CAPÍTULO 12 #2
Los días continuaron pasando hasta que finalmente llegó el fin de semana.
Estaba terminando de arreglarme las uñas cuando sonó el teléfono.
Alessandro.
—Hola.
—Hola, cielo. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Excelente. ¿Dónde estás?
—En mi apartamento.
—Quiero verte hoy.
Me incorporé inmediatamente.
—¿Estás en Nueva York?
—Desde hace unas horas.
La alegría me salió antes de poder disimularla.
—¿A qué hora?
—Tenemos dos semanas que recuperar. Después del mediodía, si puedes.
Miré alrededor.
Y entonces se me ocurrió.
Hasta ese momento casi todos nuestros encuentros habían ocurrido fuera.
Restaurantes.
Cafeterías.
El auto.
Lugares que no pertenecían realmente a ninguno de los dos.
Mi apartamento era diferente.
Era mi espacio.
—Puedes venir aquí, si quieres.
Hubo una pausa.
De repente me puse nerviosa.
—Podemos pedir algo, hablar... pasar la tarde aquí.
—Por supuesto.
La seguridad con la que respondió consiguió relajarme.
—Entonces te envío bien el número del apartamento.
—Perfecto. Nos vemos en unas horas.
Cuando terminamos la llamada miré alrededor otra vez.
El apartamento estaba impecable.
Aun así, acomodé dos cojines.
Después los devolví exactamente al lugar donde estaban.
Pasé el resto de la mañana arreglándome sin querer que pareciera que había pasado toda la mañana haciéndolo.
Me dejé el cabello suelto, con ondas suaves. Elegí un short beige de cintura alta y un top del mismo tono, de tirantes finos, con pequeños detalles florales en relieve. Era fresco, femenino y dejaba parte de mi abdomen al descubierto.
Me puse unas sandalias de tacón bajo y maquillaje suave.
Cuando terminé me miré en el espejo.
Bien.
Muy bien.
El timbre sonó poco después.
Mi estómago reaccionó antes que yo.
Abrí.
Alessandro estaba al otro lado.
Camiseta azul marino ajustada.
Pantalón beige.
Tenis claros.
Nada de traje.
Nada de corbata.
Mis ojos bajaron involuntariamente hacia su pecho.
La camiseta se ajustaba lo suficiente para marcarlo.
El tatuaje.
Ahora sabía que estaba debajo.
Volví a mirarlo a los ojos.
Él ya había notado perfectamente dónde había mirado.
—Hola, preciosa.
—Hola.
No sé cuál de los dos se movió primero.
Solo sé que un segundo después su mano estaba en mi cintura y mi boca contra la suya.
Dos semanas desaparecieron en ese beso.
Lo sujeté por los hombros mientras él me acercaba más.
No hubo saludo.
No hubo conversación.
Solo esa necesidad acumulada de volver a tocarnos.
Cuando finalmente nos separamos, Alessandro mantuvo la frente cerca de la mía.
—Te extrañé.
Aquello consiguió más que el beso.
—Yo también.
Sus ojos recorrieron mi ropa.
—Estás hermosa.
—Tú tampoco estás mal.
—Te vi mirando.
—¿Qué cosa?
—Mi pecho.
—No estaba mirando tu pecho.
—Emma.
—Estaba mirando tu camiseta.
—Claro.
—Pasa antes de que cambie de opinión.
Entró.
Por primera vez Alessandro estaba dentro de mi apartamento.
Cerré la puerta mientras él observaba alrededor.
No tenía demasiado.
Una sala pequeña conectada con la cocina, algunos cuadros que había ido comprando con los años, fotografías, libros, plantas y objetos que para cualquier otra persona probablemente no significaban nada.
Para mí era mi hogar.
—¿Qué? —pregunté.
—Me gusta.
—¿Sí?
—Mucho.
Se acercó.
—Es cálido.
Me dio un beso corto.
—Como tú.
—¿Siempre tienes una respuesta preparada?
—Contigo, casi siempre.
Pasamos la tarde hablando.
Le enseñé algunas fotografías de la universidad. Se burló de una en la que Sophia y yo llevábamos unas gafas horribles durante una fiesta temática y después tuvo que escuchar la historia completa porque me negué a permitir que juzgara sin contexto.
