La obsesión de Moretti CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

Y precisamente por eso volví a mover las caderas.

Esta vez sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Sus manos se cerraron con más fuerza sobre mis nalgas.

—Cielo, no hagas eso si esperas que siga comportándome.

—¿Y quién dijo que espero eso?

Su expresión cambió.

Creo que acababa de sorprenderlo.

—Repítelo.

—Me escuchaste.

Me besó antes de que pudiera decir nada más.

Su boca tomó la mía con una intensidad que me hizo aferrarme a sus hombros.

Sus manos continuaron masajeándome mientras yo volvía a moverme contra él.

La fricción consiguió que un pequeño sonido escapara de mi garganta.

Alessandro se detuvo apenas.

Sus ojos fueron directamente a los míos.

—Hazlo otra vez.

Sentí calor hasta en las mejillas.

—¿Qué cosa?

—Ese sonido.

—No sé de qué hablas.

—Mentirosa.

Me besó otra vez.

Su boca abandonó la mía y descendió hasta mi mandíbula. Después llegó a mi cuello.

Incliné la cabeza sin que tuviera que pedírmelo.

Sentí sus labios sobre mi piel.

Una vez.

Otra.

Después sus dientes rozaron suavemente un punto que consiguió que mis dedos se cerraran en su cabello.

—Alessandro...

—Eso también me gusta.

El teléfono sonó sobre la mesa.

Ninguno se movió.

Volvió a sonar.

Alessandro separó la boca de mi cuello y miró el aparato como si acabara de convertirse en su peor enemigo.

—Voy a despedirlo.

Me reí contra su hombro.

—No puedes despedir a Daniel porque llegó cuando tú le dijiste.

—Puedo intentarlo.

—Contesta.

Me mantuvo sobre él mientras estiraba un brazo para coger el teléfono.

—¿Sí?

Escuchó durante unos segundos.

—Bajo en unos minutos.

Colgó.

No hizo ningún esfuerzo por apartarme.

—¿No te ibas?

—Todavía no.

—Alessandro.

Sus manos volvieron a mi cintura.

—Si me sigues diciendo que me vaya mientras estás sentada encima de mí, el mensaje resulta confuso.

Esta vez fui yo quien lo besó.

Uno corto.

Luego otro.

Y otro.

Cuando intenté levantarme, me sujetó por la cintura y me atrajo una última vez.

—Mañana.

—Mañana.

—No cambies de opinión.

—No voy a cambiarla.

—Bien.

—Qué mandón.

—Todavía no has visto nada.

Lo empujé suavemente por el pecho.

—Vete.

Se puso de pie.

Lo acompañé hasta la puerta.

Antes de salir volvió a besarme.

—Buenas noches, cielo.

—Buenas noches.

—Y ponte algo menos peligroso mañana.

Miré mi ropa.

—¿Esto te parece peligroso?

Sus ojos descendieron lentamente por mi cuerpo antes de regresar a mi cara.

—En ti, sí.

—Ese es problema tuyo.

—Definitivamente.

Cerré la puerta después de verlo alejarse.

Me quedé allí unos segundos.

Después miré mi apartamento.

Era exactamente el mismo de esa mañana.

Pero algo había cambiado.

Alessandro acababa de entrar en mi espacio.

Había estado sentado en mi sofá, había visto mis fotografías, había comido conmigo y había conocido una parte de mi vida que no tenía nada de espectacular.

Y mañana sería yo quien entraría en la suya.

Maximilian

Entré al auto y Daniel arrancó.

No dije nada durante los primeros minutos.

Todavía sentía el cuerpo de Emma sobre el mío.

Sus manos en mi cabello.

El movimiento de sus caderas.

Y, sobre todo, la manera en que me había mirado antes de hacerlo por segunda vez.

Consciente.

Joder.

Esa mujer estaba aprendiendo demasiado rápido lo que provocaba en mí.

Dos semanas lejos habían sido una tortura.

Volver tampoco estaba ayudando demasiado.

—¿Todo bien? —preguntó Daniel.

Lo miré.

—Conduce.

—Solo preguntaba.

Volvió la atención a la calle.

Me acomodé contra el asiento.

Me había gustado el apartamento de Emma.

No tenía nada que ver con los lugares en los que yo estaba acostumbrado a vivir.

Era pequeño.

Sencillo.

Acogedor.

Había libros, fotografías, plantas, pequeños objetos escogidos por ella y rincones que hablaban de su vida sin necesidad de explicaciones.

Ahora podía imaginarla allí.

Cocinando.

Leyendo en aquel sofá.

Hablando con Sophia durante horas.

Quedándose dormida después de trabajar.

Pero había algo que me gustaba todavía más.

Yo no había tenido que buscar aquella información.

No había necesitado pedirle nada a Daniel.

Emma me había invitado.

Y eso hacía toda la diferencia.

Mañana ocurriría lo contrario.

Emma conocería mi apartamento.

Mi espacio.

Una parte de la vida de Alessandro Vitali que inevitablemente se parecía demasiado a la de Maximilian Moretti.

No podía ocultar el dinero.

Ya había visto el Rolls-Royce.

Los restaurantes.

El chofer.

Mis viajes.

Sabía que ocupaba una posición importante.

Hasta ahora eso había sido suficiente.

Mañana sería diferente.

Una cosa era verme llegar en un buen auto o saber que viajaba por trabajo.

Otra era entrar en mi apartamento y comprobar hasta dónde llegaba realmente mi forma de vivir.

Tendría preguntas.

Y Emma era demasiado inteligente para conformarse eternamente con respuestas a medias.

Podía contarle que había construido una carrera importante, que manejaba inversiones, que mi trabajo me obligaba a moverme entre empresas y países.

Nada de eso sería mentira.

El problema estaba en todo lo que tendría que dejar fuera.

Porque Alessandro Vitali podía abrirle la puerta de su apartamento.

Maximilian Moretti todavía no podía abrirle la de su vida.