Siéntete como en casa.

—Eso va a estar difícil.

—¿Por qué?

Hice un gesto alrededor.

—Porque mi casa cabe varias veces aquí.

—Y me gustó más de lo que imaginas.

Lo miré.

—¿En serio?

—En serio. La tuya tiene algo que esta no.

—¿Qué?

Observó la sala.

—Vida.

La respuesta me tomó desprevenida.

—Aquí todo está en su sitio —continuó—. Todo funciona, todo está exactamente donde debe estar... pero a veces parece demasiado vacío.

—Porque vives solo en una casa para veinte personas.

—Probablemente.

—Ese puede ser el problema.

—Quizá tengas que venir más seguido para comprobarlo.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—Qué seguridad.

—No suelo hacer planes pensando que van a salir mal.

Eso era muy Alessandro.

—¿Quieres comer? Ya pasó el mediodía.

—Todavía no tengo hambre. Pero aceptaría algo de tomar.

—Tengo agua, agua con gas, refrescos, vino...

—¿Tienes sangre humana también o todavía no llegamos a ese nivel de millonario misterioso?

—Solo los jueves.

Me reí.

—Agua con gas está bien.

Nos instalamos en la sala.

Intenté contenerme.

Duré aproximadamente diez minutos.

—Tengo una pregunta.

—Sabía que llegaría.

—¿Cómo hizo el señor Vitali para llegar a tener todo esto?

No apartó los ojos de mí.

—Mi familia siempre ha estado vinculada a empresas e inversiones. Yo continué por ese camino y actualmente manejo varias.

Esperé.

Nada más.

—Esa fue una respuesta muy ejecutiva.

—Me preguntaste. Respondí.

—Técnicamente.

—¿Quieres mi declaración de impuestos?

—Todavía no.

—Avísame cuando lleguemos a ese nivel de confianza.

Cogí uno de los cojines y se lo lancé.

Lo atrapó antes de que pudiera darle.

No insistí.

Alessandro podía ser increíblemente directo para unas cosas y hermético para otras. Quizá había heredado parte de aquello. Quizá había hecho crecer negocios familiares.

No lo sabía.

Y por primera vez entendí que quería saberlo.

No por el dinero.

Quería conocerlo a él.

Sus padres.

De dónde venía.

Qué había ocurrido para convertirlo en un hombre que parecía necesitar tener cada cosa bajo control.

Pero no quería arrancarle respuestas.

Yo había tardado en contarle mi historia.

Él tendría derecho a encontrar su propio momento.

Maximilian

Había sabido que preguntaría.

Lo sorprendente era que hubiera tardado tanto.

La respuesta había sido cuidadosamente cierta.

Mi familia había estado vinculada a empresas.

Yo manejaba varias.

No había mentido.

Simplemente había dejado un abismo entero entre una verdad y la siguiente.

Emma no insistió.

Eso debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

Porque cada vez que ella respetaba uno de mis silencios me resultaba más evidente la confianza que estaba depositando en mí.

Y yo sabía exactamente qué estaba haciendo con ella.

Cambiamos de tema.

Pasamos buena parte de la tarde hablando de cualquier cosa. Emma quiso saber si alguna vez utilizaba realmente todos los espacios del apartamento.

La respuesta era no.

Descubrió que apenas sabía hacer algunas cosas en la cocina.

Eso pareció divertirla muchísimo.

Cuando llegó la noche pedí la cena.

Emma miró los recipientes cuando los dejaron.

—Tengo una duda.

—A ver.

—¿Cómo ha llegado el señor Vitali tan lejos en la vida sin aprender a cocinar?

—Delegando.

—Eso no cuenta.

—Es una habilidad.

—No en la cocina.

—Cielo, te repito, apenas me defiendo en los quehaceres de la cocina.

Se quedó mirándome.

—No puede ser.

—No todos nacemos con todos los talentos.

—Qué duro debe ser para tu ego reconocer una debilidad.

—Tengo pocas. Puedo permitírmelo.

—Ahí está. Ya me parecía extraña tanta humildad junta.

Comimos sin prisa.

Con Emma el silencio no era incómodo. Podíamos hablar durante veinte minutos y después quedarnos comiendo sin sentir la obligación de llenar cada segundo.

Aquello era nuevo para mí.

Cuando terminamos, ella empezó a recoger.

—Te ayudo con los platos.

—Déjalos.

—Puedo ayudarte.

—Eres mi invitada.

—Qué caballero.

—No se lo digas a nadie. Tengo una reputación.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

Las palabras fueron inocentes.

A mí me golpearon de otra manera.

Tu secreto está a salvo conmigo.

Si supieras.

Emma se alejó hacia el ventanal.

La ciudad que había visto iluminada por el sol cuando llegó era completamente distinta ahora. Manhattan brillaba detrás del cristal. Miles de luces se extendían debajo de nosotros y se reflejaban sobre los ventanales.

Me acerqué por detrás y rodeé su cintura.

—Tenías razón —dijo—. De noche es todavía más bonita.

—Por eso compré este lugar.

—¿Solo por la vista?

—Fue una de las pocas cosas que consiguió convencerme.

—Qué difícil eres de impresionar.

—Depende de lo que tenga delante.

Me miró directamente.

Sabía que había entendido.

No añadí nada más.

La besé.

Ella respondió inmediatamente.

Cada día había menos vacilación entre nosotros.

Cuando nos separamos le pregunté:

—¿Quieres conocer el resto?

—Llevo horas esperando que me lo propongas.

—Curiosa.

—Muchísimo.