Cuando empezó a oscurecer pedimos sushi.
Alessandro insistió en encargarse del vino.
—¿Existe alguna comida con la que no bebas vino? —pregunté.
—Seguramente.
—No pareces convencido.
—Porque todavía no la he encontrado.
Terminamos comiendo en la sala en lugar de utilizar la pequeña mesa.
No había nada extraordinario en aquella noche.
Y quizá por eso me gustaba tanto.
No necesitábamos un restaurante elegante.
Ni una terraza reservada.
Ni siquiera estar particularmente arreglados.
Estábamos sentados en mi sofá, compartiendo sushi y discutiendo porque Alessandro sostenía que una de las piezas que yo había elegido era suya.
—La pedí yo.
—Pero está de mi lado.
—Eso no la convierte en tuya.
—Las reglas territoriales dicen otra cosa.
—Te la estás inventando.
—Demuéstralo.
—Eres un ladrón.
—Me han llamado cosas peores.
—Devuélveme mi sushi.
Se lo llevó a la boca.
—Demasiado tarde.
Le pegué en el brazo.
—Idiota.
Me atrapó la muñeca.
—Repítelo.
—Idiota.
—Otra vez.
—Idio...
Me besó antes de que terminara.
Me aparté apenas.
—Eso es trampa.
—Funcionó.
—No siempre puedes resolver las cosas besándome.
—Dame tiempo.
Más tarde terminamos hablando de Inglaterra.
Me contó algunas cosas sobre la investigación, sin entrar en demasiados detalles, y reconocí nuevamente al hombre que había visto durante aquellas llamadas: alguien acostumbrado a manejar problemas que parecían mucho más grandes que los de una oficina normal.
—Mañana te toca a ti —dijo de repente.
—¿A mí qué?
—Conocer mi apartamento.
Lo miré.
—¿Me estás invitando?
—Estoy equilibrando las cosas. Hoy conocí tu mundo. Mañana quiero que conozcas una parte del mío.
—¿Y cocinas?
—¿Eso es un requisito?
—Estoy evaluando.
—Puedo conseguir comida.
—Eso no responde mi pregunta.
—Sé cocinar algunas cosas.
—¿Algunas?
—Emma.
Sonreí.
—Está bien. Iré.
La noche siguió avanzando demasiado rápido.
Cuando Alessandro miró la hora, tomó el teléfono.
—Voy a escribirle a Daniel.
—¿No trajiste el auto?
—No.
—Ah.
Envió el mensaje.
—Tardará unos minutos.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Yo seguía sentada a su lado.
Alessandro me miró.
Hubo un cambio casi imperceptible en el ambiente.
Ya conocía esa mirada.
—Ven aquí.
—Estoy aquí.
—No lo suficiente.
Su mano rodeó mi cintura.
Esta vez fui yo quien terminó acercándose.
Me acomodé sobre él, a horcajadas, con una pierna a cada lado de sus caderas.
Fue diferente.
Mucho más íntimo que cualquier posición en la que hubiéramos estado hasta entonces.
Durante unos segundos ninguno hizo nada.
Sus manos permanecieron en mi cintura.
Las mías descansaron sobre sus hombros.
Estábamos demasiado cerca.
—Hola otra vez —murmuré.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Mucho mejor.
Lo besé.
No tuve que esperar a que él tomara la iniciativa.
Hundí los dedos en su cabello y acerqué su boca a la mía.
Alessandro respondió de inmediato.
Una de sus manos recorrió mi espalda y la otra descendió de mi cintura hasta mi trasero.
Esta vez no se limitó a sostenerme.
Sus dedos se cerraron sobre una de mis nalgas y comenzó a masajearla despacio, con una seguridad que hizo que todo mi cuerpo reaccionara.
Se me cortó por un instante la respiración.
Volví a besarlo.
Su otra mano bajó también.
Ahora tenía ambas sobre mis nalgas.
Las apretó y me acomodó todavía más contra él.
El calor entre mis piernas aumentó.
Me moví casi sin pensarlo.
Una vez.
Después otra.
Sentí inmediatamente la dureza bajo mí.
Me detuve.
Él también.
Nos miramos.
—Emma...
Su voz había cambiado.
Más grave.
Contenida.