La obsesión de Moretti CAPÍTULO 12
33%

CAPÍTULO 12

Maximilian

Dos semanas.

Llevaba dos putas semanas en Inglaterra.

Cuando había salido de Nueva York pensé que resolveríamos el problema en cuestión de días. Identificarían a los responsables, determinaríamos cómo habían intentado vulnerar el sistema, corregiríamos cualquier fallo y volvería a casa.

No había sido así.

Los investigadores sostenían que el móvil principal había sido económico. Todo apuntaba en esa dirección y, hasta el momento, no existían pruebas de que hubieran conseguido acceder a información verdaderamente sensible.

Aun así, no me gustaba dejar cabos sueltos.

Moretti Group manejaba inversiones y activos en distintos sectores, además de una cartera de clientes que incluía empresarios, banqueros, fondos privados y algunas de las fortunas más importantes del mundo.

Cuando se movía esa cantidad de dinero, nunca faltaba algún hijo de puta convencido de que podía encontrar una grieta.

Para eso invertía millones en seguridad.

Y precisamente por eso seguía en Londres.

Había delegado suficiente durante años para saber que no necesitaba estar físicamente en cada filial. Cada división tenía responsables capaces de tomar decisiones, equipos financieros, jurídicos y de operaciones. Yo recibía informes, intervenía en las decisiones importantes y exigía resultados.

Nueva York era diferente.

Allí estaba la sede principal.

Allí dirigía personalmente gran parte del imperio.

Y allí estaba Emma.

Ese era el verdadero problema.

Las llamadas ayudaban.

Los mensajes también.

Pero después de haberla tenido entre mis brazos, besarla y empezar a formar parte de sus días, una pantalla comenzaba a parecerme una mierda.

Una de aquellas noches salí de una reunión especialmente tediosa pasadas las once.

En Nueva York apenas eran las seis de la tarde.

Me quité el saco, dejé los zapatos junto al sofá de la suite y revisé el teléfono. Había pasado casi todo el día sin poder hablar con ella.

La llamé.

Contestó después de unos tonos.

—Hola.

Solo escucharla consiguió mejorar mi humor.

—Quiero verte.

—Estás hablando conmigo.

—Verte, Emma. Videollamada.

Hubo un pequeño silencio.

—Estoy en pijama.

—¿Y?

—Y tengo el cabello recogido.

—¿Y?

—Alessandro...

—Cielo, puedes estar como quieras. Quiero verte a ti, no tu peinado.

—Está bien. Dame cinco minutos. Al menos voy a pasarme un cepillo por el cabello.

—No necesitas...

Colgó.

Miré la pantalla.

Cinco minutos después apareció su nombre.

Acepté.

Y allí estaba.

Emma llevaba una camiseta rosa de tirantes que evidentemente utilizaba para dormir. Tenía el cabello castaño recogido de cualquier manera y prácticamente nada de maquillaje.

Me quedé observándola.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Estoy pensando que desperdiciaste cinco minutos arreglándote para mí.

—Muy gracioso. Mírate tú.

Bajó la mirada hacia mi ropa a través de la pantalla.

Todavía llevaba la camisa blanca de la reunión, aunque me había abierto varios botones y había doblado las mangas hasta los antebrazos.

—Siempre tan impecable.

—Acabo de quitarme el saco y los zapatos. Créeme, ahora mismo quiero arrancarme el resto. Llevo todo el día metido en esta ropa.

Emma entrecerró los ojos.

—Espera.

—¿Qué?

Se acercó un poco a la pantalla.

—Tienes algo en el pecho.

Miré hacia abajo.

La camisa se había abierto lo suficiente para dejar visible una pequeña parte de tinta sobre el lado derecho de mi pecho.

—Un tatuaje.

—¿Tienes un tatuaje?

—Sí.

—Nunca lo había visto.

—Porque normalmente llevo más botones cerrados cuando estoy contigo.

—¿Qué es?

Separé un poco más la tela, únicamente lo suficiente para que pudiera distinguir una parte.

—Un reloj.

Su curiosidad aumentó.

—¿Y eso que está debajo?

—Una escalera.

El tatuaje ocupaba buena parte del lado derecho de mi pecho. Un reloj antiguo marcado con números romanos dominaba el diseño y, desde su interior, descendía una escalera curva que parecía perderse en la profundidad.

Emma intentó acercarse todavía más a la pantalla.

—No alcanzo a verlo completo.

—Ese es el objetivo.

—¿Cómo que ese es el objetivo?

—Si quieres verlo completo, tendrás que hacerlo en persona.

Su boca se curvó.

—Vaya. Cada día descubro algo nuevo contigo.

—Cuando quieras verlo en vivo y en directo, solo tienes que pedirlo.

El color apareció inmediatamente en sus mejillas.

Me encantaba provocarlo.

—Lo tendré en cuenta —contestó.

Me acomodé en el sofá.

—Espero que sea pronto.

—Hablando de pronto... ¿cuándo vuelves? Ya llevas dos semanas.

Aquello me gustó más de lo que debería.

—¿Me extrañas?

—Claro.

—¿Mucho?

—No abuses.

—Necesito información precisa.

—Me haces falta para acompañarme a tomar café.

—Eso puedo aceptarlo. ¿Algo más?

Sabía perfectamente qué estaba haciendo.

Ella también.

—Tus conversaciones —añadió.

—¿Y mis besos?

Me sostuvo la mirada a través de la pantalla.

—Esos tampoco te los voy a negar.

Me recosté.

La Emma que había conocido aquella primera noche seguía siendo dulce y reservada en muchas cosas, pero conmigo empezaba a soltarse.

Y cada pequeña muestra de confianza me gustaba demasiado.

—Yo también te extraño —le dije—. Y no solamente para tomar café.

—Ya me imaginaba.

—Extraño besarte. Tocarte. Tenerte cerca.

—Todo un poeta.

—Por ti puedo esforzarme.

—No sé si llamaría poesía a eso.

—No importa cómo lo llames mientras funcione.

Se rio.

Continuamos hablando.

Le expliqué parte de lo ocurrido durante aquellas semanas, cuidando, como siempre, los detalles.

—Han sido reuniones con investigadores, responsables de seguridad y los directivos de esta filial. Cuando termino con unos, aparecen otros.

—Me imagino la responsabilidad que tienes.

—Forma parte del trabajo.

—Definitivamente no eres un ejecutivo cualquiera.

La observé.

Ahí estaba.

La curiosidad.

Emma nunca me interrogaba. No insistía ni trataba de sacar información que yo no quisiera darle.

Precisamente por eso cada comentario suyo me recordaba que tarde o temprano tendría que darle respuestas.

—¿Eso es un cumplido?

—Es una observación.

—Peligroso. Eres demasiado observadora.

—¿Tienes algo que esconder?

Lo dijo sonriendo.

Yo también sonreí.

—Todos tenemos algo.

—Misterioso.

—Solo lo necesario.

Cambió de tema sin insistir.

Y lo agradecí más de lo que ella podía imaginar.

Seguimos conversando hasta que empezó a bostezar. Intentó disimularlo dos veces.

A la tercera, la detuve.

—A dormir.

—No tengo sueño.

—Emma.

—¿Qué?

—Se te están cerrando los ojos.

—A ti también.

—Por eso he dicho que vamos a dormir los dos.

Hizo un pequeño puchero.

Joder.

—No hagas eso.

—¿Qué hice?

—Esa cara.

—Esta es mi cara normal.

—No. Esa es una cara que algún día voy a morder.

Se quedó mirándome.

—Definitivamente necesitas dormir.

—Y volver a Nueva York.

Esta vez no bromeó.

—Espero que sea pronto.

—Haré lo posible.

—Buenas noches, Alessandro.

—Buenas noches, preciosa.

Antes de que terminara la llamada añadí:

—Piensa en mí.

—Tú también.

Lanzó un beso hacia la cámara.

La pantalla quedó negra.

Miré la hora.

Dos semanas habían sido suficientes.

No iba a permitir que se convirtieran en tres.

Aunque tuviera que mover cielo y tierra, aquella semana regresaría a Nueva York.

Emma

Las dos semanas sin Alessandro habían resultado más extrañas de lo que estaba dispuesta a reconocer.

No era que antes lo viera todos los días.

Ni siquiera trabajábamos juntos.

Pero me había acostumbrado a sus mensajes, a nuestras llamadas y a encontrarnos una o dos veces durante la semana.

De repente estaba a miles de kilómetros.

Era increíble la facilidad con la que alguien podía empezar a formar parte de tu rutina sin que te dieras cuenta.

O eso era lo que creía yo.

A mitad de semana, Olivia me alcanzó cuando entré al baño.

Nos colocamos frente a los espejos mientras ella retocaba su maquillaje.

—Emma, estás diferente.

—¿Diferente cómo?

Me observó a través del espejo.

—No sé. Más apagada.

—Estoy bien.

—No parece.

Guardó el labial.

—Solo extraño a alguien.

Olivia giró hacia mí.

—¿Alguien?

—Un amigo.

—¿Un amigo?

—Sí.

La forma en que repitió la palabra hizo que la mirara.

—¿Qué?

—Nada.

—Olivia.

—He dicho nada.

—Esa cara no dice nada.

—Bueno... cuando quieras contarme sobre tu “amigo”, estaré disponible.

Marcó las comillas con los dedos.

—No hay nada que contar.

—Por supuesto.

Salió del baño antes que yo.

Me quedé mirándome al espejo.

¿Amigo?

Ni yo misma sabía por qué había utilizado esa palabra.

Definitivamente Alessandro ya no encajaba demasiado bien en ella.

Aquella noche estaba preparando la cena cuando llamó Sophia.

Contesté con el teléfono apoyado entre el hombro y la oreja.

—Hola.

—Hermanita mía, ¿cómo van tus Cien años de soledad?

—Perfectamente. Estoy preparando la cena.

—¿Y tu querido señor Rolls-Royce sigue en suelo británico?

—Sí. Hablé con él ayer. El trabajo le ha tomado más tiempo del que esperaba.

—Emma, cuando ese hombre regrese yo lo recibiría espectacular y lo invitaría directamente a mi apartamento.

Me quedé callada mientras bajaba el fuego.

—¿Ves? Ese silencio dice muchísimo.

—Estoy en silencio porque te estoy escuchando.

—No. Estás en silencio porque ya te lo imaginaste.

—Sophia...

—Ese pobre hombre debe estar acumulando ganas desde Londres.

—Por Dios.

—¿Qué? Estoy preocupada por su bienestar.

—Claro. Muy humanitaria tú.

—Siempre.

—Está bien. Sale de una reunión y entra en otra. Igual está acompañado por Daniel.

—¿Quién es Daniel?

Me detuve.

—¿No te había contado?

—No.

—Es... no sé exactamente cómo explicarlo. Trabaja con Alessandro. A veces conduce para él y parece ser su mano derecha.

—¿Y cómo está?

—¿Cómo está de qué?

—Emma, no me obligues a explicarte la pregunta.

—En serio, Sophia.

—Completamente.

Recordé a Daniel.

—Castaño, alto, bien parecido. Parece simpático.

—Perfecto.

—¿Perfecto para qué?

—Necesito que la próxima vez que estés con Alessandro me invites.

—¿Para conocer a Daniel?

—Para ampliar mi círculo social.

—Tu círculo social.

—Exactamente.

—Qué considerada.

—Si está tan bueno como su amigo, estaría encantada de conocerlo.

—No tienes remedio.

—Y tú me adoras.

En eso tenía razón.

Hablamos un rato más antes de colgar.